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lunes, 23 de octubre de 2023

Un santo de andar por casa

Los emigrantes tenemos la manía de mirar el tiempo que va a hacer en donde nacimos, incluso antes del que hará en donde vivimos. Por ejemplo, en Segovia apuntan lloviznas y temperaturas frescas para el martes por la noche, aunque despejará el miércoles por la mañana. A los efectos debería importarme poco, pero el 25 de octubre es San Frutos pajarero, patrón de mi ciudad. De entre todos los días del año es el que más rabia me da no estar allí, muy por encima de las ‘fiestas grandes’, San Juan y San Pedro, más parecidas a las de todos los sitios. De la noche del 24 hasta la mañana del 25, la Plaza Mayor acoge una de las mayores concentraciones de segovianos de todo el año, junto al 31 de diciembre, en la carrera de San Silvestre. El resto del año los segovianos son egipcios que caminan de perfil en un centro histórico en el que, como dice un amigo, turistas y estudiantes ‘vip’ son los colonos, y los autóctonos la India ocupada.

San Frutos es un santo de segunda clase, como el ángel Clarence, de Qué bello es vivir. Su historia es calcada a la de otros muchos: hijo de familia de posibles, renuncia a su fortuna y se entrega a la oración en un lugar apartado, pero muy bello, las Hoces del Duratón. Sus milagros son imprecisos y su vida se resume en una plana de Wikipedia, y aún sobra, porque casi todos sus atributos son fruto de la leyenda. Su brillo como celebración es reciente, tan reciente que hasta yo recuerdo cómo, a principios de los ochenta, un grupo de segovianos, sin concejales ni nada, decidieron plantarse en la medianoche del 24 de octubre en la puerta de la Catedral, coronada por una imagen labrada en piedra del Santo, que parece estar a punto de pasar la hoja del libro que tiene en sus manos. Año a año la concurrencia se fue multiplicando, y poco después a alguien se le ocurrió que a esas horas iba bien comerse unas sopas de ajo, y otros pusieron la música. Por la mañana, ya dentro de la Catedral, suena el Villancico de San Frutos, cantado sencillamente, con suerte con tres ensayos contados. Y siempre emociona.

Es fantástico pensar que todo esto que hoy es sólido hace pocas décadas no existía. La propia imagen de San Frutos, convertido hoy en un simpático ecologista barbudo rodeado de gurriatos, sería falsa si no fuera porque es imposible rebatirla, porque nada sabemos sobre él. Rocambolesco es que su apodo, “el pajarero”, no obedezca a su pasión ornitológica, sino a que en esa jornada nuestros antepasados aprovechaban para cazar pájaros con liga, una práctica hoy no solo prohibida, sino inconcebible. San Frutos, pese a su santidad, es hoy una celebración popular, surgida desde abajo, desde el pueblo; la autoridad solo acompaña un paso por detrás, como es su obligación. No es un caso especial el de Segovia, aunque sea el que mejor conozco. Al final la tradición es, por naturaleza, mestiza, y si alguien pretende guardar su esencia la convierte en un fósil.

Lo mejor de San Frutos es que no es una celebración en la que se coma y se beba hasta reventar, que de esas ya sobran, sino una fábula, compartida por todos a la vez. ¿Por qué no va a pasar el eremita la hoja de su libro de piedra? Que sea mentira es un alivio, así no es necesario que un historiador certifique la dignidad de un pueblo que ya la tiene por sí mismo, sin que necesite añorar un supuesto pasado glorioso.

Otra virtud es que no está organizada para atraer turistas, así que se celebra en su día, aunque pille a la mitad de los segovianos esparcidos por Madrid y al resto por el resto del planeta, incluido Valladolid, donde vivimos unos cuantos miles. San Frutos es el 25 de octubre y se acabó, los forasteros se pueden apuntar pero que no esperen que les pongan la alfombra. Y como no se quiere hacer caja con los turistas, no hace falta disfrazarse de medievales, ni de barrocos, ni de Isabel ni Fernando. Se puede ir así, de calle, y si hace frío con un tabardo y calcetines gordos.

Por todo esto me da rabia no estar allí mañana por la noche, para ver -y yo lo veo claramente- el paso de la hoja. Y porque es un gusto haber crecido a la vez que la fiesta, a la que en ningún caso hay que mirar con excesiva veneración, sino con toda la confianza posible. Y para los que no son de Segovia, que no se preocupen, que ya lo dice el villancico: “patrono de esta Ciudad, común padre de la patria y socorro universal”. Que no hay distingos, vaya.

martes, 23 de agosto de 2022

La maldición de la belleza


Llevaba años sin pasar más de una noche seguida en Segovia. Compruebo que sigue importándome mucho, aunque no entienda bien lo que está pasando y hacia dónde va esta ciudad tan pequeña, que vive ensimismada en su belleza. Hace tiempo que odio cuando, al comentar que soy de aquí, el interlocutor responde “Me encanta Segovia, es preciosa”, o algo parecido. La belleza encierra siempre una condena, y desde luego la ciudad la está pagando. Este verano me he encontrado con mi gente de siempre, gente que me importa de verdad y se quedó aquí. El sol no reluce hoy en ninguna parte, pero la queja es coincidente. Nada se mueve. Ese es el resumen. Por eso lo de la maldición de la belleza: si se trata de conservar, que nada cambie puede parecer una virtud. Pero entremedias de lo romano y lo románico, hay ciudadanos, que tienen una vida, que posiblemente no pasará a la posteridad, pero vida, al fin y al cabo.

Es simbólico el cambio de los jardines del Alcázar. Busco la arena junto a los bancos en los que me sentaba con mis padres de niña, en la que me entretenía dibujando con un palito. Ahora todo está cubierto de piedra, y sí, la entrada es lisa y despejada, más cómoda y accesible para los miles de visitantes que recibe. Trona un altavoz, y les habla a ellos, no a mí, que ya voy sobrando en este orden orwelliano. Esa sensación de orfandad, cuando el sitio en el que naciste está, pero no es, se amplía a la Plaza, a esos bancos en los que se sentaba la gente mayor que vivía en pisos hoy cerrados o remozados para acoger turistas o estudiantes, con alquileres desorbitados. La Plaza ya es territorio comanche, y la Calle Real en su conjunto, donde ya huele más a gofre que a asado.

Los segovianos han retrocedido y creado nuevos asentamientos más allá de intramuros. Fernández Ladreda, ahora Avenida del Acueducto, es el nuevo centro. Los barrios del ensanche, donde se asentaron los funcionarios y pequeños empresarios en los setenta, hoy también tienen pocos niños. Las parejas jóvenes marcharon aún más allá. Segovia ya no es la Plaza, eso es Old Segovia. Segovia ahora toma cañas en las terrazas de San Millán, de José Zorrilla, de Nueva Segovia o en el extrarradio. Si quiero encontrarme con antiguos compañeros de instituto, imposible verlos a menos de dos kilómetros de la Catedral. El epicentro social es el Mercadona de La Lastrilla o de Nueva Segovia, ahí sí que hay segovianos normales, corrientes y dolientes.

En los pisos con precio más asequible (aunque nunca lo es), se van asentado nuestros nuevos vecinos, más segovianos ya que yo misma, que vienen de aquí y de allá. Son muchos, y me sorprende no conocer todavía a ningún concejal ni portavoz que los represente. Escucho la radio y parece que nada ha cambiado, pero ya no hay nada igual, nada.

Echo en falta dejar de hablar de lo que fue y ponerse a hablar de lo que es. La estampida de segovianos, y posible retorno. Los nuevos segovianos. Y en medio, Segovia. ¿De quién es Segovia? Porque no me creo eso de que sea Patrimonio de la Humanidad. ¿De los pobres de Malawi, de las mujeres afganas, de Biden y Putin? En un pequeño porcentaje, y solo moralmente, no en euros, ¿es de los segovianos? Sí, supongo que lo es, o debería de serlo. El centro parece sacrificado a su destino. Pero llorando por lo perdido se ha dejado que acampen los que tienen claro cómo beneficiarse de él. A mí me gustaría asistir a un debate con los dueños de Segovia. El Alcázar tiene dueños; la Catedral, también; los locales en los que se asienta nuestra hostelería y los inestables comercios de la Calle Real son de gente e instituciones, y no de mucha gente e instituciones, apenas un puñado; los usos de los espacios más bonitos de la ciudad están determinados en buena parte por la hostelería, quiero decir por los dueños, no por los camareros; la universidad, especialmente la privada, está creando una tensión insólita en la vivienda, que es inaccesible para habitantes permanentes y que acabará en manos de inversionistas. A lo mejor estaría bien saber si todos ellos, o al menos alguno, tienen algún plan para la ciudad, o si solo se trata de arramplar con lo que puedan y luego ya veremos.

A lo mejor era también interesante y democrático escuchar a los que viven en los huecos menos deslumbrantes y se dedican a ganarse un sueldo sosteniendo la tramoya de este gran parque temático en el que la ciudad se ha ido convirtiendo. Porque Segovia será de unos pocos, pero a Segovia la mueven, como ya se vio en la pandemia, camareros, limpiadores, dependientas, cuidadoras de ancianos, albañiles, mecánicos, maestros, enfermeras… y hasta los denostados funcionarios. También la sostienen con sus impuestos, y son los que votan, por cierto.

Ese muro entre la Segovia de escaparate y la de andar por casa debe ser mínimo, casi imperceptible. Si los segovianos se sienten incómodos y ajenos en su propia Plaza Mayor tenemos un problema, por muy mona que quede en las fotos de los turistas. A veces pienso que los visionarios de aquel Panorámico, hoy presa de la maleza, no andaban tan desencaminados. Solo que lo proyectaron al revés: al casco antiguo se lo ha merendado el turismo, y a este paso van a ser los segovianos los que tendrán que utilizar el Panorámico para reunirse en algo parecido a su ciudad.

viernes, 6 de septiembre de 2019

Los turistas pobres


Una voz se lamenta por la radio de lo poco que gastan la mayoría de los turistas cuando visitan Segovia. Que si no hacen noche, que si apenas compran nada. Qué más quisieran, pienso yo. Igual me engañan, pero la mayoría es gente bastante normal, a la que seguro que no sobra mucho dinero. Incluso yo diría que se gastan demasiado, porque muchos son parejas con niños en cabestrillo, que hoy tienen trabajo y mañana quién sabe, y a ver cómo pagan casa, libros y clases de inglés.

Pero siguen viniendo, y bastantes, aunque solo se admita cuando la ciudad está colapsada y se triplican los turnos para comer. Vienen porque están cansados de las energías y convicción que exige esto de ganarse la vida, aunque estén en el paro, que es más duro y desalentador. Cogen la carretera y, si no hay caravana, al rato ya están en Segovia. Unas horas de ruptura con lo de siempre, un selfie en el Acueducto, calle Real arriba, meta en el Alcázar y vuelta por donde han venido.

Sí, muchos vienen a comer, y repasan desde las once las cartas que muestran en la puerta los restaurantes, y hacen cuentas, y reservan, y dan vueltas hasta que el reloj marca la hora de la cita. Pero otros tantos no prueban el cochinillo, no por no gastar sino por no dejar a deber, porque terminan el mes con dificultad. El sábado es el día con más turistas pobres en Segovia. Si no suena correcto “pobres” -aunque no veo por qué, debería dar más vergüenza ser rico-, pongamos ciudadanos con escasa capacidad adquisitiva. Es el único día que muchos de ellos pueden venir. Él libra en la empresa en la que echa las horas que marca el contrato y todas las que sean posibles; ella puede dejar a la señora que cuida 22 horas al día acompañada por algún pariente. Y vienen corriendo a pasar el día aquí, en la ciudad pequeña con castillo y cosas bonitas que ver.

Como no buscan mesa, pasean sin prisa. Miran el Acueducto, la Catedral, el Alcázar, pero es raro que entren, porque 5 por cuatro de familia son veinte euros por monumento, calculen. Una parada en alguna zona de sombra, que pocas hay, un bocadillo, puede que una botella de agua en un bar, para tener excusa y entrar en el baño. Un helado para los niños. A lo mejor, una pijada en una franquicia de baratillo, en la que pueden entrar sin sentirse fuera de sitio. Y ya. Vuelta a Madrid, al trabajo de mil horas, y que no falte, a los hijos de ocho a ocho en el colegio, y a los problemas que trae esto de progresar, como diría el Mochuelo, en el libro de Delibes.

A los turistas de necesidad, porque esas pocas horas elegidas son tan necesarias para vivir como respirar, alguno habrá que les reprochen que se gasten un euro en el helado, y no en un kilo de garbanzos. A ese le digo: cómete tú los garbanzos una tarde de sábado de agosto, y deja a la gente recobrar el aliento. El lunes saldrá el sol por donde quiera, y ellos contarán al vecino dónde fueron el fin de semana: “Estuvimos en Segovia ¿tú sabes? Es muy bella, la ciudad, pequeñita…”.
Está bien que vengan turistas pudientes, sí, que mantengan prósperos y estables negocios que paguen bien a sus empleados. Pero los ricos pueden inventar una ciudad a su gusto en cualquier parte, encerrarse en mundos a medida y con atmósfera acondicionada, e incluso crear parques y cascadas en el desierto de Dubái, que hay que jorobarse. En cambio, los humildes solo tienen el campo para correr y Segovia para mirar, para apreciar algo bello en sus proporciones y colores, aunque no sean expertos en románico, ni reciten versos alejandrinos.

Cuidar la ciudad con respeto, pensando en esos turistas que no comen, ni se sientan en terrazas, ni compran casi nada. Pensando en lo que es imprescindible, lo que permanece, más allá de nosotros. Justo lo contrario de esas palabras horrendas: poner en valor, que suele significar robar el verdadero valor que las cosas tienen. Pido mucho, lo sé.

domingo, 11 de agosto de 2019

Los Zubiaurre en Segovia


A principios del siglo veinte Valentín y Ramón, dos jóvenes hermanos vascos, ambos pintores, visitaron nuestra ciudad. Sufrieron lo que Juan de Contreras, el marqués de Lozoya, llamaba “el susto de Segovia”, el impacto que produce la primera visión de una ciudad muy bella. En el caso de Valentín esa vinculación se extendió en el tiempo. Recorrió la capital y sus arrabales, y también Sepúlveda, Pedraza, Turégano. Retrató a sus gentes, sobre todo al tío Romualdo, de Zamarramala, y a la señora Basilia, de Segovia. “Quería llevárselo todo, hombres y paisajes en su cuaderno de apuntes. No utilizo jamás la fotografía. Sus dibujos, rapidísimos, tenían una exactitud superfotográfica”. No cargaba con caballete en el exterior: eran esos apuntes, junto a sus recuerdos, la base de sus lienzos.
Valentín llegó a tener un estudio, que ocupaba varios meses al año, en el palacio de Cheste. Hay algo totalmente casual y mágico en su relación con el conde. Los Zubiaurre, además de hermanos y pintores, eran ambos sordomudos de nacimiento. Y el conde Cheste y uno de sus hermanos también. Juan de Contreras era su intérprete con el resto del mundo, pues conocía el lenguaje de los signos e incluso su taquigrafía digital, por su amistad fraterna con los Cheste. En sus escritos, el marqués recuerda lo que supuso la llegada al palacio de Valentín. Simpático, brillante y gran viajero, con sus opiniones originales y vibrantes -adoraba al Greco y detestaba a Velázquez; defendía a Baroja y Azorín y criticaba con mordacidad a los Quintero-. A sus veinte años ya se había pateado Europa con su familia. Paz, la madre, se había ocupado de que los hermanos Zubiaurre conocieran la belleza del mundo, a través de una educación extraordinaria e inaudita para la época. Valentín padre era un músico reconocido, y es comprensible que deseara que alguno de sus hijos le acompañara en su pasión. Esa esperanza quedó atrás y fue sustituida sin lamentos por otras, especialmente el dibujo, y posteriormente la fotografía y después el rodaje de pequeñas películas.
En definitiva, contaron con herramientas para poder vivir y motivos para desear estar vivos. Algo poco frecuente para personas con unas limitaciones que en la época parecían insuperables.
Cuando falleció Juan Ceballos-Escalera, conde de Cheste, en 1923, Valentín siguió vinculado a Segovia, a través del marqués de Lozoya. De su mano llegó en 1945 a la Academia de San Fernando, con un discurso de ingreso sobre los pintores mudos y sordomudos en la historia de España. Ambos hermanos siguieron pintando. Ramón, centrado en el universo vasco y en el retrato. Valentín, más dado al impresionismo y a la nostalgia. Dos de las obras de los hermanos -El callejón de Gascos y Un hidalgo de Castilla- están hoy en la Fundación Rodera Robles, y otra de Ramón —Portada de la Casa del Marqués de Lozoya— en el Museo Provincial.
Estos días de verano puede visitarse una emocionante exposición sobre los Zubiaurre, como no podía ser de otra forma para unos artistas oriundos de Garai, en el Museo de Bellas Artes de Bilbao. Comisariada por el vallisoletano Ricardo González, se centra en su obra más desconocida, sus fotos y pequeñas películas. A finales del XIX, familias de la burguesía, como los Zubiaurre, comenzaron a utilizar la cámara de fotos en el ámbito doméstico, y ya en los años veinte las primeras cámaras de cine amateur que se comercializaron. Comenzaba lo que ahora está generalizado: no solo mostrar un lugar, sino demostrar que tú estuviste allí. Los dos hermanos y el resto de su familia son los protagonistas de estas imágenes, más de mil fotos y una treintena de pequeñas películas, entre ellas una crónica de una excursión a Segovia, a finales de los años veinte. Escenas domésticas, en el jardín de su casa, viajes o incluso pequeñas ficciones.
Cuando comenzaron a hacer fotografías, Ramón y Valentín tenían 19 y 16 años; el proyector de cine llegó cuarto de siglo después, cuando contaban con 49 y 46 años, con Ramón casado y padre de un hijo. Aun separadas por ese bucle de tiempo, late un lenguaje y universo común en todas sus creaciones. Al final a través de cuadros, fotografías y películas, consiguieron contar a esa mayoría de oyentes lo que no podían expresar con palabras. Vencieron así al silencio, y también al olvido, porque en su obra permanecen, cien años después.


Fotograma de la película sobre Segovia de los hermanos Zubiaurre.

Fotograma de la película sobre Segovia de los hermanos Zubiaurre.



martes, 30 de abril de 2019

La cola de todos


En 1946, seis años después del final de la guerra civil, en España se elaboró un censo electoral. En él aparecían todos los hombres y mujeres mayores de 21 años, en lugar de los 23 que hasta entonces habían marcado la mayoría de edad. Aportaba bastante información: apellidos, nombre, sexo, edad, profesión, domicilio e incluso "instrucción", si sabías leer y escribir. Ese censo nos habla de nuestros antepasados y, por tanto, de nosotros mismos. Por ejemplo, de mis abuelos paternos, por entonces con 54 y 47 años, respectivamente, guardia civil y sus labores, y mis otros abuelos, de 44 y 41 años, propietario y sus labores, de nuevo; mis padres no están, porque eran menores, pero sí alguno de mis tíos mayores, en aquel tiempo muy jóvenes, uno estudiante y otro jornalero.

En plena posguerra, en la ciudad gris y hambrienta vivían algo menos de 25000 vecinos. En el casco viejo, en la almendra de Segovia, se registraron casi 5600 censados, a los que habría que añadir los menores, que eran muchos. Comparado con los dos mil vecinos, y muy mayores, que habrá ahora en el recinto amurallado, en 1946 el casco viejo estaba repleto. Con una cocina económica y un par de alcobas frías, vivía una familia numerosa.

En la calle de mis abuelos, las Descalzas, el censo contabilizó 45 votantes, de los que diecinueve eran religiosas del convento carmelita. Del resto, había diecisiete mujeres y nueve hombres. Entre las primeras, diez amas de casa, y también dos costureras, una asistenta, una demandadera, una jornalera, una maestra nacional... Entre los hombres, dos carpinteros, dos herreros, un tipógrafo, un empleado, un botero... y un solo pensionista.

En los arrabales, en la calle San Marcos, donde nació mi madre, sumaban 76 votantes, 39 mujeres y 33 hombres; entre las primeras, alguna viuda demasiado joven. Ellas, casi todas dedicadas a sus labores, siendo la principal administrar la miseria. Seis de las mujeres no tenían instrucción, incluida la dueña de la tienda del barrio, que sin conocer letras, ni números, controlaba el negocio a la perfección. Solo otras tres tenían empleo: una doncella, una sastra y una pastora. Ellos eran: doce jornaleros, siete albañiles, cuatro chóferes, dos empleados, un pintor, un maestro, un pastor, un barrendero, un botero, un fundidor, un sereno, un sastre, un carpintero, un subsidiado y uno más del que se especifica que su ocupación era "ninguna".

Casi todas las personas de aquel censo, con apellidos que nos suenan, porque son los nuestros, fueron a votar unos meses después la Ley de Sucesión del Estado, con la que Franco quería dejar claro quién mandaba aquí, en la España "del Movimiento Nacional, católica, anticomunista y antiliberal", como decían. Mis abuelos y sus vecinos, gente obediente y resignada, debieron ir a votar, ese 6 de julio de 1947, un día caluroso y típico de veraneo, si es que por entonces alguien hubiera podido pensar en vacaciones. Para identificar a los votantes, y para que no faltase ni uno, se les exigía y sellaba la cartilla de racionamiento, la del aceite, las patatas y la harina de almortas...

Después de aquellas urnas, hubieron algunas otras, no muchas: un referéndum similar diez años después, y elecciones parciales y con las cartas marcadas. Cuando en diciembre de 1976, ya muerto el dictador, se votó la Ley de Reforma Política, mi abuelo Francisco ya había fallecido.

Todo esto conviene recordarlo cuando una se acerca a un colegio público, con pupitres bien gastados y sillas con patas de hierro, y hace cola para depositar el voto. Ahí, una mañana de domingo, sin músicas, sin actos multitudinarios, sin abucheos ni aplausos, entre gente muy normal. Asistentas, carpinteros, albañiles y jornaleros, alguna maestra e incluso algún herrero, un militar y más pensionistas, funcionarios y estudiantes que antes, y también más desempleados. Ahí, haciendo cola, todos con nuestro voto en la mano.

Paseo del Salón. A. Martín. Biblioteca Digital CyL


jueves, 25 de abril de 2019

Mujeres a contracorriente


"Pensad que no estáis destinadas a gobernar un Estado, ni a ir a la guerra, ni a las academias y parlamentos, ni ejercer ministerio de la iglesia... Pero sois la bella mitad del género humano... debéis gobernar una casa y ser la reina del hogar doméstico". Seguro que Felisa, Alfonsa, Carmen, Juana y muchas otras leyeron cosas parecidas a estas líneas, recogidas en una cartilla de urbanidad para niñas editada en 1927. Pero también seguro que algunas, bastantes, se hacían ya entonces preguntas y se sentían incómodas en este papel que se les asignaba desde muy pronto, y que culminaba con poco más de veinte años en una permanente, un ajuar y "el día más feliz de la vida".

Felisa, por ejemplo. Nació en Prádena, en 1916. Con ocho años tomó la comunión, y en un portal de ventas de internet aparece un recordatorio de aquel día, festoneado con una cinta rosa y una puntilla de ganchillo. Murió en Madrid, en 2005, y unos pocos años antes le dedicaba una canción Antonio Vega, que se sentía muy cerca de la poesía impresionista de esta autora casi olvidada. "Me han dicho que sonríes/ porque has ganado la palabra sin voz,/ el camino sin muros,/ el oír sin sonidos,/ el ver sin estar ciega".
Un año antes había nacido en Cuéllar Ildefonsa Teodora -Alfonsa- de la Torre, así que es muy posible que Alfonsa y Felisa llegaran a conocerse, porque las dos se trasladaron a Segovia para estudiar Bachillerato y, después, a Madrid. Alfonsa avanzó en la investigación y la literatura; Felisa partió su tiempo entre sus tres hijos y ganarse la vida como profesora, aunque siguió escribiendo. Ambas se cruzaron en las tertulias que a principios de los cincuenta reunieron en Madrid, una tarde a la semana, a mujeres poetas. Poetas, que no poetisas, porque como decía una de sus impulsoras, Gloria Fuertes "el alma no tiene sexo, la poesía tampoco". Su objetivo era lograr que la mujer no fuera un adorno en actos literarios con diez escritores hombres, aunque no hacían distingos respecto a la naturaleza de lo que escribían. Hay un verso muy hermoso de una de las poetas que participaban en estos encuentros, Acacia Uceta: "Y hablo otra vez del hombre/ de nosotros, hermanos,/ en un plural abierto/ sin frontera de tiempo, ni dureza". 

Estas tertulias, que se bautizaron como Versos con faldas, terminaron en poco años. En ello influyó la censura del régimen a los sospechosos recitales y tertulias de café, pero también, desde dentro, un cierto "morir de éxito", porque al abrirse los encuentros a cualquiera, "subieron señoras con mucho cuento, pero poca lírica, y aquello fue troya", relataba Gloria Fuertes. Aun así, muchas de esas mujeres que pasaron por las tertulias siguieron escribiendo, casi siempre en la sombra, publicando poco o nada. Además, las "versofaldistas" ejercieron de imán no solo entre las que vivían en Madrid, sino también en las de otras de provincias, donde todavía era más raro que una mujer anduviera ensimismada ajustando un verso, en vez de economizar en la lista del ultramarinos y hacer bordados.
La trayectoria de estas pioneras se recoge en un libro muy reciente, Versos con faldas (F. Garcerá y M. Porpetta, editado por Torremozas, 2019). Junto a Felisa y Alfonsa, alguna más de ellas estuvo relacionada con Segovia, como Juana López de Quesada, con dos libros editados en la imprenta de El Adelantado, y un poema dedicado a Mariano Grau; o Nola de Villaré y Carmen de la Torre, ambas con poemarios que fueron prologados por el Marqués de Lozoya. Prácticamente todas ellas ya no están aquí, pero ahí queda el relato de su aventura, esas reuniones emocionantes y casi clandestinas, y también sus escritos, que nacieron más por necesidad que por afán de posteridad. Como dice un verso de Carmen de la Torre: "Me olvidaron... Olvidé.. ¡Y entonces nació mi verso!"

domingo, 6 de enero de 2019

Yo fui paja

Yo un año fui paja, bueno, la paje, si respeto el diccionario y considero que paje, ese puesto que tradicionalmente ejercían los hombres, puede considerarse como un sustantivo de genero común. Pero voy a ponerme burra –y no la burro, porque burros hay de los dos géneros–, y diré que yo fui paja. Aquello ocurrió a principios de los noventa, bajo el séquito del rey Melchor, que no Melchora, al menos aquel año. A mí la verdad me gustó que fuera Melchor, y además el que estaba bajo las esponjosas barbas desde entonces es mi amigo. Creo recordar que fue ese enero la cabalgata en la que se estrenaban los fantásticos trajes que dibujó y cosió Herminia, con el apoyo de Nati, de Agenda, unos ropajes brillantes y a la vez respetuosos con la tradición, como debe ser una cabalgata, que se construye con memoria y sueños.

Bueno, que me desvío. Fui paja, y me pusieron un tocado que era como un cono del revés, un peto de terciopelo y un blusón con bordados adamascados, y me pintaron los ojos profundos y las mejillas doradas, y yo creo que los niños no sabían si ese día yo era una paja o un paje, o un selenita recién aterrizado. Y repartí caramelos, y recogí cartas (todavía escriben cartas los niños, y pueden esperar varias semanas deseando la misma cosa. Señor, eso sí que es un milagro). Y había niños vestidos de pijos, porque a los cuatro años no se puede ser pijo por uno mismo, y niños de chándal, y uno no muy bien puesto al que la ropa le venía grande, acompañado por su hermano mayor, mayor de ocho años, que se quedaba un metro más atrás del trono, como disculpándose. Porque cuando los niños se creen mayores piensan que lo saben todo –aunque en realidad sepan menos que antes–, solo porque un amigo les susurró que Melchor llevaba unas gafas demasiado modernas para venir del Oriente, y entonces comienzan a atravesar una edad muy difícil, que conviene que no dure toda la vida, en la que les avergüenza coger caramelos y creen que sus deseos no merecen ser escuchados.

Y aquella cabalgata de los noventa fue muy bonita, y encima no había tantos padres haciendo fotos con el móvil, chafando la emoción del momento. Y mi Melchor se portó bien y no dio demasiado la vara a los niños con eso de que fueran buenos, porque sabía que ya lo eran. Y podría haber sido perfecta, esa y cualquier otra cabalgata, si hubiéramos comprendido por fin que los regalos que pedíamos no eran para tanto, que ni nos hacían falta ni nos importaban un comino. Y es bueno saber que ninguno de todos aquellos niños que dejaron la carta en mi cesta –los del chándal, los príncipes destronados, los esmirriados, los gorditos, los solitarios–, ninguno recibió aquella noche lo que deseaban, aunque sobre sus zapatos estuviera completo el pedido que habían escrito. Porque al final ninguno sabía lo que quería, ni ese año ni al siguiente, ni ningún otro. Hoy, por ejemplo, caigo en la cuenta de que el regalo que tuve aquel día de Reyes fue ser paje, bueno, paja. Sin más.



viernes, 2 de noviembre de 2018

Con el Ramoncín también pasó


Estos días he pensado mucho en el Ramoncín. Ojo con el artículo, porque no me refiero al de la chupa de cuero, sino a la fuente también conocida como el “niño meón”, que durante algún tiempo lució en la plaza de Corpus. Por entonces el alcalde era Ramón Escobar, y a alguien se lo ocurrió lo del diminutivo para darle palos al edil y de paso a aquel surtidor que se colocó con poco tino, todo hay que decirlo, en medio de la calle Real. “Ramoncín” fue protagonista de bastantes titulares, aunque como por entonces no había Facebook la única cancha de los partidos de la oposición era el periódico y la radio. Como no podía ir contra su naturaleza, el niño meón comenzó a hacer lo propio, y día sí, día no, aparecía un chorrillo de agua atravesando la principal calle peatonal del centro. Duró lo que su promotor en el cargo, y al mes de llegar al sillón por carambola José Antonio López Arranz, el chirimbolo fue retirado sin hacer ruido, y a saber dónde fue a parar.


Colocar fuentes, placas y esculturas es facultad de los de arriba, muy aficionados a lo de inaugurar. Si en sus decisiones no les asistió la razón, también es gracia de los que democráticamente les sucedan proceder a retirarlas. Así es el juego, y ni es malo, ni es nuevo. Tampoco todos recibieron bien la irrupción del desafiante Juan Bravo en medio del equilibrio románico y renacentista de la Plaza de Medina del Campo, aunque hoy nos sea difícil imaginarla sin él. Cuando tenemos algo bello y cimentado por los siglos, y Segovia lo es, la premisa más prudente debiera ser “alteraciones, las mínimas”. Sin embargo, son varias las estatuas que se han añadido en el casco antiguo que no existían en mi niñez. Y todavía las miro de reojo, sea porque no me convencen, sea porque encontraba más bello el suelo empedrado y el muro de piedra que ahora tapan, sea porque sus dimensiones son desproporcionadas para el lugar donde se han anclado, como ocurre con el capuchón de San Agustín, que más que invitar al recogimiento, asusta. La de Antonio Machado también soportó críticas, y aunque me sigue pareciendo un poco cabezón, me he acostumbrado a su presencia, por su muda mansedumbre, sea con los turistas, con los gurriatos o con los puestos del mercado de los jueves.


No sé si por la mala baba de las redes sociales o por esta especie de veneno estéril que se ha instalado en el debate político, con el diablillo que ahora se anuncia para la subida de San Juan las cosas no han sido así. Podíamos haber hablado de si tiene que estar o no estar, de si es una horterada o un clásico en potencia, de si es cara su ejecución o si es una partida bien invertida. Pero no. Todo a la yugular, no vamos a ser menos iracundos en Segovia que en otras partes, y todo fuera de lo razonable. No creo que hubiera ningún propósito antirreligioso en sus promotores: más bien lo que revela es que, guste o no, para la inmensa mayoría el diablo ha pasado a ser solo un personaje de leyenda, y en todo caso si hubiera algún diablo contra el que luchar no podría ser más poderoso que la avaricia y la crueldad que mueve el mundo, y a todos nosotros. Esa anecdótica brigada ortodoxa ha permitido al bando municipal atribuirse el papel de paladín de los derechos humanos, de la modernidad y de la libertad de expresión, neutralizando cualquier crítica que pudiera recibir su propuesta y disfrazando de virtud moral lo que no deja de ser una simple y desde luego no infalible decisión de política local: poner o no una estatua.

Hay que recuperar las enseñanzas de una fuente sin ínfulas de trascendencia, que se colocó en la calle Real y que un buen día, por anodina, mandaron a la Patagonia. Así fueron los hechos, porque los argumentos, de unos y otros, se los llevó el viento. De hecho, uno de los motivos que alentó la retirada de “Ramoncín” fue que hurtaba un espacio público, el mismo que hoy está ocupado seis meses al año por las mesas de las terrazas.



miércoles, 15 de agosto de 2018

La calle de la Rosa


Han robado la calle a la rosa, no sé bien cuándo, ni cómo. Puede que enviaran a un empleado municipal a buscar lugar para una placa nueva y casualmente diera con este callejón. Pensaría que a pocos les importaría el cambio: una travesía cualquiera, sin un portal abierto, y encima en cuesta. Iba a ser cosa de poco, de traer la escalera y sustituir el letrero. Ni siquiera maullarían los gatos del jardín despeinado del que fue Colegio universitario.
La calle de la Rosa ya no está en el callejero. Si fuera la de Luxemburgo algún lamento se hubiera escuchado, pero era una calle dedicada a una rosa cualquiera, y por una rosa ajada no se mueve nadie, salvo que seas el Principito. Decía Mariano Sáez en su libro de hace siglo y cuarto sobre las calles segovianas que se ignoraba si la travesía se llamaba Rosa “por una mujer que allí viviera o por la flor así llamada, acaso algún tiesto o maceta que hubiera en ventana o balcón”. Yo creo más bien lo segundo, porque de niña, antes de que se remozara como centro universitario La Mansilla, de detrás de la tapia venía un aroma floral, de una rosa blanca, muy pequeña y silvestre, que asomaba cada primavera entre los arbustos enredados; una rosa que era casi un milagro por estas tierras, en las que los jardines eran capricho de señores, cuando lo que el hambre necesitaba que prosperara en cada cacho de tierra eran ajos y patatas. Y era ese aroma imaginado de la rosa, y esa presencia ausente que el nombre de la calle nos regalaba, la que hacía más ligera la pendiente, cuando las mujeres subían arrastrando el carro camino del mercado de los jueves. 

Pues ya no hay Calle de la Rosa, y no se advirtió a los vecinos del barrio sobre su exilio; será que saben que somos pocos, todos bastante mayores y entrenados en esto de las despedidas, así que no quisieron ocasionarnos disgustos. La placa blanca y con letras negras ha sido sustituida por la homologada en el casco, más historiada, y la han bautizado como Calle Alonso de Barros. Mi primer impulso fue odiar al señor Alonso y todos sus descendientes, pero luego moderé mi rabia, sobre todo porque tengo por norma no pleitear con enemigos ya fallecidos, y el mencionado murió en 1604. De Barros fue segoviano, aunque vivió principalmente en Madrid, muy pegado a la Corte. Era astuto y pragmático: dicen que tenía una nutrida biblioteca de libros útiles, y él mismo escribió un reconocido manual de proverbios morales, con claves para tener éxito y saber moverse en la Corte. También trasladó sus conocimientos a un peculiar juego, similar al tablero de la Oca: 63 casillas, 63 consejos que útiles para alcanzar los objetivos del “trepa” cortesano sin que te clavaran una daga por la espalda.

No sé qué pensaría Alonso de Barros de este tardío homenaje, si esta pobre callejuela le hubiera parecido suficiente, o si hubiera renunciado por piedad y respeto a doña Rosa. “El ingrato echa en olvido cuanto bien ha recibido”, escribía nuestro paisano, y por mi parte y sin desmerecer a don Alonso yo tengo motivos de agradecimiento a la antigua calle de la Rosa y estoy en contra de su sacrificio. Porque no solo son importantes los hombres (y mujeres) que hicieron cosas que dejaron huella, también los que sobrevivieron cuidando de los suyos y sin empujar a nadie, cantando cuando tuvieron voz y admirando la belleza de la rosa en medio de una vida de miseria. Por eso lo dejo escrito, en este Adelantado que cada mañana recoge en papel las cosas que pasan en Segovia: la Calle de la Rosa existió y existe para muchos, aunque esté borrada en el GPS. Pobre rosa de nadie.

sábado, 6 de enero de 2018

Una luz pequeña

El otro día estuve buscando la Navidad por la Calle Real. Escuché a un turista hablando por el móvil: "Yo estoy en la plaza de la bola azul. ¿Tú subes desde la plaza de la bola roja?". Una bola, un triángulo o un cubo bien gordo e iluminado está de moda, y no sólo en Segovia. La Navidad se ha convertido en la época con más vatios del año, e incluso hay ventanas cubiertas por ristras de bombillas espasmódicas, tan encantadoras que los mismos que las ponen bajan la persiana para no verlas.
Sigo sin asumir la desaparición del patio de Artes Gráficas. Me dan tentaciones de derribar la puerta cerrada para entrar en ese patio vegetal y silencioso, iluminado por el ventanuco repleto de figuritas, cajas de pinturas y espumillón. Se acabó para siempre, como los tiempos en los que los Reyes Magos de la Posguerra traían a los niños una naranja.
No veo la gracia a este homenaje al señor Iberdrola en que se han convertido las calles. Y nada más lejos de la iconografía navideña: solo en la oscuridad se puede apreciar la luz; solo comprendiendo la escasez, la desolación y la necesidad, anelar la abundancia no es vulgar acumulación. Las grandes historias de la Navidad recogen este mensaje. Desde el pequeño y desvalido Tim Cratchit de Cuento de Navidad, pasando por el abnegado George Bailey, que reniega de su hermosa vida en Qué bello es vivir, el Chencho perdido por Pepe Isbert en La Gran Familia, y culminando, por supuesto, en el niño de Belén, nacido en un pesebre entre pajas. Estos relatos no terminan con una lluvia de millones y una traca de fuegos artificiales. Sabes que seguirán con sus vidas cargadas de problemas, pero acariciadas por una nueva esperanza. Una pequeña luz que da sentido al resto.
Los padecimientos del pasado no son los de hoy, pero sufrimos igual. Dice un amigo que solo hay dos circunstancias en las que el ser humano no se siente vacío, y que para nada son deseables: cuando hay hambre y cuando hay guerra. Yo creo que hay una tercera, que es el estado alienígena: rodeado de luces, música a todo meter y abrazado a una botella. Así no se siente el vacío, al menos hasta la mañana siguiente.
La despistada y fulgurante decoración de las ciudades va paralela a esa Navidad blandita en la que los pobres, los huérfanos y el sufrimiento están al otro lado de la frontera. Pero qué va, que va, esa mentira es más gorda que el cuento del cascanueces que se transformó en un príncipe. Todo lo malo y todo lo bueno amanece cada día aquí, con nosotros. Y que los niños sepan que tampoco es verdad que los Reyes Magos son los padres: no conozco ningún adulto que no se acune cada noche con la mágica esperanza de que mañana las cosas vayan un poco mejor.


La estrella de los Reyes Magos. Rembrandt.




jueves, 19 de octubre de 2017

Machado no es de los tuyos


En una visita a Soria me comí un sándwich mixto sobre la cara de Antonio Machado, que decoraba las mesas de una terraza. La voracidad con la que cualquier detalle de la historia es engullido y disfrazado en virtud del turismo es implacable, hortera también, aunque en general quiero creer que ingenua. Pero no me lo parece la utilización de la figura de Antonio Machado, y de su obra, troceada al gusto para sazonar el linchamiento de cada día.

Podríamos decir que los libros del poeta están más de actualidad que nunca, si fuera por las veces que se le cita en declaraciones políticas, y en ese caos que son las redes sociales. El tema no es nuevo. La trayectoria impecable de Machado, su compromiso total con las causas sociales, su fallecimiento en el exilio, fue aprovechado por algunos para convertirle en una especie de “santo laico”. Un santo que por lo visto no solo les bendice a ellos mismos, sino que condena desde sus poemas, como si fueran una profecía, a sus contrincantes. No es extraño que el verso más citado sea aquel de “una de las dos Españas ha de helarte el corazón”. Si alguien pronuncia esto, automáticamente se sitúa en la España de los “buenos”, porque la de los “malos” es la otra, la que lanzó al exilio al poeta, que por lo visto sigue siendo la misma que la que hoy le está fastidiando al bardo de turno.

Pobre Machado. Tendría que triplicar su ya enorme consumo de cigarrillos y de cafés para aguantar esta colección de partidarios que sin cesar le invocan, con la cobardía del que sabe que no puede replicarles. Pobre poeta, que huía de los pelotas y no soportaba siquiera que recitaran sus poesías delante de él; se quedaría más tieso escuchando a tanto boca chancla que aguantando las heladas de la meseta, de las que escapó en cuanto pudo…
Y un párrafo de su puño y letra al respecto: “Si algún día alcanzáis un poco de notoriedad, seréis interrogados sobre lo humano y lo divino… Tendréis que aceptar entrevistas y diálogos con hábiles periodistas, que os harán decir en letras de molde, con vuestras mismas palabras, no precisamente lo que vosotros habéis dicho, sino lo que ellos creen que debisteis decir y que puede ser lo contrario. Hay en esto un problema difícil, que los viejos políticos resuelven, a su modo, con ciertas bernardinas y frases amorfas, hábilmente combinadas, las cuales, vueltas del revés, vienen a decir aproximadamente lo mismo que del derecho”.
No puede haber nada más contrario a la palabra que no pertenecer a todos los seres humanos. Soportamos que la tierra sea más de unos que de otros pero, ¿también la poesía tiene dueños? Que se trabajen sus argumentos, y sobre todo sus razones, y que no roben las emociones que son de todos. Machado nada les debe.
   













Antonio Machado. Exposición sobre Emiliano Barral, Museo Provincial de Segovia.


* Artículo publicado en El Adelantado de Segovia. 19/10/2017

jueves, 17 de agosto de 2017

Ciudad de camareros

Chico y chica están fumando un cigarrillo, sentados en la escalera del portalón. Pantalones y camisas negras a la espera de la hora de las cenas en el restaurante donde trabajan, que está a la vuelta. Unos minutos para dar una tregua al cuerpo que, disciplinado y ágil, recorre durante horas las mesas. Son muy jóvenes. Hablan de no sé quién, que trabaja ahora lejos, en un sitio de playa.
El comedor de al lado lo atienden dos camareros de mediana edad, eficientes y rápidos. Expertos en economizar movimientos y palabras. Curados de espanto de cualquier capricho de los clientes. Camareros de toda la vida, casi invisibles, que no suspiran aunque las piernas protesten y la espalda pida descanso.
Los que atienden las terrazas no son desde luego los del verano pasado, ni tampoco los del anterior. Ellos tampoco me conocen, ni lo harán: apenas cruzamos la mirada, porque están inmersos en la pantalla del móvil, donde apuntan el pedido. Es normal porque aquí, en la Plaza, repite poco la clientela, la mayoría son turistas que van y vienen, que a ratos sudan y a ratos se quedan fríos y se envuelven con lo que pillan. “¿Y así hace por aquí en agosto? Pues cualquiera viene a Segovia en enero...”. En fin, esas conversaciones.
Los clientes no repiten, los camareros no duran. La clientela protesta por los precios y los pinchos, cuando lo que tenía que exigir son camareros de larga duración y dueños al pie del cañón. El buen dueño de hostelería es el mayor pringado de todo el equipo, el que más suda. Si no es otra cosa, puede que necesaria, pero muy diferente: un rentista, un accionista.

Cuando pienso en Segovia no pienso en Trajano ni en futbolistas famosos despiezando cochinillos con el plato: pienso en camareros. Oigo con frecuencia a los portavoces de los hosteleros, pero no sé qué piensan los camareros. No tengo claro si al gremio de los camareros le va bien que se llenen los comedores al 75 o al 99 por ciento. ¿Les pagan más, les hacen fijos, son entonces más libres y más dueños de su trabajo?
Me ponen un café que me salva la vida, pero no conozco sus nombres. Y cada vez menos. Antes no eran de mi barrio, ahora muchos ni siquiera han nacido aquí. Menudos sobresaltos deben llevarse cuando les damos órdenes con este áspero castellano nuestro, pero aguantan. En las cocinas hay manos de muchos países exprimiendo nuestro zumo, sazonando nuestro asado. Alquilan los pisos que dejan los estudiantes. En los jardines con columpios sin amortizar de la vieja Segovia, los hijos de la cocinera pasan las horas, despreocupados. A la hora de la siesta hay silencio; al caer la tarde, vuelta al tajo.
Las callejuelas huelen a cordero, a orégano, a curry. Los contenedores, a vino. Son las traseras de las cocinas, el otro lado del trampantojo del centro histórico. Lo que no ven los turistas que, al caer la tarde, ya arrastran los pies, el estómago y el cansancio hacia su coche.

lunes, 16 de enero de 2017

La muerte de nadie

Otra vez he olvidado un aniversario. No de santo ni hombre de artes, ni ser distinguido para el que reclamen calles y reconocimientos. Fue un don nadie, solo un hombre más que murió en un día frío lejos de casa. Aquello ocurrió a finales de 1916, así que ya se ha cumplido su centenario, sin ruido ni homenajes. Cierto que su caso no es especial, porque hoy siguen muriendo cientos, miles de personas de la misma forma, sin anotaciones al margen. Cuerpos de gente que fue, de la que muchas veces no consta ni el nombre. Puede que alguien, con el tiempo, se pregunte qué habrá sido de ellos. Y ya.
Nuestro hombre falleció de una hemorragia meníngea a las 4 de la madrugada del 21 de noviembre de 1916, en la casa destinada a la hospitalidad para pobres de Cerezo de Abajo, donde fue sepultado. Alguien añadió en la partida de defunción que era natural de Canalejas, Valladolid, que tenía 78 años y que se llamaba Marcos: los datos que daba El Adelantado en la pequeña crónica que se publicó.
No era difícil morirse en 1916. Entre hambres y epidemias, la esperanza de vida rondaba los 45 años; superar la niñez era una hazaña, y llegar a viejo, siendo pobre, una pesadilla. Faltaban unos pocos años para que se aprobara el sistema de pensiones, y muchos más para que se generalizara. ¿De dónde venía Marcos, adónde iba ese otoño casi invierno cuando la muerte llegó? Puede que viniera de Madrid, de buscarse la vida allí, la ventaja del pobre es que puede trasladar su miseria a cualquier sitio. Cerezo fue durante mucho tiempo cruce de caminos, paso obligado para los que iban de la capital al norte de España. Dejando atrás Somosierra, atravesando encinares y robledales, Marcos estaba a pocas jornadas de su casa, setenta kilómetros más o menos. Por entonces Canalejas estaba creciendo, triplicaba los 300 vecinos de hoy. Algún familiar le quedaría allí, o al menos seguiría en pie la ermita del Olmar. Algo que tuviera que ver con uno. Con suerte algo que se pudiera comer.
Pero no. A setenta kilómetros de su casa se murió un pordiosero, que tenía 78 años, esperanzas, un origen y un nombre, Marcos, que alguien se tomó la molestia de registrar sobre un papel. Este es un centenario pobre, muy pobre, que no atraerá turistas ni traerá bellos discursos. Solo unas pocas palabras.

Nota: Gracias a Mar Peñas, del Archivo Episcopal, por recuperar la partida de defunción de Marcos. Gracias también a Araceli de la Torre, desde Canalejas de Peñafiel. Y gracias a Guillermo Herrero por rescatar cada día del archivo de El Adelantado las noticias de nuestro pasado.