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lunes, 27 de enero de 2025

El aplauso del turista

Ciudades y pueblos se ponen guapos para arañar unos segundos de atención en las ferias de turismo. Los discursos de los políticos, desde el presidente de la nación hasta el último alcalde, obedecen a un único patrón. Habrá cientos de destinos, pero por sus palabras solo existe uno: en todos ellos hay turismo cultural, naturaleza, gentes hospitalarias y, por supuesto, comida. Hay tanta comida que a veces da la impresión de que el viajero programará su jornada con el único objetivo de hacer tiempo para abrir el apetito.  A la vez, que otros hablen bien de tu lugar de origen te reconforta, como si recibieras dividendos de autoestima. Será que nos valoramos poco cuando necesitamos tanto el aplauso de desconocidos, o cuando nos molesta si alguien dice que no le gusta nuestra ciudad. Debe ser por eso que corren a Fitur todos nuestros representantes políticos y nos cuentan a nosotros mismos, a los de aquí, que nuestra tierra es maravillosa. Y como somos 9 provincias no pueden decir que una es más maravillosa que otra, solo que todas lo son a su manera.

Los eslóganes invitan al viajero a descubrir paraísos desconocidos. Suena bien, aunque no hay nada más alejado del turismo de masas que disfrutar de lo inesperado. Viajas con el deseo de encontrar lo que ya esperas, se hace turismo de constatación. Lo más inesperado que te puede ocurrir es que el monumento esté cubierto por una malla de obra, o que haya tanta gente que apenas puedas hacer una foto decente.

Es curiosa esta igualdad de los discursos, ese tono monocorde para describir los lugares. Diferenciarse, quizás, sería renunciar a una parte de los posibles visitantes, así que la oferta se repite. Los sitios de playa presumen de que a pocos kilómetros hay montaña; los de interior, de que también tienen agua, aunque sea un embalse; los destinos de naturaleza se esfuerzan en reinventar calzadas romanas, y los que tienen monumentos en crear sendas verdes. Todos apelan a la tradición y a la modernidad, a la tranquilidad y al festejo. Todos dicen que quieren marcar la diferencia, pero, como nos ocurre a las personas, ninguno está del todo satisfecho con lo que es.

En las ferias de turismo los lugares compiten como en un concurso de belleza. La gente se arremolina en unos expositores u otros por motivos triviales, como que te regalen una bolsa bonita o te inviten a queso. Como en esas competiciones locas en las que puedes elegir con un click el pueblo más bonito, hoy la belleza del mundo se tasa en convulsiones de internet. Los folletos hoy escasean en los mostradores, ahora lo petan gentes que viajan a gastos pagados y graban vídeos rápidos, de apenas un minuto, promocionando lugares “espectaculares” y experiencias “impactantes”. Dron arriba, barrido rápido, entra la música, como en TikTok. Van tan deprisa que es fácil que el viajero así captado se decepcione: caminar hasta el destino o atender a las explicaciones de un guía, que los hay maravillosos, exige concentración y tiempo.

He leído algo espeluznante del turismo al que vamos: códigos QR para recorrer rutas con cascos, escuchando trinos de aves cibernéticas, músicas y explicaciones grabadas. Con un código puedes entrar en la habitación que alquiles, y con otro conocer tú solito una iglesia o un museo. “Visitas autónomas con aperturas desatendidas”, lo llaman. Igual hasta te recibe el holograma de un rey visigodo.

El punto fuerte de esta tierra es que, salvo cuatro excepciones, hacer cola es poco frecuente y puedes caminar tranquila. Somos una reserva de silencio, un lujo muy escaso. Puede que eso disuada a los marchosos, pero cada cual tiene sus puntos fuertes: en la vida no hay como conocerse.

 

lunes, 1 de julio de 2024

Injusticia geográfica

Si lo de León tiene que hacerse que sea ya, sin anestesia. No creo que podamos aguantar mucho tiempo de desgaste, con los partidos intentando sacar tajada del asunto. Imaginemos diez años de tensiones, en las que el regionalismo centrífugo inunde el debate en las Cortes, podríamos duplicar ese 44 por ciento de gente que ha dejado de seguir las noticias por hartazgo. Pongámonos manos a la obra. Preguntemos a los habitantes de las nueve provincias si les convence la fórmula actual. No sea que hoy sea León y mañana Burgos, Soria o cualquier otra que por ahora aguanta mecha en silencio. Propongamos nueve autonomías uniprovinciales, con sus parlamentos, sus consejos asesores y su televisión regional, que dicen en Madrid que están dispuestos a estudiarlo.

Aquí se habla mucho de sentimientos y menos de poder. Al PSOE le ha funcionado en otros sitios arañar espacio a cambio de promesas de identidad. Y casi le ha puesto la alfombra Vox, con su torpedeo de Villalar, bandera deshilachada, pero bandera al fin. Y el PP puede valorar que es un buen trampantojo, cuando el meollo del asunto es el dinero, el que nos falta y faltará a la vuelta de la esquina. Dice Mañueco que nos va a bajar unas perrillas en el tramo del IRPF, que suena bien, y tres líneas más abajo añade que la financiación se queda corta. Somos una comunidad muy envejecida y con población desperdigada por el territorio. No cumplimos ni de lejos la ratio de trabajadores y pensionistas, y menos todavía en pocos años, cuando los boomers, Mañueco y yo entre ellos, nos jubilemos. Aunque fuéramos los más prudentes en el gasto y los más listos de la clase, somos muy dependientes de lo que aportan otras comunidades del país, nos guste o no admitirlo.

Las proyecciones auguran que seguirá perdiendo vecinos toda la franja oeste, desde Asturias hasta Extremadura, mientras que se salvarán por los pelos las provincias del ramal que lleva al resto de Europa, con transbordo en Bilbao, porque la economía funciona con reglas poco autonómicas. Es difícil que el sentimiento de agravio de León mejore. Y si damos una patada en el territorio, aquí no se va a mover solo una provincia. También están las otras ocho, aunque solo dos o tres hablen alto.

Si ya es injusto aguantar regímenes forales en un país, pensar en ofrecer distingos dentro de una comunidad tan modesta sería la hecatombe. Además, ¿qué criterio usamos? Si es solo el de ganar población, mi Segovia ya puede ir poniendo el cartel de “Me vendo” en el límite territorial. Dicen que será la provincia que ganará más vecinos, y no por culpa ni tampoco gracias a Mañueco. Es solo que el dinero puso ahí el ojo, a tiro de piedra de Madrid. Pero ha sido a costa de que muchos nativos se marchasen y se sigan marchando fuera. A cambio, vienen otros a ocupar trabajos para los que se requiere más necesidad que cualificación. Ellos son los nuevos segovianos, y será difícil que estén interesados en sujetar estandartes, están ocupados en ganarse la vida.

La fragmentación no soluciona problemas vitales, pero el agravio agrada. Nos creemos rebeldes, pero somos conformistas. Nos conformamos con echar la culpa al otro, y los políticos juegan la carta de la incongruencia y del enfrentamiento. Los sentimientos no pagan las facturas, pero qué más da. Es como los centros de salud: que estén abiertos, aunque no haya médico dentro.

Hace muchos años fui a escuchar a Julio Llamazares, en una charla organizada en Segovia. Hablaba de su pueblo, Vegamián, que desapareció sumergido por el embalse de Riaño. Sus aguas hoy riegan muchas hectáreas de regadío de maíz, remolachas y alubias, en tierras que durante siglos fueron secanos. La melancolía del escritor por su pueblo perdido era profunda e inalterable, como yo lloro por mi Segovia, engullida por las aguas del turismo. Al final la vida es el territorio de lo posible, aunque muchas veces nos parezca que se equivoca. Solo puedes mejorar las cosas si trabajas dentro de las coordenadas de lo real. Porque si no, la mejor solución es que nos cambien de sitio, que Palencia se cambie por Valencia y Zamora por San Sebastián. Esa justicia geográfica lo arreglaría todo, sin duda.

lunes, 24 de junio de 2024

Cuestión de músculos

 A la vuelta de un pasillo del todo a cien hay un grupo de chicos mirando unas mancuernas. Uno comenta que han subido las acciones de Apple, otro algo sobre proteínas. Acaban de pegar el estirón y tienen los brazos y las piernas como juncos. Todavía no saben quién son y por eso buscan a quién parecerse dentro del móvil. Cuando cumplan dieciocho proyectan apuntarse a un gimnasio, no tanto para estar sanos -quién no lo está a esa edad-, sino para “ganar músculo”. A los veinte, si perseveran y cumplen a rajatabla un rosario de series y repeticiones, mostrarán en su perfil una foto con el torso en escorzo, para que se aprecie bien lo conseguido, aunque siga ahí el rostro del niño que eran hace cuatro días. Nuestros abuelos, si querían ganar espalda, se enfundaban en una americana con hombreras, y nuestras abuelas se ajustaban la faja para lucir cintura. Hoy cumplir con el estándar es mucho más sacrificado porque tiene que ser la propia piel la que contenga un cuerpo que por naturaleza se esponja y relaja. Las chicas llevan décadas aspirando a la delgadez “tonificada”, como ahora se dice, y son los chicos los que ahora las adelantan por la derecha. Junto a las salas de aparatos y observación mutua que son los gimnasios, en los supermercados crecen paquetes etiquetados en negro, como los mandiles de los cocineros de moda. Son preparados o alimentos normales, como el queso, que hoy son la marmita de Obelix, por contener proteínas. El músculo conlleva una disciplina estricta, que para algunos se convierte en una forma y hasta un motivo para vivir.

Un amigo decía que no se casaba porque solo podía ser un marido como había sido su padre, cabeza de familia que proveía sustento y que llegaba a casa justo para comer y ver la tele sentado en el sillón. Las revistas femeninas nos acompañaron a las mujeres en nuestro avance, pero el hombre se quedó sin pautas a seguir, porque esas publicaciones que le imaginan vestido con sacas de colores y ponchos de ganchillo solo han servido para dejarle definitivamente sin referentes estéticos, y casi de cualquier tipo. Parece que bastantes se han entregado con entusiasmo a cuidar el cuerpo, a ver si averiguan lo que son.  Están de moda chicos muy jóvenes que se presentan en TikTok como garantes de los valores y paladines de la familia clásica. Hablan del esfuerzo y el honor como si se prepararan para la guerra, pero al final el campo de batalla es solo un gimnasio, y sus sueños son los de la lechera, aunque en vez de cántaros hablen de bitcoin. Como son jóvenes y están protegidos por sus padres no saben que donde se prueba el valor es en la brega diaria, en la resistencia en un mundo regido por el “tanto tienes, tanto vales”. Y si no, a galeras a remar, como Ben Hur, que era fuerte para aguantar lo insufrible, pero hoy no tendría un pase por falta de masa muscular. Antes pensábamos que fuerte era un señor mayor como John Wayne, un enclenque fibroso como Kung Fu, o Goliat, el amigo gordito del Jabato, que nunca hizo abdominales. Hoy los fuertes son superhéroes de Marvel: están tan preocupados por lucir bien y reventar la camisa que solo se aman a sí mismos, aunque luego aparezcan con una mujer delgada y curvilínea, un atributo más para demostrar su pueril éxito.

Si de verdad quieren salvar la familia “tradicional” deberían asegurarse de que al otro lado quedan mujeres dispuestas a aguantarles a cambio de contemplar sus bíceps. Deberían contar también con una saneada cuenta con unos cuantos milloncejos, para que la consorte juegue al cinquillo mientras el sufrido servicio doméstico se ocupe de todo. El otro día era motivo de risa una mujer que afirmaba estar casada con un muñeco de trapo, de nombre Marcelo, de quien decía que era el marido perfecto porque acataba todo lo que le decía. Es lo que hay, ni las mujeres ni los hombres tenemos muchas ganas de que nos lleven la contraria, porque estamos inseguros y llenos de contradicciones. Saber qué tipo de hombre o mujer eres, y sobre todo amar a otra persona, exige salirse de la tribu y de sus pacatos preceptos. No hay tradición a la que volver, el tiempo no es reversible y va siempre hacia delante. Pero los chicos de dieciocho todavía no lo saben, y pueden creer que cuando ganen espalda y luzcan una barba bien recortada sentarán catedra.

lunes, 17 de junio de 2024

De Laponia a Navacerrada

Los comerciantes dicen que el cambio climático hace estragos en sus ventas, y tienen razón. El invierno enfría poco, la primavera es un soplo y en breve el sol caerá a plomo sobre las aceras y los vecinos nos refugiaremos tras las persianas bajadas, hasta que caiga la tarde. Las estaciones llegan porque hay que dar color al calendario, pero con cuatro trapos y un abrigo ligero te apañas. Aquí no pisamos nieve, y dicen que cuesta que caiga hasta en Laponia, y los lapones se echan las manos a la cabeza, por la naturaleza y también porque cómo van ir turistas a ver a Santa Claus en esas condiciones. En una encuesta dicen que los mayores y las mujeres nos preocupamos más por el cambio climático, lo primero será porque tenemos memoria, lo segundo lo desconozco. Con las primeras nieves, las niñas pijas de mi niñez iban a esquiar a Navacerrada hasta entre semana. Hoy apenas quedan pistas abiertas, y cuando los madrileños asaltan la sierra para pisar nieve tienen que conformarse con hacerse un selfi en un metro cuadrado, como perrillos que se revuelcan en un charco.

Es difícil negar el cambio del clima, que queda registrado cada día por los satélites, las estaciones, la buena gente que colabora cada día con la AEMET, y hasta por el termómetro de la Plaza de Zorrilla.  Los negacionistas, más que una lucha contra los grados, la tienen contra sí mismos. Les da más miedo cambiar de hábitos hoy que el fin del mundo mañana. También a los lapones les escuece que se deshaga la nieve porque dejan de ir turistas en vuelo directo, aunque algo tendrán que ver las hordas masivas de curiosos por el mundo en que la nieve se deshaga. Pero bueno, eso será pasado mañana, hoy solo tenemos que temer que el cielo se caiga sobre nuestras cabezas.

El tiempo meteorológico, como el vital, va avanzando en dosis imperceptibles, pero implacables. El tiempo de cada día es único, nuevo, real, y nos concierne a todos. No hay informativo digno sin ese espacio. La mujer o el hombre del tiempo no prometen ligeras brisas en las tardes de canícula, ni lluvias en medio de la sequía. Sortean el puzle autonómico, aunque haya que sacrificar la lógica geográfica para dedicar el mismo tiempo a una autonomía uniprovincial que a la nuestra. Si llega un “puente” y amenaza temporal son prudentes, no sea que los hosteleros pidan su cabeza, pero no mienten. Esto es lo que hay, así que haz lo que puedas con ello.

Tienen mala prensa los negacionistas, pero todos lo somos un poco. No dejamos de ser hijos de un tiempo derrotista, en el que huimos de la responsabilidad, y a la vez nos sentimos culpables. Del mismo modo, los políticos son negacionistas hasta el tuétano: los problemas puede que existan, pero en todo caso son culpa de otros, así que su responsabilidad para solucionarlos es nula o limitadísima, lo justo para aguantar hasta el mes que viene.

Estos días, Rafael Calderón, un profesor de Física ya jubilado, nacido en León y residente desde hace muchos años en Segovia, mostraba un estudio sobre las temperaturas recogidas en el puerto de Navacerrada desde 1951. De media, hemos sumado 2,6 grados más en estos 73 años, y en la última década un grado, porque el calentamiento se acelera. Antes helaba en el puerto 163 días al año, y ahora poco más de cien. No puedo poner la mano en el fuego en el tema de Laponia, pero en el de Navacerrada sí, porque a los niños segovianos nos enseñaban a calibrar cómo venía el año por la nieve que quedaba en la Sierra, y malo era que no pintara en blanco con buenos neveros entrado el verano. Y lo malo ahora es lo habitual.

 

 


lunes, 3 de junio de 2024

Las monjas de Instagram

En tiempos, toparse con un hábito fuera de los muros del convento obedecía a causas de fuerza mayor, como una cita médica o un funeral. El abastecimiento se recibía por el torno, y cada orden contaba con una mandadera para encargos. Otra ocasión era acudir a la mesa electoral, a primera hora. Igual ayer también enfocaron a unas pocas religiosas, que acudían a depositar el voto. Unas “monjitas”, como algunos dicen, como si no fueran mujeres del todo, como si permanecieran en el limbo de la ingenuidad. Se habla de pecadillos de monja, cutis de monja, manos de monja. Quizás las pieles no se curten, pero los humanos por dentro sí lo hacemos, cualquiera que sea el espacio en el que nos desenvolvamos; todas las tensiones y alegrías se reproducen en cualquier comunidad, grande o pequeña. Otro tópico es que han nacido para endulzarnos la vida, como si hacer mazapanes fuera la causa de su vocación, y no la consecuencia del “labora” que acompaña al esencial “ora”.

Donde nací había conventos por todas partes. Según abrías la ventana, las Dominicas; a cien metros se veían los ventanucos de las celdas de las Oblatas; pasando la cuesta, las Juaninas y un poco más arriba, las Carmelitas y las Siervas. Eso a tiro de piedra, porque fuera del barrio había unas cuantas órdenes más. A veces sonaba una campanita, y detrás otra, un poco más lejos, y luego otra más. Algunas ya han desaparecido. Uno de los conventos es hoy un hotel, otro se reconvirtió en oficinas, otro -extremadamente valioso y precioso- San Antonio el Real, está cerrado y sin proyecto.

Cada poco tiempo en los medios asoman monjas que apuestan por renovar sus métodos y expandir “la llamada” por nuevos caminos, que hoy todos conducen a la pantalla del móvil. El otro día una orden ofertaba “prácticas de monja”, una invitación un poco frívola, pero no muy lejana del consejo clásico: reza y la fe llegará. Puede que aparecer en Instagram, que es la antítesis de la clausura, sea la última carta posible. La otra alternativa es dejar que el tiempo pase, que todo siga como siempre, hasta que llegue el día de echar el cerrojo, salvo que Dios disponga otra cosa. Es una elección compleja, pero está ahí. Las nuevas monjas no son seres de luz, son también mujeres millennials, generación Z, o lo que se tercie, han habitado en un mundo ruidoso y muy diferente al del silencio del claustro y la meditación en la celda.  Y a veces pasan cosas, piensan cosas, deducen cosas, y hasta engullen ideas rocambolescas que les llegan por el móvil, un día que estaban reclutando nuevas vocaciones. Qué lejos del postureo en redes queda la monja tradicional, que tenía prohibido observarse en el espejo para evitar cualquier vanidad.

Lo ocurrido en Belorado es una excepción, pero también un síntoma de las costuras quizás endebles de estas comunidades, cerradas y bastante opacas. Tras los muros puede reinar la piedad y la austeridad, o un desorden intolerable. Todo se basa en la confianza y la buena voluntad, hasta que salta por los aires y alguien se pregunta ¿pero a nombre de quién está todo esto? Algún cambio habría que hacer en este sentido. En lo que respecta a lo espiritual, poco se puede hacer para demostrar a las exclarisas que su creencia no es la verdadera, decididas como están a besar el anillo del obispo “preconciliar”: es una cuestión de su fe. Yo imaginaba los cismas como algo más trabajado y riguroso, pero ahora comprendo que pudieron surgir de cualquier cosa. Eso sí, entonces no se retransmitían por la televisión.

El caso de Belorado daría risa si no fuera porque transmite a muchas personas una idea ridícula de lo que es la vida monacal. Es triste pago para las que estuvieron y las que todavía quedan en los conventos, que se levantan de madrugada para orar por nosotros, por los pobres, por todos, por este desdichado mundo. Yo se lo agradezco, sinceramente, mucho más que su pericia haciendo galletas.

 

lunes, 27 de mayo de 2024

Coser y querer

En el colegio, muchas tardes teníamos clases de costura. En una cajita llevábamos el acerico, las tijeras, las bobinas y un retal panamá. La mayor parte del tiempo la dedicábamos a bordados, que era lo lucido. De pasada, nos enseñaba a hilvanar, a hacer un pequeño dobladillo, a preparar un ojal para meter un botón. La profesora, que en tiempos adiestró en las filas de la Sección Femenina, quería que usáramos dedal, pero era tarea imposible, y acababa desprendiéndose como la caperuza de una bellota. A finales de los setenta, tanto ella como nosotras, sentíamos que el tiempo de las vainicas se acababa. Y Tequila ya había salido por la tele.

Con el tiempo, olvidé muchas cosas, pero no a enhebrar una aguja y a unir dos telas, aunque sea con cuatro puntadas burdas. Nunca he sido hábil ni he encontrado satisfacción en las labores primorosas, pero sí en zurcir un calcetín o reparar un enganchón en una camisa, por ejemplo. Cambiar una bombilla, pegar el asa de una taza, ese tipo de destrezas domésticas, hacen sentir bien, y no solo porque ahorres dinero. Contemplas el apaño y te sientes como Robinson Crusoe después de ensamblar los restos del barco y levantar su cabaña. Eres un ser humano útil, con manos y cabeza. Ojalá supiera utilizar el taladro y reparar cisternas, pero esa clase no me la ofrecieron.

Esas tareas antes normales en casi todas las casas cada vez están más mercantilizadas. Me refiero a tareas que van más allá de lo que hemos aceptado como inevitable, como que otras personas se ocupen del cuidado de los hijos, o de nosotros mismos, cuando no seamos capaces de cubrir nuestras mínimas necesidades. Hablo de las tareas básicas de supervivencia -“sus labores”, como ponía en el carné de nuestras madres-, pero también a los apaños de pequeña escala que solían ocuparse los padres, con quien ahora compiten aseguradoras que ofrecen un “marido de repuesto”. Si hablamos de ropa, por aquí ofrecen un pack para solteros, cuatro coladas al mes, plancha incluida. La limpieza por horas, por supuesto. Los arreglos de la ropa, en el cosetodo, y si no a la basura. Y donde la sustitución ha sido total es en la cocina. De mediterránea, a nuestra comida ya solo le queda la situación geográfica. Cuantos más programas de cocina, cuantos más consejos, menos cazuela. Basta con ir al supermercado y supervisar los carros de la compra, hasta los filetes vienen ya empanados. Puedes pedir costura, planchado y cocina a domicilio, y no tardando hasta un abrazo y un beso de buenas noches antes de que te cubran bien con la manta.

Solo desde nuestra creciente incapacidad de usar las manos se entiende que hoy sea de máximo interés qué bar hace la mejor tortilla de patata o la mejor croqueta. Antes en casi todas las casas para cenar caían croquetas, básicamente dependía de las sobras de la comida del día anterior. Nunca oí a nadie decir que las croquetas de su madre estuvieran malas, en todo caso que las de su abuela todavía eran mejores. Ahora, en todas las cartas de los restaurantes hay croquetas, caseras o de las otras, y si huelen a trufa parecen un lujo. Pedimos croquetas en mesas extrañas y están buenas. Pero las de tu madre eran mejores, porque te las comías en la mesa de siempre, repantigada en la silla con el pijama ya puesto, sabiendo que el día terminaba y que mañana vendría otro con sus complicaciones, pero que por la noche la croqueta no fallaría. Esa es la petición básica, danos hoy el pan de cada día, y mañana ya llegará.

Hay una poeta no muy premiada pero sí muy leída, con versos esparcidos y compartidos por internet, que sabe mucho de cocina y cariño.  Begoña Abad nació en un pueblo pequeño de Burgos, vivió en un sitio y en otro hasta que, pasados los cincuenta, encontró su primer trabajo como portera, y poco después publicó su primer libro. Uno de sus poemas lo construyó para acompañar un táper de lentejas que guisó para su hijo, “meciendo el puchero como mecí tu cuna”. Al final, es cuestión de querer. Yo también pensaba que hacer masa de croquetas era difícil, aunque mi madre decía que no, que solo era paciencia y dar vueltas a la bechamel con la cuchara de madera. Y es verdad, qué milagro increíble.

 

 

lunes, 20 de mayo de 2024

Cuando el dolor es noticia

Rad Bradbury terminó Secundaria en plena Depresión del 29. Su familia no tenía dinero y no podía ir a la universidad, así que después de su trabajo como repartidor de periódicos se marcó como objetivo ir a la biblioteca tres días a la semana, y lo hizo durante diez años seguidos. Hoy también se agolpan estudiantes en las bibliotecas, pero no necesitan consultar en las estanterías para buscar respuestas a sus preguntas. Lo que buscan es silencio y esquivar las distracciones, para engullir a tiempo el temario marcado. No son más listos ni más tontos que la generación de Bradbury, quien entonces y también ahora hubiera sido un fenómeno. “Es el mar, tonto, el mar”, como en el chiste aquel de Miliki. El mar, el sistema, ha cambiado.

A esos que despellejan a los estudiantes de hoy, les convendría leer las memorias de Evelyn Waugh, en las que cuenta su etapa como estudiante en Oxford. Para la elite, que tan bien plasmó en Retorno a Brideshead, la formación era un barniz apetitoso, un medio de establecer contactos entre iguales, pero no una credencial para encontrar trabajo. El título se daba por conseguido, y además la mayoría tenía asegurado un trabajo o medio de vida ya antes de entrar en el campus. “La mayoría se conformaba con pasar de cualquier manera. La proporción de holgazanes hoy es muy reducida. El moderno estudiante es más virtuoso, porque es más pobre. Es más intelectual, porque ha de esforzarse más”.

Esa apertura de la universidad que ya palpaba el escritor inglés en el periodo de entreguerras hoy es total, y hasta a veces, dicen, excesiva. El título se entiende como una inversión, un peaje para encontrar trabajo. Ya nadie se indigna si no se considera a la universidad un “templo del conocimiento”; al revés, algunos tienen el descaro de puntuarlas según el grado de inserción laboral de sus alumni, que con curriculum pronto será el único término latino en uso. Y si el premio es el título, el único objetivo es aprobar.

Aprobar por los pelos también era el objetivo de unos chicos que vendían clases de refuerzo de materias “hueso”, grabadas sin permiso de una academia, y encima ofertarlas a través de la red de su propia universidad. Emprendedores, pensaría alguno. El caso revela un boquete del sistema. Primero, porque una parte significativa de universitarios es incapaz de comprender la materia de boca de su propio profesor, sea de quien sea la culpa. Segundo, porque a la desesperada pagan por clases particulares para tratar de aprobar, que tampoco es cosa segura. Tercero, porque seguro que no todos los que las necesitarían pueden pagarlas.

Es posible que algunos de los implicados se pregunten qué había de malo en ello, cuando cada día comparten trabajos, libros y tesis enteras por el móvil. Sí, en mis tiempos también fotocopiábamos apuntes y libros (que no era delito, hasta te los vendían en la propia universidad). Pero ahora el mercadeo de materiales es tan brutal que amenaza con derrocar al “sabio en el escenario”, ese profesor sobre la tarima cuyas explicaciones hoy pueden ser suplantadas por vídeos de YouTube. Y el hecho es que, aunque parezca que todo sigue igual, no es descabellado poder titularse sin apenas pisar un aula, salvo en unos cuantos grados que requieren presencia.

Más allá del título, lo insustituible de la universidad, del instituto, de un centro de formación profesional y hasta de un curso del ECYL, es estar allí, escuchar al profesor junto a tus iguales. Estudiantes excepcionales, no por sus expedientes, sino por lo que son por sí mismos. Recuerdo bien a un compañero que comenzó con nosotros Periodismo. Venía a las clases en el turno de tarde, se sentaba solo y hacía preguntas complejas a los profesores, sobre todo en Historia. Leía mucho y nos daba cien mil vueltas a todos, pipiolos recién salidos del instituto. Una mañana le encontré vestido con mono azul, reparando una moto en un taller. Continuó un par de años, pero al final dejó la carrera. También me acuerdo de una estudiante portuguesa que vino un tiempo después, y con la que nos enfadamos porque no entregó a tiempo su parte en un estúpido trabajo de equipo. Ante nuestros reproches, solo dijo muy seria y con voz grave: “hay cosas más importantes en la vida que los deberes de la universidad”. Y tenía toda la razón.

lunes, 13 de mayo de 2024

El Pisuerga salvaje

La ciudad no vive de espaldas al río, sino sobre el río. Si pudiera, lo cubriría con una funda de las que utilizan para que las piscinas no se llenen de cieno y salamanquesas en invierno. A los efectos, el río no deja de ser un obstáculo que ocasiona numerosos inconvenientes. No acabamos de encontrar el puente adecuado, porque el perfecto es el que no existe, y no se trata de anegar el cauce, no somos tan brutos. Pisuerga es una palabra complicada y no inspira grandes rimas, aunque para Valladolid sea identidad. Sobre plano, el río es un trazado completo y un nombre, aunque en el día a día es apenas un tramo, como por ejemplo las Moreras, que suena a verbena y huele a crema solar. Pero el río, los siete kilómetros y pico que atraviesan la ciudad, con ese color parduzco que no da pistas sobre si cubre un metro o diecisiete, es inabarcable y no acaba de dar confianza. Gusta cuando pasas por encima y miras la línea del horizonte, pero si observas el fondo pierdes el equilibrio, como cuando montas en bicicleta. Porque el río, pese a estar sitiado por edificios, no se doblega, y sabemos que de cuando en cuando puede dar una patada. Porque nosotros somos sus invitados, y no al revés.

Cuando empiezan estos días largos que apuntan al verano, a los paseantes de perros se suman algunos pescadores en busca de un recodo para echar la caña. De pequeños nos decían que había que madrugar mucho para pillar atontados a los peces. “Desde una hora antes de la salida del sol hasta una hora después de su puesta”, concreta la normativa. Pero lograr que les seduzca la mosca no es lo más importante. El pescador lo que busca es estar solo, solísimo si es posible, y para que el sedal se tense se requiere un silencio absoluto. La charla es contraproducente. “A veces teníamos el río entero para nosotros solos durante ratos larguísimos”, como decía Huckleberry Finn.

En el Pisuerga apenas quedan especies autóctonas, engullidas por otras más resistentes, que barren hasta los fondos. Hace unos años llegó el pez gato, que era justo el que pescaban Tom Sawyer y su colega Huck para asarlo en una fogata y almorzar, junto a un trozo de tocino y tazas de hojalata llenitas de café. También por aquí campan a sus anchas los cangrejos americanos y los galápagos de Florida, así que si el mundo fuera una novela y nosotros niños eternos solo nos faltaría una balsa para anclarla en el islote del Palero y echarnos una siesta.

Si en Valladolid tenemos playa, el Pisuerga tiene que ser nuestro Misisipi, y ahí está para demostrarlo un barco que no es a vapor, pero tiene dos pisos y barandillas blancas. Tampoco hoy Hannibal es el pueblo en el que vivió Mark Twain, sino un núcleo turístico como tantos, en el que puedes visitar la cabaña de Tom, la isla de Jackson en la que tomaba el sol en pelotas con su amigo, y hasta la cueva donde se quedó encerrado con su amada Becky.

Todo ha cambiado, pero ningún río está completamente domesticado, ni siquiera aquel del que desapareció el agua y quedó un cauce seco. El Misisipi se revuelve a lo grande, y el Pisuerga también se hace valer, de cuando en cuando. Ese miedo que despierta el río es también su forma de ser respetado. Sus márgenes no se dejan peinar, permanecen en el claroscuro y dan cobijo a adolescentes de botellón, amantes y gentes sin rumbo. El río acoge a todos, pero guardando las debidas distancias. Basta ver la procesión del día del Carmen para entender que es el río y no el alcalde el que en realidad está al mando de la situación.

Al final, el tema va de mantenerse a flote. El creador de Tom Sawyer lo tenía tan claro que cambió su nombre original, Samuel Clemens, por “Mark Twain”, “marca dos”, las dos brazadas de profundidad necesarias para poder navegar. El río es poderoso, desobediente y desordenado. Como la vida, atrae y da miedo, y sigue sus propias normas. A su lado, nosotros somos unos aprendices.

 

 

lunes, 6 de mayo de 2024

Cuando el dolor es noticia

La viuda de Paul Auster lamentaba que la noticia del fallecimiento del escritor corriera por medio mundo antes de que se llevaran de casa el cuerpo del escritor. “Fui una ingenua, pensé que yo sería la que anunciara su muerte”, escribió Siri Hustvedt en su Instagram, ya como reflexión, no como noticia. Ni siquiera tuvo la oportunidad de ser la primera en avisar a sus familiares y amigos porque a las pocas horas ya estaba todo dicho y escrito. “Nos robaron la dignidad. No sé cómo sucedió, pero sé esto: Está mal”, dijo.

No todos tienen la fuerza y eco de Siri para dejar claro que despojar de su dignidad a un ser humano porque ya no tiene capacidad de defenderla “está mal”. Al menos, en su caso, su muerte era esperada y sus novelas seguirán siendo leídas cuando ya nadie recuerde las circunstancias de su final. Pero cada día aparecen noticias de personas anónimas que mueren trágicamente, personas que seguramente nunca quisieron salir en ningún periódico. Un día cualquiera marcharon a trabajar, o a clase, y al día siguiente se publicaron sus iniciales en un suceso, a veces junto a una fotografía de un cuerpo inerte, tapado por una sábana.

Somos como el hombre aquel que, avistando a la Parca por la calle, viaja a otra ciudad a muchos kilómetros de la suya para perderla de vista, y a anochecer se la encuentra de bruces. Entonces la muerte le dice, más o menos: “Me sorprendió verte esta mañana en Valladolid, cuando teníamos cita esta noche en Estocolmo”. Vamos tratando de esquivarla, y para eso queremos indagar cómo camina, qué lugares frecuenta, y a quién visitó la última semana.

Morir es la noticia de cada día, la única noticia en realidad. Por eso, entre las informaciones más vistas de la web del periódico siempre hay varias que comienzan por “Muere”, “Fallece” o “Asesinado”. En las páginas de internacional la competencia es feroz, y a veces no sabes sobre qué tierra arrojar la mirada y la plegaria. Son tantas las bajas que no somos capaces de procesarlas; solo te haces una idea del horror si publican el cuerpo desmadejado de un niño en brazos de su padre. La primera vez que alguien expresó la frase, desgastada pero verdadera, de “acompañar en el sentimiento” tuvo que ser a los que perdieron un hijo.

La muerte de un hijo es el fin del mundo, la caída al abismo, el absurdo incomprensible. La soledad. En ocasiones, esa muerte acaba en internet, descrita en unas pocas líneas y compartida mil veces. Puede ser por un golpe brutal, como el que se llevó a Sergio, o por un fallecimiento inesperado, como el de Miguel, un chico que quería ser periodista, como yo lo quise a su edad. En la Facultad nos enseñaban que las muertes dejaban de ser privadas en determinadas circunstancias “de interés público”. Eso era en los tiempos del papel, en los que al menos había unas horas de margen para reflexionar. Ahora el interés público es una medida ingenua, e incluso peligrosa: somos voraces y no siempre tenemos razón.

Tiene que ser desgarrador encontrar en internet el nombre de un hijo, una madre o un amigo, como un recortable al que le faltan las piezas principales, que solo los que los amaron conocen. Es un lastre añadido e injusto, que complica a las familias tejer su propio duelo, sobrevivir y poder dar un sentido a la pérdida, o al menos soportar su sinsentido. Será inevitable pero, como la mujer de Auster, me pregunto si estamos haciendo algo mal.

 

lunes, 15 de abril de 2024

Esta tierra de en medio

Mi abuelo Juan abandonó Salmoral con poco más de diez años, para no volver más. Acompañaba en busca de fortuna a su padre, que era como él pelliquero, tratante de pieles y sebos, una actividad que por entonces ocupaba a buena parte del pueblo salmantino. Es tarde para saber por qué paró en Moralzarzal, en el lado madrileño del Guadarrama, y cómo conoció a mi abuela, a su vez nieta de un vasco carlista, eso contaba, que escapó por patas de Balmaseda. El caso es que acabaron viviendo en Segovia, donde criaron a mi madre y a cuatro hijos más, mientras fuera se sucedían república, guerra, dictadura y democracia. Mi abuelo por las tardes comía un poco de jamón y un mendrugo, y hacía mil solitarios sobre la mesa de la cocina, repartiendo lentamente las cartas. A finales de los setenta ya se hablaba mucho de los catalanes y los vascos, que él tenía en buen concepto, porque eran trabajadores y echados para adelante. Poco más comentario sobre un proceso por entonces germinal. Tampoco creo que mis otros abuelos, asentados igualmente en la capital, pero nacidos en pueblecitos de Segovia, dedicaran un segundo a pensar en cuestiones identitarias. Mi abuela Angelita guardaba un manteo de segoviana en un arcón, que nunca vi, y mucho menos puesto. No le escuché entonar una sola jota. Se hablaba lo justo, como si hubiera que economizar también en palabras, como si expresar alegría pudiera ser una falta de respeto para el que al lado lo pasa mal. Visto hoy, quizás eso forme parte de esa antigua identidad castellana, que algunos llaman austeridad y rectitud y otros antipatía y tristeza. De hecho, la primera vez que me dijeron “cómo sois los castellanos” fue en Madrid, sospecho que más por lo borde que por lo austera.

Si hoy viniera un marciano y tuviera que explicarle qué es una comunidad autónoma no empezaría por el carácter, ni por las jotas, ni por fenotipo alguno, que ya sabemos desde Lombroso que de poco sirve tratar de clasificar a los buenos y a los malos por la forma del cráneo o el Rh. Diría que, en este trozo del mundo, que se llama España, hubo que encontrar una fórmula para organizarnos, que algunas partes lo tenían muy claro desde el principio y en el resto pesó la historia, pero también el azar. Y que igual podíamos haber sido once, sumando a Logroño y Santander, como se dijo en aquel Villalar histórico que juntó a 200.000 personas, u ocho o siete, si León o Segovia se hubieran descolgado en el último momento. O menos todavía, como ahora parece que cada provincia, a su forma, reclama, porque nadie da un paso adelante por la unidad, que es siempre costosa y exige renuncias. Pesar, medir y repartir esas renuncias entre las 9, con racionalidad, sin recurrir al victimismo permanente de que la culpa de todo lo mío es tuya, veneno que tiene a nuestro país como un patatal. Pero también sin creer que por estar en el centro geográfico se merece todo, porque eso ya lo saben y aprovechan las empresas, y las administraciones están para hacer otras cosas.

A mí la pelea por la identidad me ha resultado siempre una pesadez. Se es lo que se es, sin ninguna premeditación, y los que presumen de pura cepa que sepan que la evolución, que es sabia, se encarga de extinguirlos. Y si hay que hacer pedagogía para que seas otro al que ya eres, conmigo que no cuenten, me resistiré con uñas y dientes. Y además en esta tierra se nos da fatal, como puede comprobarse cada vez que se aproxima el 23 de abril. Villalar, cuando fue electrizante, no era solo el día de la Comunidad, sino también la oportunidad de expresarse con total libertad tras la oscura Dictadura. Siempre ha arrastrado tensiones, siempre se ha caminado por el filo. Algunos sienten que la carpa les pertenece en exclusiva, y otros se arriman con cara de susto, deseando que pase el trago. Parece que se quiere y no se quiere organizar, contradicción elevada a la enésima potencia en los dos últimos años. Al final, Villalar se convierte en una excusa para llevarse, si cabe, un poco peor.

Si de verdad ayuda, yo estoy dispuesta a renunciar a Villalar, y me da igual echar las campanas al vuelo en San Froilán, con León, o en San Roque, con Salmoral. “Mi patria lo primero, tenga razón o no, es lo mismo que mi madre lo primero, borracha o sobria”, como replicaba Chesterton a los entusiastas de menear la bandera. Yo preferiría añadir provincias a restarlas, porque en las nueve he comido un menú del día y charlado con amigos, y las siento cercanas, no propias, porque ninguna me pertenece. Pese a los aberrantes, si hay una virtud bastante común en esa “tierra de en medio” es la conformidad, y no olvidar nunca, pero nunca, que nadie es más que nadie.

 

 

 

lunes, 8 de abril de 2024

Vocaciones tardías

Estos días que tanto se ha escrito sobre Luis Argüello, un detalle se repetía: que era de vocación tardía. Hacía tiempo que no escuchaba esas palabras, que antes eran comunes en las casas, al referirse a un párroco u otro. “Ese es de vocación tardía”. Durante décadas fue bastante frecuente que uno de los hijos de familias por entonces muy numerosas entrara de niño en el seminario. Una parte permanecía allí hasta su ordenación, y la mayoría abandonaba, pero esos años de estudio en el Seminario eran una oportunidad, sobre todo cuando faltaba dinero en casa. Los “de vocación tardía” eran rara avis. E incluso se mencionaba el detalle con cierta desconfianza, como si el hecho de que hubieran tardado en elegir su misión en la vida los relegara de categoría.

Mencionaba el nuevo presidente de la Conferencia Episcopal que, más que vocaciones sacerdotales, lo que faltan hoy son vocaciones de “matrimonios abiertos a la vida”. Una manera brillante de salirse por la tangente, aunque también una realidad. Acatar hoy un “para siempre” es cosa muy complicada, y no hay garantías de éxito, aunque elijas una catedral para intercambiar los anillos. Claro está que, si hubiera muchos matrimonios, y muchos hijos, y además católicos, alguno elegiría la vida religiosa. Sin embargo, no recuerdo cuando era niña, hace casi cincuenta años, que ninguna dijera que tenía vocación de esposa, como alternativa a la de monja contemplativa. Supongo que, si te preguntaban, contestabas que sí, que de mayor te casarías y tendrías familia. Aunque ya entonces nos reíamos de Susanita, la de Mafalda, para la que futuro equivalía exclusivamente a “¡hijitos!”.

Todavía se venden esas barajas de cartas de familias, en las que los hijos y los nietos de los zapateros son zapateros, los del lechero, lecheros y los del sastre, sastres y modistas. Añoramos los viejos oficios y ese mundo de orden, aunque la libertad de elección nos defina como humanos y nos aleje del determinismo del gato, que no tiene otra que saltar detrás de un pájaro.

Los niños de Castilla y León dicen que de mayores quieren ser futbolistas, policías y bomberos, y las niñas profesoras, artistas y veterinarias, sean lo que sean sus padres y madres. Luego meten a todos en el tobogán de tubo del Campo Grande y los centrifugan, y a los 14 tienen que decidir si van por Ciencias o por Sociales (Letras está defenestrado, ¿para qué sirve eso?). En el proceso, las vocaciones infantiles van decayendo a medida que se les va distribuyendo según las calificaciones, y con el tiempo ya ni se preguntan qué quieren ser de mayores: ¡lo que pueda! Con poco más de veinte años, ya están en perfecto estado de revista para ser el resto de su vida una pieza útil para el mercado laboral. Hace poco, un responsable de Harvard se lamentaba de que hoy, si a sus estudiantes les daban a elegir entre superar grandes retos u obtener buenas calificaciones, se quedaban con lo segundo. El título como sustituto del conocimiento, y los alumnos como clientes.

Ahora que nos quieren jubilar a los setenta, yo creo que la vocación tardía debería ser la norma, y no la excepción. Deberíamos seguir preguntándonos durante mucho más tiempo, quizás siempre, qué queremos ser de mayores, modificando la ruta cuando sea necesario. La experiencia no es lo que nos han contado, no es un rosario de éxitos y ascensos, sino un buen montón de errores y dudas. Hay afortunados que encuentran un oficio vocacional; otros sienten vocación por el trabajo en sí, por cumplir fielmente su tarea, y otros solo soportan la jornada, qué se le va a hacer. También hay quien fabrica su propia vocación en su tiempo libre, porque las aficiones conviene cuidarlas, para no convertirte en un auténtico borrico de sofá.

David Trueba, escritor, cineasta y niño que veraneó en Tierra de Campos, publicó hace tiempo un librito precioso que se titula Ganarse la vida. Una expresión que suele reducirse a lo monetario, pero que va mucho más allá: “ganarse la vida tendría que ser la aspiración mayor de una persona, pero ganársela en el sentido de honrarla, de estar a la altura del regalo”.

 

lunes, 1 de abril de 2024

La memoria de las piedras

 Al inicio de la guerra civil se retiró de la plaza de la Trinidad de Valladolid el grupo escultórico “La Frontera”, inspirado en un poema de Leopoldo Cano que ensalzaba la fraternidad por encima de las diferencias nacionales. Representaba a una matrona, una mujer brava, cubierta por una túnica en la que se acurrucaban tres niños desnudos, unidos por la misma madre. Fue una obra polémica desde su inauguración, un año antes. Unos veían en ella a una personificación de la República, otros a la III Internacional. Otros recelaban del autor, el escultor segoviano Emiliano Barral, compañero de Machado, de Carral, de Marazuela, miembro de las milicias segovianas, fallecido en el frente, cuando un obús impactó contra el coche en el que viajaba con su hermano y un grupo de periodistas. Fuera por eso o por la desnudez de los pechos de la mujer, el hecho es que la escultura pasó de la ubicación original, los jardines de la plaza de la Libertad, a la plaza de la Trinidad. Y de ahí, ya tras el verano del 36, a la nada. Hoy, solo el torso de la matrona se conserva en el Museo de Escultura.

Este pedazo de historia se recoge en un libro muy interesante, La escultura pública en la ciudad de Valladolid, publicado recientemente. Sus autores destacan el hecho de que, aunque contabilizan 137 obras de arte público desde 1835 a 2023, la mayoría data desde los años ochenta hasta hoy. De hecho, en los 23 años que llevamos del siglo XXI se han sumado 65 obras más. Habrá muchos factores que lo expliquen, entre otros la disponibilidad económica para sufragarlas. Pero sorprende que, en este mundo líquido en el que lo centenario se sustituye por franquicias, la ciudad se haya ocupado con ahínco en crear símbolos y sembrar homenajes a ideas, hechos y personas relevantes, para que al menos piedras y bronces nos trasciendan. No es fácil predecir la permanencia de lo que hoy ensalzamos, cuando el que ahora se entierra como héroe, a la vuelta de veinte años puede ser vilipendiado y convertido en villano. Eso, sin tener en cuenta lo puramente estético, ya que parece que no existe canon consensuado sobre lo que es bello. Yo podría prescindir sin ningún dolor de unas cuantas obras que, para otros, seguro que muchos más, les encantan. No es fácil que una escultura se integre con suavidad en lo que ya existe, con la discreción de ese desgastado Neptuno del Campo Grande, mudo y casi engullido por la vegetación. Si la escultura se nota mucho, chirría, y mejor función haría ocupando su espacio un buen árbol, o un par de bancos.

La misma prudencia para sumar nuevos elementos parece aconsejable si se trata de quitar los que ya están. Si fuera por el impulso, en una tarde de ira yo misma hubiera demolido la antigua cárcel de Segovia, que hoy aloja actividades culturales, aunque sus muros no pueden dejar de llorar lo que fueron. Hasta con música y las verjas abiertas, nadie puede sentirse del todo tranquilo allí dentro. Con la perspectiva del tiempo, quizás su sentido sea ese, reflejar la desolación del único sistema del que disponemos para vigilar y castigar a nuestros semejantes.

También horror y desolación me inspiró la primera fotografía que vi de la Pirámide de los Italianos. Formaba parte de Caídos, una brillante exposición de Ricardo González sobre monumentos de exaltación del franquismo. Fotógrafo excelente, lleva años registrando con intención y a la vez con transparencia la cicatriz que deja el tiempo sobre nuestra tierra. Una cicatriz que revela que lo que se vendió un día como heroico hoy no es más que piedra gastada; ni siquiera la pátina del musgo logra dotar de sentido a su estéril ruptura del paisaje.

Yo no querría que demolieran la pirámide, un nombre que le queda un poco grande a una mole de bloques de hormigón. No porque se perdiera nada valioso desde el punto de vista artístico, sino porque, con el tiempo, algunos rellenarían su ausencia con fábulas e inteligencia artificial, y acabaría pareciendo la octava maravilla. Prefiero que esté ahí, donde no debiera haber estado nunca, permanentemente fuera de sitio, como un recuerdo de las manos de los presos que trabajaron para levantarla. Mi memoria histórica está blindada, no por piedras ni por leyes de concordia, sino por lo escuchado de boca de mis mayores. Gentes que, ya entrada la democracia, seguían bajando la voz para decir que aquel que había sido su vecino, o su maestro, estuvo en la cárcel solo por ser “de las otras ideas”.

 

lunes, 25 de marzo de 2024

Donde no llega el tren veloz

En septiembre de 1993 el tren recorrió por última vez la línea Segovia-Medina del Campo. Nunca tuvo muchos viajeros, y en los últimos años funcionaba solo tres días a la semana, lunes, jueves y sábado. Renfe decía que la media diaria era de unos veinte viajeros. El penúltimo día de funcionamiento, acompañada de un fotógrafo, fui a hacer un reportaje. La mayor parte de los usuarios eran matrimonios mayores, que se acercaban a la capital al médico o hacer la compra, y luego, con bolsas hasta los topes, regresaban a sus pueblos. Todos habían conocido mejores tiempos del ferrocarril. Eso era el pasado y el futuro llegaría al día siguiente, cuando el tren dejara de pasar por su pueblo. Más que resignados, estaban conformados a su suerte, como si fuera culpa suya no tener carné de conducir: “Entonces no tenía dinero, y luego era ya tarde. Más de cien vecinos y solo dos de infantería, el resto va montado en su jaca”, se lamentaba uno de los pasajeros.

Alguno mencionaba, pero bajito, que Borrell, por entonces ministro de Obras Públicas, Transportes y Medio Ambiente, podía haber soltado unas migajas para mantener aquella línea de pobres, en vez de apostarlo todo al recién nacido Ave, que un año antes había empezado la ruta Madrid-Sevilla. No recuerdo grandes protestas, ni pequeñas, por aquel cierre. Como aún no se había extendido la epidemia identitaria, no pensamos demasiado los segovianos en agravios comparativos a nuestra provincia, no menos olvidada que otras, pero amansada por ese brillo que a veces es solo barniz del turismo. Sí tengo en la memoria que por entonces se murmuraba que, cuando llegara a Segovia el tren mágico, la ciudad casi se duplicaría con 30.000 nuevos habitantes -mil arriba, mil abajo- por la diáspora de madrileños que nos elegirían como ciudad dormitorio. Huelga decir que el Ave llegó en 2002, y que nunca ocurrió nada parecido.

Como ese señor de infantería, yo no conduzco, así que conozco bastante bien el transporte público. Conozco ese tren veloz, que todavía me parece de lujo. Poder sentarme ahí entre esas personas tan eficientes, que o van trabajando o dormidas, mientras yo voy pensando en tonterías, y en media hora me planto en Segovia, en esa estación en medio de la nada que es Guiomar. Me parecía lógico que el billete no fuera barato, porque la mayoría de mis vecinos no coge nunca el Ave, como mucho el autobús urbano. Como también me parecía lógico que un billete de avión fuera caro, por idénticas razones… Desde hace tiempo dudo de mi lógica, porque escucho conversaciones de personas que viajan a Viena por menos de lo que te cuesta el bus de ida y vuelta a Cuéllar. Viajar es un chollo, dicen, hasta que te toca ir el martes, por ejemplo, a Zamora, y no digamos a Soria, y tienes que llegar tres horas antes o salir cuatro horas después de lo necesario, porque no hay otro horario. En Castilla, los que estamos curtidos en transporte público, y no solo en las rutas bonitas y rentables que quieren engullir los nuevos operadores privados, sabemos que la primera regla es adaptarse. Adaptarse a salir a la hora marcada, a llegar a una estación que no será preciosa -las dársenas sirven de paraguas para gentes sin rumbo- y a organizar tu día de acuerdo al regreso que marca tu billete. Creo que muchos que opinan sobre el tema, sobre todo políticos del área en cuestión, deberían probarlo. Viajar a cuerpo gentil, sin la protección de tu coche. Codo con codo con personas desconocidas que suben y bajan en pueblos que no conoces: mujeres mayores, trabajadores de fuera, estudiantes…

En la meseta, con habitantes repartidos en cientos de pueblos que en Madrid apenas sumarían una comunidad de vecinos, las soluciones tienen que ser minuciosas y honestas. Aquí no hay negocio, ni chollos. En algunos casos, el déficit es inevitable para mantener un servicio digno, así que se trata de no hacer tonterías con el dinero público, que es de todos y muy limitado. Pasamos demasiados años en la inopia, inaugurando polígonos y centros tecnológicos sin empresas que los habitaran, y hasta pistas de esquí sin nieve en medio de un cerro pelado. No es raro que ahora queramos que el repleto tren veloz sea casi gratis y a la vez mantener trenes de cercanías que sin apoyo no aguantarían. Aquellos señores que hace treinta años se quedaron sin tren comprendían que soplar y sorber era imposible. Ahora no sé cuánta verdad somos capaces de soportar.

 

 

lunes, 18 de marzo de 2024

El milagro de la violeta

Cuando todavía no es primavera, semanas antes de que los relojes cambien de hora, aparecen las violetas en la parcela de al lado del portal. Brotan como mala hierba, al lado de setos bien perfilados y rosales podados, que aguardan prudentes hasta que la escarcha desaparezca de las madrugadas. Sin mano de jardinero ni cuidado alguno las violetas saludan a veces antes de que acabe febrero, otras veces entrada la segunda quincena de marzo. Es difícil saber si incumplen alguna regla, si deberían respetar el día 21 como referencia para asomar los pétalos. El único ingrediente que necesitan es la lluvia, así ponen en marcha el cronómetro de la primavera, aunque luego caiga una helada y se queden consumidas, como si hubiera caído agosto de repente.

Mi madre nos enseñó a respetar a la violeta. Se le grabó a fuego aquella primavera de niña de posguerra en la que descubrió la flor por primera vez, alimentada por la humedad del Eresma, que recorría entonces como hoy el barrio segoviano de San Marcos. El milagro de la violeta, que no es la más bella de las flores, es su perfume perfecto y gratuito. Un perfume de lujo que ofrece donde está, sea a los pies del Alcázar o en el recodo de una boca de riego.

Las flores silvestres son así. También las margaritas y los dientes de león salpican ya estos días las medianas del Paseo Zorrilla, como si los tubos de escape y las preocupaciones de los peatones no fueran con ellas. “Ha venido mi prima”, nos decíamos en el colegio. “¿Qué prima?”. “¡La primavera!”. Y así es, ha venido y nadie sabe cómo ha sido, cómo ha logrado abstraerse de este mundo del que parece que sabemos mucho, demasiado, y no teníamos ni idea de cuándo vendrían las violetas este año.

Como diosecillos, siempre nos parece que la primavera llega demasiado pronto, o demasiado tarde. Que llueve justo en sábado, o que la cencella se equivoca porque cae en abril y achicharra el lilo. Nosotros, que nacimos un día cualquiera y nos iremos en otro igual de arbitrario, consultamos el calendario y el reloj y regañamos al mundo por empeñarse en contravenirnos.

Si con suerte cumplimos muchos años, como esas centenarias que se asoman de vez en cuando a las páginas del periódico, dirán que cumplimos primaveras, y no inviernos, ni otoños. “La esperanza de vida andará sobre las ochenta y tantas primaveras”, dicen las estadísticas. Cuando eres niño la primavera es una cosa larguísima, y el verano no digamos, pero con el paso del tiempo las estaciones se funden, y pensar en que te quedan con suerte dos docenas parece poquísimo.

Contaba Marcelo Mastroianni en sus memorias que los años no te hacen sensato, que si de viejo vas despacio no es por sensatez, sino por temor, porque no quieres caerte. Marcellino, como le llamaba Fellini, pensaba que la extraña sensatez de la vejez está en decir siempre que sí a la vida, hasta en sus momentos más difíciles y ante los problemas más duros. Que al final nos agarrábamos, como Don Quijote, a las ilusiones. Y eso dicen las violetas, aquí y ahora nazco, antes de que me descabece este tiempo perro que tan pronto trae sequía como lluvias a jarros. Florecer en un rincón cualquiera de la ciudad, sin esperar a que la primavera dé permiso.

lunes, 11 de marzo de 2024

Los ojos, el alma y la bolsa de oro

A cambio de una bolsa que proporcionaba infinitas monedas de oro, Peter Schlemihl regaló su sombra. ¿Qué valía una sombra, al lado de la riqueza, contante y sonante? Pero al hombre que se la cedió no le pareció un botín pequeño. Tras recoger y plegar cuidadosamente la sombra, se la metió en el bolsillo y se fue. Peter no tardó en darse cuenta de que su vida había cambiado para siempre, que todos se alejarían de un hombre sin sombra, hasta su amada. Despojado de eso que no valía nada, pero le hacía humano, tuvo que conformarse con vivir en soledad, y salir de su guarida solo en noches cerradas.

Dicen que Adelbert von Chamisso -botánico, zoólogo, militar, poeta romántico-, escribió este cuento para entretener a los niños de un amigo. El argumento se aproxima a otros relatos clásicos, desde ese Rey Midas que acaba transformando en oro a su propia hija, a la niña que entregó su alma a cambio de que un acueducto acercara el agua hasta la parte alta de Segovia. Al otro lado del deseo está siempre el Diablo, dispuesto a ofrecer su catálogo a cambio de lo que no sabemos siquiera que tenemos… hasta que lo perdemos.

Si existe, como algunos esperamos, el alma, ¿estará en el cerebro, en el corazón? Dicen que los ojos son su espejo, y puede que sea eso lo que escudriñaban con esas esferas metálicas con las que han estado escaneando los iris de cientos de vallisoletanos hasta hace unos pocos días en Río Shopping. A cambio, han recibido otro intangible, unas 80 criptodivisas.  Apuntan que el iris es el rasgo biométrico más preciso, por lo que con su grabación pueden suplantar tu identidad fácilmente, mucho más que con una foto, nombres o números. Calculaban que, desde mediados de diciembre, han estado registrando cada día unos 130 pares de ojos, ojos de Valladolid, y también de provincias limítrofes, que acuden al gran templo de reunión, de consumo y ocio que es hoy un centro comercial.

Hablo en pasado porque, hace pocos días, la Agencia Española de Protección de Datos ha bloqueado durante al menos tres meses las fotografías del iris. El problema, como siempre, es cómo se utilizarán esos datos: por ejemplo, si se emplean para seleccionar o bloquear tu acceso a lugares o servicios. La empresa argumenta justo lo contrario, que es un primer caso para diferenciar a los humanos de los que no lo son y “crear una red financiera y de identidad global basada en pruebas de personalidad”. Su eslogan es “La economía mundial pertenece a todos”. Pero a unos más que a otros, respondería Orwell.

Puede que éste sea un proceso imparable, y que todos los iris acaben recogidos, pero no por una empresa privada, sino en nuestros DNI digitales. Sorprende la docilidad con la que las personas nos entregamos al escaneo de lo más personal que tenemos, a cambio de apenas nada. También revela que nos entregamos entre indefensos y rendidos a la digitalización. La mayoría no comprendemos bien las consecuencias de los datos que entregamos, y nos conformamos con ir pasando pantallas. Hoy por hoy, somos capaces de no abrir la puerta al vecino y por el contrario dejar pasar a un equipo de la NASA que nos asegure que hemos sido elegidos por sorteo para formar parte del próximo lanzamiento a la Estación Espacial Internacional. Y hasta de acompañarlos con la escafandra puesta.

Como Peter, los cientos de personas que estas semanas abrieron bien sus ojos para que les perteneciera un pedacito de la economía mundial, lo hicieron libremente, aceptando las condiciones que les marcaron. La libertad tiene ese componente, que a veces nos damos cuenta tarde de que ojalá nos hubieran protegido de nosotros mismos, para poder seguir siendo libres. Hay algo poético en que esos ojos que llevamos como si nada sean irreproducibles. Que nuestra pupila tenga una forma única de cerrarse cuando tienes miedo, o cuando te atrae alguien. “Si es que quieres vivir entre los hombres, amigo mío, aprende en primer lugar a estimar tu sombra, y después el oro”, eso decía Peter Schemihl que, por cierto, murió sin sombra, porque el único modo de recuperarla hubiera sido entregando su alma a cambio, y a eso se negó en redondo.

 

 

 

 

lunes, 4 de marzo de 2024

Rentistas y prestamistas

Un hombre menudo con unos pantalones demasiado largos arrastra una bolsa de deporte. Avanza deprisa y frena en seco frente a la puerta de la tienda de empeños. Mira a través del cristal, incrédulo, pero no hay nada que hacer: ya ha cerrado. Se marcha con la bolsa medio abierta, de la que sobresale un aparato negro. En el escaparate de la tienda exponen otros cachivaches parecidos. Ordenadores portátiles, consolas, estuches con taladros, muchos móviles de penúltima generación. Dentro está el material voluminoso, desde las pantallas gigantes de televisión, a cintas de correr y patinetes. En un rincón muestran las pequeñas joyas de oro, las esclavas, las medallas, los pendientes regalados por el día de la Madre. También están los robots de cocina, con manuales de instrucciones todavía sin abrir. A un lado, lo más barato, un tostador y un par de baterías de cocina, como las que tocan en la tómbola.

Hay clientes casi fijos y otros casuales, y el trasiego es continuo. Todo con discreción porque, como promete el establecimiento, allí se va a por “dinero rápido”. Puede ser que quieras librarte de cosas que no utilizas, porque te regalaron dos “rumbas”, por ejemplo, pero lo normal es que necesites cash. Y la necesidad da respeto, porque todos tenemos pesadillas con la miseria. Es de hipócritas juzgar si los gastos de otros son prudentes. Sacudirse las moscas con reflexiones de cuñado tipo, ¿para qué necesitan un móvil, si no saben si a mediados de mes ya no podrán comprar filetes de pollo?

Leí hace poco una entrevista a un señor que sabía mucho de pobreza en el mundo, y decía que cada vez se sostenía peor la desigualdad. Eso que nos contaban de pequeños por el Domund, que en África no tenían nada, pero eran felices, no sabemos si algún día fue verdad, pero ya se acabó, ya no ignoran lo que ocurre fuera de su chamizo. El pollo es proteína, pero el móvil puede ser una ventana, una posibilidad virtual de ser casi igual a otros que pisan un suelo más firme que el tuyo. La gente necesita comer y también una ilusión, aunque a veces sea un crédito envenenado. Un crédito para irse cuatro días a la playa, como hacen los vecinos, como las familias de los compañeros de colegio de tus hijos. Porque tener un trabajo estable que te permita poder pagar una vivienda propia es, para muchos, una quimera.

Hoy el mayor éxito es tener pisos. Andy y Lucas lo explicaban en román paladino el otro día en El Hormiguero: habían invertido muy bien en ladrillo y ya se podían retirar tranquilamente. Los cantantes y los ‘youtubers’ prudentes invierten en ladrillo (los otros en criptomonedas), para vivir de las rentas, como los personajes de las novelas de Jane Austen: “el Sr. Darcy disponía de una renta de 20.000 libras”. Lo desean Andy y Lucas y tantos hijos de empresarios, que están esperando a vender lo que levantaron sus padres para dedicarse a la vida contemplativa. ¿Quién quiere crear puestos de trabajo, cuando puede cobrar dividendos y alquileres?

Como decía aquel lema de hace años buscan “un sitio para invertir”, sea un piso o una docena. Según la nueva ley, que por el momento en Castilla y León no se aplicará, con más de diez serás un “gran tenedor”. Dicen los constructores que hay que construir más, que la oferta es escasa, aunque en cualquier calle mires hacia arriba y se multipliquen las viviendas vacías. En unos años, habrá más acumulación en manos de unos pocos. Que los alquileres se disparen mientras la mitad de los pisos se compran para no vivir en ellos y se pagan a tocateja no sorprende. Lo que escandaliza son esos manirrotos que empeñan la consola que compraron por impulso, como si los Reyes Magos existieran.

lunes, 26 de febrero de 2024

Con un par de cajones

Que te guste la fruta es una moda, pero los cajones son un clásico. Raro es el día que no escucho a uno decir “porque me sale de los cajones”, o amenazar “con un par de cajones”. Las razones son una cosa complicada y aburrida, mientras que los cajones son el atajo seguro para hacer justo lo que te sale de los ídem, claro está. Los partidarios del cajón hablan tan fuerte que hay días que parecen mayoría. Con sus consignas, reconocen abiertamente que en la cabeza tienen serrín, por lo que es su cajonera la que está a los mandos.

A veces, una se viene arriba y también suelta eso de “porque me sale de los cajones” y, oye, relaja. Aunque enseguida te quedes muda y pienses que eres tonta dos veces, porque ni los tienes, ni ves ningún valor al argumento. Antes, teníamos políticos aburridos, unos hablaban bien y aburrido, como Herrera, y otros directamente aburrido, sin bien. De la escuela de entonces ya solo nos queda Carriedo, el hombre en España que lo hace todo; departamento a departamento y sin inmutarse, es el secundario perfecto. El banquillo se ha ido nutriendo de nuevas voces, y para que te hagan caso tienen que ser de soprano por lo menos.

Esto no es de ahora. Ya en la Sima de los Huesos habitaron individuos que apostaban su salud y capital a los cajones, y decidían la selección natural a bastonazos. La civilización ha sido básicamente una contención de cajones para lograr un cierto equilibrio entre los que van con el arma por delante y los que, por debilidad o ¡increíble! sensatez, optaban por procurar un acuerdo. Por eso Liberty Valance es un western crepuscular, que da un paso adelante, más allá del duelo al sol.

En España no teníamos en el XIX cactus con flores, pero tuvimos a Espartero, famoso por los cajones de su caballo, el que está a la puerta del Retiro. De Espartero dice Raymond Carr que era “políticamente simplista, vulgar de mentalidad, y con voz estentórea, con consignas difíciles de traducir en acciones políticas concretas. No ambicionaba más que ser un héroe permanente”. Demoledor resumen que bien serviría para tanto político revestido de influencer en este ruidoso siglo XXI.

Estos carcamales, pese a que muchos no han cumplido los cuarenta, que cada dos por tres comprueban que su cajonera está en su sitio, como Torrente, a veces dan risa. Pero también, a partes iguales, dan miedo, y a esa carta juegan, sabiendo que entrar en la lucha de cajones significaría ponerte a su mismo nivel, y la mayoría ni estamos por la labor, ni debemos hacerlo. El ruido permanente, sin embargo, no es inocuo, nos contamina, y encima impide dialogar y mejorar las cosas. Por ejemplo, a mí me gustaría tener claro de quién son las competencias de la estación de autobuses, no quién es la más sinvergüenza de las partes implicadas, o si se cumplen correctamente los procesos con los inmigrantes sin papeles. Todo es mejorable, todo se puede plantear, es más, debe plantearse, nada puede darse por sentado. Pero con razones, no por cajones, por muy cuadrados que los tengan. Porque si no puede dar la impresión de que lo único que persiguen, como Espartero, es poner el foco sobre sí mismos, aunque sea a costa de desacreditar globalmente a un sello tan valioso en todo el planeta como es Cruz Roja.

La gente que presume de valor me recuerda a la historia que contaba Gila sobre La Pasionaria. La había admirado cuando estaba en el Frente, y le dolió cuando, estando en un campo de prisioneros para republicanos, les llegó la noticia de que muchos políticos, entre ellos Ibárruri, habían huido al extranjero al finalizar la guerra. Muchos años después, ya felizmente en democracia, alguien le reprochó que él, como tantos artistas, hubiera llegado a actuar para Franco en La Granja. “Le recordé que yo me había quedado en España para morir de pie y terminé viviendo de rodillas, eso le cerró la boca de golpe”. Porque valor, y mucho, hace falta para vivir una vida sin insultar ni pisar el pie al resto, por muchos cajones que tengas.

lunes, 19 de febrero de 2024

La radio de noche

Cuando se queda afónico el último tertuliano, cuando se despiden los narradores de goles, la radio sigue hablando, y unos poquitos seguimos al aparato. No veo cifras, pero si en Castilla y León contabilizan cerca de 800.000 los radioescuchas en total, extrapolando porcentajes de madrugada sumaremos con suerte ¿40.000? Pensándolo bien, es una cifra notable, mayor que el padrón de alguna capital de provincia o cabeceras de comarca. La radio acompaña siempre a conductores y gente que trabaja a turnos, pero también a muchos insomnes y trasnochadores. Seguir el ritmo de 8-8-8 horas para dormir, trabajar y existir, no está al alcance de todo el mundo, y con los años todavía menos. No es cuestión de tener la conciencia tranquila o no, es sencillamente que no te duermes. O que te despiertas tras el primer sueño, a las dos, con ese enorme agujero negro de cuatro horas por delante. Entonces, abres la escotilla a la radio, para que colonice tu cabeza con sus cosas y adormezca a las propias.

Las alondras diurnas no saben nada de esta empanada onírica que es la radio de noche. Es un espacio lunar, sin apenas referencias temporales ni geográficas: no sabes si te están hablando desde La Cistérniga, desde la Ría viguesa o un búnker en los Monegros. Por la noche apenas se identifican las emisoras, no hay señales horarias, las noticias están ausentes. Solo hay música y voces. Hay música atronadora para los que quieren vivir dopados en su tripi de juerga continua, pero también espacios para sonidos desplazados de la pianola dominante, desde la zarzuela al rock progresivo. Pero sobre todo hay voces. Muchas voces cercanas de locutores y también de oyentes que llaman y cuentan cosas simples, o complicadas, de su vida sentimental. Y luego, otros llaman para opinar de los primeros. El amor sigue siendo el gran tema en la radio nocturna, no la decoración de interiores, ni la comida sana, ni cómo mantener firmes los antebrazos. Gente solitaria que se come el tarro sin fin, y otra que le responde con sorprendente vehemencia sobre lo que debería ser una relación ‘normal’.

Si te aburres, puedes seguir la travesía por otras frecuencias. Cuando la desesperación aprieta, hay varias emisoras religiosas, con mensajes que a veces consuelan, pero otras desasosiegan. Alguna ni siquiera deja claro a qué iglesia pertenece. A las tres te adormilas y a las tres y cuarto de pronto hay un señor mayor indignado con el Gobierno, alentando a la sublevación de las masas desde las ondas. El sopor llega de nuevo, y a la media hora despiertas y sigue insistiendo, dándose la razón a sí mismo, y de pronto invita a leer a un niño un trozo de la historia del cerco al Alcázar de Toledo. Sí, todo esto es la radio nocturna, y a veces lo que escuchas es tan extravagante y lunático que no sabes si se radió, o si estabas soñando.  Esa docena de emisoras que siempre se mencionan son solo una parte de la marea de voces que llena el dial, y si sumas las radios de internet y los pódcast me pregunto si de noche hay más gente hablando que escuchando.

A las cinco, y cuánto cuesta llegar a las cinco, poco a poco la radio se va recomponiendo. Las emisoras clásicas van recuperando la consciencia, y con ellas nosotros. En esa franja de estiramientos radiofónicos es fácil encontrar un programa útil, con especialistas en economía, empleo, tecnología, salud. Y, ya conscientes de que somos un cuerpo, cansado y torcido tras la noche toledana, pero cuerpo al fin, y no solo una mente perdida en el espacio sideral, nos sincronizamos con las señales horarias y los primeros informativos. Al poco suena el propio despertador, y entonces eres tú la que tienes que ser noticia y salir de la nube. La noche ha sido larga y la mañana fresca se agradece. En la cafetería, alguien comenta que esta noche no ha pegado ojo, y te haces una idea.

 

 


lunes, 12 de febrero de 2024

La llama del artista

Escribo esto sin saber qué pasó el sábado por la noche. Como la carroza de Cenicienta, la Feria de muestras en un par de días volverá a ser un cascarón vacío, con butacas, tablones y moquetas apiladas. Como una gigantesca obra de teatro, todos representaron su papel, y no solo los actores, que son profesionales de aparentar lo que no son, y hasta de parecer cómodos con zapatos estrechos y vestidos prestados y tiesos, ajustados con imperdibles. También los políticos actuaron, y ojalá fuera sin estridencias, porque Valladolid no se lo merece.

Los Goya existieron intensamente, pero solo un rato. Por el contrario, las películas permanecerán. Hoy lunes, en tu móvil, puedes ver una película de los años treinta con el carné de la biblioteca, sentado tranquilamente en tu casa. Aparecen actores maravillosos que hace mucho que murieron, desde la bella protagonista hasta el impecable secundario que hacía de mayordomo. Cuando pienso en actores no pienso en glamour, sino en una vocación salvaje que los arrastra sin remedio. Leo que hoy hay un centenar de chichos y chicas que estudian interpretación en la Escuela de Arte Dramático. No creo que sus padres les digan “Muy bien, hijo, tendrás la subvención asegurada, pasarás todo el día a la bartola, eligiendo vestuario y sonriendo a los fotógrafos”. Se preguntarán si no habría un camino más fácil y seguro, para luego aceptar, porque los aman, que cada persona se construye a su manera, y a veces de una manera extraña, pero hermosa. Eso ha sido así de siempre, también para Concha Velasco, aunque luego cantara a voz en grito “mamá, quiero ser artista” para alejar los temores.

Buena parte de los actores abandonan, no por ser menos talentosos, sino por carambolas y mil circunstancias, entre las que la principal es no morirse de hambre. Decía Antonio Resines que el 80 por ciento de sus compañeros gana menos de 6000 € al año, que completa con trabajos de supervivencia, para seguir intentándolo en el próximo casting. Del resto, muchos son mileuristas, y solo unos poquitos, un puñado de suertudos, juegan en Primera. E incluso ellos están toda la vida expuestos a la crítica constante, y la desasosegante sensación de que eres un impostor y que pronto te olvidarán. Sí, las películas son un artilugio caro de hacer, en el que los actores son solo una pequeña parte del empleo y del negocio, y cuentan con algunas subvenciones. Y sí, algunas son malas, y de esas malas unas pocas hacen taquilla y otras ni eso. Pero también hay perlas que nos divierten, y nos entristecen, y nos hacen conectar con nosotros mismos comprendiendo un poco este absurdo mundo y a sus pequeños habitantes. Porque las buenas películas ni sermonean ni te toman por tonto. No te preguntan a quién votas. Te ensanchan por dentro, para que entre el aire y te oxigenes.

Los abuelos empleaban mucho la palabra artista. El artista podía ser el zapatero que había encajado una pieza de cuero mínima en la puntera reventada de una bota, o una señora que hubiera completado las colchas de ganchillo para el ajuar de las hijas. Cuando decían “menudo artista” era lo contrario, un jeta que aparentaba lo que no era. Algunos se han quedado en esa acepción, cuando la inmensa mayoría encajan en la primera. La llama del artista se alimenta con miles de horas de trabajo de artesano, pequeñas ñapas para subsistir que, con suerte, te permitirán acercarte un par de veces a un buen papel. Una ráfaga de fama, quizás un cabezón de esos, y luego bajada fulminante al desierto de la búsqueda, a la inseguridad total sobre lo que vale uno. Los que persisten -porque tienen suerte, o porque la vocación les arrastra tanto que se construyen una vida modestísima en torno a ella-, con el tiempo descubren que ser artista revelación no es un premio. Es una hoja de ruta para una carrera de fondo.

 

 

lunes, 5 de febrero de 2024

La sección de avisos

En EGB, a la tutora se le ocurrió añadir a los cargos de delegada y subdelegada del aula un premio de consolación: delegada de prensa. Me agencié la plaza, que nadie más reclamó, con el único mérito de que en casa se compraba el periódico y podía recortar una vez a la semana un par de noticias ‘importantes’, para fijar con chinchetas en el corcho. Fuera por interés del público o por el oficio que adquirí en aquellas prácticas, comprobé que lo que mejor funcionaba era combinar un titular de los de la portada -recuerdo viajes de Juan Pablo II, unas elecciones generales o el festival de Eurovisión-, con el recorte de la sección de avisos. La noticia importante daba caché, pero los avisos recogían todo lo que se movía en la provincia. Eran útiles, y además avisaban, es decir, invitaban a participar.

En el siglo XIX, en plena ebullición de la prensa de papel, había decenas de cabeceras que se bautizaban así, Diario de Avisos. El Avisador se llamaba también uno de los periódicos que fue germen de El Norte de Castilla. Aquellos tabloides con letra minúscula, sin fotografías ni más diseño que un fino ‘filete’ que separaba recuadros, rebosaban de avisos de acontecimientos mínimos, pero significativos para la vida local. También anunciaban que el alcalde de turno prometía ir a Madrid para lograr que el ferrocarril llegara por fin a la ciudad, pero apenas le dedicaban unas líneas más que a la próxima subasta de ganado, la rogativa por la peste, el estreno de un teatrillo o la reunión de ahorradores de la caja provincial. Es obvio que el ferrocarril moldeó la historia de Valladolid de un modo extraordinario, y que el resto de avisos son hoy irrelevantes. Pero permitieron al lector ser protagonista, mientras que, del viaje del alcalde, el único testigo y portavoz fue él mismo.

Hoy, las secciones de avisos, o de agenda, ocupan un lugar discreto, casi siempre en las páginas finales de los periódicos. Confeccionar la portada es difícil, pero completar una buena página de avisos también lo es, y no disfruta de tanta consideración periodística. Cuando la ciudad es grande, y Valladolid lo es, resumir lo que pasa cada día es imposible. Sí, todo está en internet, pero las redes son un caos: pruebe a buscar qué conciertos hay esta semana, o si hay una conferencia el jueves. Con sus limitaciones, con sus errores, que alguno habrá, la pequeña agenda del periódico local es un oasis de concreción y realidad en medio del drama o a veces vodevil del ruido informativo diario. Porque todo lo que recoge es verdad, y pasa el día y a la hora convenidos.

Los políticos parece que dedican todos sus esfuerzos a hundirse entre ellos, pero no se engañen: a lo que dedican más esfuerzos es a que su agenda paralela suplante a la agenda cotidiana, la que marca la vida de la inmensa mayoría de nosotros. Cada tarde mandan un rosario de convocatorias que ningún medio de comunicación tiene plantilla suficiente para cubrir. No hay tiempo material para salir por la calle a ver qué está pasando, porque en las redes parece que pasan cosas que apenas pasan, o no pasan en absoluto. Y contra la sección de avisos, nuestros representantes se cuidan mucho de aclarar ni el día ni la hora en la que ocurrirá todo lo bueno que anuncian, o lo malo que vaticinan. Vamos, que parlotean sobre la marcha, y unos cuantos de ellos con mal estilo, en las formas y en el fondo.

Cuando alguien me dice -y por desgracia son muchos en estos tiempos sombríos-, que no puede con las noticias, contesto: coge el periódico y empieza por el final. Por el tiempo, la cartelera, los avisos. Luego lo local, lo de andar por casa. Y echando valor, aunque sea con los ojos entornados, los titulares grandes, no sea que haya elecciones y que todavía no te hayas enterado.