La viuda de Paul Auster lamentaba que la noticia del fallecimiento del escritor corriera por medio mundo antes de que se llevaran de casa el cuerpo del escritor. “Fui una ingenua, pensé que yo sería la que anunciara su muerte”, escribió Siri Hustvedt en su Instagram, ya como reflexión, no como noticia. Ni siquiera tuvo la oportunidad de ser la primera en avisar a sus familiares y amigos porque a las pocas horas ya estaba todo dicho y escrito. “Nos robaron la dignidad. No sé cómo sucedió, pero sé esto: Está mal”, dijo.
No todos tienen la fuerza y eco de Siri para dejar
claro que despojar de su dignidad a un ser humano porque ya no tiene capacidad
de defenderla “está mal”. Al menos, en su caso, su muerte era esperada y sus novelas
seguirán siendo leídas cuando ya nadie recuerde las circunstancias de su final.
Pero cada día aparecen noticias de personas anónimas que mueren trágicamente, personas
que seguramente nunca quisieron salir en ningún periódico. Un día cualquiera
marcharon a trabajar, o a clase, y al día siguiente se publicaron sus iniciales
en un suceso, a veces junto a una fotografía de un cuerpo inerte, tapado por
una sábana.
Somos como el hombre aquel que, avistando a la Parca
por la calle, viaja a otra ciudad a muchos kilómetros de la suya para perderla
de vista, y a anochecer se la encuentra de bruces. Entonces la muerte le dice,
más o menos: “Me sorprendió verte esta mañana en Valladolid, cuando teníamos
cita esta noche en Estocolmo”. Vamos tratando de esquivarla, y para eso
queremos indagar cómo camina, qué lugares frecuenta, y a quién visitó la última
semana.
Morir es la noticia de cada día, la única noticia en
realidad. Por eso, entre las informaciones más vistas de la web del periódico
siempre hay varias que comienzan por “Muere”, “Fallece” o “Asesinado”. En las
páginas de internacional la competencia es feroz, y a veces no sabes sobre qué
tierra arrojar la mirada y la plegaria. Son tantas las bajas que no somos
capaces de procesarlas; solo te haces una idea del horror si publican el cuerpo
desmadejado de un niño en brazos de su padre. La primera vez que alguien
expresó la frase, desgastada pero verdadera, de “acompañar en el sentimiento”
tuvo que ser a los que perdieron un hijo.
La muerte de un hijo es el fin del mundo, la caída al abismo,
el absurdo incomprensible. La soledad. En ocasiones, esa muerte acaba en
internet, descrita en unas pocas líneas y compartida mil veces. Puede ser por
un golpe brutal, como el que se llevó a Sergio, o por un fallecimiento
inesperado, como el de Miguel, un chico que quería ser periodista, como yo lo
quise a su edad. En la Facultad nos enseñaban que las muertes dejaban de ser
privadas en determinadas circunstancias “de interés público”. Eso era en los
tiempos del papel, en los que al menos había unas horas de margen para
reflexionar. Ahora el interés público es una medida ingenua, e incluso
peligrosa: somos voraces y no siempre tenemos razón.
Tiene que ser desgarrador encontrar en internet el
nombre de un hijo, una madre o un amigo, como un recortable al que le faltan las
piezas principales, que solo los que los amaron conocen. Es un lastre añadido e
injusto, que complica a las familias tejer su propio duelo, sobrevivir y poder dar
un sentido a la pérdida, o al menos soportar su sinsentido. Será inevitable
pero, como la mujer de Auster, me pregunto si estamos haciendo algo mal.
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