Los
comerciantes dicen que el cambio climático hace estragos en sus ventas, y
tienen razón. El invierno enfría poco, la primavera es un soplo y en breve el
sol caerá a plomo sobre las aceras y los vecinos nos refugiaremos tras las
persianas bajadas, hasta que caiga la tarde. Las estaciones llegan porque hay
que dar color al calendario, pero con cuatro trapos y un abrigo ligero te
apañas. Aquí no pisamos nieve, y dicen que cuesta que caiga hasta en Laponia, y
los lapones se echan las manos a la cabeza, por la naturaleza y también porque cómo
van ir turistas a ver a Santa Claus en esas condiciones. En una encuesta dicen
que los mayores y las mujeres nos preocupamos más por el cambio climático, lo
primero será porque tenemos memoria, lo segundo lo desconozco. Con las primeras
nieves, las niñas pijas de mi niñez iban a esquiar a Navacerrada hasta entre
semana. Hoy apenas quedan pistas abiertas, y cuando los madrileños asaltan la
sierra para pisar nieve tienen que conformarse con hacerse un selfi en un metro
cuadrado, como perrillos que se revuelcan en un charco.
Es difícil
negar el cambio del clima, que queda registrado cada día por los satélites, las
estaciones, la buena gente que colabora cada día con la AEMET, y hasta por el
termómetro de la Plaza de Zorrilla. Los
negacionistas, más que una lucha contra los grados, la tienen contra sí mismos.
Les da más miedo cambiar de hábitos hoy que el fin del mundo mañana. También a
los lapones les escuece que se deshaga la nieve porque dejan de ir turistas en
vuelo directo, aunque algo tendrán que ver las hordas masivas de curiosos por
el mundo en que la nieve se deshaga. Pero bueno, eso será pasado mañana, hoy
solo tenemos que temer que el cielo se caiga sobre nuestras cabezas.
El tiempo
meteorológico, como el vital, va avanzando en dosis imperceptibles, pero
implacables. El tiempo de cada día es único, nuevo, real, y nos concierne a
todos. No hay informativo digno sin ese espacio. La mujer o el hombre del
tiempo no prometen ligeras brisas en las tardes de canícula, ni lluvias en
medio de la sequía. Sortean el puzle autonómico, aunque haya que sacrificar la
lógica geográfica para dedicar el mismo tiempo a una autonomía uniprovincial
que a la nuestra. Si llega un “puente” y amenaza temporal son prudentes, no sea
que los hosteleros pidan su cabeza, pero no mienten. Esto es lo que hay, así
que haz lo que puedas con ello.
Tienen mala
prensa los negacionistas, pero todos lo somos un poco. No dejamos de ser hijos
de un tiempo derrotista, en el que huimos de la responsabilidad, y a la vez nos
sentimos culpables. Del mismo modo, los políticos son negacionistas hasta el
tuétano: los problemas puede que existan, pero en todo caso son culpa de otros,
así que su responsabilidad para solucionarlos es nula o limitadísima, lo justo
para aguantar hasta el mes que viene.
Estos días,
Rafael Calderón, un profesor de Física ya jubilado, nacido en León y residente desde
hace muchos años en Segovia, mostraba un estudio sobre las temperaturas recogidas
en el puerto de Navacerrada desde 1951. De media, hemos sumado 2,6 grados más
en estos 73 años, y en la última década un grado, porque el calentamiento se
acelera. Antes helaba en el puerto 163 días al año, y ahora poco más de cien.
No puedo poner la mano en el fuego en el tema de Laponia, pero en el de
Navacerrada sí, porque a los niños segovianos nos enseñaban a calibrar cómo
venía el año por la nieve que quedaba en la Sierra, y malo era que no pintara
en blanco con buenos neveros entrado el verano. Y lo malo ahora es lo habitual.
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