lunes, 26 de mayo de 2025

El misterio de cada sobremesa

Ahora, perder el hilo del pensamiento se llama niebla mental. Puede que la causara el Covid, o que los años nos pasaran por encima. Hay ratos que no recuerdas ni lo que estabas pensando un minuto antes. “La abuela al hombre, el hombre al perro, el perro al gato, el gato a la rata, el ratón a la araña, la araña a la mosca, la mosca a la rana”. Como en aquella canción infantil, las subordinadas son tantas que el pensamiento se embota. ¿Quién es el culpable de nuestro malestar, entonces? Porque mal nos sentimos todos. Queremos culpables, y las noticias son una verdadera fábrica: antes de ofrecer datos y pistas congruentes, ya hay veredicto de culpabilidad. De personas, de partidos, de ciudades, de países enteros. Y nos sentimos las víctimas principales de afrentas que nunca terminan: cuando ya aburre una, empiezan a dar la tabarra con otra.

Es normal que en la sobremesa apetezca abandonarse en los brazos de Poirot y Miss Marple. Agatha Christie pone desde el principio las cartas sobre la mesa. Presenta a los sospechosos -y en parte todos lo son, hay pocos santos-, revela y razona las pistas, y al final resuelve el caso. Casi siempre, como en la vida, está el dinero detrás, herencias y joyas de familia. Christie nos sitúa como espectadores de la podredumbre de la alta sociedad: asesinan, pero la sangre apenas mancha la moqueta. Al fondo suena el gramófono y por la ventana entra el olor de prímulas y narcisos. Es todo muy privado, y podemos investigar a placer, sin que entre la prensa a hacer conjeturas y complicar el lienzo. Si la que mata es una doncella, Agatha es más comprensiva: no envenena solo por dinero, sino por mucho más. Por tener, por ejemplo, un salón de té propio con tacitas de porcelana.

Por supuesto no es una novela social, poco nos muestra de las desigualdades de señores y servicio. Contra la novela negra, el sexo es casi inexistente. A veces aflora la venganza, pero raramente la ira, que empaña con tanta frecuencia los sucesos reales. La ira es una cosa de pobres. Con Agatha, los malos se vengan con una planificación compleja. Son como el Conde de Montecristo, pero agarrados a una taza de té. A veces tienen una justificación moral, pero, aunque maten al peor de los hombres, como en el Oriente Express, Poirot les sermonea: la ley está siempre por encima. Lo contrario es el caos.

Estos días puede verse una exposición bien curiosa sobre Agatha Christie en Valladolid, en la sala de las Francesas. Allí están los actores que más veces han encarnado a Poirot y a Miss Marple. Mis favoritos, David Suchet y Margaret Rutherford, son curiosamente poco heteronormativos, que se diría ahora: Suchet es un finolis remilgado, y Rutherford una señora de setenta que salta vallas con su traje de cheviot. Una feminidad rotunda y sin florecillas, como la de la propia escritora.

Agatha Christie escribía novelas como churros, en un par de meses y otro más para corregir, y las vendía todavía más deprisa. Dicen que empezaba los libros por el final, ya decidido el asesinato y el modo de cometerlo. Luego construía toda la historia, las relaciones de los personajes y ese ambiente que envuelve toda su obra, y que es lo que de verdad engancha, por eso da igual que sepas de antemano quién es el malo. Hay ganas de vivir en sus novelas, vivir a lo grande: viajar a El Cairo o a la Riviera con cuatro baúles, organizar cestas de picnic con sándwiches de pepino y champán, tomar el té con nata de Devon, cascar dos huevos pasados por agua y pimplarse un chupito de licor de grosellas... También toneladas de nostalgia de un mundo que ya quedaba atrás cuando la propia Christie escribía sus libritos. Marple sospecha enseguida del Hotel Bertram, porque es el único en el que el personal es de trato exquisito y ofrecen scones perfectos con el desayuno. La realidad no puede ser tan perfecta.

Las historias de Agatha Christie vienen a ser a la sobremesa lo que el blanco a las cocinas modernas, el deseo de poner orden en el caos diario. Recuerdo un artículo de Francisco Casavella, fallecido hace algunos años, sobre aquella serie de los noventa, Periodistas. Decía que no se parecía nada a la realidad de un periódico, no por los temas que trataba, ni por los amores y odios entre compañeros, que de todo hay, sino porque cada problema se resolvía mágicamente en un solo episodio. Eso, como sabemos, es totalmente imposible en la vida, porque un solo problema nos dura varias temporadas. Y ni siquiera es fácil encontrar al culpable.

lunes, 19 de mayo de 2025

Vida de dos escritoras

Recordaba Carmen Martín Gaite en su ensayo Usos amorosos de la posguerra española una anécdota escuchada en su juventud sobre una señorita “de Palencia o de Valladolid” con un novio que era un sinvergüenza y un gañán. Pese a que familia y amigas le recomendaban que le dejase, ella aguantaba humillaciones sin inmutarse. El día de la boda, cuando le preguntó el cura que si quería a aquel hombre por esposo, respondió con seguridad: “No, señor”. Dirigiéndose a los invitados que llenaban la iglesia, añadió: “Y, si he llegado hasta aquí, es para que sepan todos ustedes que si me quedo soltera es porque me da la gana”.  Martín Gaite decía que esta mujer se merecía un monumento, como Agustina de Aragón, tanto si esta historia fue realidad o una invención brillante para desengañar al vulgo de esa obligación que hasta hace bien poco pendía sobre mujeres, y hombres: la de sentirse válida solo si eras “elegida”. Esto fue hasta hace bien poco: recuerdo la surrealista réplica que me dio una señora a la que pedí que no se colara para pagar en el super: “Pues vaya vinagre, seguro que usted no está ni casada”.

Estas cosas me vinieron a la cabeza repasando los carteles de la exposición que puede verse en una de las salas de la Biblioteca de Castilla y León, que coincide con los cien años del nacimiento de la salmantina. “Lo raro que es vivir”, se titula, casi como una de sus novelas más conocidas. Sí, vivir es raro, incomprensible; raro porque nuestro paso por el planeta es una llama breve y única. Una vez crucé unas palabras con Martín Gaite. Íbamos en un grupo, por las calles de Segovia. Yo no había leído nada de ella por entonces; pensé que era una mujer simpática, algo excéntrica, con su pelo largo y cano y su boina inseparable. Pensé que menuda, pero igual no, porque los altos calibramos tamaños desde arriba. Por entonces, la mayoría no se tomaba muy en serio a las mujeres escritoras; quizás yo misma no me las tomaba muy en serio. Llevó tiempo cambiar esa percepción, y aún estamos en ello.

Estos días tengo en mis manos una biografía muy buena sobre la autora, escrita por José Teruel. Carmen no se daba demasiada importancia. Era consciente de los límites de su obra, y consideraba que cada nuevo libro era un intento de encontrar un nuevo ángulo sobre lo mirado tantas veces. El escritor, como cualquiera, es un rumiante que vuelve cien veces sobre asuntos “que se entierran y vuelven a asomar”.

Coincide en el mercado esta biografía de 493 páginas de Martín Gaite con otra, también estupenda de Rosa Chacel, Íntima Atlántida, con 568 páginas, unas pocas más. Aunque la vallisoletana y la salmantina pertenecen a generaciones diferentes (la Chacel es de 1898, y Gaite, de 1925), fallecieron con apenas seis años de diferencia. Carmen vivió la experiencia de la separación de Sánchez Ferlosio, aquel que le “enseñó a habitar la soledad”, y Chacel del pintor Timoteo Pérez Rubio, que nunca asumió. Cabían tormentas dentro de esa mujer cuya estatua nos hemos acostumbrado a ver sentada en un banco frente a Poniente, eterna observadora de la ciudad. “Ventanera”, como también se describía Carmen Martín Gaite.

En su doble de bronce Rosa no parece contenta, y en su biografía tampoco. Es intensa, doliente, contradictoria. Lo pasaba mal y a la vez reconocía que encontraba “verdadera satisfacción en resistir la corriente. Darles lo que piden sería estúpido”. En fin, el ser, a mil por hora, aunque para algunos eso sea antipatía castellana. Es curioso que a ella se la reprochen, cuando no es la simpatía cualidad extendida entre los escritores, y no creo que haga falta recitar nombres.

Qué lejos quedan las biografías de autores que estudiábamos en clase de Literatura. Cuatro datos históricos y el listado de las obras; apenas nada de su vida privada, de sus opiniones o sentimientos. Las biografías de las próximas generaciones no se cerrarán nunca: siempre podrá encontrarse un documento nuevo, un archivo de ordenador, una grabación de radio o televisión, un apunte en internet. Anna Caballé dedicó doce años a Chacel para escribir este libro honesto, que se centra en comprenderla. Pulir su esencia, incluidas sus incoherencias y su cara de vinagre, por qué no.

Con todo, no estoy de acuerdo con la publicidad de las editoriales, cuando subrayan “He aquí la biografía definitiva”. Imposible. Quién puede ordenar y entender plenamente la existencia de una persona, y menos aún la propia existencia. Por algo dicen que, peor que una biografía, es casi siempre una autobiografía.

lunes, 12 de mayo de 2025

La vida in itinere

La señora que está sentada a mi lado en el autobús urbano farfulla “ya están fastidiando el tráfico”. Levanto la vista. En el carril de enfrente discurre una marcha de bicicletas. Que si una vez no pararon en un paso de peatones, que si seguro que protestan porque quieren que les quiten las multas… Las bicicletas son nuestras enemigas. En unos minutos, llegará nuestra parada, y caminaremos por aceras que ocupan con suerte la tercera o cuarta parte del espacio reservado para autos, entre calzada y plazas de aparcamiento. Cruzaremos mirando a un lado y a otro, porque tenemos las de perder. Pero nadie cuestiona el protagonismo de los coches en las calles: es un sometimiento aceptado. Pero con las bicis… hasta ahí podíamos llegar. Es una pelea entre iguales y casi competimos por el mismo espacio. Porque el carril bici a veces está y otras no. Y es cierto que hay algunas bicis y patinetes llevados por verdaderos cafres. A esa señora le ha pasado, y a los demás también.

La lucha peatón-bici es una lucha cuerpo a cuerpo, entre la misma base. El siguiente escalón es la lucha de los coches por ampliar su radio de control. Decía Ortega Smith el otro día que es un problema de libertad, pero él pensaba solo desde su libertad. Porque si todos metemos “libremente” el coche en el centro, nadie podría moverse por el centro. Y como físicamente es imposible, los ayuntamientos toman sus medidas. La contaminación es un medidor muy importante, aunque es cierto que socialmente podría ser injusto que alguien que no puede cambiar su viejo coche se vea perjudicado respecto a otro que viene de respirar aire puro en su urbanización y elige el más nuevo de sus tres vehículos para entrar en el centro a tomar algo. En fin, es complicado, pero lo de la libertad no cuela, salvo que funcionemos con los parámetros de Orwell: “todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros”.

La movilidad construye la nueva definición de ciudad: sitio en el que la gente se gobierna por una serie de reglas para moverse, o algo parecido. Así, en un mundo en diáspora permanente, el principal responsable de que nos podamos mover, Óscar Puente, es el hombre y nombre más citado, y no siempre bien. Como las ovejas, disfrutamos de trashumancia -cuando nos vamos más lejos en determinados momentos del año-; trasterminancia -cuando nos movemos a diario a la provincia de al lado en busca de pasto fresco-, e incluso import-export, si nos trasladamos a otro país, o si vienen para acá, con la maleta grande. Cuando entramos en la CE se hablaba de libre circulación de capitales, bienes y servicios, y las personas creíamos que era para ir de Erasmus, pero hemos resultado el principal objeto transportable. Bueno, puntualicemos, personas en edad laboral, en pleno rendimiento económico, que el mundo no es una ONG.

Esto es palabra de Dios hoy, y por eso, si llega un apagón, no entendemos nada. ¿Dónde está mi mundo, que me lo han cambiado?, decíamos, cambiando las pilas a la linterna. Y no digamos si perteneces a una parte nada pequeña de la población que cada día recorre kilómetros, y cruza montañas y provincias, para fichar en el trabajo. Esos que van a la estación de tren con su mochila y ordenador para emerger en Chamartín, como los viajantes con el muestrario. Los grandes consumidores de transporte saltan a diario de ciudad en ciudad. A efectos del mundo, eres ciudadano donde te reconoce Hacienda, aunque crezca la masa de ciudadanía in itinere. En el vagón van en silencio y se aíslan con cascos, para no pensar en la transición enorme entre casa y trabajo. Son tres personas diferentes: la de su barrio, la de su trabajo y la del vagón. Podrían mantener hasta amantes y amigos distintos, o decir que votan al PP en un sitio y al PSOE en otro. Nadie se enteraría.

En esta escorrentía de kilómetros y tiempo de desplazamiento, en ciudades cada vez más extendidas, con ese calco del sistema de aglomeración francés que se va imantando como círculos concéntricos en torno Madrid, pensaba en lo poco que es media hora para tantos trabajadores que tardan eso solo en llegar a la estación correspondiente. Recuperar tiempo para la vida, decían los sindicatos. Y eso, contando con que el transporte no falle, que bastantes veces falla, aquí y al otro lado de los Pirineos. Es un sistema cansado este, viviendo donde encuentras piso y moviéndote continuamente. Y parece inevitable, como los coches en las calles.

lunes, 5 de mayo de 2025

Carta de un padre

Estos días, haciendo limpieza, recuperé una carta que hace años encontré entre las hojas de un libro que cogí de la biblioteca. A la izquierda del encabezamiento, ponía “25 de abril 2001”; a la derecha, el autor había hecho un dibujo con rotuladores. Era un faro, con sus franjas rojas y blancas y su linterna, aupado sobre una pendiente verde con rocas que salpicaban el camino hasta el mar. Estaba escrita sobre una hoja de publicidad de productos farmacéuticos, como si hubiera sido fruto del momento, pero a la vez la caligrafía era caprichosa, con tinta negra y algunas frases diferenciadas en azul, rojo y verde, como si jugara con uno de esos bolígrafos con pulsadores de colores.

Así comenzaba: “Al final me han entrado remordimientos de que no tengas una carta mía que no sea para acumular una colección de críticas y consejos, pero debes tener en cuenta que yo he de ser para ti como el Faro del Cabo Silleiro, una mano inmaterial que te guíe para que no te estampes contra las rocas, un brazo invisible que te dé la libertad del mar, apartándote de la dureza e implacabilidad de la piedra del error. ¡Toma ya!”.

Después de llegar a la cumbre en el primer párrafo no quedaba otra posibilidad que planear en el siguiente. Cuenta que aprovecha el único rato tranquilo del día, junto antes de que despierte la hermana pequeña y comiencen las obligaciones de cada jornada. Al final, aparece el nombre del destinatario, y el motivo del escrito: “Jordi, ¡felicidades! que a partir de ahora te vaya todo bien en la vida, estudios, notas, novias, trabajos, viajes, vacaciones y todo lo que emprendas. Besos, Papá”.

Esta carta, gastada y leída muchas veces, doblada hasta casi romperse por la mitad, se quedó varada en Valladolid como una botella de náufrago, en un libro de biblioteca. Entonces y ahora he intentado rastrear las escasas pistas que ofrecía para devolverla a su destinatario. Por entonces, Jordi sería mayor de edad, o estaría cerca, así que ahora ya tendrá más de cuarenta años. Puede que él mismo haya sido padre. Silleiro, ¿estaría cerca del lugar donde veraneaban? Pese a su nombre catalán, ¿vivían en las Rías Bajas? Quizás Jordi no recibió nunca esa carta, o lo que yo conservo fue solo un borrador, o incluso una invención del autor. O, puede ser que el chico quisiera olvidarse por completo de la persona que le escribió esas líneas… Aunque, si fuera así, para qué dejarla entre las páginas de un libro… Buscar el rastro de estas personas en los alrededores del cabo Silleiro parece poco útil. La linterna sigue iluminando barcos en una costa peligrosa y batida por los vientos, pero en veinte años ha pasado una vida. Y el faro es desde hace poco un hotel.

Con todo, creo que ese párrafo perfecto merece quedar escrito en este hueco de papel que nos ofrece el periódico. Espero que al padre de Jordi le parezca bien que otros padres y madres podamos compartirlo, si lo necesitamos. Muchos nos hemos sentido como él, un saco pesado de críticas y consejos que cargamos de un lado a otro, sin ser capaces de explicar lo que sentimos. Como él, intentamos proteger a los hijos y a la vez deseamos abrirles la puerta hacia la libertad del mar. Ser un faro y un brazo invisible cuando lo precisen. Las madres y los padres somos muy ambiciosos, lo sé. Se nos quedan cortos dos días al año -ayer y el 19 de marzo- para profundizar en nuestro objetivo: necesitamos también los otros 364, durante una vida entera. En realidad, el día de la Madre es el día de tu madre: no conozco a ninguna madre ni a ningún padre en sus cabales que auto celebren su propio día. Aunque siempre alimenten los besos y abrazos de los hijos, lo único importante es que a Jordi le haya ido muy bien. Y si no le ha ido tan bien, espero que, desde hoy, veinticuatro años después, le vaya muy bien. Siempre hay un comienzo a la vuelta del camino.