miércoles, 15 de agosto de 2018

La calle de la Rosa


Han robado la calle a la rosa, no sé bien cuándo, ni cómo. Puede que enviaran a un empleado municipal a buscar lugar para una placa nueva y casualmente diera con este callejón. Pensaría que a pocos les importaría el cambio: una travesía cualquiera, sin un portal abierto, y encima en cuesta. Iba a ser cosa de poco, de traer la escalera y sustituir el letrero. Ni siquiera maullarían los gatos del jardín despeinado del que fue Colegio universitario.
La calle de la Rosa ya no está en el callejero. Si fuera la de Luxemburgo algún lamento se hubiera escuchado, pero era una calle dedicada a una rosa cualquiera, y por una rosa ajada no se mueve nadie, salvo que seas el Principito. Decía Mariano Sáez en su libro de hace siglo y cuarto sobre las calles segovianas que se ignoraba si la travesía se llamaba Rosa “por una mujer que allí viviera o por la flor así llamada, acaso algún tiesto o maceta que hubiera en ventana o balcón”. Yo creo más bien lo segundo, porque de niña, antes de que se remozara como centro universitario La Mansilla, de detrás de la tapia venía un aroma floral, de una rosa blanca, muy pequeña y silvestre, que asomaba cada primavera entre los arbustos enredados; una rosa que era casi un milagro por estas tierras, en las que los jardines eran capricho de señores, cuando lo que el hambre necesitaba que prosperara en cada cacho de tierra eran ajos y patatas. Y era ese aroma imaginado de la rosa, y esa presencia ausente que el nombre de la calle nos regalaba, la que hacía más ligera la pendiente, cuando las mujeres subían arrastrando el carro camino del mercado de los jueves. 

Pues ya no hay Calle de la Rosa, y no se advirtió a los vecinos del barrio sobre su exilio; será que saben que somos pocos, todos bastante mayores y entrenados en esto de las despedidas, así que no quisieron ocasionarnos disgustos. La placa blanca y con letras negras ha sido sustituida por la homologada en el casco, más historiada, y la han bautizado como Calle Alonso de Barros. Mi primer impulso fue odiar al señor Alonso y todos sus descendientes, pero luego moderé mi rabia, sobre todo porque tengo por norma no pleitear con enemigos ya fallecidos, y el mencionado murió en 1604. De Barros fue segoviano, aunque vivió principalmente en Madrid, muy pegado a la Corte. Era astuto y pragmático: dicen que tenía una nutrida biblioteca de libros útiles, y él mismo escribió un reconocido manual de proverbios morales, con claves para tener éxito y saber moverse en la Corte. También trasladó sus conocimientos a un peculiar juego, similar al tablero de la Oca: 63 casillas, 63 consejos que útiles para alcanzar los objetivos del “trepa” cortesano sin que te clavaran una daga por la espalda.

No sé qué pensaría Alonso de Barros de este tardío homenaje, si esta pobre callejuela le hubiera parecido suficiente, o si hubiera renunciado por piedad y respeto a doña Rosa. “El ingrato echa en olvido cuanto bien ha recibido”, escribía nuestro paisano, y por mi parte y sin desmerecer a don Alonso yo tengo motivos de agradecimiento a la antigua calle de la Rosa y estoy en contra de su sacrificio. Porque no solo son importantes los hombres (y mujeres) que hicieron cosas que dejaron huella, también los que sobrevivieron cuidando de los suyos y sin empujar a nadie, cantando cuando tuvieron voz y admirando la belleza de la rosa en medio de una vida de miseria. Por eso lo dejo escrito, en este Adelantado que cada mañana recoge en papel las cosas que pasan en Segovia: la Calle de la Rosa existió y existe para muchos, aunque esté borrada en el GPS. Pobre rosa de nadie.

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