lunes, 27 de enero de 2025

El aplauso del turista

Ciudades y pueblos se ponen guapos para arañar unos segundos de atención en las ferias de turismo. Los discursos de los políticos, desde el presidente de la nación hasta el último alcalde, obedecen a un único patrón. Habrá cientos de destinos, pero por sus palabras solo existe uno: en todos ellos hay turismo cultural, naturaleza, gentes hospitalarias y, por supuesto, comida. Hay tanta comida que a veces da la impresión de que el viajero programará su jornada con el único objetivo de hacer tiempo para abrir el apetito.  A la vez, que otros hablen bien de tu lugar de origen te reconforta, como si recibieras dividendos de autoestima. Será que nos valoramos poco cuando necesitamos tanto el aplauso de desconocidos, o cuando nos molesta si alguien dice que no le gusta nuestra ciudad. Debe ser por eso que corren a Fitur todos nuestros representantes políticos y nos cuentan a nosotros mismos, a los de aquí, que nuestra tierra es maravillosa. Y como somos 9 provincias no pueden decir que una es más maravillosa que otra, solo que todas lo son a su manera.

Los eslóganes invitan al viajero a descubrir paraísos desconocidos. Suena bien, aunque no hay nada más alejado del turismo de masas que disfrutar de lo inesperado. Viajas con el deseo de encontrar lo que ya esperas, se hace turismo de constatación. Lo más inesperado que te puede ocurrir es que el monumento esté cubierto por una malla de obra, o que haya tanta gente que apenas puedas hacer una foto decente.

Es curiosa esta igualdad de los discursos, ese tono monocorde para describir los lugares. Diferenciarse, quizás, sería renunciar a una parte de los posibles visitantes, así que la oferta se repite. Los sitios de playa presumen de que a pocos kilómetros hay montaña; los de interior, de que también tienen agua, aunque sea un embalse; los destinos de naturaleza se esfuerzan en reinventar calzadas romanas, y los que tienen monumentos en crear sendas verdes. Todos apelan a la tradición y a la modernidad, a la tranquilidad y al festejo. Todos dicen que quieren marcar la diferencia, pero, como nos ocurre a las personas, ninguno está del todo satisfecho con lo que es.

En las ferias de turismo los lugares compiten como en un concurso de belleza. La gente se arremolina en unos expositores u otros por motivos triviales, como que te regalen una bolsa bonita o te inviten a queso. Como en esas competiciones locas en las que puedes elegir con un click el pueblo más bonito, hoy la belleza del mundo se tasa en convulsiones de internet. Los folletos hoy escasean en los mostradores, ahora lo petan gentes que viajan a gastos pagados y graban vídeos rápidos, de apenas un minuto, promocionando lugares “espectaculares” y experiencias “impactantes”. Dron arriba, barrido rápido, entra la música, como en TikTok. Van tan deprisa que es fácil que el viajero así captado se decepcione: caminar hasta el destino o atender a las explicaciones de un guía, que los hay maravillosos, exige concentración y tiempo.

He leído algo espeluznante del turismo al que vamos: códigos QR para recorrer rutas con cascos, escuchando trinos de aves cibernéticas, músicas y explicaciones grabadas. Con un código puedes entrar en la habitación que alquiles, y con otro conocer tú solito una iglesia o un museo. “Visitas autónomas con aperturas desatendidas”, lo llaman. Igual hasta te recibe el holograma de un rey visigodo.

El punto fuerte de esta tierra es que, salvo cuatro excepciones, hacer cola es poco frecuente y puedes caminar tranquila. Somos una reserva de silencio, un lujo muy escaso. Puede que eso disuada a los marchosos, pero cada cual tiene sus puntos fuertes: en la vida no hay como conocerse.

 

lunes, 20 de enero de 2025

El sueño de Jason

En un viaje de trabajo hubo que elegir un punto al azar del mapa de Zamora para dormir y seguir la ruta al día siguiente. Sería más o menos por estas fechas, hacía frío y anochecía rápido. En un folleto pre internet figuraba un sitio como centro de turismo rural en el Poblado de Castro, junto a uno de los saltos construidos en los años cuarenta para generar electricidad. Nos abrió un hombre y nos mostró lo básico. Era un edificio de muros gruesos de piedra de cantería, estilo albergue montañés, no diferente de los que hay en Guadarrama o en Gredos. Un salón con chimenea, butacas castellanas, mesas robustas. Habitaciones espartanas con paredes encaladas, acaso una silla y una mesita de estudio. Un frío gélido. “No se preocupen, están solos, pueden meter todos los radiadores de aceite que quieran”, eso dijo. En la cocina, enorme y vacía, como si estuviera a punto de recibir a un grupo de Scouts, solo tenían leche y un saco de cola-cao. Fuimos al único pueblo cercano, a ver si había algo abierto. Ningún bar, solo un ultramarinos de esos que vendían de todo, desde un salchichón a unos pendientes o un saco de canto rodado, tanto da. “Si quieren algo más, ya casi en Miranda do Douro, ahí va todo el mundo”.

A la vuelta al albergue un grupo grande había ocupado el salón. Todos vestían ropa deportiva, o más bien parecía que vivían dentro de ella. Eran el tipo de gente que, cuando tú te compraste el primer forro polar, su abuelo ya los había llevado varias veces a los Alpes. Habrán conocido a algunos así, personas con objetivos peculiares, perseverantes, concienzudos, cordiales y a la vez totalmente despreocupados del resto del mundo, aristócratas de lo suyo. Ellos se dedicaban al piragüismo, eso comentaron, y ese lugar, en el vientre del Duero, tenía todo el sentido para acogerlos. En realidad, los únicos intrusos éramos nosotros.

Muchas veces he pensado en ese enclave extraño, un poblado en pendiente creado a mayor gloria del salto del Duero más pegado al territorio portugués. Casas, bar, escuela, puesto de la Guardia Civil y hasta una iglesia, levantados primero para acoger a los trabajadores que construyeron el embalse, y después a los que se ocuparon de su mantenimiento hasta que a finales de los ochenta se instalaron controles remotos. En 2002 ya era todo historia, aunque las construcciones permanecían con bastante dignidad. Quedaban un par de vecinos, y además el albergue estaba abierto, en unos años en los que había ayudas para rehabilitar y abrir centros de turismo rural, algunos sin un enfoque claro.

En los últimos años el Salto de Castro ha asomado periódicamente su esqueleto en las redes sociales. Aficionados al abandono, son legión, comparten fotos de la nave de la iglesia, con las dovelas cubiertas por grafitis y el suelo reventado y salpicado de cenizas de fogatas. Hay una imagen de lo que fue el salón, solo reconocible por el agujero del hogar de la chimenea. El enclave ha pasado por varias manos, sin que se moviera una piedra. Al menos hasta ahora. Hace unos días, saltó la noticia de que un empresario americano ha pagado 300.000 euros por el poblado. No es muy caro para ser un pueblo entero, mucho menos que lo que cuesta un piso en Madrid. Y muchísimo menos si se compara con un ranchito en California, de donde proviene Jason Lee Beckwith, que tiene nombre de batería de heavy -y en las fotos lo parece-, al que deseo toda la suerte posible. Porque la hazaña no es comprar un pueblo, hay algunos más a la venta en esta tierra nuestra. Tampoco es lo peor restaurarlo. Lo titánico es que permanezca abierto, al menos un tiempo prudencial. Lo justo para cumplir su etapa.

Porque nada es permanente en el Salto de Castro, ni en ninguna parte. Hasta 1946 era solo un punto perdido en el Aliste. Los primeros obreros arrastraron allí a sus familias, hasta que se acabó el hormigón y se fueron con todo puesto hasta Aldeadávila de la Ribera, que entonces se levantaba. Y luego a Madrid, o donde surgiera un empleo. Los que quedaron manejando la presa también marcharon, años después. Y hasta se fueron un día los piragüistas. Ahora es el sueño de Jason, que ve posibilidades infinitas en un lugar que concibió un ingeniero para doblegar la geografía.

lunes, 13 de enero de 2025

Las mondas de las naranjas

A un joven poeta le preguntó su madre por sus ideas políticas, que si era de izquierdas o de derechas. “Le respondí que apreciaba por encima de todo las naranjas, a condición de comerme la pulpa y prescindir de las mondas”. De Heinrich Heine dicen que fue el último poeta romántico, porque se dedicó a enterrar el género. Con su parábola de la naranja, podríamos pensar que Heine era un cínico, el típico ‘pantalones grises’, dispuesto a arrimarse al sol que más calienta. Pero no sabemos si fue mejor o peor persona que otros coetáneos que se devanaron los sesos escribiendo sobre la pureza de sus ideales. Una cosa son las frutas, es decir, los hechos, y otra la retórica.

Cuelgamuros, o el Valle de los Caídos, obviamente no es naranja, sino una mole gris de granito. Lo he visitado dos veces. En la primera -de adolescente, con mis padres- un par de falangistas escoltaban la lápida. La segunda vez fue un año antes de la exhumación, y había un vigilante profesional, como en el resto de espacios de Patrimonio Nacional. Las dos visitas fueron en pleno verano, la explanada ardía al sol mientras que dentro del túnel era invierno, como en el jardín del gigante egoísta. Dimensiones desproporcionadas, figuras con los ojos vacíos, humedad. Es difícil no percibir el dolor y la asfixia suspendidos en un espacio imposible de ventilar. Hasta la cruz de dimensiones salvajes, que se ve cuando de vuelta desde Madrid coges el túnel de Guadarrama, parece un brazo que pide ayuda, engullido por los pinos. Hay mucha desolación allí, y es difícil vestirla de heroísmo. Una naranja es una naranja, seas de izquierdas o de derechas. Estoy convencida de que, si se redujera a escombros, las ruinas tendrían aún mayor valor simbólico para los nostálgicos del franquismo. Tiene que estar ahí para recordarnos que la fraternidad, que sustenta todos los derechos humanos, es muy frágil.

Yo me pregunto qué hubiera hecho con un grupo de adolescentes -la mayoría menores de edad, por cierto, con derecho a cierta protección, hasta de sus propios sus errores- si en una excursión se ponen a entonar el Cara al sol. Mandarles callar, o puede que ignorarles, porque a esas edades les divierte el desafío de llevar la contraria. Animarlos no, desde luego, no procede. Ese es el único punto que hay que aclarar del día en cuestión, y ya están tardando. Las ideologías se reparten entre el profesorado como entre el resto de profesiones, aunque si das Historia tienes más oportunidades de que se te note que si das, por ejemplo, Matemáticas. En una democracia, alguna idea propia podrán tener los profesores, aunque sean descabelladas. Inocularlas en las mentes de sus pupilos, salvo que el terreno esté abonado, no es tan fácil. Por el contrario, sí pueden hacer un gran trabajo a favor del diálogo entre los propios alumnos, para que se enfrenten a los límites y contradicciones de cualquier ideología. ¡Un aula debatiendo, hasta ahí podíamos llegar! Si no nos cabe el temario…

Cabe preguntarse qué van a aprender de este asunto los propios alumnos implicados. Los que jalearon puede que se avergüencen, pero lo mismo hacen piña y se creen héroes o delirios parecidos. Los otros se sentirán momentáneamente respaldados, pero convertirse en paladines permanentes de la causa será una carga muy pesada. Unos y otros no son enemigos, no olvidemos, son compañeros de clase. No deberían ser engullidos por una noticia que durará poco en los medios, y demasiado tiempo en los pasillos de un instituto.

Al final, hay que ceñirse a la naranja, a los hechos. Porque si lo que está sobre la mesa son los sentimientos, un día se acaba el mundo por un himno mal aprendido, otro por una estampita estúpida y al otro por agitar la escobilla del váter sobre un descapotable. Y es una frivolidad vivir escandalizado por las mondas de la naranja, mientras unos pocos hacen zumo con las naranjas de todos los demás. Para los profesores, queda de nuevo confirmado que las excursiones las carga el diablo, y es una lástima, porque la vida de estudiante se vuelve mucho más aburrida.

 

 

lunes, 6 de enero de 2025

Tales y los presupuestos

Tales de Mileto estuvo años pensando en nada. Esta ocupación no era relajante; por el contrario, al extraordinario pensador griego -o turco, si nos atenemos a la geografía actual- le resultaba difícil entender cómo podía existir una cosa que no era ninguna cosa. De hecho, la nada no puede existir si nadie piensa en ella, así que él mismo era en parte la nada. Tales miraba una pirámide y descubría un teorema, observaba un cuenco con agua y elaboraba una ley física. Todo eso lo hacía en sandalias y cubierto por una túnica, sin lápiz siquiera. Echando horas, básicamente, un tanto ajeno a los rigores de la naturaleza y las necesidades de su cuerpo: y de hecho, se dice que murió de una insolación, pensando a saber en qué cosas. Leyendo el periódico he pensado en Tales, y es ahora, en ese móvil que nos consume a todos un poco, donde he sabido que él fue algo más que el padre del teorema que aprendí a replicar una y otra vez en mis años, escasos, de formación matemática. Un solo cambio de profesora en el segundo trimestre me condujo del sobresaliente a una hermosa calabaza. Y ahí me quedé, en la nada numérica, como Tales, bueno, casi.

Pensaba en la nada cuando estos días se confirmaba que los presupuestos, los de Mañueco y los de Sánchez, se prorrogan. No ha habido revueltas populares ante esta noticia: si hay algo castellano es el que me quede como estoy, que malo será que no pasemos otro invierno con el mismo abrigo. Pocos se entretienen interpretando un presupuesto. Las pocas reglas inmutables que mueven el planeta se escriben con cifras, pero se nos hacen bola, y confundimos dos hectáreas con doscientas, y hay que traducirlas a campos de fútbol para hacerse una idea. Con el dinero pasa igual, a partir del millón necesitamos que nos muestren un atajo. El primer presupuesto de nuestra comunidad autónoma, allá por febrero de 1983, fue de 3.000 millones, y el último, el que repetiremos este año, de 14.562 millones. A ojo, se ve que ha subido, y más si se tiene en cuenta que los primeros millones eran de pesetas. Llevados a euros, fueron apenas 18 los millones que acompañaron en aquella primera legislatura a Demetrio Madrid. Calderilla, ni para rascar una esquina de esos 5.600, euro arriba o abajo, que debemos cada uno de los castellanos y de los leoneses por la deuda acumulada, eso sí, por debajo de la media nacional, que en el informe Pisa vamos por arriba de la media y en la deuda por abajo, que conste. Aunque ya se sabe que son los ricos los que más créditos arrastran, porque hasta en números rojos improvisan de lujo.

En el preámbulo de aquella primera Ley de las cuentas autonómicas se señalaba que “el presupuesto es la expresión numérica de toda nuestra actuación en los campos que nos competen”. Una definición perfectamente matemática. Puede que la repetición presupuestaria, que últimamente se está convirtiendo en costumbre, sea la ‘expresión numérica’ del momento que vivimos, en el que la probabilidad de gobernar en solitario es pequeñísima y de entenderse ni se contempla, ni en la política, ni en la calle. Si los únicos presupuestos posibles ya están inventados y alicatados hasta el techo, la trifulca política se queda en la nada, no en la nada metafísica de Tales de Mileto, sino en la nada mesetaria, que trata de explicar cada jueves Fernández Carriedo, con flema británica.

Pero, si la administración funciona aun en estas circunstancias, ¿no serán los funcionarios los que están a los mandos? Con todos los fallos, misteriosamente los motores siguen adelante. El ruido político parece un entretenimiento para alimentar el debate público y la lucha por el poder. Un simulacro, lo mismo que el PowerPoint que nos vendieron con el anteproyecto de presupuestos para 2025, ¿quién se acuerda ya de si se iban a dedicar unos milloncejos a esto o a lo otro? La música siempre suena igual: los impuestos más bajos, los mejores servicios. Aunque nos escueza pagar un céntimo más por el pan y el paracetamol, en los números largos nos perdemos.