lunes, 26 de mayo de 2025

El misterio de cada sobremesa

Ahora, perder el hilo del pensamiento se llama niebla mental. Puede que la causara el Covid, o que los años nos pasaran por encima. Hay ratos que no recuerdas ni lo que estabas pensando un minuto antes. “La abuela al hombre, el hombre al perro, el perro al gato, el gato a la rata, el ratón a la araña, la araña a la mosca, la mosca a la rana”. Como en aquella canción infantil, las subordinadas son tantas que el pensamiento se embota. ¿Quién es el culpable de nuestro malestar, entonces? Porque mal nos sentimos todos. Queremos culpables, y las noticias son una verdadera fábrica: antes de ofrecer datos y pistas congruentes, ya hay veredicto de culpabilidad. De personas, de partidos, de ciudades, de países enteros. Y nos sentimos las víctimas principales de afrentas que nunca terminan: cuando ya aburre una, empiezan a dar la tabarra con otra.

Es normal que en la sobremesa apetezca abandonarse en los brazos de Poirot y Miss Marple. Agatha Christie pone desde el principio las cartas sobre la mesa. Presenta a los sospechosos -y en parte todos lo son, hay pocos santos-, revela y razona las pistas, y al final resuelve el caso. Casi siempre, como en la vida, está el dinero detrás, herencias y joyas de familia. Christie nos sitúa como espectadores de la podredumbre de la alta sociedad: asesinan, pero la sangre apenas mancha la moqueta. Al fondo suena el gramófono y por la ventana entra el olor de prímulas y narcisos. Es todo muy privado, y podemos investigar a placer, sin que entre la prensa a hacer conjeturas y complicar el lienzo. Si la que mata es una doncella, Agatha es más comprensiva: no envenena solo por dinero, sino por mucho más. Por tener, por ejemplo, un salón de té propio con tacitas de porcelana.

Por supuesto no es una novela social, poco nos muestra de las desigualdades de señores y servicio. Contra la novela negra, el sexo es casi inexistente. A veces aflora la venganza, pero raramente la ira, que empaña con tanta frecuencia los sucesos reales. La ira es una cosa de pobres. Con Agatha, los malos se vengan con una planificación compleja. Son como el Conde de Montecristo, pero agarrados a una taza de té. A veces tienen una justificación moral, pero, aunque maten al peor de los hombres, como en el Oriente Express, Poirot les sermonea: la ley está siempre por encima. Lo contrario es el caos.

Estos días puede verse una exposición bien curiosa sobre Agatha Christie en Valladolid, en la sala de las Francesas. Allí están los actores que más veces han encarnado a Poirot y a Miss Marple. Mis favoritos, David Suchet y Margaret Rutherford, son curiosamente poco heteronormativos, que se diría ahora: Suchet es un finolis remilgado, y Rutherford una señora de setenta que salta vallas con su traje de cheviot. Una feminidad rotunda y sin florecillas, como la de la propia escritora.

Agatha Christie escribía novelas como churros, en un par de meses y otro más para corregir, y las vendía todavía más deprisa. Dicen que empezaba los libros por el final, ya decidido el asesinato y el modo de cometerlo. Luego construía toda la historia, las relaciones de los personajes y ese ambiente que envuelve toda su obra, y que es lo que de verdad engancha, por eso da igual que sepas de antemano quién es el malo. Hay ganas de vivir en sus novelas, vivir a lo grande: viajar a El Cairo o a la Riviera con cuatro baúles, organizar cestas de picnic con sándwiches de pepino y champán, tomar el té con nata de Devon, cascar dos huevos pasados por agua y pimplarse un chupito de licor de grosellas... También toneladas de nostalgia de un mundo que ya quedaba atrás cuando la propia Christie escribía sus libritos. Marple sospecha enseguida del Hotel Bertram, porque es el único en el que el personal es de trato exquisito y ofrecen scones perfectos con el desayuno. La realidad no puede ser tan perfecta.

Las historias de Agatha Christie vienen a ser a la sobremesa lo que el blanco a las cocinas modernas, el deseo de poner orden en el caos diario. Recuerdo un artículo de Francisco Casavella, fallecido hace algunos años, sobre aquella serie de los noventa, Periodistas. Decía que no se parecía nada a la realidad de un periódico, no por los temas que trataba, ni por los amores y odios entre compañeros, que de todo hay, sino porque cada problema se resolvía mágicamente en un solo episodio. Eso, como sabemos, es totalmente imposible en la vida, porque un solo problema nos dura varias temporadas. Y ni siquiera es fácil encontrar al culpable.

lunes, 19 de mayo de 2025

Vida de dos escritoras

Recordaba Carmen Martín Gaite en su ensayo Usos amorosos de la posguerra española una anécdota escuchada en su juventud sobre una señorita “de Palencia o de Valladolid” con un novio que era un sinvergüenza y un gañán. Pese a que familia y amigas le recomendaban que le dejase, ella aguantaba humillaciones sin inmutarse. El día de la boda, cuando le preguntó el cura que si quería a aquel hombre por esposo, respondió con seguridad: “No, señor”. Dirigiéndose a los invitados que llenaban la iglesia, añadió: “Y, si he llegado hasta aquí, es para que sepan todos ustedes que si me quedo soltera es porque me da la gana”.  Martín Gaite decía que esta mujer se merecía un monumento, como Agustina de Aragón, tanto si esta historia fue realidad o una invención brillante para desengañar al vulgo de esa obligación que hasta hace bien poco pendía sobre mujeres, y hombres: la de sentirse válida solo si eras “elegida”. Esto fue hasta hace bien poco: recuerdo la surrealista réplica que me dio una señora a la que pedí que no se colara para pagar en el super: “Pues vaya vinagre, seguro que usted no está ni casada”.

Estas cosas me vinieron a la cabeza repasando los carteles de la exposición que puede verse en una de las salas de la Biblioteca de Castilla y León, que coincide con los cien años del nacimiento de la salmantina. “Lo raro que es vivir”, se titula, casi como una de sus novelas más conocidas. Sí, vivir es raro, incomprensible; raro porque nuestro paso por el planeta es una llama breve y única. Una vez crucé unas palabras con Martín Gaite. Íbamos en un grupo, por las calles de Segovia. Yo no había leído nada de ella por entonces; pensé que era una mujer simpática, algo excéntrica, con su pelo largo y cano y su boina inseparable. Pensé que menuda, pero igual no, porque los altos calibramos tamaños desde arriba. Por entonces, la mayoría no se tomaba muy en serio a las mujeres escritoras; quizás yo misma no me las tomaba muy en serio. Llevó tiempo cambiar esa percepción, y aún estamos en ello.

Estos días tengo en mis manos una biografía muy buena sobre la autora, escrita por José Teruel. Carmen no se daba demasiada importancia. Era consciente de los límites de su obra, y consideraba que cada nuevo libro era un intento de encontrar un nuevo ángulo sobre lo mirado tantas veces. El escritor, como cualquiera, es un rumiante que vuelve cien veces sobre asuntos “que se entierran y vuelven a asomar”.

Coincide en el mercado esta biografía de 493 páginas de Martín Gaite con otra, también estupenda de Rosa Chacel, Íntima Atlántida, con 568 páginas, unas pocas más. Aunque la vallisoletana y la salmantina pertenecen a generaciones diferentes (la Chacel es de 1898, y Gaite, de 1925), fallecieron con apenas seis años de diferencia. Carmen vivió la experiencia de la separación de Sánchez Ferlosio, aquel que le “enseñó a habitar la soledad”, y Chacel del pintor Timoteo Pérez Rubio, que nunca asumió. Cabían tormentas dentro de esa mujer cuya estatua nos hemos acostumbrado a ver sentada en un banco frente a Poniente, eterna observadora de la ciudad. “Ventanera”, como también se describía Carmen Martín Gaite.

En su doble de bronce Rosa no parece contenta, y en su biografía tampoco. Es intensa, doliente, contradictoria. Lo pasaba mal y a la vez reconocía que encontraba “verdadera satisfacción en resistir la corriente. Darles lo que piden sería estúpido”. En fin, el ser, a mil por hora, aunque para algunos eso sea antipatía castellana. Es curioso que a ella se la reprochen, cuando no es la simpatía cualidad extendida entre los escritores, y no creo que haga falta recitar nombres.

Qué lejos quedan las biografías de autores que estudiábamos en clase de Literatura. Cuatro datos históricos y el listado de las obras; apenas nada de su vida privada, de sus opiniones o sentimientos. Las biografías de las próximas generaciones no se cerrarán nunca: siempre podrá encontrarse un documento nuevo, un archivo de ordenador, una grabación de radio o televisión, un apunte en internet. Anna Caballé dedicó doce años a Chacel para escribir este libro honesto, que se centra en comprenderla. Pulir su esencia, incluidas sus incoherencias y su cara de vinagre, por qué no.

Con todo, no estoy de acuerdo con la publicidad de las editoriales, cuando subrayan “He aquí la biografía definitiva”. Imposible. Quién puede ordenar y entender plenamente la existencia de una persona, y menos aún la propia existencia. Por algo dicen que, peor que una biografía, es casi siempre una autobiografía.

lunes, 12 de mayo de 2025

La vida in itinere

La señora que está sentada a mi lado en el autobús urbano farfulla “ya están fastidiando el tráfico”. Levanto la vista. En el carril de enfrente discurre una marcha de bicicletas. Que si una vez no pararon en un paso de peatones, que si seguro que protestan porque quieren que les quiten las multas… Las bicicletas son nuestras enemigas. En unos minutos, llegará nuestra parada, y caminaremos por aceras que ocupan con suerte la tercera o cuarta parte del espacio reservado para autos, entre calzada y plazas de aparcamiento. Cruzaremos mirando a un lado y a otro, porque tenemos las de perder. Pero nadie cuestiona el protagonismo de los coches en las calles: es un sometimiento aceptado. Pero con las bicis… hasta ahí podíamos llegar. Es una pelea entre iguales y casi competimos por el mismo espacio. Porque el carril bici a veces está y otras no. Y es cierto que hay algunas bicis y patinetes llevados por verdaderos cafres. A esa señora le ha pasado, y a los demás también.

La lucha peatón-bici es una lucha cuerpo a cuerpo, entre la misma base. El siguiente escalón es la lucha de los coches por ampliar su radio de control. Decía Ortega Smith el otro día que es un problema de libertad, pero él pensaba solo desde su libertad. Porque si todos metemos “libremente” el coche en el centro, nadie podría moverse por el centro. Y como físicamente es imposible, los ayuntamientos toman sus medidas. La contaminación es un medidor muy importante, aunque es cierto que socialmente podría ser injusto que alguien que no puede cambiar su viejo coche se vea perjudicado respecto a otro que viene de respirar aire puro en su urbanización y elige el más nuevo de sus tres vehículos para entrar en el centro a tomar algo. En fin, es complicado, pero lo de la libertad no cuela, salvo que funcionemos con los parámetros de Orwell: “todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros”.

La movilidad construye la nueva definición de ciudad: sitio en el que la gente se gobierna por una serie de reglas para moverse, o algo parecido. Así, en un mundo en diáspora permanente, el principal responsable de que nos podamos mover, Óscar Puente, es el hombre y nombre más citado, y no siempre bien. Como las ovejas, disfrutamos de trashumancia -cuando nos vamos más lejos en determinados momentos del año-; trasterminancia -cuando nos movemos a diario a la provincia de al lado en busca de pasto fresco-, e incluso import-export, si nos trasladamos a otro país, o si vienen para acá, con la maleta grande. Cuando entramos en la CE se hablaba de libre circulación de capitales, bienes y servicios, y las personas creíamos que era para ir de Erasmus, pero hemos resultado el principal objeto transportable. Bueno, puntualicemos, personas en edad laboral, en pleno rendimiento económico, que el mundo no es una ONG.

Esto es palabra de Dios hoy, y por eso, si llega un apagón, no entendemos nada. ¿Dónde está mi mundo, que me lo han cambiado?, decíamos, cambiando las pilas a la linterna. Y no digamos si perteneces a una parte nada pequeña de la población que cada día recorre kilómetros, y cruza montañas y provincias, para fichar en el trabajo. Esos que van a la estación de tren con su mochila y ordenador para emerger en Chamartín, como los viajantes con el muestrario. Los grandes consumidores de transporte saltan a diario de ciudad en ciudad. A efectos del mundo, eres ciudadano donde te reconoce Hacienda, aunque crezca la masa de ciudadanía in itinere. En el vagón van en silencio y se aíslan con cascos, para no pensar en la transición enorme entre casa y trabajo. Son tres personas diferentes: la de su barrio, la de su trabajo y la del vagón. Podrían mantener hasta amantes y amigos distintos, o decir que votan al PP en un sitio y al PSOE en otro. Nadie se enteraría.

En esta escorrentía de kilómetros y tiempo de desplazamiento, en ciudades cada vez más extendidas, con ese calco del sistema de aglomeración francés que se va imantando como círculos concéntricos en torno Madrid, pensaba en lo poco que es media hora para tantos trabajadores que tardan eso solo en llegar a la estación correspondiente. Recuperar tiempo para la vida, decían los sindicatos. Y eso, contando con que el transporte no falle, que bastantes veces falla, aquí y al otro lado de los Pirineos. Es un sistema cansado este, viviendo donde encuentras piso y moviéndote continuamente. Y parece inevitable, como los coches en las calles.

lunes, 5 de mayo de 2025

Carta de un padre

Estos días, haciendo limpieza, recuperé una carta que hace años encontré entre las hojas de un libro que cogí de la biblioteca. A la izquierda del encabezamiento, ponía “25 de abril 2001”; a la derecha, el autor había hecho un dibujo con rotuladores. Era un faro, con sus franjas rojas y blancas y su linterna, aupado sobre una pendiente verde con rocas que salpicaban el camino hasta el mar. Estaba escrita sobre una hoja de publicidad de productos farmacéuticos, como si hubiera sido fruto del momento, pero a la vez la caligrafía era caprichosa, con tinta negra y algunas frases diferenciadas en azul, rojo y verde, como si jugara con uno de esos bolígrafos con pulsadores de colores.

Así comenzaba: “Al final me han entrado remordimientos de que no tengas una carta mía que no sea para acumular una colección de críticas y consejos, pero debes tener en cuenta que yo he de ser para ti como el Faro del Cabo Silleiro, una mano inmaterial que te guíe para que no te estampes contra las rocas, un brazo invisible que te dé la libertad del mar, apartándote de la dureza e implacabilidad de la piedra del error. ¡Toma ya!”.

Después de llegar a la cumbre en el primer párrafo no quedaba otra posibilidad que planear en el siguiente. Cuenta que aprovecha el único rato tranquilo del día, junto antes de que despierte la hermana pequeña y comiencen las obligaciones de cada jornada. Al final, aparece el nombre del destinatario, y el motivo del escrito: “Jordi, ¡felicidades! que a partir de ahora te vaya todo bien en la vida, estudios, notas, novias, trabajos, viajes, vacaciones y todo lo que emprendas. Besos, Papá”.

Esta carta, gastada y leída muchas veces, doblada hasta casi romperse por la mitad, se quedó varada en Valladolid como una botella de náufrago, en un libro de biblioteca. Entonces y ahora he intentado rastrear las escasas pistas que ofrecía para devolverla a su destinatario. Por entonces, Jordi sería mayor de edad, o estaría cerca, así que ahora ya tendrá más de cuarenta años. Puede que él mismo haya sido padre. Silleiro, ¿estaría cerca del lugar donde veraneaban? Pese a su nombre catalán, ¿vivían en las Rías Bajas? Quizás Jordi no recibió nunca esa carta, o lo que yo conservo fue solo un borrador, o incluso una invención del autor. O, puede ser que el chico quisiera olvidarse por completo de la persona que le escribió esas líneas… Aunque, si fuera así, para qué dejarla entre las páginas de un libro… Buscar el rastro de estas personas en los alrededores del cabo Silleiro parece poco útil. La linterna sigue iluminando barcos en una costa peligrosa y batida por los vientos, pero en veinte años ha pasado una vida. Y el faro es desde hace poco un hotel.

Con todo, creo que ese párrafo perfecto merece quedar escrito en este hueco de papel que nos ofrece el periódico. Espero que al padre de Jordi le parezca bien que otros padres y madres podamos compartirlo, si lo necesitamos. Muchos nos hemos sentido como él, un saco pesado de críticas y consejos que cargamos de un lado a otro, sin ser capaces de explicar lo que sentimos. Como él, intentamos proteger a los hijos y a la vez deseamos abrirles la puerta hacia la libertad del mar. Ser un faro y un brazo invisible cuando lo precisen. Las madres y los padres somos muy ambiciosos, lo sé. Se nos quedan cortos dos días al año -ayer y el 19 de marzo- para profundizar en nuestro objetivo: necesitamos también los otros 364, durante una vida entera. En realidad, el día de la Madre es el día de tu madre: no conozco a ninguna madre ni a ningún padre en sus cabales que auto celebren su propio día. Aunque siempre alimenten los besos y abrazos de los hijos, lo único importante es que a Jordi le haya ido muy bien. Y si no le ha ido tan bien, espero que, desde hoy, veinticuatro años después, le vaya muy bien. Siempre hay un comienzo a la vuelta del camino.

 

 

lunes, 28 de abril de 2025

Prohibido tender la ropa

Las tardes de los domingos, cuando ni siquiera abre el bar de la esquina, el autoservicio de lavandería tiene su oportunidad. En el barrio funcionan unos cuantos, en manzanas cercanas. Por la mañana hay poco movimiento: una señora que arrastra un bolsón con una manta que no le cabe en la lavadora de casa, algún vecino con el colchón del perro, para la máquina reservada para ello. Es a la hora de la siesta y al anochecer cuando se concentra la actividad. En las películas americanas las parejas se conocen mirando el tambor de sus respectivas lavadoras, una oportunidad para coincidir en un mundo solitario. Los americanos sabían de lavadoras comunes y de soledad mucho antes que nosotros. “Otra ciudad, otro empleo, ¿quién sabe? Soy responsable de mis actos”, decía C.C. Baxter al dejar su apartamento.

Si buscas en el mapa, las lavanderías se concentran en la zona noreste de la ciudad, en los barrios populares y obreros, como se decía antes. La externalización de la colada se hace necesaria si vives en una habitación, o si no puedes asumir la compra de una lavadora. 400 euros pueden ser demasiado, y por menos de diez consigues el lavado y secado de la ropa que necesitas para esta semana. Porque si tienes un hogar más o menos estable seguro que, tras la cama, el frigo y la mesa, cuentas con una lavadora. Eso pienso cuando veo a una pareja joven, sentada en silencio a que termine de dar vueltas su ropa, absortos en las pantallas de sus móviles.

Todos ponemos lavadoras continuamente, aunque de eso no suela informar el periódico. La limpieza se presupone y lo que es noticia es la suciedad, por lo que en general nos cuidamos de mantenerla a raya. Siempre fue así, solo que antes para lavar la ropa sucia había que cargar con el cesto hasta el río y extender los pololos a la vista de todos para que los blanqueara el sol. En tiempos de mis abuelos era un piropo decir a la vecina que era una señora “muy limpia”. Cuando faltaba el agua y el jabón de sosa ardía en las manos, lucir limpio era una tarea titánica, y hasta una actitud ante la vida. Antes la gente tenía dos camisas y un par de pantalones, y ahora vamos poco más o menos que en chándal, aunque tengamos catorce y sean de marca. Probablemente nunca estuvimos más limpios que hoy, y más aún durante la pandemia: no nos movíamos de casa, pero como no sabíamos dónde estaba el bicho compramos tantas lavadoras que dicen que después bajaron varios años las ventas, de tan nuevas que las teníamos. En las casas en las que se criaban familias numerosas ahora con suerte hay dos o tres personas, y cada vez en más viviendas una sola. La lavadora se pone menos y podría ser un servicio compartido, pero para eso hay que ser americano y no sentir escalofríos al echar los pijamas en el tambor donde antes estuvieron los calcetines del vecino. Contrasta el pudor con que tratamos nuestra ropa o, en la misma línea, nuestra basura, y la brutalidad de las palabras que nos hemos acostumbrado a escuchar, incluso de boca de señores perfectamente trajeados y que seguro que huelen fenomenal. 

Los trapos sucios se lavan en casa, decía el refrán. Ahora, hasta se tienden en casa, ya no se ventilan. Solo en las barriadas resisten algunas cuerdas con coladas a la vista. En las viviendas modernas ya no existen ni en los patios interiores, ni tampoco hay espacio en las azoteas. Si falta la secadora, quién no tiene un tendedero extensible, de esos en los que la ropa está húmeda tres días y que hay que esconder cuando vienen las visitas.

Tender la ropa está en extinción, y pronto habrá visitas para ver algún alambre que resiste en las casas de los pueblos. Recibiendo el viento y el sol, la colada se seca en un periquete y con un olor que no puede igualar ningún suavizante. Qué lujo, ya imposible.

lunes, 21 de abril de 2025

En ese rincón estuvo el Rita

Cuando comencé el instituto, en 1982, Alaska y toda la tropa de crestas y tupés hablaban ya en pasado de la Movida. Los adolescentes de las provincias maldecíamos nuestra suerte y nos preguntábamos como Ligia Elena, la del Gato Pérez, “ay, señor, y mi trompetista cuándo llegará”. Ese entusiasmo desordenado y loco, esos pelos de colores y chupas del Rock-Ola a la meseta no llegaban. Radio 3 era el principal vehículo de lo que estaba pasando al otro lado del Guadarrama, aunque, de vez en cuando, pillaba en el dial un programa nocturno que se emitía desde Valladolid, un lugar desconocido por entonces para mí. Valladolid me sonaba a jota, pero gracias a la radio supe que allí había grupos que peleaban por su propia movida, como también hubo algunos en Segovia, por pequeña que fuera, y es. Hoy la movida está defenestrada, y hasta hay quien dice que fue la responsable de que en España no se hubiera hecho una revolución completa, los mismos que critican a los que pactaron la Transición. Pero no lo sentí así entonces. La frivolidad de los protagonistas de la movida resultaba muy refrescante y un eficaz disolvente de la solemnidad que había acompañado a la Dictadura. No hay nada que fastidie más a cualquier régimen totalitario que la alegría y el sentido del humor, ya lo decía Guillermo de Baskerville en el Nombre de la Rosa.

Casi todo lo que de movida hubo en Segovia se concentró en los ochenta en un pequeño bar a los pies de la torre de la iglesia de San Esteban, desde hace mucho tiempo cerrada al culto, con su plazuela preciosa sacrificada a mayor gloria de los coches. En los sesenta y setenta, el local había sido la taberna de Evaristo quien, además de servir chatos y rellenar botellas de vino y vinagre para el uso de las muchas familias que vivíamos por allí, había aprovechado el hueco de un ventanuco para apilar golosinas. Cuando salíamos de la misa dominical, los niños corríamos a gastar la propina en bolsitas de pipas de Los payasos de la tele, chicles Niña, regalices y bazookas, y salíamos pitando de ese túnel con olor a vino, que era territorio de los mayores. Pues justo esa taberna pequeña, unida por una escalera empinadísima e irregular de madera maciza a otro par de plantas igual de pequeñas y con una bodega oscura a la que se accedía por una trampilla, en los ochenta unos genios la transformaron en el Rita, un lugar libertario y divertido. Conservaron una preciosa barra de estaño con grifo, al estilo de las tascas antiguas, y el resto lo llenaron de espejos y luz. En la planta de arriba, junto a un piano negro, estaba la diosa del local, Rita Hayworth, mordiendo su guante. La música, por supuesto, esencial, desde Nacha Pop a Burning, de los Talking Heads a los Smiths. Y dominando la barra, algo poco frecuente por entonces, camareras nada serviles, vestidas como eran, mujeres con vida propia. En fin, qué más podíamos pedir los “modernos” de Segovia, que para parecer raros teníamos que recurrir a ponernos la gabardina del abuelo…

Después del Rita llegó el Casco Viejo, y luego, creo recordar, cierres y aperturas intermitentes hasta que echó finalmente la persiana, como tantos pequeños negocios: bares, ultramarinos, droguerías, pescaderías, papelerías, mercerías, zapaterías, en fin, ya saben. Desde hace poco es una vivienda, una de tantas de las que se han rehabilitado en el centro y se alquilan a los jóvenes universitarios que puedan pagar precios nada baratos. Junto a la ventana de las chucherías hoy hay una mesa con un flexo, en la que un chaval trastea en el ordenador; donde estaba la barra se perfila alguna estantería y ropa revuelta, a la espera de destino. Me pregunto dónde dormirán, si en el rincón de los espejos que había al fondo, o tal vez arriba, en el espacio que ocupaban las mesas de mármol y las sillas thonet donde matábamos las aburridas tardes de domingo.

Ley de vida, dirán. También antes de aquella bodega de Evaristo hubo otra cosa, y antes de esa otra, y posiblemente antes un corral de gallinas, y antes la nada. Y si te vas al campo donde había trigales ahora hay placas, y donde hubo un convento hoy hay un restaurante, y donde estaba la caja de ahorros ahora hay un súper grande o una clínica dental. Y en los locales de pequeños comercios que sustentaron varias generaciones de familias, de un par de años para acá van apareciendo viviendas porque, aunque en Castilla no sobra un habitante, de pronto -será una plaga bíblica- mucha gente no tiene donde vivir. Sí, será ley de vida, o las leyes de los hombres. Pero en ese rincón estuvo el Rita, y, como los Nacha, no me olvido.

 

lunes, 24 de marzo de 2025

Filosofía hamburguesera

En mi barrio había un niño que jugaba poco, pero sabía muchas cosas. Le escuchábamos con atención porque tenía una fuente de conocimiento envidiable: la colección de manuales de los jóvenes castores. Uno de sus temas predilectos era la NASA. Nosotros le preguntábamos chorradas del tipo de cómo se apañaban los astronautas para hacer pis o si la comida no se les estropeaba en la nave. “No hay problema”, decía, como si fuéramos tontos del bote. “Han inventado unas pastillas de colores que valen por un menú completo: la azul el pescado con patatas, la roja albóndigas, la naranja el puré”. Eso nos parecía fascinante: ¡poder librarnos del martirio diario de comernos todo lo que nos ponían en el plato! Valorar la variación en la comida casi siempre lleva su tiempo. Antes se decía aquello de que muchos no comían bien hasta que iban a la mili. Comer bien era comer de todo, y aquello se convertía en un objetivo alimenticio, y hasta moral. Ya dicen que la necesidad -si no es mucha- es virtuosa, marca el límite y el orden. Lo que fuera, ya no es. Aquí, el hambre, pura y dura, prácticamente ha desaparecido, aunque haya necesidades graves, que no pasan por llenar el estómago de pan, como soñaba Lázaro de Tormes. En los supermercados ofrecen cientos, miles de referencias y estamos hasta el copete de programas de cocina, con recetas de todas las partes del mundo. Todo tan sofisticado y a la vez, la verdadera reina es la hamburguesa. Un filete de carne picada dentro de un panecillo es hoy la píldora de los astronautas. El olorcillo a salsa barbacoa recorre el planeta, y solo en los lugares más paupérrimos de África el payaso Ronald no ha instalado caseta.

La hamburguesa no es un prodigio saludable, pero en mi opinión -que no es nada del otro mundo-, está bastante rica, y socializa. “Ningún hombre es superior a las cosas que son comunes a los hombres”, esa es una gran verdad, y entre que tu hijo se coma una hamburguesa con sus amigos en un cumpleaños o le lleves un par de zanahorias de casa, es más saludable la hamburguesa, por muchas razones que no son las dietéticas. La mejor virtud es, o al menos era, que está desprovista de la pedantería que ya va sobrando en la cocina. Y digo era porque desde hace tiempo la ‘hamburgosofía’ ha irrumpido como especialidad gastronómica, renunciando a su principal valor, la falta de pretensiones. Ahora te encuentras a verdaderos especialistas hamburgueseros, capaces de captar matices insólitos en la invariable receta de carne, salsita y pan. El precio sube, y no digamos si rematan el bollo con una lasca de la omnipresente trufa. En las redes hay encendidos debates en torno a cuáles son las cinco mejores hamburguesas de Valladolid o las diez más originales de España.

La hamburguesa se ha convertido en la “marca blanca” de la restauración. Nuevos locales se suman a la oferta, casi al mismo ritmo que desaparecen los menús del día, que exigen unos malabarismos de carta y personal que ya no son posibles. Cada día cientos, miles de panecillos prácticamente idénticos se tuestan y rellenan con filetes rusos, los engullimos en cinco minutos y nos damos por comidos, y hasta te lo acercan a casa en una bicicleta, porque el cansancio es nuestro estado vital. Hasta nos cuesta elegir entre un puñado de variedades de hamburguesas que, a primera vista, son indistinguibles pero, si te concentras, tienen su aquel.

Comer fácil, pensar poco. Cuando la vida se pone complicada, el ‘pensamiento hamburguesa’ calma el ansia y nos rellena el estómago. No es lo más rico, ni lo más sano, pero evita huesos y raspas, y conecta a los humanos con esa etapa primigenia en la que desconocíamos los cubiertos y las reglas de etiqueta. La única duda es si la quieres con queso o sin queso, tan sencillo como elegir entre aquellas grageas de la NASA.

 

lunes, 17 de marzo de 2025

Acuérdese de la Teresa

Estos días, en la calle Santiago había unos cubos con datos sobre las “ciudades teresianas”, lugares en los que santa Teresa dejó su huella de forma especial, entre ellos Valladolid, Burgos, Salamanca, Segovia y por supuesto Ávila, donde nació. La de Teresa de Jesús es una vida en tránsito, así que su sombra se proyecta generosa por decenas de lugares en los que estuvo y que la adoptaron como propia. Las rutas teresianas son breves y se circunscriben a los datos, y desde ese prisma Teresa fue profundamente política, hábil y directa en una negociación permanente encaminada a su meta, extender el Carmelo. Ya solo desde ese punto de vista mundano, es milagroso que en una sola vida tuviera tiempo de recorrer tantos lugares en carromatos o incluso andando para reclamar apoyos de la élite de la época y lograr fundar diecisiete conventos. A la vez, su existencia estaba profundamente marcada por la espiritualidad, de una forma radical y volcánica. Y de todo ello no tendríamos demasiados datos si no fuera porque fue alentada por los confesores a escribir y contar con una precisión casi quirúrgica todo lo que le ocurría, y sobre todo lo que sentía. Por obediencia llegó a ser sin desearlo una escritora grandísima, posiblemente la más influyente en el resto del mundo de todas las que ha tenido nuestro país. Lo fue en su época y lo es hoy. ¡A ver a quién han citado Lope de Vega, pasando por Capote y, hace cuatro días, Mayorga o Cristina Morales! Su escritura a veces es sencilla y otras rebosa misticismo, siempre con un análisis certero y profundo de sí misma.

Estos días circulaba una recreación de lo que podría haber sido el rostro de Teresa de Jesús. Alguien de Australia cruzó métodos forenses y radiografías y ofreció un semblante bello y sereno. Aunque en general las imágenes de santos son bastante uniformes -de hecho, se les acompaña de atributos diferenciales para poder ubicarles- en el caso de Teresa hay escritos que la describen así: con fama de hermosa, más grande que pequeña, más gruesa que flaca, con cabello negro y ojos redondos y andar con buen aire. Dicen que mirarla y oírla, “daba gran contento”, incluso cuando ya sumaba años y enfermedades.

Teresa conocía bien la enfermedad desde joven. Está bien documentado un periodo crítico en su juventud, recién iniciado su camino monacal. Estuvo en coma varios días y hasta le llegaron a dar la extremaunción. Después de varios años se recuperó de aquello, aunque quedó presente el miedo a la muerte, solo vencido en esos periodos de éxtasis que, a la vez, la dejaban baldada. Molestias y dolores le acompañaron siempre. A los 63, cuatro años antes de su muerte, se encontraba “vejancona”, pero “mis anhelos son aún más vigorosos".

El informe australiano conocido hace pocos días menciona que tenía artrosis en las rodillas y fascitis en el pie, dos datos difíciles de ignorar cuando dedicas tu energía a recorrer caminos. No es extraño que el bastón fuera al final el símbolo de su camino personal y espiritual. Esa frase conocida de ella “el que no deja de andar e ir adelante, aunque tarde, llega” no es solo una metáfora de la vida sino también de la simple dificultad de andar. Estaba convencida de que todos estamos llamados a ser santos, pese a que la ruta no es clara y luminosa; hay avances, pero también retrocesos.  Decía que creerse peor de lo que se es no es humildad, sino una trampa del demonio, que nos convence de que no somos capaces de mejorar. Humildad es “andar en verdad”: conocerse, mondo y lirondo. La autoayuda poco más puede aportar que este consejo, aunque en su tiempo alguno la acusó de espiritualidad heterodoxa, que es muy bello cumplido.

Hoy una sencilla cruz blanca a orillas del Pisuerga recuerda el primer convento fundado en Valladolid. Las rutas teresianas son entretenidas, pero cualquiera puede conocer y sentir la compañía de Teresa de Jesús leyendo sus libros. Jiménez Lozano, que escribió mucho sobre ella, recuerda en uno de sus dietarios que Antonio Palenzuela, que fue obispo de Segovia, le daba una receta para superar los momentos de soledad en un mundo oscuro: “Acuérdese de la Teresa”.

Ciudades que se sueñan

El Alcázar de Segovia es historia, pero su materia principal no es la piedra caliza, sino los cuentos de hadas. Alfonso X se ha quedado para vestir santos, y lo que buscan los miles de visitantes es fotografiarse junto a la proa del buque emergiendo sobre el peñón de roca. Así lo sueñan en internet y así lo desean. ¿Cómo pueden ganar la partida los Trastámara a la esperanza de que los besos despierten de la muerte? Todos sabemos que el Alcázar se quemó prácticamente por completo en 1882. En San Antonio el Real, antiguo palacio de recreo de Enrique IV y hasta hace poco monasterio, hay artesonados originales de la época, aunque sus puertas hoy estén cerradas, sin que parezca importar a la autoridad. Pero al Alcázar se le engarzó un sueño, y ahí nos enredamos todos, porque de sueños no vamos sobrados. Con una inteligente restauración, con elementos de aquí y de allá, todo es verosímil, todo encaja. Evocación, esa es la clave.

Bola de Nieve grabó una vez la copla “La flor de Olmedo”, basada en la seguidilla popular que inspiró la obra de Lope de Vega. Con su piano y esa voz de “vendedor de mangos”, como él mismo decía, el cantante cubano evocaba como nadie el amor imposible que a la vez da sentido a la vida. No es tan extraño que encajara en su repertorio una leyenda en la que se cruza el amor, la traición y el destino. En sus últimos años, ya con poca salud, el cantante regentó en La Habana un local de copas, Chez Bola. Seguro que allí muchos cubanos escucharon por primera y única vez las palabras “Pisuerga” y “Valladolid”, y nos imaginarían morenos de verde luna, envueltos en un halo de romance lorquiano. Los que hoy viven con nosotros, que son unos cuantos, tendrán una idea bastante diferente.

Cuento esto porque pensamos que la imagen de un lugar es sólida y está construida sobre siglos de historia, cuando es mutable y hasta fruto del azar, de una canción, de un sueño que alguien tuvo y que fue bendecido por la mayoría. Para los de fuera, apenas un par de etiquetas son suficientes para identificar una ciudad. Pero también puede pasarnos a los de dentro. Las ciudades tienen que tener cuidado con cómo se cuentan a sí mismas, porque les ocurre como a las personas, que sus percepciones las constriñen como profecías, aunque muchas veces sean solo tópicos. No conviene ser demasiado desconocida, por muy bella que seas; ni tampoco un referente del abandono, que por algo será; ni un lamento permanente del pasado glorioso, como si dieras la batalla por perdida; ni tampoco fiarlo todo al turismo, porque es plegarse al deseo de los otros, como Blancanieves. En general, está comprobado que no conviene poner todos los huevos, perdón, los sueños, en la misma cesta.

Hoy que Grimm y Perrault tienen que competir con Google, es difícil saber si los lugares se sueñan a sí mismos, o si son soñados por otros. Hace poco leía los motivos que aducía una firma internacional para implantar franquicia en Segovia: porque era una ciudad muy turística, con universitarios y “comienza a despertar como ciudad residencial para descongestionar Madrid”. Ese es el sueño para Segovia de los inversores, y queda por saber si los segovianos también tienen un hueco y pueden compartirlo, o si se les invita a retirarse antes de que les arrolle el gigantesco bazar inmobiliario. En Segovia tienen Alcázar, sí, pero están desanimados, casi resignados a su suerte: hasta se han olvidado de que pueden tener sueños propios. Pero los tienen, todos los lugares los tienen, y con frecuencia no son los que les cuentan. En Valladolid han conseguido que se escuche la voz de los residentes frente a la invasión de las terrazas, que no es algo menor. Eso es que los vallisoletanos sueñan con seguir viviendo en su ciudad, para lo que es imprescindible que duerman y paseen. Aunque también quieran turistas, normal.

 


lunes, 10 de marzo de 2025

Cese fulminante

Pocas veces debatir parece útil. Con frecuencia contribuye a alejar aún más las posturas, porque nos preocupa más ganar la partida que pulir nuestros argumentos. Qué decir de comprender los de otros, o incluso de cambiar de opinión: eso lo vivimos como una rendición. Ya en soledad, la mente vuelve sobre lo escuchado o leído, y hay una pequeña posibilidad de razonar, de enderezar el rumbo. Hoy tenemos motivos contundentes para dudar de todo, porque las certezas son mínimas. El mundo se ha vuelto un lugar muy incongruente y contradictorio, quizás porque sabemos más que antes. Aun así, dudar todo el rato es una carga pesada. Por eso de vez en cuando hacemos la ola, en positivo, o compartimos nuestra indignación, en plan linchamiento, para sentirnos por un minuto acompañados. Pero es un momento, luego la vida sigue instalada en el gris: blanco y negro hay muy poco.

Hace apenas una semana estuve viendo una entrevista en la televisión regional a la ya exdirectora general de Salud Pública, a quien no había escuchado nunca. Hablaba con aplomo y precisión, como hablan los técnicos cuando conocen en profundidad el asunto. Los políticos son como anguilas, inconcretos y cautelosos. Sí, yo estaba sentada en el sillón cuando dijo la frase “la pandemia por Covid no fue de gran gravedad”. No que no hubiera sido grave, sino que podría venir otra más grave, eso entendí. Nunca nos negaron esa pequeña posibilidad, pero no por eso vamos a dejar de salir a la calle y vivir todo lo intensamente posible.

Dos días después pedían su cabeza. Esa frase, desprovista del contexto -a quién le importa el contexto- en el que se pronunció, era un obús, que tuvo que asumir en soledad total. La distancia, a veces arrogante, que el técnico imprime en su discurso, un mecanismo útil para administrar recursos, en este caso selló su sentencia. Nadie dio pie a explicaciones ni a excusas. A las pocas horas, se conocía que había presentado su cese, y ni siquiera le dio tiempo a la oposición de alimentar las críticas. Si cesa, es porque nuestra denuncia es verdadera, dijeron unos; si cesa, es porque nosotros sí dimitimos por nuestros errores, dijeron otros. No es fácil encontrar una despedida tan fulminante, normalmente la agonía es larga: insinuaciones, sospecha, denuncia, juzgados, imputación y un largo proceso por delante. En este caso, el grave error es una frase, una frase fría y, como se ha comprobado, dolorosa. Muchos han sentido que despreciaba el dolor de las víctimas, nuestro dolor, porque todos fuimos víctimas en mayor o menor grado, salvo un grupo de cínicos que aprovechó para robar un poco más. ¿Cómo podía una directora de Salud Pública minimizar nuestro sufrimiento?

Yo fui mal centinela, lo reconozco, puesto que no advertí las consecuencias que traerían esas palabras cuando las escuché. Personas cuyo criterio respeto han sido muy críticas, y he comprendido el daño que una frase puede hacer a muchos ciudadanos, que merecen una disculpa sincera. Pero a la vez es difícil entender que una persona sea una profesional eficiente al entrar a un plató de televisión y, después de una entrevista, haya que defenestrarla. Siento que me faltan datos para entenderlo. Sí, a un político la obsolescencia le va en el cargo, pero es que mañana puede ocurrirle casi a cualquiera que se atreva a hablar y “colorear fuera de las líneas”, como decía Jimi Hendrix. Al menos, deberíamos tener la oportunidad de escuchar su versión, aunque no cambiemos de opinión al respecto.

Este episodio triste revela que la herida de la pandemia está muy tierna en todos nosotros. Cada catástrofe saca a flote la fragilidad del sistema, el peculiar triaje al que nuestras vidas están sometidas prácticamente a diario. Conocer los límites, y los técnicos algo saben de eso, nos permite fortalecer lo esencial.

lunes, 3 de marzo de 2025

La burocracia o la gallina

Muchas personas piensan que no hablan bien. Les avergüenza levantar la voz para pedir algo o decir lo que opinan de cualquier asunto, aunque lo conozcan profundamente. Hay timidez, pero también la idea de que no saben utilizar las palabras adecuadas. Como si, más allá de su familia y amistades, en el círculo público, se compartiera un idioma que desconocen. Esto es relativamente reciente. Antes, el único discurso que se oía era el sermón del domingo. Los que hablaban bien eran los que, a la luz del fuego, sabían contar mejores historias. Ahora hasta los alumnos de instituto tienen una especie de olimpiada para dirimir quién defiende mejor una postura: el que mejor habla, vence, ese es el mensaje. Las abuelas decían aquello de “qué pico de oro tiene” o “habla mejor que un ministro”. Eso no significaba que hubieran entendido los argumentos, solo que, lo que fuera que decía, lo decía bien, con ritmo, respirando a su tiempo, con entonación. Hoy, los que más hablan, o al menos a los que más oímos hablar, es a los cargos públicos. Podríamos pensar que ellos hablan bien: hablan mucho, y la práctica es una ventaja. Y otra cosa tienen en común, que es formar parte, muchos desde hace años, de la propia administración. Hablar “bien” como un ministro, o como un consejero, o como un alcalde, en buena parte es hablar el lenguaje del boletín oficial.

El boletín en teoría es preciso y se escribe con palabras que vienen en el diccionario, aunque en la práctica no es fácil de entender. El preámbulo viene a ser, más que un resumen, una prueba de fe: confía en que tenemos un buen propósito. La ley es la ley, y el político podría ser su profeta, el que nos aclarara todo, pero en general se conforma con repetir el preámbulo. Concretar demasiado da problemas, y es mejor ceñirse a lo conocido, a esa repetición de palabras correctas y con escaso contenido, que suenan siempre igual y que amodorran y alejan cada vez más a los ciudadanos de una escucha verdadera.

Leo que la Junta organiza cursos de formación sobre “lenguaje claro y sencillo” a los empleados públicos, para que les entiendan los ciudadanos. Si no entendemos a los funcionarios puede ser porque no se explican bien, porque directamente “prefieren no hacerlo”, como Bartleby, o porque parte de su labor es transmitir lo que viene en los boletines, que tienen lo suyo. Y eso que no hemos entrado de lleno en la selva de la inteligencia artificial -o quizás sí- que nos preparará en pocos minutos unos extensos y obtusos preámbulos para justificar cualquier norma.

Me pregunto si realmente la burocracia ha querido ser entendida, porque ese componente críptico les ha ahorrado muchos problemas. Los propios responsables de las administraciones no han estado muy interesados en que se conocieran las razones de las normas, porque les ha sido más ventajoso pasar de puntillas y endosar cualquier molestia a la incompetencia de otros, fueran de la Junta, Madrid o Bruselas. Que la responsabilidad no es de nadie, o en todo caso de la propia maquinaria de la burocracia, puede parecer un bálsamo para la continuidad de la propia administración; pero es muy peligroso cuando fuera hay señores que prometen arreglar todo con un puñetazo sobre la mesa. Si el discurso populista suena fuerte es también porque el discurso oficial lleva mucho tiempo adormecido y desconectado de la vida de la mayoría de la gente.

Visto que hablando “bien” no nos estamos entendiendo, puede que sea el momento de que todos, incluidos los funcionarios y especialmente los políticos, empecemos a hablar peor. No digo que gruñamos como cromañones tabernarios, sino que hablen para ser entendidos, claro y sencillo. Ahí, ya ves, puede ayudar la inteligencia artificial, para que elimine del discurso público gerundios, impersonales y demás construcciones de boletín, y borre palabrejas tales como “prioridades”, “implementar”, “ecosistemas” y “sinergias”. Con diez minutos máximo nos entendemos. Y de cierre algo así como “haremos todo lo posible”. No importa no saber hablar, lo imperdonable es no decir nada.

lunes, 24 de febrero de 2025

El colono insaciable

El otro día volvieron a poner en la televisión Cimarrón, un clásico que vi mil veces de niña, en la sesión de tarde de los sábados. Glenn Ford se hizo famoso con ese personaje de hombre hecho a sí mismo al que sus principios impedían prosperar, aun deseándolo. Hasta aparecieron unos vaqueros con ese nombre, cimarrón, que no es otra cosa que un animal asilvestrado, que no logra doblegarse a la doma. No es una película extraordinaria, pero tiene una escena grande: la carrera salvaje en la que los colonos compiten por conquistar el mejor pedazo de tierra. El fuego que alumbró el nacimiento de una nación -el hombre que se hace a sí mismo- está en esa competición. Miguel Delibes, que vivió unos años en Estados Unidos, decía que lo que más le sorprendía de los americanos era su ingenuidad. A veces, la ingenuidad permite correr más rápido, apostar más fuerte, porque no te detienes en los daños colaterales, y si los atisbas, los desechas. El protagonista logra una buena tierra, pero uno de sus amigos es arrollado por otra carreta y muere. Nunca hay alegría completa para Cimarrón, porque la vida no es justa, no todos tienen la oportunidad, ni la salud, ni los recursos precisos para llegar a la meta, ni siquiera cuando partían todos de la misma línea de salida, con las manos vacías y sin herencia.  

Esa carrera frenética del colono en busca de tierra también la ha emprendido Donald Trump. Él también fue hijo de inmigrantes, y seguro que mamó esa ansia de conquista que te hace sentir tu valía, al menos temporalmente, hasta la siguiente hazaña. Ahora no hace falta cabalgar sobre Oklahoma: puedes ambicionar nuevos límites para tu hacienda desde la pantalla del móvil. Su hacienda es un país ya muy grande, pero a vista del satélite de Musk, un planeta entero parece arcilla dispuesta a plegarse en tus manos. Es raro decir que eres patriota y para ello anunciar a otros que tienen que abandonar su propia patria. Aquel verso de “miré los muros de la patria mía” no está hechos para él, porque su idea de nación se parece más a la de una multinacional que amplía franquicias, pero encima con la capacidad de echar un pulso y retorcer las leyes propias y de otras naciones. Por el norte, Groenlandia, por el sur el canal de Panamá, un golfo a mano derecha y una urbanización en el mediterráneo.

No es nada nuevo, ya Julio César y otros más dedicaron su vida a construir imperios, aunque antes sumar territorios llevaba décadas y recogía el guante la siguiente generación. Ahora la ansiedad consume a los poderosos, porque todo, y ellos también, es efímero, por eso sueñan con las dictaduras. El resto de la narrativa es tan parecida… Trump no persigue en su ruta las especias, pero sí unas “tierras raras” que dicen que en Ucrania se extraen con facilidad. Tantalio, litio, berilio y otros elementos que olvidamos de la tabla periódica, y que alimentan la tecnología aeroespacial, los equipos militares y las baterías, o sea, la legión del imperio. Bueno, eso cuentan, porque ya se sabe que El Dorado a veces existe y otras no. La épica es necesaria para que la conquista no parezca solo megalomanía. Es lógico que el complementario de Trump sea Putin, otro insaciable colono: necesita compararse con otro para tomarse las medidas a sí mismo.

No deja de ser sorprendente que los que presumían de patriotas y renegaban de Europa se rindan sin plantar batalla a ser conquistados por un imperialista como Trump, que desprecia las fronteras de todos los demás. “Usted no piense, ya nos ocupamos nosotros de lo suyo”, viene a decir. Pero aquí no hay tierras por colonizar, están todas cogidas y bien identificadas en el catastro, somos así de legales. Unas son particulares y otras públicas, o sea, un poco de todos los españoles. Y se pisan a diario, que no es lo mismo que verlas desde un satélite o la ventanilla de un avión privado.

 

lunes, 17 de febrero de 2025

Esos viejos que seremos

Los periodistas solemos escribir sobre asuntos que no conocemos en profundidad e incluso desconocemos por completo. Esa lejanía es saludable, si afrontas el tema con rigor y empeño por entender las razones de los otros. Pero también somos seres humanos, y a veces nos ocurre como a los lectores, que cuando conocen un tema en primera persona es fácil que encuentren errores en la noticia. A mí me pasa con lo que cuentan nuestros políticos sobre la atención a los mayores: se parece muy poco a lo que la experiencia me ha mostrado.

Cuando los escucho defender la robustez de nuestro sistema, sospecho que su discurso está dirigido a los que no hemos necesitado esos servicios, los que somos funcionales y estamos en relativa buena forma. Es lógico que no quieran preocuparnos en exceso y que nos anuncien avances, que no dudo que se produzcan, y deseo que al ritmo necesario para cuando los boomers lleguemos a la etapa de dependencia o de cierta falta de autonomía. A nadie le gusta pensar mucho en ese momento, como a esos abuelos de antaño que no querían hacer testamento para eludir lo inevitable.

Hablar claro es siempre un problema, y la fábrica de eufemismos no para. Ahora, el objetivo es combatir la “soledad no deseada”, como si el gobierno por decreto pudiera garantizarnos la compañía y el afecto que, ni en plena juventud, logramos procurarnos. En realidad, están hablando de otra cosa, de la falta de autonomía, de no tener siquiera la opción de acercarte a otros seres humanos, de salir a la calle, a la compra o a la ventanilla del centro de salud. De seguir haciendo la vida que hacíamos cuando el cuerpo nos acompañaba, o al menos de tener la posibilidad de hacerla. “Soledad no deseada” suena poético, abstracto, como si obedeciera a un cambio de la presión atmosférica. Pero el apoyo que necesitas recibir es muy concreto y cuantificable: una llamada a la semana, una visita de dos horas, unas bandejas de aluminio con comida a domicilio.

Nadie quiere irse de su casa, si tiene una, que incluso eso empieza a tambalearse en estos tiempos. Una vivienda con ascensor, eso es combatir de verdad la soledad no deseada. Las familias cada vez son más cortas y dispersas, y no es difícil hacer una proyección bastante nítida de lo que nos espera en pocos años, la realidad para la que, entiendo, trabajan ya las instituciones. En lograr que todos estemos el mayor tiempo posible haciendo la vida que conocemos y hemos elegido. Sí, eso queremos, la inmensa mayoría, decir adiós sentado en el sillón, viendo la tele una tarde cualquiera. Pero a veces hay un paso más que dar. Recuerdo, de joven, tener esa discusión, sobre cómo podrías cuidar siempre a los tuyos y evitar la residencia. Hoy, sé que ese momento llega de un día para otro. Y dirá la consejera que en Castilla y León estamos mejor que en otras partes, pero para mí son palabras huecas, porque desde la primera noche que se queda tu madre o tu padre allí empiezas a hacer dolorosas concesiones: día tras día, siempre gana lo que es posible sobre lo que es mejor.

El dinero -que no es poco, la media en las privadas ronda los 1800 euros mensuales, y en las públicas hay lista de espera- es un tema, pero no el peor. Lo que se escapa como el agua es la posibilidad de seguir siendo la persona que eras, no un niño, ni un enfermo, ni un loco. Complicado, porque los recursos son escasos y se centran en lo básico: mantenerte vivo, alimentado, lavado. Es formidable encontrar residentes con la cabeza perfecta, conformados a su suerte. Es increíble el deseo de seguir vivos al que muchísimos se aferran, y que es un ejemplo de resistencia para todos nosotros. Pero, en otros casos, ni siquiera son capaces de pedir lo que necesitan, ni de explicar por qué sufren.

Hoy, en esta columna de la que dispongo como periodista, reclamo lo que como ciudadana siento que es urgente: que entre todos escribamos con letra clara los compromisos con los viejos que seremos, para que puedan protegernos el día que no seamos capaces de hacerlo por nosotros mismos.

 

 

lunes, 10 de febrero de 2025

Estrés en la línea de cajas

Tolstói escribió que no hay condiciones de vida a las que no podamos acostumbrarnos, sobre todo si vemos que alrededor todos las aceptan. Yo esculpiría la frase en mármol o al menos la rotularía con vinilo, que es más acorde a los tiempos, y la pondría en el frontispicio del supermercado, un palmo por encima de los carteles con las ofertas del día. Somos un puñado de gruñones profesionales, pero cruzar la puerta del súper nos amansa. Arrastramos sin protestar el carro que decidan poner a nuestra disposición. Embolsamos la fruta, cargamos con la leche, nos aupamos para agarrar el paquete de la balda superior y nos ponemos de cuclillas para comprobar la mercancía de la inferior. Movimientos sencillos de describir, pero no tanto de realizar para muchas personas. A veces te piden por favor que les alcances el paquete de café y hasta se disculpan por ser bajitas, como si fuera culpa de ellas no cumplir con el tamaño reglamentario de cliente.

Después del aprovisionamiento de víveres, las buenas gentes se agrupan para recibir la bendición, que no es otra que abandonar el establecimiento lo menos magullado posible y con fuerzas suficientes para cargar la compra hasta casa. Pero antes hay que cumplir la penitencia en la línea de cajas, ese espacio de tortura, inspirado en el panóptico de Foucault, en el que los presos se reprimían porque no había una esquina donde esconderse del ojo del carcelero. De hecho, vigilar es la principal tarea de los cajeros de hoy, que registran los códigos de los artículos a un ritmo salvaje, inversamente proporcional al tiempo que el cliente precisa para embolsar sin golpear las manzanas ni estrellar el cartón de huevos. Su objetivo es que ningún producto pase sin marcar, cobrar la cuenta y que la cola avance. Los cajeros soportan su propia ansiedad, y solo raramente preguntan si necesitas ayuda, aunque sea una pregunta retórica. En general permanecen impávidos hasta que terminas de embolsar y pagar, bajo la mirada impaciente de los que vienen detrás. Qué soledad más grande, madre, en la línea de cajas. Al lado van creciendo las cajas de autopago, hasta que un láser recorra nuestro carro de la compra, nuestro bolso y hasta nuestro cuerpo para fiscalizar en un nanosegundo todos los artículos que llevamos y que nos cargarán automáticamente en la cuenta corriente.

Foucault, que cuando lo leí por primera vez decían que era de izquierdas y ahora he visto que lo cita la derecha cuando se pone libertaria, afirmaba que el poder no quiere poseerte, sino que trabajes para él: “un cuerpo útil es un cuerpo productivo y sometido”, escribía. Yo sí siento mi cuerpo productivo y sometido a los dividendos de los supermercados, y también de los bancos. Cuando era pequeña, todavía se hablaba de los economatos, donde se abastecían de alimentos y otros enseres los propios trabajadores de instituciones o empresas grandes. El círculo perfecto, volver a pagar al que te abona tu salario. Suena antiguo, pero tanto no ha cambiado. El dinero y la comida, y cuatro cosas más, siguen moviendo el mundo, y a nosotros con él.

Por eso, cuando salen las alegres cuentas de resultados de los bancos, y los supermercados se expanden y amplían instalaciones, me siento hasta orgullosa de mi humilde pero constante contribución a sanear sus cuentas con mi dinero y también con mi trabajo, ya que cada día asumo más gestiones que antes, no sé cómo, lograban hacer ellos por mí. Y sin recibir un aplauso, ni siquiera un calendario por navidad. Al contrario, siempre parece que no estás al nivel, que no eres lo suficientemente rápido y eficiente, que haces demasiadas preguntas. A veces, daría un porrazo al cajero/a, pero luego reflexiono y veo que somos dos peones haciendo lo que podemos, al servicio de unos jefes invisibles que tienen siempre muchísima prisa y que te amonestarán si te sales del carril. A lo mejor es lo que hay que hacer, aminorar el ritmo y que se les fastidie la estadística.

 

lunes, 3 de febrero de 2025

El culpable del mal en el mundo

Hace tiempo que no llamaban a la puerta. Hace años, cada dos por tres aparecían dos chicos pelirrojos con camisa blanca y corbata, o dos mujeres de mediana edad, con un fajo de folletos sobre el fin del mundo. Recuerdo una vez que mi madre les tuvo a pie quieto en el quicio de la puerta. Quería convencerles de que nuestro Dios era más verdadero que el suyo, pero la cosa terminó en tablas. Cuando vivía en Madrid, los sábados a la puerta del centro comercial te entraba alguna chica, con historias sobre felicidad y meditación. Tu soledad era su cebo. Recuerdo las palabras de una de las seguidoras de Charles Manson: “él fue la primera persona que me dijo que era guapa”. Las palabras justas para una adolescente.

El señor que llamó a mi puerta el otro sábado decía otras cosas. La cámara del portero automático enfocaba a un hombre de unos 70 años, un señor correcto y discreto, como el que te puedes encontrar en la cola de la panadería o del cajero automático. “Buenos días, quería hablar con usted. Seguro que se pregunta por qué pasan tantas calamidades en la vida. ¿Quiere saber quién es el culpable del mal en el mundo?”, dijo. Pensé que se autocontestaría: “Pedro Sánchez”, pero no. El hombre trató de llevar la conversación a terrenos más abstractos hasta que le dije que muchas gracias, pero que para ese tipo de dudas en el barrio teníamos una parroquia a la vuelta de la manzana. Supongo que después seguiría probando en otras puertas. 

Sus tácticas de marketing han quedado atrás: difícil es que te abran la puerta cuando ya ni se saludan los propios vecinos. Pero su mercancía apocalíptica sigue de actualidad, basta asomarse a la ventana del móvil. En pocos minutos una hidra te acorrala y te enfrenta a la maldad del mundo, y solo puedes optar entre la desolación o la ira. Un científico cuestionaría con datos lo que te venden como cierto, un filósofo cuestionaría la coherencia de las ideas, pero quién tiene tiempo de razonar. Nuestra calle parece normal, pero en las pantallas el mundo parece barrido por el Big-Bang. Y la gente se agarra a la boya que pilla, sin comprobar primero si hace pie en el agua.

“Detener todo, creo que escucho al presidente. El flautista de la pantalla del televisor, lo va a hacer simple, lo tiene todo planeado, e ilustrado con dibujos animados. No tiene que ver con la izquierda o la derecha. Está hablando del bien y el mal, ¿sabes la diferencia?”. Esta canción de Joe Jackson es de 1986, y se refería a Reagan, que ni soñó con tener unos dibujos animados tan sofisticados como el planeta digital del que el gran cowboy dispone hoy.  No es nuevo, otros tuvieron sueños imperialistas antes, pero el dominio se desgasta antes que el acuerdo. Antes o después, la propia vida juega en su contra, así lo escribe la historia. Por boca de Dios no podemos pronunciarnos, aunque si alguien presume de tenerlo de su lado -justo para dar una patada a los débiles- es que no ha entendido una palabra de los Evangelios.

Cuando llegué a Valladolid una compañera de piso me dijo que tuviera cuidado con el Campo Grande, que había mucho exhibicionista. Después de treinta años, todavía no me he cruzado con ninguno, pero cuando camino al lado de la verja que lo circunda vigilo por si emerge un individuo con gabardina. En nombre del miedo podríamos cortar todos los árboles, eliminar sus sombras y cubrir todo de cemento, aunque para ello tuviéramos que expulsar a los niños del barco pirata, a los mayores de los bancos, a los paseantes, a las ardillas y a los pavos reales. Entonces los que daríamos mucho miedo seríamos nosotros.

 

lunes, 27 de enero de 2025

El aplauso del turista

Ciudades y pueblos se ponen guapos para arañar unos segundos de atención en las ferias de turismo. Los discursos de los políticos, desde el presidente de la nación hasta el último alcalde, obedecen a un único patrón. Habrá cientos de destinos, pero por sus palabras solo existe uno: en todos ellos hay turismo cultural, naturaleza, gentes hospitalarias y, por supuesto, comida. Hay tanta comida que a veces da la impresión de que el viajero programará su jornada con el único objetivo de hacer tiempo para abrir el apetito.  A la vez, que otros hablen bien de tu lugar de origen te reconforta, como si recibieras dividendos de autoestima. Será que nos valoramos poco cuando necesitamos tanto el aplauso de desconocidos, o cuando nos molesta si alguien dice que no le gusta nuestra ciudad. Debe ser por eso que corren a Fitur todos nuestros representantes políticos y nos cuentan a nosotros mismos, a los de aquí, que nuestra tierra es maravillosa. Y como somos 9 provincias no pueden decir que una es más maravillosa que otra, solo que todas lo son a su manera.

Los eslóganes invitan al viajero a descubrir paraísos desconocidos. Suena bien, aunque no hay nada más alejado del turismo de masas que disfrutar de lo inesperado. Viajas con el deseo de encontrar lo que ya esperas, se hace turismo de constatación. Lo más inesperado que te puede ocurrir es que el monumento esté cubierto por una malla de obra, o que haya tanta gente que apenas puedas hacer una foto decente.

Es curiosa esta igualdad de los discursos, ese tono monocorde para describir los lugares. Diferenciarse, quizás, sería renunciar a una parte de los posibles visitantes, así que la oferta se repite. Los sitios de playa presumen de que a pocos kilómetros hay montaña; los de interior, de que también tienen agua, aunque sea un embalse; los destinos de naturaleza se esfuerzan en reinventar calzadas romanas, y los que tienen monumentos en crear sendas verdes. Todos apelan a la tradición y a la modernidad, a la tranquilidad y al festejo. Todos dicen que quieren marcar la diferencia, pero, como nos ocurre a las personas, ninguno está del todo satisfecho con lo que es.

En las ferias de turismo los lugares compiten como en un concurso de belleza. La gente se arremolina en unos expositores u otros por motivos triviales, como que te regalen una bolsa bonita o te inviten a queso. Como en esas competiciones locas en las que puedes elegir con un click el pueblo más bonito, hoy la belleza del mundo se tasa en convulsiones de internet. Los folletos hoy escasean en los mostradores, ahora lo petan gentes que viajan a gastos pagados y graban vídeos rápidos, de apenas un minuto, promocionando lugares “espectaculares” y experiencias “impactantes”. Dron arriba, barrido rápido, entra la música, como en TikTok. Van tan deprisa que es fácil que el viajero así captado se decepcione: caminar hasta el destino o atender a las explicaciones de un guía, que los hay maravillosos, exige concentración y tiempo.

He leído algo espeluznante del turismo al que vamos: códigos QR para recorrer rutas con cascos, escuchando trinos de aves cibernéticas, músicas y explicaciones grabadas. Con un código puedes entrar en la habitación que alquiles, y con otro conocer tú solito una iglesia o un museo. “Visitas autónomas con aperturas desatendidas”, lo llaman. Igual hasta te recibe el holograma de un rey visigodo.

El punto fuerte de esta tierra es que, salvo cuatro excepciones, hacer cola es poco frecuente y puedes caminar tranquila. Somos una reserva de silencio, un lujo muy escaso. Puede que eso disuada a los marchosos, pero cada cual tiene sus puntos fuertes: en la vida no hay como conocerse.

 

lunes, 20 de enero de 2025

El sueño de Jason

En un viaje de trabajo hubo que elegir un punto al azar del mapa de Zamora para dormir y seguir la ruta al día siguiente. Sería más o menos por estas fechas, hacía frío y anochecía rápido. En un folleto pre internet figuraba un sitio como centro de turismo rural en el Poblado de Castro, junto a uno de los saltos construidos en los años cuarenta para generar electricidad. Nos abrió un hombre y nos mostró lo básico. Era un edificio de muros gruesos de piedra de cantería, estilo albergue montañés, no diferente de los que hay en Guadarrama o en Gredos. Un salón con chimenea, butacas castellanas, mesas robustas. Habitaciones espartanas con paredes encaladas, acaso una silla y una mesita de estudio. Un frío gélido. “No se preocupen, están solos, pueden meter todos los radiadores de aceite que quieran”, eso dijo. En la cocina, enorme y vacía, como si estuviera a punto de recibir a un grupo de Scouts, solo tenían leche y un saco de cola-cao. Fuimos al único pueblo cercano, a ver si había algo abierto. Ningún bar, solo un ultramarinos de esos que vendían de todo, desde un salchichón a unos pendientes o un saco de canto rodado, tanto da. “Si quieren algo más, ya casi en Miranda do Douro, ahí va todo el mundo”.

A la vuelta al albergue un grupo grande había ocupado el salón. Todos vestían ropa deportiva, o más bien parecía que vivían dentro de ella. Eran el tipo de gente que, cuando tú te compraste el primer forro polar, su abuelo ya los había llevado varias veces a los Alpes. Habrán conocido a algunos así, personas con objetivos peculiares, perseverantes, concienzudos, cordiales y a la vez totalmente despreocupados del resto del mundo, aristócratas de lo suyo. Ellos se dedicaban al piragüismo, eso comentaron, y ese lugar, en el vientre del Duero, tenía todo el sentido para acogerlos. En realidad, los únicos intrusos éramos nosotros.

Muchas veces he pensado en ese enclave extraño, un poblado en pendiente creado a mayor gloria del salto del Duero más pegado al territorio portugués. Casas, bar, escuela, puesto de la Guardia Civil y hasta una iglesia, levantados primero para acoger a los trabajadores que construyeron el embalse, y después a los que se ocuparon de su mantenimiento hasta que a finales de los ochenta se instalaron controles remotos. En 2002 ya era todo historia, aunque las construcciones permanecían con bastante dignidad. Quedaban un par de vecinos, y además el albergue estaba abierto, en unos años en los que había ayudas para rehabilitar y abrir centros de turismo rural, algunos sin un enfoque claro.

En los últimos años el Salto de Castro ha asomado periódicamente su esqueleto en las redes sociales. Aficionados al abandono, son legión, comparten fotos de la nave de la iglesia, con las dovelas cubiertas por grafitis y el suelo reventado y salpicado de cenizas de fogatas. Hay una imagen de lo que fue el salón, solo reconocible por el agujero del hogar de la chimenea. El enclave ha pasado por varias manos, sin que se moviera una piedra. Al menos hasta ahora. Hace unos días, saltó la noticia de que un empresario americano ha pagado 300.000 euros por el poblado. No es muy caro para ser un pueblo entero, mucho menos que lo que cuesta un piso en Madrid. Y muchísimo menos si se compara con un ranchito en California, de donde proviene Jason Lee Beckwith, que tiene nombre de batería de heavy -y en las fotos lo parece-, al que deseo toda la suerte posible. Porque la hazaña no es comprar un pueblo, hay algunos más a la venta en esta tierra nuestra. Tampoco es lo peor restaurarlo. Lo titánico es que permanezca abierto, al menos un tiempo prudencial. Lo justo para cumplir su etapa.

Porque nada es permanente en el Salto de Castro, ni en ninguna parte. Hasta 1946 era solo un punto perdido en el Aliste. Los primeros obreros arrastraron allí a sus familias, hasta que se acabó el hormigón y se fueron con todo puesto hasta Aldeadávila de la Ribera, que entonces se levantaba. Y luego a Madrid, o donde surgiera un empleo. Los que quedaron manejando la presa también marcharon, años después. Y hasta se fueron un día los piragüistas. Ahora es el sueño de Jason, que ve posibilidades infinitas en un lugar que concibió un ingeniero para doblegar la geografía.

lunes, 13 de enero de 2025

Las mondas de las naranjas

A un joven poeta le preguntó su madre por sus ideas políticas, que si era de izquierdas o de derechas. “Le respondí que apreciaba por encima de todo las naranjas, a condición de comerme la pulpa y prescindir de las mondas”. De Heinrich Heine dicen que fue el último poeta romántico, porque se dedicó a enterrar el género. Con su parábola de la naranja, podríamos pensar que Heine era un cínico, el típico ‘pantalones grises’, dispuesto a arrimarse al sol que más calienta. Pero no sabemos si fue mejor o peor persona que otros coetáneos que se devanaron los sesos escribiendo sobre la pureza de sus ideales. Una cosa son las frutas, es decir, los hechos, y otra la retórica.

Cuelgamuros, o el Valle de los Caídos, obviamente no es naranja, sino una mole gris de granito. Lo he visitado dos veces. En la primera -de adolescente, con mis padres- un par de falangistas escoltaban la lápida. La segunda vez fue un año antes de la exhumación, y había un vigilante profesional, como en el resto de espacios de Patrimonio Nacional. Las dos visitas fueron en pleno verano, la explanada ardía al sol mientras que dentro del túnel era invierno, como en el jardín del gigante egoísta. Dimensiones desproporcionadas, figuras con los ojos vacíos, humedad. Es difícil no percibir el dolor y la asfixia suspendidos en un espacio imposible de ventilar. Hasta la cruz de dimensiones salvajes, que se ve cuando de vuelta desde Madrid coges el túnel de Guadarrama, parece un brazo que pide ayuda, engullido por los pinos. Hay mucha desolación allí, y es difícil vestirla de heroísmo. Una naranja es una naranja, seas de izquierdas o de derechas. Estoy convencida de que, si se redujera a escombros, las ruinas tendrían aún mayor valor simbólico para los nostálgicos del franquismo. Tiene que estar ahí para recordarnos que la fraternidad, que sustenta todos los derechos humanos, es muy frágil.

Yo me pregunto qué hubiera hecho con un grupo de adolescentes -la mayoría menores de edad, por cierto, con derecho a cierta protección, hasta de sus propios sus errores- si en una excursión se ponen a entonar el Cara al sol. Mandarles callar, o puede que ignorarles, porque a esas edades les divierte el desafío de llevar la contraria. Animarlos no, desde luego, no procede. Ese es el único punto que hay que aclarar del día en cuestión, y ya están tardando. Las ideologías se reparten entre el profesorado como entre el resto de profesiones, aunque si das Historia tienes más oportunidades de que se te note que si das, por ejemplo, Matemáticas. En una democracia, alguna idea propia podrán tener los profesores, aunque sean descabelladas. Inocularlas en las mentes de sus pupilos, salvo que el terreno esté abonado, no es tan fácil. Por el contrario, sí pueden hacer un gran trabajo a favor del diálogo entre los propios alumnos, para que se enfrenten a los límites y contradicciones de cualquier ideología. ¡Un aula debatiendo, hasta ahí podíamos llegar! Si no nos cabe el temario…

Cabe preguntarse qué van a aprender de este asunto los propios alumnos implicados. Los que jalearon puede que se avergüencen, pero lo mismo hacen piña y se creen héroes o delirios parecidos. Los otros se sentirán momentáneamente respaldados, pero convertirse en paladines permanentes de la causa será una carga muy pesada. Unos y otros no son enemigos, no olvidemos, son compañeros de clase. No deberían ser engullidos por una noticia que durará poco en los medios, y demasiado tiempo en los pasillos de un instituto.

Al final, hay que ceñirse a la naranja, a los hechos. Porque si lo que está sobre la mesa son los sentimientos, un día se acaba el mundo por un himno mal aprendido, otro por una estampita estúpida y al otro por agitar la escobilla del váter sobre un descapotable. Y es una frivolidad vivir escandalizado por las mondas de la naranja, mientras unos pocos hacen zumo con las naranjas de todos los demás. Para los profesores, queda de nuevo confirmado que las excursiones las carga el diablo, y es una lástima, porque la vida de estudiante se vuelve mucho más aburrida.

 

 

lunes, 6 de enero de 2025

Tales y los presupuestos

Tales de Mileto estuvo años pensando en nada. Esta ocupación no era relajante; por el contrario, al extraordinario pensador griego -o turco, si nos atenemos a la geografía actual- le resultaba difícil entender cómo podía existir una cosa que no era ninguna cosa. De hecho, la nada no puede existir si nadie piensa en ella, así que él mismo era en parte la nada. Tales miraba una pirámide y descubría un teorema, observaba un cuenco con agua y elaboraba una ley física. Todo eso lo hacía en sandalias y cubierto por una túnica, sin lápiz siquiera. Echando horas, básicamente, un tanto ajeno a los rigores de la naturaleza y las necesidades de su cuerpo: y de hecho, se dice que murió de una insolación, pensando a saber en qué cosas. Leyendo el periódico he pensado en Tales, y es ahora, en ese móvil que nos consume a todos un poco, donde he sabido que él fue algo más que el padre del teorema que aprendí a replicar una y otra vez en mis años, escasos, de formación matemática. Un solo cambio de profesora en el segundo trimestre me condujo del sobresaliente a una hermosa calabaza. Y ahí me quedé, en la nada numérica, como Tales, bueno, casi.

Pensaba en la nada cuando estos días se confirmaba que los presupuestos, los de Mañueco y los de Sánchez, se prorrogan. No ha habido revueltas populares ante esta noticia: si hay algo castellano es el que me quede como estoy, que malo será que no pasemos otro invierno con el mismo abrigo. Pocos se entretienen interpretando un presupuesto. Las pocas reglas inmutables que mueven el planeta se escriben con cifras, pero se nos hacen bola, y confundimos dos hectáreas con doscientas, y hay que traducirlas a campos de fútbol para hacerse una idea. Con el dinero pasa igual, a partir del millón necesitamos que nos muestren un atajo. El primer presupuesto de nuestra comunidad autónoma, allá por febrero de 1983, fue de 3.000 millones, y el último, el que repetiremos este año, de 14.562 millones. A ojo, se ve que ha subido, y más si se tiene en cuenta que los primeros millones eran de pesetas. Llevados a euros, fueron apenas 18 los millones que acompañaron en aquella primera legislatura a Demetrio Madrid. Calderilla, ni para rascar una esquina de esos 5.600, euro arriba o abajo, que debemos cada uno de los castellanos y de los leoneses por la deuda acumulada, eso sí, por debajo de la media nacional, que en el informe Pisa vamos por arriba de la media y en la deuda por abajo, que conste. Aunque ya se sabe que son los ricos los que más créditos arrastran, porque hasta en números rojos improvisan de lujo.

En el preámbulo de aquella primera Ley de las cuentas autonómicas se señalaba que “el presupuesto es la expresión numérica de toda nuestra actuación en los campos que nos competen”. Una definición perfectamente matemática. Puede que la repetición presupuestaria, que últimamente se está convirtiendo en costumbre, sea la ‘expresión numérica’ del momento que vivimos, en el que la probabilidad de gobernar en solitario es pequeñísima y de entenderse ni se contempla, ni en la política, ni en la calle. Si los únicos presupuestos posibles ya están inventados y alicatados hasta el techo, la trifulca política se queda en la nada, no en la nada metafísica de Tales de Mileto, sino en la nada mesetaria, que trata de explicar cada jueves Fernández Carriedo, con flema británica.

Pero, si la administración funciona aun en estas circunstancias, ¿no serán los funcionarios los que están a los mandos? Con todos los fallos, misteriosamente los motores siguen adelante. El ruido político parece un entretenimiento para alimentar el debate público y la lucha por el poder. Un simulacro, lo mismo que el PowerPoint que nos vendieron con el anteproyecto de presupuestos para 2025, ¿quién se acuerda ya de si se iban a dedicar unos milloncejos a esto o a lo otro? La música siempre suena igual: los impuestos más bajos, los mejores servicios. Aunque nos escueza pagar un céntimo más por el pan y el paracetamol, en los números largos nos perdemos.