viernes, 24 de julio de 2026

Tal como nos recordamos

 

La niñez y la juventud son temas clásicos de la literatura. De alguna forma los primeros años te ofrecen el patrón con el que medirás todo lo que venga después. Pocas cosas suenan tan bien como “recuerdo que…”, como dice la canción de Paddy McAllon. Conocer la trayectoria de una persona, la que sea, pobre o rica, de familia estructurada o sumida en el caos, siempre tiene interés. Hasta las cosas más sencillas y monótonas, bien narradas, tienen su enseñanza, y calientan el vínculo con lo que somos como humanos.  No sabemos cómo acabará esto, pero, más o menos, con los sesgos que aplica nuestra memoria, recordamos como empezó.

Hay dos formas -por decir un número- de contarse a uno mismo. Puedes ir a corazón abierto y diseccionar con bisturí todas las cicatrices que te dejó la crianza, o bien valorar las fortalezas que te aportaron aquellos años. Seguramente todos podemos escribir las dos partes de esas memorias, es cuestión de perspectiva: rendirse ante lo primero te aleja de tomar las riendas de la vida, y arregostarse en lo segundo puede que diera una vida más plácida, pero demasiado condescendiente y banal. Con todo, quizás la primera dimensión es hoy la más frecuente en las librerías, porque comercialmente es atractivo vender al autor que a la vez es personaje y víctima, algo que ya que esto es un blog diré que no me convence demasiado. Digamos que hoy la novela de aventuras ha sido desplazada por la novela de exploración psicológica, itinerarios ambos para los que hace falta valor.

Las líneas maestras de nuestro pasado las marca la familia, los amigos y también el lugar donde creciste, donde aprendiste a recorrer solo las calles. Es algo casual, nacer en una parte u otra, pero en términos narrativos determinante, y sobre la narración se sustenta la pertenencia y la identidad, identidad al natural, íntima y sin las cochambres habituales. Como yo no conocí ser adolescente en Valladolid, he leído con interés los libros de dos personas que crecieron aquí, dos libros construidos principalmente de memoria. También tienen en común que es su primer libro, y que lo publican cumplidos ya los sesenta años, con una perspectiva interesante.


El primero se titula “La proporción ideal”, y lo firma Álvaro Abril. El subtítulo es “Memorias de un hombre de Ferraz”, y sí, dedica bastantes páginas a cómo nació en él su conciencia política y posterior militancia en el Partido Socialista, que le llevó primero a ser concejal y después a Madrid, donde ha sido durante años asesor en materia medioambiental. Con prosa fluida acompañamos al autor en la construcción de su memoria vital, que comienza a narrar camino de un quirófano. Su niñez, su adolescencia, el impacto de los años de la Transición y la no tan fácil normalización de la democracia. Su firme compromiso político, esa lealtad sin fisuras al proyecto que algunos, no todos, los políticos tienen. También habla de rugby y en términos parecidos, porque ambas disciplinas las entiende como un trabajo de equipo, y el éxito, como una conjunción de equilibrios. De hecho, el título del libro responde a una cita de Jean Giradoux: “Un equipo de rugby consta de 15 jugadores: ocho son fuertes y activos; dos, ligeros y astutos; cuatro, altos y rápidos; uno, por último, es modelo de flema y sangre fría. Justamente, la proporción ideal entre los hombres”.

Con todo, y como no soy deportista ni militante, me quedé con ganas de más sobre todo de la parte inicial, esa crónica de su niñez y adolescencia en un Valladolid que yo no conocí, y especialmente saber más de esos años de juventud dedicados con su hermano y otro socio a poner en marcha bares de copas y música. Hay mucho de la historia de una ciudad en esos lugares, que son el escenario inolvidable de la juventud de cada generación. Reflejan el espíritu de la época. Ojalá hubiera incorporado alguna fotografía:

 “La noche tiene una parte más oscura, desconocida. Es una trituradora física y psíquica, tanto para quienes abusan de ella como para quienes la trabajan. Un paraíso ficticio donde las tentaciones de todo tipo están al alcance de cualquiera: un tratamiento homeópata de la timidez; un sucedáneo de la verdad; un placebo para curar la infelicidad. Un territorio donde los biorritmos disfrutan de la anarquía la sinceridad es una duda razonable”.


El segundo libro está escrito por Luis Miguel Ágreda, que publica artículos y críticas culturales, sobre todo de música, en Tribuna de Valladolid. El título y portada no deja lugar a dudas sobre el contenido: “Mi padre”, junto a una fotografía en la que el padre del autor aparece caminando, con sencillez y a la vez con aplomo: “un caballero que acepta las cosas sin aspavientos y con naturalidad”, tal como explica su hijo. Caminar tendrá, como leeremos dentro, una gran importancia en su vida, como modo de formar parte del mundo y de construir su pensamiento. Es un librito corto y delicioso, que se leen con una sonrisa y, a veces, con emoción. Hay memoria y mucha poesía en este libro. Sentimientos personales del autor que a la vez compartimos todos los que, más o menos, crecimos en aquellos años, con padres marcados por la posguerra y unos principios que parecían sólidos y permanentes, más allá de las circunstancias de cada cual. Más que un homenaje, son una prueba de amor y agradecimiento estas páginas, a ese hombre que para el autor fue más que un modelo, un dique para tomar oxígeno y vadear el oleaje de la vida:

“Mi padre salía a pasear y siempre repetía el mismo paseo. En la repetición está la felicidad. Le preguntaban ¿No te cansas de hacer siempre el mismo camino? Y siempre contestaba lo mismo: Solo si te cansas de la vida.”

¿Hay unidad en todo lo que nos pasa, tiene sentido? Ambos libros hacen pensar en la materia que construye nuestros recuerdos. Si se alimenta de lo que pasó en realidad, o si moldeamos el pasado de la forma en la que da algún sentido a nuestro presente, siempre desordenado y, muchas veces, absurdo. Ágreda recoge una cita de Simone Verde que lo ejemplifica: “El pasado siempre es una invención del presente”.

Por último, destacar la labor de Julio Martínez, como responsable del sello que ha editado ambos volúmenes, La Fuente de la Fama, siempre atento a llevar al papel proyectos diferentes y personales vinculados a Valladolid.