lunes, 24 de marzo de 2025

Filosofía hamburguesera

En mi barrio había un niño que jugaba poco, pero sabía muchas cosas. Le escuchábamos con atención porque tenía una fuente de conocimiento envidiable: la colección de manuales de los jóvenes castores. Uno de sus temas predilectos era la NASA. Nosotros le preguntábamos chorradas del tipo de cómo se apañaban los astronautas para hacer pis o si la comida no se les estropeaba en la nave. “No hay problema”, decía, como si fuéramos tontos del bote. “Han inventado unas pastillas de colores que valen por un menú completo: la azul el pescado con patatas, la roja albóndigas, la naranja el puré”. Eso nos parecía fascinante: ¡poder librarnos del martirio diario de comernos todo lo que nos ponían en el plato! Valorar la variación en la comida casi siempre lleva su tiempo. Antes se decía aquello de que muchos no comían bien hasta que iban a la mili. Comer bien era comer de todo, y aquello se convertía en un objetivo alimenticio, y hasta moral. Ya dicen que la necesidad -si no es mucha- es virtuosa, marca el límite y el orden. Lo que fuera, ya no es. Aquí, el hambre, pura y dura, prácticamente ha desaparecido, aunque haya necesidades graves, que no pasan por llenar el estómago de pan, como soñaba Lázaro de Tormes. En los supermercados ofrecen cientos, miles de referencias y estamos hasta el copete de programas de cocina, con recetas de todas las partes del mundo. Todo tan sofisticado y a la vez, la verdadera reina es la hamburguesa. Un filete de carne picada dentro de un panecillo es hoy la píldora de los astronautas. El olorcillo a salsa barbacoa recorre el planeta, y solo en los lugares más paupérrimos de África el payaso Ronald no ha instalado caseta.

La hamburguesa no es un prodigio saludable, pero en mi opinión -que no es nada del otro mundo-, está bastante rica, y socializa. “Ningún hombre es superior a las cosas que son comunes a los hombres”, esa es una gran verdad, y entre que tu hijo se coma una hamburguesa con sus amigos en un cumpleaños o le lleves un par de zanahorias de casa, es más saludable la hamburguesa, por muchas razones que no son las dietéticas. La mejor virtud es, o al menos era, que está desprovista de la pedantería que ya va sobrando en la cocina. Y digo era porque desde hace tiempo la ‘hamburgosofía’ ha irrumpido como especialidad gastronómica, renunciando a su principal valor, la falta de pretensiones. Ahora te encuentras a verdaderos especialistas hamburgueseros, capaces de captar matices insólitos en la invariable receta de carne, salsita y pan. El precio sube, y no digamos si rematan el bollo con una lasca de la omnipresente trufa. En las redes hay encendidos debates en torno a cuáles son las cinco mejores hamburguesas de Valladolid o las diez más originales de España.

La hamburguesa se ha convertido en la “marca blanca” de la restauración. Nuevos locales se suman a la oferta, casi al mismo ritmo que desaparecen los menús del día, que exigen unos malabarismos de carta y personal que ya no son posibles. Cada día cientos, miles de panecillos prácticamente idénticos se tuestan y rellenan con filetes rusos, los engullimos en cinco minutos y nos damos por comidos, y hasta te lo acercan a casa en una bicicleta, porque el cansancio es nuestro estado vital. Hasta nos cuesta elegir entre un puñado de variedades de hamburguesas que, a primera vista, son indistinguibles pero, si te concentras, tienen su aquel.

Comer fácil, pensar poco. Cuando la vida se pone complicada, el ‘pensamiento hamburguesa’ calma el ansia y nos rellena el estómago. No es lo más rico, ni lo más sano, pero evita huesos y raspas, y conecta a los humanos con esa etapa primigenia en la que desconocíamos los cubiertos y las reglas de etiqueta. La única duda es si la quieres con queso o sin queso, tan sencillo como elegir entre aquellas grageas de la NASA.

 

lunes, 17 de marzo de 2025

Acuérdese de la Teresa

Estos días, en la calle Santiago había unos cubos con datos sobre las “ciudades teresianas”, lugares en los que santa Teresa dejó su huella de forma especial, entre ellos Valladolid, Burgos, Salamanca, Segovia y por supuesto Ávila, donde nació. La de Teresa de Jesús es una vida en tránsito, así que su sombra se proyecta generosa por decenas de lugares en los que estuvo y que la adoptaron como propia. Las rutas teresianas son breves y se circunscriben a los datos, y desde ese prisma Teresa fue profundamente política, hábil y directa en una negociación permanente encaminada a su meta, extender el Carmelo. Ya solo desde ese punto de vista mundano, es milagroso que en una sola vida tuviera tiempo de recorrer tantos lugares en carromatos o incluso andando para reclamar apoyos de la élite de la época y lograr fundar diecisiete conventos. A la vez, su existencia estaba profundamente marcada por la espiritualidad, de una forma radical y volcánica. Y de todo ello no tendríamos demasiados datos si no fuera porque fue alentada por los confesores a escribir y contar con una precisión casi quirúrgica todo lo que le ocurría, y sobre todo lo que sentía. Por obediencia llegó a ser sin desearlo una escritora grandísima, posiblemente la más influyente en el resto del mundo de todas las que ha tenido nuestro país. Lo fue en su época y lo es hoy. ¡A ver a quién han citado Lope de Vega, pasando por Capote y, hace cuatro días, Mayorga o Cristina Morales! Su escritura a veces es sencilla y otras rebosa misticismo, siempre con un análisis certero y profundo de sí misma.

Estos días circulaba una recreación de lo que podría haber sido el rostro de Teresa de Jesús. Alguien de Australia cruzó métodos forenses y radiografías y ofreció un semblante bello y sereno. Aunque en general las imágenes de santos son bastante uniformes -de hecho, se les acompaña de atributos diferenciales para poder ubicarles- en el caso de Teresa hay escritos que la describen así: con fama de hermosa, más grande que pequeña, más gruesa que flaca, con cabello negro y ojos redondos y andar con buen aire. Dicen que mirarla y oírla, “daba gran contento”, incluso cuando ya sumaba años y enfermedades.

Teresa conocía bien la enfermedad desde joven. Está bien documentado un periodo crítico en su juventud, recién iniciado su camino monacal. Estuvo en coma varios días y hasta le llegaron a dar la extremaunción. Después de varios años se recuperó de aquello, aunque quedó presente el miedo a la muerte, solo vencido en esos periodos de éxtasis que, a la vez, la dejaban baldada. Molestias y dolores le acompañaron siempre. A los 63, cuatro años antes de su muerte, se encontraba “vejancona”, pero “mis anhelos son aún más vigorosos".

El informe australiano conocido hace pocos días menciona que tenía artrosis en las rodillas y fascitis en el pie, dos datos difíciles de ignorar cuando dedicas tu energía a recorrer caminos. No es extraño que el bastón fuera al final el símbolo de su camino personal y espiritual. Esa frase conocida de ella “el que no deja de andar e ir adelante, aunque tarde, llega” no es solo una metáfora de la vida sino también de la simple dificultad de andar. Estaba convencida de que todos estamos llamados a ser santos, pese a que la ruta no es clara y luminosa; hay avances, pero también retrocesos.  Decía que creerse peor de lo que se es no es humildad, sino una trampa del demonio, que nos convence de que no somos capaces de mejorar. Humildad es “andar en verdad”: conocerse, mondo y lirondo. La autoayuda poco más puede aportar que este consejo, aunque en su tiempo alguno la acusó de espiritualidad heterodoxa, que es muy bello cumplido.

Hoy una sencilla cruz blanca a orillas del Pisuerga recuerda el primer convento fundado en Valladolid. Las rutas teresianas son entretenidas, pero cualquiera puede conocer y sentir la compañía de Teresa de Jesús leyendo sus libros. Jiménez Lozano, que escribió mucho sobre ella, recuerda en uno de sus dietarios que Antonio Palenzuela, que fue obispo de Segovia, le daba una receta para superar los momentos de soledad en un mundo oscuro: “Acuérdese de la Teresa”.

Ciudades que se sueñan

El Alcázar de Segovia es historia, pero su materia principal no es la piedra caliza, sino los cuentos de hadas. Alfonso X se ha quedado para vestir santos, y lo que buscan los miles de visitantes es fotografiarse junto a la proa del buque emergiendo sobre el peñón de roca. Así lo sueñan en internet y así lo desean. ¿Cómo pueden ganar la partida los Trastámara a la esperanza de que los besos despierten de la muerte? Todos sabemos que el Alcázar se quemó prácticamente por completo en 1882. En San Antonio el Real, antiguo palacio de recreo de Enrique IV y hasta hace poco monasterio, hay artesonados originales de la época, aunque sus puertas hoy estén cerradas, sin que parezca importar a la autoridad. Pero al Alcázar se le engarzó un sueño, y ahí nos enredamos todos, porque de sueños no vamos sobrados. Con una inteligente restauración, con elementos de aquí y de allá, todo es verosímil, todo encaja. Evocación, esa es la clave.

Bola de Nieve grabó una vez la copla “La flor de Olmedo”, basada en la seguidilla popular que inspiró la obra de Lope de Vega. Con su piano y esa voz de “vendedor de mangos”, como él mismo decía, el cantante cubano evocaba como nadie el amor imposible que a la vez da sentido a la vida. No es tan extraño que encajara en su repertorio una leyenda en la que se cruza el amor, la traición y el destino. En sus últimos años, ya con poca salud, el cantante regentó en La Habana un local de copas, Chez Bola. Seguro que allí muchos cubanos escucharon por primera y única vez las palabras “Pisuerga” y “Valladolid”, y nos imaginarían morenos de verde luna, envueltos en un halo de romance lorquiano. Los que hoy viven con nosotros, que son unos cuantos, tendrán una idea bastante diferente.

Cuento esto porque pensamos que la imagen de un lugar es sólida y está construida sobre siglos de historia, cuando es mutable y hasta fruto del azar, de una canción, de un sueño que alguien tuvo y que fue bendecido por la mayoría. Para los de fuera, apenas un par de etiquetas son suficientes para identificar una ciudad. Pero también puede pasarnos a los de dentro. Las ciudades tienen que tener cuidado con cómo se cuentan a sí mismas, porque les ocurre como a las personas, que sus percepciones las constriñen como profecías, aunque muchas veces sean solo tópicos. No conviene ser demasiado desconocida, por muy bella que seas; ni tampoco un referente del abandono, que por algo será; ni un lamento permanente del pasado glorioso, como si dieras la batalla por perdida; ni tampoco fiarlo todo al turismo, porque es plegarse al deseo de los otros, como Blancanieves. En general, está comprobado que no conviene poner todos los huevos, perdón, los sueños, en la misma cesta.

Hoy que Grimm y Perrault tienen que competir con Google, es difícil saber si los lugares se sueñan a sí mismos, o si son soñados por otros. Hace poco leía los motivos que aducía una firma internacional para implantar franquicia en Segovia: porque era una ciudad muy turística, con universitarios y “comienza a despertar como ciudad residencial para descongestionar Madrid”. Ese es el sueño para Segovia de los inversores, y queda por saber si los segovianos también tienen un hueco y pueden compartirlo, o si se les invita a retirarse antes de que les arrolle el gigantesco bazar inmobiliario. En Segovia tienen Alcázar, sí, pero están desanimados, casi resignados a su suerte: hasta se han olvidado de que pueden tener sueños propios. Pero los tienen, todos los lugares los tienen, y con frecuencia no son los que les cuentan. En Valladolid han conseguido que se escuche la voz de los residentes frente a la invasión de las terrazas, que no es algo menor. Eso es que los vallisoletanos sueñan con seguir viviendo en su ciudad, para lo que es imprescindible que duerman y paseen. Aunque también quieran turistas, normal.

 


lunes, 10 de marzo de 2025

Cese fulminante

Pocas veces debatir parece útil. Con frecuencia contribuye a alejar aún más las posturas, porque nos preocupa más ganar la partida que pulir nuestros argumentos. Qué decir de comprender los de otros, o incluso de cambiar de opinión: eso lo vivimos como una rendición. Ya en soledad, la mente vuelve sobre lo escuchado o leído, y hay una pequeña posibilidad de razonar, de enderezar el rumbo. Hoy tenemos motivos contundentes para dudar de todo, porque las certezas son mínimas. El mundo se ha vuelto un lugar muy incongruente y contradictorio, quizás porque sabemos más que antes. Aun así, dudar todo el rato es una carga pesada. Por eso de vez en cuando hacemos la ola, en positivo, o compartimos nuestra indignación, en plan linchamiento, para sentirnos por un minuto acompañados. Pero es un momento, luego la vida sigue instalada en el gris: blanco y negro hay muy poco.

Hace apenas una semana estuve viendo una entrevista en la televisión regional a la ya exdirectora general de Salud Pública, a quien no había escuchado nunca. Hablaba con aplomo y precisión, como hablan los técnicos cuando conocen en profundidad el asunto. Los políticos son como anguilas, inconcretos y cautelosos. Sí, yo estaba sentada en el sillón cuando dijo la frase “la pandemia por Covid no fue de gran gravedad”. No que no hubiera sido grave, sino que podría venir otra más grave, eso entendí. Nunca nos negaron esa pequeña posibilidad, pero no por eso vamos a dejar de salir a la calle y vivir todo lo intensamente posible.

Dos días después pedían su cabeza. Esa frase, desprovista del contexto -a quién le importa el contexto- en el que se pronunció, era un obús, que tuvo que asumir en soledad total. La distancia, a veces arrogante, que el técnico imprime en su discurso, un mecanismo útil para administrar recursos, en este caso selló su sentencia. Nadie dio pie a explicaciones ni a excusas. A las pocas horas, se conocía que había presentado su cese, y ni siquiera le dio tiempo a la oposición de alimentar las críticas. Si cesa, es porque nuestra denuncia es verdadera, dijeron unos; si cesa, es porque nosotros sí dimitimos por nuestros errores, dijeron otros. No es fácil encontrar una despedida tan fulminante, normalmente la agonía es larga: insinuaciones, sospecha, denuncia, juzgados, imputación y un largo proceso por delante. En este caso, el grave error es una frase, una frase fría y, como se ha comprobado, dolorosa. Muchos han sentido que despreciaba el dolor de las víctimas, nuestro dolor, porque todos fuimos víctimas en mayor o menor grado, salvo un grupo de cínicos que aprovechó para robar un poco más. ¿Cómo podía una directora de Salud Pública minimizar nuestro sufrimiento?

Yo fui mal centinela, lo reconozco, puesto que no advertí las consecuencias que traerían esas palabras cuando las escuché. Personas cuyo criterio respeto han sido muy críticas, y he comprendido el daño que una frase puede hacer a muchos ciudadanos, que merecen una disculpa sincera. Pero a la vez es difícil entender que una persona sea una profesional eficiente al entrar a un plató de televisión y, después de una entrevista, haya que defenestrarla. Siento que me faltan datos para entenderlo. Sí, a un político la obsolescencia le va en el cargo, pero es que mañana puede ocurrirle casi a cualquiera que se atreva a hablar y “colorear fuera de las líneas”, como decía Jimi Hendrix. Al menos, deberíamos tener la oportunidad de escuchar su versión, aunque no cambiemos de opinión al respecto.

Este episodio triste revela que la herida de la pandemia está muy tierna en todos nosotros. Cada catástrofe saca a flote la fragilidad del sistema, el peculiar triaje al que nuestras vidas están sometidas prácticamente a diario. Conocer los límites, y los técnicos algo saben de eso, nos permite fortalecer lo esencial.

lunes, 3 de marzo de 2025

La burocracia o la gallina

Muchas personas piensan que no hablan bien. Les avergüenza levantar la voz para pedir algo o decir lo que opinan de cualquier asunto, aunque lo conozcan profundamente. Hay timidez, pero también la idea de que no saben utilizar las palabras adecuadas. Como si, más allá de su familia y amistades, en el círculo público, se compartiera un idioma que desconocen. Esto es relativamente reciente. Antes, el único discurso que se oía era el sermón del domingo. Los que hablaban bien eran los que, a la luz del fuego, sabían contar mejores historias. Ahora hasta los alumnos de instituto tienen una especie de olimpiada para dirimir quién defiende mejor una postura: el que mejor habla, vence, ese es el mensaje. Las abuelas decían aquello de “qué pico de oro tiene” o “habla mejor que un ministro”. Eso no significaba que hubieran entendido los argumentos, solo que, lo que fuera que decía, lo decía bien, con ritmo, respirando a su tiempo, con entonación. Hoy, los que más hablan, o al menos a los que más oímos hablar, es a los cargos públicos. Podríamos pensar que ellos hablan bien: hablan mucho, y la práctica es una ventaja. Y otra cosa tienen en común, que es formar parte, muchos desde hace años, de la propia administración. Hablar “bien” como un ministro, o como un consejero, o como un alcalde, en buena parte es hablar el lenguaje del boletín oficial.

El boletín en teoría es preciso y se escribe con palabras que vienen en el diccionario, aunque en la práctica no es fácil de entender. El preámbulo viene a ser, más que un resumen, una prueba de fe: confía en que tenemos un buen propósito. La ley es la ley, y el político podría ser su profeta, el que nos aclarara todo, pero en general se conforma con repetir el preámbulo. Concretar demasiado da problemas, y es mejor ceñirse a lo conocido, a esa repetición de palabras correctas y con escaso contenido, que suenan siempre igual y que amodorran y alejan cada vez más a los ciudadanos de una escucha verdadera.

Leo que la Junta organiza cursos de formación sobre “lenguaje claro y sencillo” a los empleados públicos, para que les entiendan los ciudadanos. Si no entendemos a los funcionarios puede ser porque no se explican bien, porque directamente “prefieren no hacerlo”, como Bartleby, o porque parte de su labor es transmitir lo que viene en los boletines, que tienen lo suyo. Y eso que no hemos entrado de lleno en la selva de la inteligencia artificial -o quizás sí- que nos preparará en pocos minutos unos extensos y obtusos preámbulos para justificar cualquier norma.

Me pregunto si realmente la burocracia ha querido ser entendida, porque ese componente críptico les ha ahorrado muchos problemas. Los propios responsables de las administraciones no han estado muy interesados en que se conocieran las razones de las normas, porque les ha sido más ventajoso pasar de puntillas y endosar cualquier molestia a la incompetencia de otros, fueran de la Junta, Madrid o Bruselas. Que la responsabilidad no es de nadie, o en todo caso de la propia maquinaria de la burocracia, puede parecer un bálsamo para la continuidad de la propia administración; pero es muy peligroso cuando fuera hay señores que prometen arreglar todo con un puñetazo sobre la mesa. Si el discurso populista suena fuerte es también porque el discurso oficial lleva mucho tiempo adormecido y desconectado de la vida de la mayoría de la gente.

Visto que hablando “bien” no nos estamos entendiendo, puede que sea el momento de que todos, incluidos los funcionarios y especialmente los políticos, empecemos a hablar peor. No digo que gruñamos como cromañones tabernarios, sino que hablen para ser entendidos, claro y sencillo. Ahí, ya ves, puede ayudar la inteligencia artificial, para que elimine del discurso público gerundios, impersonales y demás construcciones de boletín, y borre palabrejas tales como “prioridades”, “implementar”, “ecosistemas” y “sinergias”. Con diez minutos máximo nos entendemos. Y de cierre algo así como “haremos todo lo posible”. No importa no saber hablar, lo imperdonable es no decir nada.