lunes, 28 de abril de 2025

Prohibido tender la ropa

Las tardes de los domingos, cuando ni siquiera abre el bar de la esquina, el autoservicio de lavandería tiene su oportunidad. En el barrio funcionan unos cuantos, en manzanas cercanas. Por la mañana hay poco movimiento: una señora que arrastra un bolsón con una manta que no le cabe en la lavadora de casa, algún vecino con el colchón del perro, para la máquina reservada para ello. Es a la hora de la siesta y al anochecer cuando se concentra la actividad. En las películas americanas las parejas se conocen mirando el tambor de sus respectivas lavadoras, una oportunidad para coincidir en un mundo solitario. Los americanos sabían de lavadoras comunes y de soledad mucho antes que nosotros. “Otra ciudad, otro empleo, ¿quién sabe? Soy responsable de mis actos”, decía C.C. Baxter al dejar su apartamento.

Si buscas en el mapa, las lavanderías se concentran en la zona noreste de la ciudad, en los barrios populares y obreros, como se decía antes. La externalización de la colada se hace necesaria si vives en una habitación, o si no puedes asumir la compra de una lavadora. 400 euros pueden ser demasiado, y por menos de diez consigues el lavado y secado de la ropa que necesitas para esta semana. Porque si tienes un hogar más o menos estable seguro que, tras la cama, el frigo y la mesa, cuentas con una lavadora. Eso pienso cuando veo a una pareja joven, sentada en silencio a que termine de dar vueltas su ropa, absortos en las pantallas de sus móviles.

Todos ponemos lavadoras continuamente, aunque de eso no suela informar el periódico. La limpieza se presupone y lo que es noticia es la suciedad, por lo que en general nos cuidamos de mantenerla a raya. Siempre fue así, solo que antes para lavar la ropa sucia había que cargar con el cesto hasta el río y extender los pololos a la vista de todos para que los blanqueara el sol. En tiempos de mis abuelos era un piropo decir a la vecina que era una señora “muy limpia”. Cuando faltaba el agua y el jabón de sosa ardía en las manos, lucir limpio era una tarea titánica, y hasta una actitud ante la vida. Antes la gente tenía dos camisas y un par de pantalones, y ahora vamos poco más o menos que en chándal, aunque tengamos catorce y sean de marca. Probablemente nunca estuvimos más limpios que hoy, y más aún durante la pandemia: no nos movíamos de casa, pero como no sabíamos dónde estaba el bicho compramos tantas lavadoras que dicen que después bajaron varios años las ventas, de tan nuevas que las teníamos. En las casas en las que se criaban familias numerosas ahora con suerte hay dos o tres personas, y cada vez en más viviendas una sola. La lavadora se pone menos y podría ser un servicio compartido, pero para eso hay que ser americano y no sentir escalofríos al echar los pijamas en el tambor donde antes estuvieron los calcetines del vecino. Contrasta el pudor con que tratamos nuestra ropa o, en la misma línea, nuestra basura, y la brutalidad de las palabras que nos hemos acostumbrado a escuchar, incluso de boca de señores perfectamente trajeados y que seguro que huelen fenomenal. 

Los trapos sucios se lavan en casa, decía el refrán. Ahora, hasta se tienden en casa, ya no se ventilan. Solo en las barriadas resisten algunas cuerdas con coladas a la vista. En las viviendas modernas ya no existen ni en los patios interiores, ni tampoco hay espacio en las azoteas. Si falta la secadora, quién no tiene un tendedero extensible, de esos en los que la ropa está húmeda tres días y que hay que esconder cuando vienen las visitas.

Tender la ropa está en extinción, y pronto habrá visitas para ver algún alambre que resiste en las casas de los pueblos. Recibiendo el viento y el sol, la colada se seca en un periquete y con un olor que no puede igualar ningún suavizante. Qué lujo, ya imposible.

lunes, 21 de abril de 2025

En ese rincón estuvo el Rita

Cuando comencé el instituto, en 1982, Alaska y toda la tropa de crestas y tupés hablaban ya en pasado de la Movida. Los adolescentes de las provincias maldecíamos nuestra suerte y nos preguntábamos como Ligia Elena, la del Gato Pérez, “ay, señor, y mi trompetista cuándo llegará”. Ese entusiasmo desordenado y loco, esos pelos de colores y chupas del Rock-Ola a la meseta no llegaban. Radio 3 era el principal vehículo de lo que estaba pasando al otro lado del Guadarrama, aunque, de vez en cuando, pillaba en el dial un programa nocturno que se emitía desde Valladolid, un lugar desconocido por entonces para mí. Valladolid me sonaba a jota, pero gracias a la radio supe que allí había grupos que peleaban por su propia movida, como también hubo algunos en Segovia, por pequeña que fuera, y es. Hoy la movida está defenestrada, y hasta hay quien dice que fue la responsable de que en España no se hubiera hecho una revolución completa, los mismos que critican a los que pactaron la Transición. Pero no lo sentí así entonces. La frivolidad de los protagonistas de la movida resultaba muy refrescante y un eficaz disolvente de la solemnidad que había acompañado a la Dictadura. No hay nada que fastidie más a cualquier régimen totalitario que la alegría y el sentido del humor, ya lo decía Guillermo de Baskerville en el Nombre de la Rosa.

Casi todo lo que de movida hubo en Segovia se concentró en los ochenta en un pequeño bar a los pies de la torre de la iglesia de San Esteban, desde hace mucho tiempo cerrada al culto, con su plazuela preciosa sacrificada a mayor gloria de los coches. En los sesenta y setenta, el local había sido la taberna de Evaristo quien, además de servir chatos y rellenar botellas de vino y vinagre para el uso de las muchas familias que vivíamos por allí, había aprovechado el hueco de un ventanuco para apilar golosinas. Cuando salíamos de la misa dominical, los niños corríamos a gastar la propina en bolsitas de pipas de Los payasos de la tele, chicles Niña, regalices y bazookas, y salíamos pitando de ese túnel con olor a vino, que era territorio de los mayores. Pues justo esa taberna pequeña, unida por una escalera empinadísima e irregular de madera maciza a otro par de plantas igual de pequeñas y con una bodega oscura a la que se accedía por una trampilla, en los ochenta unos genios la transformaron en el Rita, un lugar libertario y divertido. Conservaron una preciosa barra de estaño con grifo, al estilo de las tascas antiguas, y el resto lo llenaron de espejos y luz. En la planta de arriba, junto a un piano negro, estaba la diosa del local, Rita Hayworth, mordiendo su guante. La música, por supuesto, esencial, desde Nacha Pop a Burning, de los Talking Heads a los Smiths. Y dominando la barra, algo poco frecuente por entonces, camareras nada serviles, vestidas como eran, mujeres con vida propia. En fin, qué más podíamos pedir los “modernos” de Segovia, que para parecer raros teníamos que recurrir a ponernos la gabardina del abuelo…

Después del Rita llegó el Casco Viejo, y luego, creo recordar, cierres y aperturas intermitentes hasta que echó finalmente la persiana, como tantos pequeños negocios: bares, ultramarinos, droguerías, pescaderías, papelerías, mercerías, zapaterías, en fin, ya saben. Desde hace poco es una vivienda, una de tantas de las que se han rehabilitado en el centro y se alquilan a los jóvenes universitarios que puedan pagar precios nada baratos. Junto a la ventana de las chucherías hoy hay una mesa con un flexo, en la que un chaval trastea en el ordenador; donde estaba la barra se perfila alguna estantería y ropa revuelta, a la espera de destino. Me pregunto dónde dormirán, si en el rincón de los espejos que había al fondo, o tal vez arriba, en el espacio que ocupaban las mesas de mármol y las sillas thonet donde matábamos las aburridas tardes de domingo.

Ley de vida, dirán. También antes de aquella bodega de Evaristo hubo otra cosa, y antes de esa otra, y posiblemente antes un corral de gallinas, y antes la nada. Y si te vas al campo donde había trigales ahora hay placas, y donde hubo un convento hoy hay un restaurante, y donde estaba la caja de ahorros ahora hay un súper grande o una clínica dental. Y en los locales de pequeños comercios que sustentaron varias generaciones de familias, de un par de años para acá van apareciendo viviendas porque, aunque en Castilla no sobra un habitante, de pronto -será una plaga bíblica- mucha gente no tiene donde vivir. Sí, será ley de vida, o las leyes de los hombres. Pero en ese rincón estuvo el Rita, y, como los Nacha, no me olvido.