lunes, 29 de abril de 2024

Política y espectáculo


Comentaba el poeta salmantino José Miguel Ullán, durante algunos años comentarista

de Eurovisión, que, por muy horteras e inadecuados que nos parecieran los candidatos

que representaban a España, con la perspectiva del tiempo comprendías que eran el

calco perfecto del momento que vivía el país. Si ya ocurría cuando los elegía un jurado

profesional, ahora, que se escoge a golpe de likes, no podemos renegar de nuestro

propio Frankenstein: sean candidatos eurovisivos o sean gobiernos, la criatura es

nuestra. Quien mejor comprende la pulsión de la mayoría se lleva el gato al agua, y eso

lo consigue el discurso desprejuiciado de Isabel Díaz Ayuso, y también el

sentimentalismo de Pedro Sánchez, que solo él sabe si es sincero. Nos arrastran.

Porque nosotros también nos sentimos libres y fuertes unos días, mientras que otros

estamos desfondados y queremos abandonarlo todo. Cualquiera de los dos podría

vencer en la final de un campeonato de emociones.

La política solía ser otra cosa. Sí, a veces era mejor. Otras, solo diferente. Estos días

que aparece por entregas el juicio del caso de la ‘Perla Negra’, las declaraciones de los

testigos arrastran ecos de lo que fue. Todos cumplían órdenes, y el entramado era tan

complejo que muy pocos percibían las incongruencias, mientras que la mayoría

permanecíamos en la inopia. Así era también esa vieja política, de la que hoy

añoramos la respetabilidad y, por qué no decirlo, su aburrido silencio.

Esa vieja política, cocinada entre cuatro, trajo esta espasmódica de hoy. Puede que,

como el amor a la Jurado, se rompiera de tanto usarla. Si metes en la misma frase

adjudicación, operación, sociedad, reparcelación y consejero delegado, casi seguro que

nadie hablará sobre ello en un bar, aunque por esas rendijas se escape el dinero

público, que es el de todos. Pero que Sánchez haya pedido días para reflexionar sobre

su futuro porque atacan a su mujer ha entrado de lleno en el debate público. Igual que

en las tertulias de cotilleo de la televisión, todos podemos tener una opinión sobre el

asunto, aunque valga para poco. “No tenía nada que decir, pero lo dijo”, como escribió

Óscar Wilde.

La lucha por el poder ha sido y es un lodazal, y hay que estar pentavacunado o ser un

psicópata para aguantar el tirón. Solo que ahora las refriegas se retransmiten por

twitter, y a través de la pantalla del móvil reciben los césares y cónsules sus

aclamaciones y escarnios públicos. La estrategia militar advierte que, en el momento

en el que no sabes interpretar los movimientos del contrario, empiezas a perder la

partida. En este sentido, Sánchez es un maestro del desconcierto. Actúa como un

insumiso de sí mismo, un rebelde que cuestiona al sistema, aunque no sabemos

exactamente cuál propone. Vamos, como cualquier hijo de vecino, con la salvedad de

que él es el presidente.




Como nos sabe impacientes, el plazo de espera ha sido breve, y concluye hoy lunes,

aunque no hay que descartar una nueva entrega de la serie. No habrá soluciones

definitivas: si en la vida privada todo es provisional, no digamos en la pública. Incluso

podría enviarnos una nueva carta, un escrito de su puño y letra. Como el caso de

Ayuso, la marca personal de Sánchez trasciende y engulle a su propio partido. La nueva

política es ruidosa y sigue la regla número uno del espectáculo, declarar la guerra al

aburrimiento. Dan tentaciones de pasar de todo, pero, hoy más que nunca, conviene

no perder de vista lo que decía aquel político tan aburrido: programa, programa y

programa.

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