lunes, 24 de febrero de 2025

El colono insaciable

El otro día volvieron a poner en la televisión Cimarrón, un clásico que vi mil veces de niña, en la sesión de tarde de los sábados. Glenn Ford se hizo famoso con ese personaje de hombre hecho a sí mismo al que sus principios impedían prosperar, aun deseándolo. Hasta aparecieron unos vaqueros con ese nombre, cimarrón, que no es otra cosa que un animal asilvestrado, que no logra doblegarse a la doma. No es una película extraordinaria, pero tiene una escena grande: la carrera salvaje en la que los colonos compiten por conquistar el mejor pedazo de tierra. El fuego que alumbró el nacimiento de una nación -el hombre que se hace a sí mismo- está en esa competición. Miguel Delibes, que vivió unos años en Estados Unidos, decía que lo que más le sorprendía de los americanos era su ingenuidad. A veces, la ingenuidad permite correr más rápido, apostar más fuerte, porque no te detienes en los daños colaterales, y si los atisbas, los desechas. El protagonista logra una buena tierra, pero uno de sus amigos es arrollado por otra carreta y muere. Nunca hay alegría completa para Cimarrón, porque la vida no es justa, no todos tienen la oportunidad, ni la salud, ni los recursos precisos para llegar a la meta, ni siquiera cuando partían todos de la misma línea de salida, con las manos vacías y sin herencia.  

Esa carrera frenética del colono en busca de tierra también la ha emprendido Donald Trump. Él también fue hijo de inmigrantes, y seguro que mamó esa ansia de conquista que te hace sentir tu valía, al menos temporalmente, hasta la siguiente hazaña. Ahora no hace falta cabalgar sobre Oklahoma: puedes ambicionar nuevos límites para tu hacienda desde la pantalla del móvil. Su hacienda es un país ya muy grande, pero a vista del satélite de Musk, un planeta entero parece arcilla dispuesta a plegarse en tus manos. Es raro decir que eres patriota y para ello anunciar a otros que tienen que abandonar su propia patria. Aquel verso de “miré los muros de la patria mía” no está hechos para él, porque su idea de nación se parece más a la de una multinacional que amplía franquicias, pero encima con la capacidad de echar un pulso y retorcer las leyes propias y de otras naciones. Por el norte, Groenlandia, por el sur el canal de Panamá, un golfo a mano derecha y una urbanización en el mediterráneo.

No es nada nuevo, ya Julio César y otros más dedicaron su vida a construir imperios, aunque antes sumar territorios llevaba décadas y recogía el guante la siguiente generación. Ahora la ansiedad consume a los poderosos, porque todo, y ellos también, es efímero, por eso sueñan con las dictaduras. El resto de la narrativa es tan parecida… Trump no persigue en su ruta las especias, pero sí unas “tierras raras” que dicen que en Ucrania se extraen con facilidad. Tantalio, litio, berilio y otros elementos que olvidamos de la tabla periódica, y que alimentan la tecnología aeroespacial, los equipos militares y las baterías, o sea, la legión del imperio. Bueno, eso cuentan, porque ya se sabe que El Dorado a veces existe y otras no. La épica es necesaria para que la conquista no parezca solo megalomanía. Es lógico que el complementario de Trump sea Putin, otro insaciable colono: necesita compararse con otro para tomarse las medidas a sí mismo.

No deja de ser sorprendente que los que presumían de patriotas y renegaban de Europa se rindan sin plantar batalla a ser conquistados por un imperialista como Trump, que desprecia las fronteras de todos los demás. “Usted no piense, ya nos ocupamos nosotros de lo suyo”, viene a decir. Pero aquí no hay tierras por colonizar, están todas cogidas y bien identificadas en el catastro, somos así de legales. Unas son particulares y otras públicas, o sea, un poco de todos los españoles. Y se pisan a diario, que no es lo mismo que verlas desde un satélite o la ventanilla de un avión privado.

 

lunes, 17 de febrero de 2025

Esos viejos que seremos

Los periodistas solemos escribir sobre asuntos que no conocemos en profundidad e incluso desconocemos por completo. Esa lejanía es saludable, si afrontas el tema con rigor y empeño por entender las razones de los otros. Pero también somos seres humanos, y a veces nos ocurre como a los lectores, que cuando conocen un tema en primera persona es fácil que encuentren errores en la noticia. A mí me pasa con lo que cuentan nuestros políticos sobre la atención a los mayores: se parece muy poco a lo que la experiencia me ha mostrado.

Cuando los escucho defender la robustez de nuestro sistema, sospecho que su discurso está dirigido a los que no hemos necesitado esos servicios, los que somos funcionales y estamos en relativa buena forma. Es lógico que no quieran preocuparnos en exceso y que nos anuncien avances, que no dudo que se produzcan, y deseo que al ritmo necesario para cuando los boomers lleguemos a la etapa de dependencia o de cierta falta de autonomía. A nadie le gusta pensar mucho en ese momento, como a esos abuelos de antaño que no querían hacer testamento para eludir lo inevitable.

Hablar claro es siempre un problema, y la fábrica de eufemismos no para. Ahora, el objetivo es combatir la “soledad no deseada”, como si el gobierno por decreto pudiera garantizarnos la compañía y el afecto que, ni en plena juventud, logramos procurarnos. En realidad, están hablando de otra cosa, de la falta de autonomía, de no tener siquiera la opción de acercarte a otros seres humanos, de salir a la calle, a la compra o a la ventanilla del centro de salud. De seguir haciendo la vida que hacíamos cuando el cuerpo nos acompañaba, o al menos de tener la posibilidad de hacerla. “Soledad no deseada” suena poético, abstracto, como si obedeciera a un cambio de la presión atmosférica. Pero el apoyo que necesitas recibir es muy concreto y cuantificable: una llamada a la semana, una visita de dos horas, unas bandejas de aluminio con comida a domicilio.

Nadie quiere irse de su casa, si tiene una, que incluso eso empieza a tambalearse en estos tiempos. Una vivienda con ascensor, eso es combatir de verdad la soledad no deseada. Las familias cada vez son más cortas y dispersas, y no es difícil hacer una proyección bastante nítida de lo que nos espera en pocos años, la realidad para la que, entiendo, trabajan ya las instituciones. En lograr que todos estemos el mayor tiempo posible haciendo la vida que conocemos y hemos elegido. Sí, eso queremos, la inmensa mayoría, decir adiós sentado en el sillón, viendo la tele una tarde cualquiera. Pero a veces hay un paso más que dar. Recuerdo, de joven, tener esa discusión, sobre cómo podrías cuidar siempre a los tuyos y evitar la residencia. Hoy, sé que ese momento llega de un día para otro. Y dirá la consejera que en Castilla y León estamos mejor que en otras partes, pero para mí son palabras huecas, porque desde la primera noche que se queda tu madre o tu padre allí empiezas a hacer dolorosas concesiones: día tras día, siempre gana lo que es posible sobre lo que es mejor.

El dinero -que no es poco, la media en las privadas ronda los 1800 euros mensuales, y en las públicas hay lista de espera- es un tema, pero no el peor. Lo que se escapa como el agua es la posibilidad de seguir siendo la persona que eras, no un niño, ni un enfermo, ni un loco. Complicado, porque los recursos son escasos y se centran en lo básico: mantenerte vivo, alimentado, lavado. Es formidable encontrar residentes con la cabeza perfecta, conformados a su suerte. Es increíble el deseo de seguir vivos al que muchísimos se aferran, y que es un ejemplo de resistencia para todos nosotros. Pero, en otros casos, ni siquiera son capaces de pedir lo que necesitan, ni de explicar por qué sufren.

Hoy, en esta columna de la que dispongo como periodista, reclamo lo que como ciudadana siento que es urgente: que entre todos escribamos con letra clara los compromisos con los viejos que seremos, para que puedan protegernos el día que no seamos capaces de hacerlo por nosotros mismos.

 

 

lunes, 10 de febrero de 2025

Estrés en la línea de cajas

Tolstói escribió que no hay condiciones de vida a las que no podamos acostumbrarnos, sobre todo si vemos que alrededor todos las aceptan. Yo esculpiría la frase en mármol o al menos la rotularía con vinilo, que es más acorde a los tiempos, y la pondría en el frontispicio del supermercado, un palmo por encima de los carteles con las ofertas del día. Somos un puñado de gruñones profesionales, pero cruzar la puerta del súper nos amansa. Arrastramos sin protestar el carro que decidan poner a nuestra disposición. Embolsamos la fruta, cargamos con la leche, nos aupamos para agarrar el paquete de la balda superior y nos ponemos de cuclillas para comprobar la mercancía de la inferior. Movimientos sencillos de describir, pero no tanto de realizar para muchas personas. A veces te piden por favor que les alcances el paquete de café y hasta se disculpan por ser bajitas, como si fuera culpa de ellas no cumplir con el tamaño reglamentario de cliente.

Después del aprovisionamiento de víveres, las buenas gentes se agrupan para recibir la bendición, que no es otra que abandonar el establecimiento lo menos magullado posible y con fuerzas suficientes para cargar la compra hasta casa. Pero antes hay que cumplir la penitencia en la línea de cajas, ese espacio de tortura, inspirado en el panóptico de Foucault, en el que los presos se reprimían porque no había una esquina donde esconderse del ojo del carcelero. De hecho, vigilar es la principal tarea de los cajeros de hoy, que registran los códigos de los artículos a un ritmo salvaje, inversamente proporcional al tiempo que el cliente precisa para embolsar sin golpear las manzanas ni estrellar el cartón de huevos. Su objetivo es que ningún producto pase sin marcar, cobrar la cuenta y que la cola avance. Los cajeros soportan su propia ansiedad, y solo raramente preguntan si necesitas ayuda, aunque sea una pregunta retórica. En general permanecen impávidos hasta que terminas de embolsar y pagar, bajo la mirada impaciente de los que vienen detrás. Qué soledad más grande, madre, en la línea de cajas. Al lado van creciendo las cajas de autopago, hasta que un láser recorra nuestro carro de la compra, nuestro bolso y hasta nuestro cuerpo para fiscalizar en un nanosegundo todos los artículos que llevamos y que nos cargarán automáticamente en la cuenta corriente.

Foucault, que cuando lo leí por primera vez decían que era de izquierdas y ahora he visto que lo cita la derecha cuando se pone libertaria, afirmaba que el poder no quiere poseerte, sino que trabajes para él: “un cuerpo útil es un cuerpo productivo y sometido”, escribía. Yo sí siento mi cuerpo productivo y sometido a los dividendos de los supermercados, y también de los bancos. Cuando era pequeña, todavía se hablaba de los economatos, donde se abastecían de alimentos y otros enseres los propios trabajadores de instituciones o empresas grandes. El círculo perfecto, volver a pagar al que te abona tu salario. Suena antiguo, pero tanto no ha cambiado. El dinero y la comida, y cuatro cosas más, siguen moviendo el mundo, y a nosotros con él.

Por eso, cuando salen las alegres cuentas de resultados de los bancos, y los supermercados se expanden y amplían instalaciones, me siento hasta orgullosa de mi humilde pero constante contribución a sanear sus cuentas con mi dinero y también con mi trabajo, ya que cada día asumo más gestiones que antes, no sé cómo, lograban hacer ellos por mí. Y sin recibir un aplauso, ni siquiera un calendario por navidad. Al contrario, siempre parece que no estás al nivel, que no eres lo suficientemente rápido y eficiente, que haces demasiadas preguntas. A veces, daría un porrazo al cajero/a, pero luego reflexiono y veo que somos dos peones haciendo lo que podemos, al servicio de unos jefes invisibles que tienen siempre muchísima prisa y que te amonestarán si te sales del carril. A lo mejor es lo que hay que hacer, aminorar el ritmo y que se les fastidie la estadística.

 

lunes, 3 de febrero de 2025

El culpable del mal en el mundo

Hace tiempo que no llamaban a la puerta. Hace años, cada dos por tres aparecían dos chicos pelirrojos con camisa blanca y corbata, o dos mujeres de mediana edad, con un fajo de folletos sobre el fin del mundo. Recuerdo una vez que mi madre les tuvo a pie quieto en el quicio de la puerta. Quería convencerles de que nuestro Dios era más verdadero que el suyo, pero la cosa terminó en tablas. Cuando vivía en Madrid, los sábados a la puerta del centro comercial te entraba alguna chica, con historias sobre felicidad y meditación. Tu soledad era su cebo. Recuerdo las palabras de una de las seguidoras de Charles Manson: “él fue la primera persona que me dijo que era guapa”. Las palabras justas para una adolescente.

El señor que llamó a mi puerta el otro sábado decía otras cosas. La cámara del portero automático enfocaba a un hombre de unos 70 años, un señor correcto y discreto, como el que te puedes encontrar en la cola de la panadería o del cajero automático. “Buenos días, quería hablar con usted. Seguro que se pregunta por qué pasan tantas calamidades en la vida. ¿Quiere saber quién es el culpable del mal en el mundo?”, dijo. Pensé que se autocontestaría: “Pedro Sánchez”, pero no. El hombre trató de llevar la conversación a terrenos más abstractos hasta que le dije que muchas gracias, pero que para ese tipo de dudas en el barrio teníamos una parroquia a la vuelta de la manzana. Supongo que después seguiría probando en otras puertas. 

Sus tácticas de marketing han quedado atrás: difícil es que te abran la puerta cuando ya ni se saludan los propios vecinos. Pero su mercancía apocalíptica sigue de actualidad, basta asomarse a la ventana del móvil. En pocos minutos una hidra te acorrala y te enfrenta a la maldad del mundo, y solo puedes optar entre la desolación o la ira. Un científico cuestionaría con datos lo que te venden como cierto, un filósofo cuestionaría la coherencia de las ideas, pero quién tiene tiempo de razonar. Nuestra calle parece normal, pero en las pantallas el mundo parece barrido por el Big-Bang. Y la gente se agarra a la boya que pilla, sin comprobar primero si hace pie en el agua.

“Detener todo, creo que escucho al presidente. El flautista de la pantalla del televisor, lo va a hacer simple, lo tiene todo planeado, e ilustrado con dibujos animados. No tiene que ver con la izquierda o la derecha. Está hablando del bien y el mal, ¿sabes la diferencia?”. Esta canción de Joe Jackson es de 1986, y se refería a Reagan, que ni soñó con tener unos dibujos animados tan sofisticados como el planeta digital del que el gran cowboy dispone hoy.  No es nuevo, otros tuvieron sueños imperialistas antes, pero el dominio se desgasta antes que el acuerdo. Antes o después, la propia vida juega en su contra, así lo escribe la historia. Por boca de Dios no podemos pronunciarnos, aunque si alguien presume de tenerlo de su lado -justo para dar una patada a los débiles- es que no ha entendido una palabra de los Evangelios.

Cuando llegué a Valladolid una compañera de piso me dijo que tuviera cuidado con el Campo Grande, que había mucho exhibicionista. Después de treinta años, todavía no me he cruzado con ninguno, pero cuando camino al lado de la verja que lo circunda vigilo por si emerge un individuo con gabardina. En nombre del miedo podríamos cortar todos los árboles, eliminar sus sombras y cubrir todo de cemento, aunque para ello tuviéramos que expulsar a los niños del barco pirata, a los mayores de los bancos, a los paseantes, a las ardillas y a los pavos reales. Entonces los que daríamos mucho miedo seríamos nosotros.