lunes, 12 de febrero de 2024

La llama del artista

Escribo esto sin saber qué pasó el sábado por la noche. Como la carroza de Cenicienta, la Feria de muestras en un par de días volverá a ser un cascarón vacío, con butacas, tablones y moquetas apiladas. Como una gigantesca obra de teatro, todos representaron su papel, y no solo los actores, que son profesionales de aparentar lo que no son, y hasta de parecer cómodos con zapatos estrechos y vestidos prestados y tiesos, ajustados con imperdibles. También los políticos actuaron, y ojalá fuera sin estridencias, porque Valladolid no se lo merece.

Los Goya existieron intensamente, pero solo un rato. Por el contrario, las películas permanecerán. Hoy lunes, en tu móvil, puedes ver una película de los años treinta con el carné de la biblioteca, sentado tranquilamente en tu casa. Aparecen actores maravillosos que hace mucho que murieron, desde la bella protagonista hasta el impecable secundario que hacía de mayordomo. Cuando pienso en actores no pienso en glamour, sino en una vocación salvaje que los arrastra sin remedio. Leo que hoy hay un centenar de chichos y chicas que estudian interpretación en la Escuela de Arte Dramático. No creo que sus padres les digan “Muy bien, hijo, tendrás la subvención asegurada, pasarás todo el día a la bartola, eligiendo vestuario y sonriendo a los fotógrafos”. Se preguntarán si no habría un camino más fácil y seguro, para luego aceptar, porque los aman, que cada persona se construye a su manera, y a veces de una manera extraña, pero hermosa. Eso ha sido así de siempre, también para Concha Velasco, aunque luego cantara a voz en grito “mamá, quiero ser artista” para alejar los temores.

Buena parte de los actores abandonan, no por ser menos talentosos, sino por carambolas y mil circunstancias, entre las que la principal es no morirse de hambre. Decía Antonio Resines que el 80 por ciento de sus compañeros gana menos de 6000 € al año, que completa con trabajos de supervivencia, para seguir intentándolo en el próximo casting. Del resto, muchos son mileuristas, y solo unos poquitos, un puñado de suertudos, juegan en Primera. E incluso ellos están toda la vida expuestos a la crítica constante, y la desasosegante sensación de que eres un impostor y que pronto te olvidarán. Sí, las películas son un artilugio caro de hacer, en el que los actores son solo una pequeña parte del empleo y del negocio, y cuentan con algunas subvenciones. Y sí, algunas son malas, y de esas malas unas pocas hacen taquilla y otras ni eso. Pero también hay perlas que nos divierten, y nos entristecen, y nos hacen conectar con nosotros mismos comprendiendo un poco este absurdo mundo y a sus pequeños habitantes. Porque las buenas películas ni sermonean ni te toman por tonto. No te preguntan a quién votas. Te ensanchan por dentro, para que entre el aire y te oxigenes.

Los abuelos empleaban mucho la palabra artista. El artista podía ser el zapatero que había encajado una pieza de cuero mínima en la puntera reventada de una bota, o una señora que hubiera completado las colchas de ganchillo para el ajuar de las hijas. Cuando decían “menudo artista” era lo contrario, un jeta que aparentaba lo que no era. Algunos se han quedado en esa acepción, cuando la inmensa mayoría encajan en la primera. La llama del artista se alimenta con miles de horas de trabajo de artesano, pequeñas ñapas para subsistir que, con suerte, te permitirán acercarte un par de veces a un buen papel. Una ráfaga de fama, quizás un cabezón de esos, y luego bajada fulminante al desierto de la búsqueda, a la inseguridad total sobre lo que vale uno. Los que persisten -porque tienen suerte, o porque la vocación les arrastra tanto que se construyen una vida modestísima en torno a ella-, con el tiempo descubren que ser artista revelación no es un premio. Es una hoja de ruta para una carrera de fondo.

 

 

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