La ciudad no vive de espaldas al río, sino sobre el río. Si pudiera, lo cubriría con una funda de las que utilizan para que las piscinas no se llenen de cieno y salamanquesas en invierno. A los efectos, el río no deja de ser un obstáculo que ocasiona numerosos inconvenientes. No acabamos de encontrar el puente adecuado, porque el perfecto es el que no existe, y no se trata de anegar el cauce, no somos tan brutos. Pisuerga es una palabra complicada y no inspira grandes rimas, aunque para Valladolid sea identidad. Sobre plano, el río es un trazado completo y un nombre, aunque en el día a día es apenas un tramo, como por ejemplo las Moreras, que suena a verbena y huele a crema solar. Pero el río, los siete kilómetros y pico que atraviesan la ciudad, con ese color parduzco que no da pistas sobre si cubre un metro o diecisiete, es inabarcable y no acaba de dar confianza. Gusta cuando pasas por encima y miras la línea del horizonte, pero si observas el fondo pierdes el equilibrio, como cuando montas en bicicleta. Porque el río, pese a estar sitiado por edificios, no se doblega, y sabemos que de cuando en cuando puede dar una patada. Porque nosotros somos sus invitados, y no al revés.
Cuando
empiezan estos días largos que apuntan al verano, a los paseantes de perros se
suman algunos pescadores en busca de un recodo para echar la caña. De pequeños
nos decían que había que madrugar mucho para pillar atontados a los peces. “Desde
una hora antes de la salida del sol hasta una hora después de su puesta”, concreta
la normativa. Pero lograr que les seduzca la mosca no es lo más importante. El
pescador lo que busca es estar solo, solísimo si es posible, y para que el
sedal se tense se requiere un silencio absoluto. La charla es contraproducente.
“A veces teníamos el río entero para nosotros solos durante ratos larguísimos”,
como decía Huckleberry Finn.
En el
Pisuerga apenas quedan especies autóctonas, engullidas por otras más
resistentes, que barren hasta los fondos. Hace unos años llegó el pez gato, que
era justo el que pescaban Tom Sawyer y su colega Huck para asarlo en una fogata
y almorzar, junto a un trozo de tocino y tazas de hojalata llenitas de café. También
por aquí campan a sus anchas los cangrejos americanos y los galápagos de
Florida, así que si el mundo fuera una novela y nosotros niños eternos solo nos
faltaría una balsa para anclarla en el islote del Palero y echarnos una siesta.
Si en
Valladolid tenemos playa, el Pisuerga tiene que ser nuestro Misisipi, y ahí
está para demostrarlo un barco que no es a vapor, pero tiene dos pisos y
barandillas blancas. Tampoco hoy Hannibal es el pueblo en el que vivió Mark
Twain, sino un núcleo turístico como tantos, en el que puedes visitar la cabaña
de Tom, la isla de Jackson en la que tomaba el sol en pelotas con su amigo, y
hasta la cueva donde se quedó encerrado con su amada Becky.
Todo ha
cambiado, pero ningún río está completamente domesticado, ni siquiera aquel del
que desapareció el agua y quedó un cauce seco. El Misisipi se revuelve a lo
grande, y el Pisuerga también se hace valer, de cuando en cuando. Ese miedo que
despierta el río es también su forma de ser respetado. Sus márgenes no se dejan
peinar, permanecen en el claroscuro y dan cobijo a adolescentes de botellón,
amantes y gentes sin rumbo. El río acoge a todos, pero guardando las debidas
distancias. Basta ver la procesión del día del Carmen para entender que es el
río y no el alcalde el que en realidad está al mando de la situación.
Al final, el
tema va de mantenerse a flote. El creador de Tom Sawyer lo tenía tan claro que
cambió su nombre original, Samuel Clemens, por “Mark Twain”, “marca dos”, las
dos brazadas de profundidad necesarias para poder navegar. El río es poderoso,
desobediente y desordenado. Como la vida, atrae y da miedo, y sigue sus propias
normas. A su lado, nosotros somos unos aprendices.
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