Mostrando entradas con la etiqueta Valladolid. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Valladolid. Mostrar todas las entradas

lunes, 28 de agosto de 2023

Los seis llaveros de Valladolid

En Valladolid no me pasa, pero cuando vuelvo a Segovia cuando veo un turista me dan ganas de pisarle el pie. Abandono la idea, primero porque son muchos más que los indígenas, y segundo porque aprieta el sol y me dan pena, haciendo tiempo para comer, arrastrando niños llorosos que están hasta el último pelo de ver iglesias. El lunes el titular será “los hosteleros satisfechos por la ocupación, pero quedaron dos mesas libres”, o cosa similar.

El problema de odiar al turista es que una, alguna vez, pocas, también es turista. Con culpabilidad, porque conozco las consecuencias de serlo. La mayor parte de los turistas van como rebaño por el cordel, todos a una hasta alcanzar el mismo objetivo (hay tres o cuatro metas volantes, no más, no se engañen). El problema es la visión periférica. Recuerdo a una señora mayor tendiendo un par de bragas, en un caserón frente a la ría, en Oporto. Bajo su ventana, había un enjambre de turistas, apiñados en las terrazas de restaurantes caros. La vida normal acaba por ser un elemento discordante en nuestra fiesta, y está sentenciada.

El turismo a cascoporro se está convirtiendo en una verdadera plaga. A la vez, complicada de encarrilar, porque su avance exponencial es, en cierto sentido, democrático. Se ha encendido el deseo de viajar, que es un gran negocio; ahora, hay que poner orden. Difícil, porque lo de atraer solo “turismo de calidad y espaciado cuando yo diga” es muy complicado. La fórmula general es el “turismo mercadona”: para hacer caja, hay que vender muchas unidades.

Oigo que en Barcelona o San Sebastián ya no reciben a los turistas con los brazos abiertos. Quizás ellos poseen otros recursos para sobrevivir, más allá de la belleza. Para una ciudad ser solo guapa es un poco pan para hoy y hambre para mañana. Los sitios tocados por la varita mágica del turismo convierten en calabaza su oportunidad de ser lugares normales; o ninguno ha logrado, por ahora, escapar de ello.

Que Valladolid no sea una ciudad turística, o que al menos no dependa de ello de una manera principal, creo que no es mala cosa. Hace más fácil la existencia a los que vivimos en ella, y frena un poco el amodorramiento que supone una economía perezosa, centrada en engullir rentas de locales y pisos turísticos. Tampoco se puede elegir tu destino. Valladolid empleó muchos años en avanzar “como centro comercial e industrial y nudo de comunicaciones ferroviarias y por carretera”, como se describía la ciudad en una guía turística de los años setenta. En este proceso, dejó manga por hombro su centro histórico, y hoy es casi imposible hacer una foto de un edificio -los tiene, valiosos y bellos- sin sacar cuarto y mitad de una torre de viviendas.

Quizás esto explica que una construcción “nueva”, para lo que se estila en la tierra de los castillos, como es la Academia de Caballería, se esté imponiendo a golpe de telediario como el icono de Valladolid. A su favor hay que decir que es de los pocos edificios exentos, sin pegotes adosados, y que tiene un cierto aire romántico que conecta bien con esa idea del Valladolid burgués, de capital en medio de la meseta. No es la historia sino los vallisoletanos los que lo han encumbrado.

La mejor encuesta de los edificios importantes de Valladolid no está en Wikipedia, sino en el Todo a Cien de mi barrio, que solo admite superventas. Se puede elegir entre seis llaveros: la Catedral, la Antigua, el Ayuntamiento, la Universidad, Caballería y, por supuesto, el escudo del Real Valladolid. Los compramos los de aquí, porque a mi barrio turistas, lo que se dice turistas, llegan pocos. Una vez encontré a cuatro chinos extraviados, que no buscaban el Museo Oriental, que es precioso, sino El Corte Inglés. Sería un fallo del Google Maps, porque los chinos lo traen todo planificado, y en siete días visitan España y Portugal y hasta les sobra una hora en el aeropuerto.

De Valladolid escucho más que es una ciudad cómoda que una ciudad guapa, y creo que eso no es malo: le ayuda a estar viva. Es mejor conocerla por casualidad, porque los mejores viajes son los que surgen, sin plan ni expectativas. Vas a una historia de trabajo y te encuentras un miércoles por la tarde tomando unas tapas. Acompañas a tu hijo a un partido y haces tiempo dando una vuelta por el Campo Grande. Quedas con un colega en la Plaza y te pierdes buscando herramientas en el escaparate de Villanueva. Turismo accidental. Sin guías, ni rutas, ni “experiencias” que cumplir. Perdiendo el tiempo, básicamente.

 

 

 

lunes, 19 de junio de 2023

Los maceros y el señor con traje

En las fotografías, junto a los maceros hay un señor con traje, que es el nuevo alcalde de Valladolid. Los maceros están para dejar claro dónde reside el poder. El bastón de mando va pasando de mano en mano, con los impulsos a veces espasmódicos de los votos. Cambian los señores con traje, pero los heraldos permanecen, con su tabardo morado, sus calzones negros, su pluma en la gorra y sus seis kilos de maza. No saludan al respetable, ni hacen reverencias; mantienen siempre el mismo trato y actitud, sea rey o reo. A efectos de la noticia, son invisibles.

El convenio del personal municipal prevé una pequeña gratificación para los ordenanzas que dedican unas horas extras a tan peculiar representación. Parecen los únicos disfrazados, pero son de los poquísimos que no lo están; sus mentes están ocupadas en su digna tarea, y no repletas de ambición o decepción, como las de los miembros de la corporación. Para los ediles ha pasado un siglo desde el domingo electoral, y sin embargo es solo un respiro para el macero, que desde el Medievo anota con letra clara sus apariciones en el libro de la historia.

La brega electoral recuerda a un escrito de Chesterton, sobre un grupo que presiona para que desaparezca un farol. Aunque un monje pide que primero se considere el valor de la luz, la masa, ciega de ira, derriba el farol. Unos porque querían otro tipo de luz, otros por quedarse con la chatarra, unos pocos porque deseaban oscuridad para esconder sus actos, algunos sólo por destruir algo… Pasado el ofuscamiento y ya demasiado tarde, se dan cuenta de que el fraile tenía razón, que lo importante era tener luz.

Son los maceros José Luis y Olga, no Feijoó ni Abascal, quienes validan al nuevo alcalde y le sitúan en su renglón de la historia, que puede ser memorable o un desastre. Lógico que a Carnero le dé vértigo. Reservarse un hueco en el parquin del Senado puede obedecer a un desmedido afán ahorrativo, sí, pero también ser un salvavidas por si sucumbe de una sobredosis de “vamos a llevarnos bien”.

Pero a los trabajos, sea alcalde o jornalero, uno entra para gastarse y desgastarse, si es el caso. El reto mayor del gobierno, y también en su medida de la oposición, es que en Valladolid el aire no se vuelva irrespirable, en todos los sentidos. Pueden mejorar nuestra vida, o hacernos la vida imposible, ya se verá. Los maceros saben que la historia es un relevo permanente. Pero los vecinos, que no somos inmortales, necesitamos luz, agua y aire cada día.

 

lunes, 5 de junio de 2023

Comprensión lectora

En EGB, casi todas las tardes leíamos en alto el Senda. Unas compañeras leían el párrafo deprisa, otras se atascaban a la mínima. Al sexto turno, la mitad de la clase dormitaba con los brazos cruzados sobre el pupitre. Me gustaba especialmente “Fiebre para crecer”, de Ramón Nieto, un cuento corto sobre un niño al que atormentaban en el colegio por su baja estatura. Un día cae enfermo, le sube la fiebre y crece unos centímetros, y desea volver cuanto antes a clase, a ver si por fin le dejan en paz. Pero no, allí nadie parece darse cuenta de su avance. Entre lágrimas, el pequeño se resigna a que todo siga igual. Recuerdo bien el impacto que aquella historia y su final, triste y real, nos causó a todas. En los setenta, nadie hablaba de bullying, pero sabíamos mucho de la crueldad de la que otros y nosotras mismas éramos capaces. En cierto sentido, ese relato, contado en voz alta y compartido por toda la clase, creó más conciencia en nosotros que si nos hubieran bombardeado con anuncios sobre el tema un año entero.

Casi todo lo que sé de lectura lo aprendí esas tardes. Había textos que te aburrían y no entendías del todo, pero había otras páginas que te dejaban sin respiración, porque parecían escritas para ti. También aprendí que, cuando forman parte de una experiencia compartida, alcanzan un nivel distinto, necesario.

No es raro que con la pandemia y la soledad empeorara el nivel de lectura de los niños, en esos primeros años no basta con tener en casa la biblioteca más grande del mundo. Solo, puedes leer muchísimo, pero la compresión lectora, la plena, es otra cosa. Comprender exige un paso más, ser consciente no solo de lo que está escrito, -ya sea el Quijote o el Pollo Pepe-, sino también de que el resto no interpreta lo mismo que tú. Ha tenido que llegar la selva de internet para que podamos entender que el verdadero milagro de Pentecostés no es volverse políglota, que ya lo hace el traductor de Google, sino ser capaz de entender las razones del prójimo.

En esta Babel electoral en la que cada frase se malinterpreta y se saca de contexto, nuestra comprensión lectora está por los suelos, mucho peor que la de los niños. Por fortuna, en la calle somos menos tontos que en internet. Por ejemplo, estos días en Valladolid se puede ir caminando hasta la Plaza Mayor, y recorrer tranquilamente la Feria del Libro. Las casetas están repletas de historias y de ideas de todo tipo, que conviven sin problemas en los mostradores. No hace falta comprar, si no se puede. Lo importante es ventilarse.

 

lunes, 29 de mayo de 2023

La pájara

Cuando Perico salía con la bici no iba solo. Dicen que el hombre no puede escapar de su sombra, y Perico no podía escapar de su pájara. Perder la carrera por la pájara restaba épica a la gesta, pero a la vez esquivaba el exceso de drama que suele acompañar al fracaso. Porque la pájara jorobaba, pero a la vez era una compañera fiel, aunque, de vez en cuando, había que alimentarla.

El ciclismo viene a ser una metáfora de la vida: las reglas básicas son sigue el camino y aguanta sobre la bici. Se te puede cruzar un pájaro, o un pajarraco, pero el problema mayor es que aparezca la pájara. Leí que los marineros pueden sobrevivir 30 días sin comida y hasta diez sin agua, pero si son presa de la desesperación, apenas unas horas. La pájara te fulmina. Perico lo confesó, y por eso se le quería, aunque hubiera ciclistas mejores. Él era todos nosotros, porque lo normal en el pedaleo es no llegar, y que ganara el Tour lo vivimos como un milagro.

Hace poco ha publicado un libro en el que habla de la soledad de Perico, que es la soledad del pelotón, o sea de todos. Se presenta como alguien especializado en perder y volver a intentarlo, a ver qué pasa en la siguiente etapa. Las victorias son pocas, pero las derrotas todas. También para el aparente ganador, porque lo que se gana ya no se desea. Concluida la etapa, vuelves al punto de salida, una y otra vez. Ya lo decía (más o menos) Pompeyo: “pedalear es necesario, vivir no lo es”.

Escribo esto sin saber quién se acostó ayer pensando que en pocos días va a ser alcalde de cualquiera de los cientos de municipios de la meseta. Salvo que sea un iluso, habrá dormido regular. Tras el agotamiento de la campaña, ya estará asomando una nueva pájara, la del temor a asumir las consecuencias de coger el bastón de mando.

Lo malo de la fauna pajarera es que no se deja domesticar. Ni siquiera conseguimos que las palomas torcaces dejen de estampar tortillas contra el Paseo Zorrilla, así que mucho menos domable es nuestra esquiva pájara. A veces, con un solo aleteo nos engulle, y no podemos ascender el Tourmalet del lunes. Otras veces se apacigua y nos deja llevarla adormilada en el bolsillo. Incluso algún día está de nuestra parte, nos inflama el pecho y parece que nada se nos pone por delante. Eso pasa poco, porque, como dice Perico, lo normal es arrastrar a la pájara, jugar a perder y estar muerto de miedo. Por ejemplo, hoy tengo esas dos sensaciones, las ganas de volar y el pánico a meter la pata. Como muchos alcaldes, yo me estreno en esta columna. Sujetando el miedo, y a la vez con muchas ganas. Gracias por leerme.

 

 

martes, 28 de febrero de 2023

Adiós al Corte Inglés



Esta tarde, alguien ha cambiado por última vez el rollo de secarse las manos en el lavabo del Corte Inglés de Constitución. Alguien ha doblado por última vez una pila de jerséis, revueltos por una señora que apuraba las rebajas. Esta noche bajarán la persiana y dentro quedarán los vigilantes, custodiando los objetos que nadie comprará mañana.


El primer sitio que visité de Valladolid fue Galerías Preciados. Compré con mis ahorros un vestido de cuadraditos azules y cuello redondo con puntilla, al estilo de la casa de la pradera, que era lo que se llevaba. Me gustó desde el principio un sitio donde podía tocar las cosas y, en silencio, encajarlas en mi imaginación. A veces comprarlas, y otras muchas no, sin un mostrador de por medio ni nadie que te pidiera cuentas. Quince años después, cuando empecé a trabajar aquí, había dos ‘Cortes Ingleses’. Terminaba el verano, y en los periódicos las tiendas pequeñas criticaban que los grandes almacenes abrieran por la tarde en la semana de San Mateo, cuando la tradición era cerrar. Ahora esas peleas entre gran almacén y pequeña tienda parecen de broma, comparadas con la presión absoluta e impersonal de las ventas on line.

Dice alguien que conozco que sólo son ciudades las que tienen Corte Inglés, o sea como mucho dos o tres en toda la región. No es así, pero entiendo lo que quiere decir. Esas puertas abiertas para pasear en llano cuando hace frío, o para no desmayarte cuando caen 35° en la calle, son un mini mundo para muchas personas que no tienen tan fácil recorrer tiendas ni hacer pedidos por internet. Para mí fueron un mini mundo cuando mis hijos eran bebés y pasaba las tardes tontas dando vueltas por la planta juguetes.
Lo siento por las empleadas y empleados, porque pese a los malos ratos sentirán la pérdida; lo siento por los vecinos del centro, que hacían sus compras allí. Lo siento por mí, que hace pocos días disfrute por última vez de la vista fantástica de la cafetería de la última planta. Dicen que pondrán un restaurante, pero ya no costará sólo el precio de un café pasar el tiempo flotando por encima de los tejados del centro de Valladolid. Adiós a la pared de Rumasa, adiós al Corte Inglés de Constitución.

viernes, 26 de agosto de 2022

Sujetar la pancarta

En los noventa entrevisté a un niño que me contó que de mayor quería ser sindicalista, como su padre, para defender a los trabajadores. No sé qué habrá sido del chaval, que era simpático y espabilado. Me pregunto si hoy habrá algún niño que se atreva a responder eso mismo. Para algunos, un sindicalista es un jeta, o en el mejor de los casos, un señor que come gambas. Aunque la bolsa de congeladas no sea demasiado cara, desde luego menos que una sandía, se ve que los sindicalistas tienen fijación con las gambas: los patronos deben ser frugales y vegetarianos.


Algo que me sorprendió cuando llegué a Valladolid fue la fuerte identidad obrera. Barrios enteros se construyeron para alojar a las familias que vinieron, muchas de los pueblos, a trabajar en la industria del automóvil. Gente que no tenía nada y que trabajó duro para ganarse un jornal y, poco a poco, sus derechos, contenidos en esa palabra mágica: “convenio”.  Conquistas comunes que, en las ciudades pequeñas, sin industria y con empresas familiares y atomizadas, casi no se conocían. Los afiliados de entonces hoy ya no están, y, en este mundo de yo-me-mí-conmigo poco queda de ese orgullo de pertenencia a un gremio. Pocos se sienten identificados como “trabajadores”, si acaso con su segmento profesional, con sus específicas reivindicaciones, que a veces chocan entre sí. Las de los pensionistas, con la mayor esperanza de vida conocida, con las de los mileuristas, con dificultades para sumar años de cotización; las de los interinos, con las de los que opositan. Las de los empleados públicos y sus trienios, con los de las empresas privadas, en las que sumar antigüedad es pecado… No sé si la lucha de clases está obsoleta, pero desde luego la lucha de unos contra otros está de plena actualidad. El discurso de los sindicatos vadea entre todo ello, tratando de agradar o al menos no molestar a sus clientes fijos, que suelen ser precisamente los que tienen más estabilidad, y eso les impide proyectar palabras que ilusione al resto, que es la mayoría.

Tampoco les ayuda, y de eso no tienen la culpa, que unos cuantos políticos jueguen cada día a hundir el sistema y a prometer la tierra de la leche y la miel. En medio de sus rebuznos, las reivindicaciones de los sindicatos son un prodigio de moderación y sentido común -también suenan aburridas y demasiado previsibles-, porque ellos sí saben que con las cosas de comer no se juega y que, si tiramos todo por la borda, los únicos con salvavidas no son precisamente los del jornal.

Este descrédito de los representantes de los trabajadores nos llega en el peor momento, tras la crisis del 2008, la pandemia y el remate de Ucrania. Algunos ya han tenido que pedir préstamos para hacer frente a la compra del supermercado, y a la vuelta está septiembre. Mientras sudábamos en este verano tórrido nos avisaban de que en invierno pagaremos el doble por mantener el radiador medio templado. Con esas contradicciones viene el futuro inmediato, para los trabajadores y también para los que aspiran a serlo. No se trata de unos pocos sectores afectados, sino de muchos, aunque los más tocados ni siquiera estén lo bastante organizados como para pedir turno y convocar una concentración en la Plaza de Colón, el manifestódromo de Valladolid.

La luz decía Antonio Gamoneda que era de todos los hombres, y que la tierra también lo sería algún día, pero últimamente caminamos en sentido contrario y la luz es más que nunca de Iberdrola. Las cuentas no salen y la gente pedirá soluciones, y si no hay camino dimisiones, que en realidad es un blanco más fácil. Habrá manifestaciones, tal vez no muy numerosas, porque lo de sujetar la pancarta cuesta, y más ahora que perdimos la costumbre de la presencialidad y algunos prefieren protestar en el coche, para ir cómodos, abultar más y hacer ruido. Pero las quejas que hay que contabilizar son las de los ciudadanos de a pie, una por persona, como los votos, no sea que la furia de unos pocos silencie el sufrimiento del resto. Ahí, en dar voz a la mayoría, deberían estar los sindicatos. Desperezarse de sus rollos habituales, no desgañitarse entrando en provocaciones estériles, dejar de otorgarse patentes de corso y ganarse su jornal, que consiste en dar la cara por los trabajadores, que tienen demasiado miedo para defenderse a sí mismos.

 

 

viernes, 29 de julio de 2022

Del loden al niki

Si con dieciséis años me hubieran preguntado a quién habría que borrar del planeta y rociar con polvos pica-pica, David Summers hubiera tenido muchas posibilidades. Hombres G representaba todo lo que por entonces despreciaba: lo pijo. Eso significaba posicionarse en contra de un segmento nutrido de la población, porque en los ochenta los 'pijos' eran bastantes más que los seguidores de la 'movida', digan lo que digan ahora. Los pijos eran herederos de los 'niños pera' de los setenta, pero liberados del sombrío loden y de esa mirada torcida de los paranoicos que quieren que el mundo se doblegue según sus estrechos parámetros. Para ser pijo, bajo mis prejuicios un tanto superficiales de entonces, bastaba con llevar un niki y gustarte los Hombres G. O sea, que el acceso al club era bastante sencillo, puesto que el niki se abarató considerablemente por esa época, cuando el Lacoste fue sustituido por Don Algodón, mucho más asequible, y después por las imitaciones de mercadillo. Luego llegaría al paroxismo la exhibición del logo, que todavía alguno arrastra sin saber que se delata inmediatamente como torpe advenedizo ante los verdaderos pijos, porque un pijo verdadero luce un estudiado abandono en su atuendo. Cuando Tracy Lord, la rica heredera de Historias de Filadelfia, encarnada por Katherine Hepburn, ve a su prometido con un reluciente traje de montar a caballo, le dice: «Estás horrible, pareces el maniquí de un escaparate», y le embadurna ipso facto con barro.


Los chicos pijos de mi juventud eran simpáticos y ruidosos, aunque tenían fama de ir a lo que iban. A su alrededor llevaban unas chicas pijas también, muy maquilladas, con los labios pintados con brillos nacarados que perfilaban juntas en manada, en el cuarto de baño de la discoteca. Olían a Nenuco y fumaban rubio, y de sus bolsos colgaban llaveros de Snoopy, que no sé si fue el origen de aquello de «te lo juro por Snoopy». Los 'no pijos' los mirábamos con una mezcla de curiosidad y desprecio, como cuando no te invitan a una fiesta en la que tienes muchas posibilidades de acabar siendo la camarera.
Aunque David Summers no llevara niki, sino camiseta blanca, y se declarara él mismo víctima de un pijo con jersey amarillo y un Ford fiesta blanco, se convirtió en la imagen de ese mundo pijo que reclamaba su espacio en la España de los ochenta. Un espacio más ligero y con más risas, aunque la historia era básicamente la de siempre, chico-conoce-chica, con la naturalidad y jeta suficientes como para pedir a la chica que se soltara el sujetador, y que se escuchara en Los 40 principales.
De adolescente asociaba a lo pijo el dinero, esos niños de papá con todo resuelto de antemano que saben que, pase lo que pase, alguien se ocupará de recoger sus estropicios y colocarlos en algún sitio, porque ellos lo valen. Lo cierto es que muchos de los que entonces iban de pijos han vivido su vida como yo la mía, con resultados en general poco pijos. No hay ningún niki que cubra las espaldas como un gran patrimonio, pero incluso eso con el tiempo se desgasta, por muy Froilancito que seas.
Otra cosa que pensaba yo, y no era la única, es que en Valladolid había más pijos de lo normal. Con el tiempo y la convivencia ya no lo tengo tan claro, aunque es verdad que en esta ciudad se gasta mucho niki y náutico. Puede que obedezca en parte a los amores que se profesan desde Tierra de Campos al Cantábrico, y también a que el niki sea un modo de estar «arreglao pero informal» -y además planchando poco-, por lo que es un atuendo útil tanto para el alcalde como para el frutero de la esquina. Y digo niki por no decir polo, que no deja de ser un niki, pero con ínfulas. 
Veo que se estrena una película con canciones de los Hombres G rodada aquí, y como cuarto y mitad ya soy de Valladolid, me complace que el resto de los españoles vean a jóvenes bailando en la Plaza del Salvador, San Benito o el Viejo Coso. Ya no pienso tan mal de David Summers, que al fin y al cabo nada me hizo, y seguro que de un padre tan fantástico como Manuel Summers algo bueno se le pegó. Valladolid, encorsetada en ese cliché de ciudad facha y de gente antipática, tiene que sacudirse todo lo que pueda la naftalina, y pasar en el imaginario nacional, como lo ha hecho en la vida real, del loden al niki, o incluso a la camiseta directamente. Con el tiempo, creo que lo más envidiable de los pijos no era que tuvieran pasta, solo que se reían más. Y la alegría, aunque sea breve, siempre es un puntaz

viernes, 1 de julio de 2022

La bolsa de colores

Francisco Umbral recordaba con amargura Valladolid. Hijo de madre soltera en un tiempo en el que no tener una familia 'normal' era motivo de vergüenza, niño de una posguerra de frío y hambre, apenas fue al colegio, y a los catorce años entró como botones en un banco. Los libros y más tarde la escritura fueron el cauce para dar sentido a la llama que abrasaba dentro un adolescente larguirucho, a los que los muchachos del barrio le llamaban maricón. Hoy sería acoso, pero entonces la víctima del escarnio tenía que agachar la cabeza y apretar el paso para tratar de escapar de las voces y las risas.
Umbral no era homosexual, pero ni entonces ni ahora importaba mucho ese dato. No era por eso por lo que le ridiculizaban. Bastaba con ser como era, diferente. Miguel Delibes, amigo hasta la muerte de Umbral, le aconsejó pronto que se marchara a Madrid, y así lo hizo. Allí, construyó Paco su imagen de dandi, su pluma cortante, su pensamiento rápido y su fama de borde. Pero detrás de las gafotas de pasta asomaban los ojos de un niño desvalido.

Umbral, en la portada de Diario de un noctámbulo (Austral)
Hay un estudio estupendo de Bénédicte de Buron-Bru, profesora y traductora francesa, sobre cómo refleja la homosexualidad Umbral en su obra, desde sus primeras novelas hasta sus últimos artículos en prensa. Lo publicó la Universidad de Valladolid en su revista Siglo XXI y puede leerse en internet. Umbral creció en el mundo de los hombres 'viriles', sin aristas ni debilidades, en el que cualquier gesto o palabra podían ser utilizados en tu contra, como él mismo había experimentado y sufrido. En varias de sus novelas aparece ese mundo marginal y sórdido en el que tenían que vadear los pocos que se atrevían a salir del armario o directamente eran expulsados de él. Los tiempos en los que un homosexual era lo peor, y como tal era fichado en el registro de vagos y maleantes, bajo amenaza continua de ser detenido. Maestro del lenguaje, con un oído privilegiado para escuchar la calle, en sus novelas están todas esas palabras susurradas que escuchábamos de niños, sin saber bien qué significaban: sarasa, mariquita, invertido... Con su escritura sin filtros, se ganó por entonces la fama de despreciar a los homosexuales.
Señala la filóloga francesa que, a partir de los noventa, Umbral hizo una «pirueta literaria magistral, apoyando a las víctimas y viéndosela con los verdugos». Arremete el escritor en sus columnas contra Juan Pablo II por sus críticas a la «depravación» de la Marcha del Orgullo («el homosexual no es un huésped incomodo de la especie, sino la especie misma en una de sus variantes», escribió Umbral) y destripa las contradicciones de una sociedad que a la vez trata de atraer los ingresos gayfriendly mientras que sigue despreciando al vecino o vecina que no sigue los parámetros convencionales. «Usted podría ser gay por libre en España si traer money, pero le abrirán la cabeza como un melón de Villaconejos los neonazis de los bates si usted es gay nacional», gran frase.

Umbral falleció en 2007. Dos años antes se había aprobado el matrimonio homosexual. Siendo el ser menos complaciente del mundo, armado siempre de un látigo contra cualquier sensiblería, le aburrían las alharacas. Sabía que todos los mundos que podamos imaginar, sean del color que sean, tienen sus limitaciones. El amor, el deseo, el dolor y la crueldad se reparten por igual entre los humanos, hetero, homo o lo que les plazca elegir.

Me pregunto qué hubiera escrito Francisco de lo que nos ocupa. Esta guerra de símbolos, desde el baile por las desinencias gramaticales de Irene 'Montero-a-e', hasta la pelea por la bandera multicolor en los balcones. Qué hubiera dicho de esos que quieren ajusticiar a los que no siguen sus exclusivas normas. «Al atardecer de la vida, te examinarán en el amor», decía San Juan de la Cruz. Ese es el mandamiento fundamental.  

Yo le hubiera llevado a Umbral el martes pasado al centro de Valladolid, a ver lo que interesa, que es la calle. Parejas de la mano con alas en los pies hacia la marcha, con pancartas pintadas con rotulador. Adolescentes con bolsas de colores que todavía no saben quiénes son, ni a quién amarán. Y también la mirada de la gente que los veía pasar, que no era de escándalo, ni siquiera de sorpresa, sino de «a mí qué». 

Decía Umbral que uno cambia de ideas porque cambia el mundo, y porque la vida te enseña, si estás dispuesto a aprender y no eres un auténtico botarate. Se trata de que cada cual recorra su camino, solo de eso.