lunes, 19 de mayo de 2025

Vida de dos escritoras

Recordaba Carmen Martín Gaite en su ensayo Usos amorosos de la posguerra española una anécdota escuchada en su juventud sobre una señorita “de Palencia o de Valladolid” con un novio que era un sinvergüenza y un gañán. Pese a que familia y amigas le recomendaban que le dejase, ella aguantaba humillaciones sin inmutarse. El día de la boda, cuando le preguntó el cura que si quería a aquel hombre por esposo, respondió con seguridad: “No, señor”. Dirigiéndose a los invitados que llenaban la iglesia, añadió: “Y, si he llegado hasta aquí, es para que sepan todos ustedes que si me quedo soltera es porque me da la gana”.  Martín Gaite decía que esta mujer se merecía un monumento, como Agustina de Aragón, tanto si esta historia fue realidad o una invención brillante para desengañar al vulgo de esa obligación que hasta hace bien poco pendía sobre mujeres, y hombres: la de sentirse válida solo si eras “elegida”. Esto fue hasta hace bien poco: recuerdo la surrealista réplica que me dio una señora a la que pedí que no se colara para pagar en el super: “Pues vaya vinagre, seguro que usted no está ni casada”.

Estas cosas me vinieron a la cabeza repasando los carteles de la exposición que puede verse en una de las salas de la Biblioteca de Castilla y León, que coincide con los cien años del nacimiento de la salmantina. “Lo raro que es vivir”, se titula, casi como una de sus novelas más conocidas. Sí, vivir es raro, incomprensible; raro porque nuestro paso por el planeta es una llama breve y única. Una vez crucé unas palabras con Martín Gaite. Íbamos en un grupo, por las calles de Segovia. Yo no había leído nada de ella por entonces; pensé que era una mujer simpática, algo excéntrica, con su pelo largo y cano y su boina inseparable. Pensé que menuda, pero igual no, porque los altos calibramos tamaños desde arriba. Por entonces, la mayoría no se tomaba muy en serio a las mujeres escritoras; quizás yo misma no me las tomaba muy en serio. Llevó tiempo cambiar esa percepción, y aún estamos en ello.

Estos días tengo en mis manos una biografía muy buena sobre la autora, escrita por José Teruel. Carmen no se daba demasiada importancia. Era consciente de los límites de su obra, y consideraba que cada nuevo libro era un intento de encontrar un nuevo ángulo sobre lo mirado tantas veces. El escritor, como cualquiera, es un rumiante que vuelve cien veces sobre asuntos “que se entierran y vuelven a asomar”.

Coincide en el mercado esta biografía de 493 páginas de Martín Gaite con otra, también estupenda de Rosa Chacel, Íntima Atlántida, con 568 páginas, unas pocas más. Aunque la vallisoletana y la salmantina pertenecen a generaciones diferentes (la Chacel es de 1898, y Gaite, de 1925), fallecieron con apenas seis años de diferencia. Carmen vivió la experiencia de la separación de Sánchez Ferlosio, aquel que le “enseñó a habitar la soledad”, y Chacel del pintor Timoteo Pérez Rubio, que nunca asumió. Cabían tormentas dentro de esa mujer cuya estatua nos hemos acostumbrado a ver sentada en un banco frente a Poniente, eterna observadora de la ciudad. “Ventanera”, como también se describía Carmen Martín Gaite.

En su doble de bronce Rosa no parece contenta, y en su biografía tampoco. Es intensa, doliente, contradictoria. Lo pasaba mal y a la vez reconocía que encontraba “verdadera satisfacción en resistir la corriente. Darles lo que piden sería estúpido”. En fin, el ser, a mil por hora, aunque para algunos eso sea antipatía castellana. Es curioso que a ella se la reprochen, cuando no es la simpatía cualidad extendida entre los escritores, y no creo que haga falta recitar nombres.

Qué lejos quedan las biografías de autores que estudiábamos en clase de Literatura. Cuatro datos históricos y el listado de las obras; apenas nada de su vida privada, de sus opiniones o sentimientos. Las biografías de las próximas generaciones no se cerrarán nunca: siempre podrá encontrarse un documento nuevo, un archivo de ordenador, una grabación de radio o televisión, un apunte en internet. Anna Caballé dedicó doce años a Chacel para escribir este libro honesto, que se centra en comprenderla. Pulir su esencia, incluidas sus incoherencias y su cara de vinagre, por qué no.

Con todo, no estoy de acuerdo con la publicidad de las editoriales, cuando subrayan “He aquí la biografía definitiva”. Imposible. Quién puede ordenar y entender plenamente la existencia de una persona, y menos aún la propia existencia. Por algo dicen que, peor que una biografía, es casi siempre una autobiografía.

lunes, 12 de mayo de 2025

La vida in itinere

La señora que está sentada a mi lado en el autobús urbano farfulla “ya están fastidiando el tráfico”. Levanto la vista. En el carril de enfrente discurre una marcha de bicicletas. Que si una vez no pararon en un paso de peatones, que si seguro que protestan porque quieren que les quiten las multas… Las bicicletas son nuestras enemigas. En unos minutos, llegará nuestra parada, y caminaremos por aceras que ocupan con suerte la tercera o cuarta parte del espacio reservado para autos, entre calzada y plazas de aparcamiento. Cruzaremos mirando a un lado y a otro, porque tenemos las de perder. Pero nadie cuestiona el protagonismo de los coches en las calles: es un sometimiento aceptado. Pero con las bicis… hasta ahí podíamos llegar. Es una pelea entre iguales y casi competimos por el mismo espacio. Porque el carril bici a veces está y otras no. Y es cierto que hay algunas bicis y patinetes llevados por verdaderos cafres. A esa señora le ha pasado, y a los demás también.

La lucha peatón-bici es una lucha cuerpo a cuerpo, entre la misma base. El siguiente escalón es la lucha de los coches por ampliar su radio de control. Decía Ortega Smith el otro día que es un problema de libertad, pero él pensaba solo desde su libertad. Porque si todos metemos “libremente” el coche en el centro, nadie podría moverse por el centro. Y como físicamente es imposible, los ayuntamientos toman sus medidas. La contaminación es un medidor muy importante, aunque es cierto que socialmente podría ser injusto que alguien que no puede cambiar su viejo coche se vea perjudicado respecto a otro que viene de respirar aire puro en su urbanización y elige el más nuevo de sus tres vehículos para entrar en el centro a tomar algo. En fin, es complicado, pero lo de la libertad no cuela, salvo que funcionemos con los parámetros de Orwell: “todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros”.

La movilidad construye la nueva definición de ciudad: sitio en el que la gente se gobierna por una serie de reglas para moverse, o algo parecido. Así, en un mundo en diáspora permanente, el principal responsable de que nos podamos mover, Óscar Puente, es el hombre y nombre más citado, y no siempre bien. Como las ovejas, disfrutamos de trashumancia -cuando nos vamos más lejos en determinados momentos del año-; trasterminancia -cuando nos movemos a diario a la provincia de al lado en busca de pasto fresco-, e incluso import-export, si nos trasladamos a otro país, o si vienen para acá, con la maleta grande. Cuando entramos en la CE se hablaba de libre circulación de capitales, bienes y servicios, y las personas creíamos que era para ir de Erasmus, pero hemos resultado el principal objeto transportable. Bueno, puntualicemos, personas en edad laboral, en pleno rendimiento económico, que el mundo no es una ONG.

Esto es palabra de Dios hoy, y por eso, si llega un apagón, no entendemos nada. ¿Dónde está mi mundo, que me lo han cambiado?, decíamos, cambiando las pilas a la linterna. Y no digamos si perteneces a una parte nada pequeña de la población que cada día recorre kilómetros, y cruza montañas y provincias, para fichar en el trabajo. Esos que van a la estación de tren con su mochila y ordenador para emerger en Chamartín, como los viajantes con el muestrario. Los grandes consumidores de transporte saltan a diario de ciudad en ciudad. A efectos del mundo, eres ciudadano donde te reconoce Hacienda, aunque crezca la masa de ciudadanía in itinere. En el vagón van en silencio y se aíslan con cascos, para no pensar en la transición enorme entre casa y trabajo. Son tres personas diferentes: la de su barrio, la de su trabajo y la del vagón. Podrían mantener hasta amantes y amigos distintos, o decir que votan al PP en un sitio y al PSOE en otro. Nadie se enteraría.

En esta escorrentía de kilómetros y tiempo de desplazamiento, en ciudades cada vez más extendidas, con ese calco del sistema de aglomeración francés que se va imantando como círculos concéntricos en torno Madrid, pensaba en lo poco que es media hora para tantos trabajadores que tardan eso solo en llegar a la estación correspondiente. Recuperar tiempo para la vida, decían los sindicatos. Y eso, contando con que el transporte no falle, que bastantes veces falla, aquí y al otro lado de los Pirineos. Es un sistema cansado este, viviendo donde encuentras piso y moviéndote continuamente. Y parece inevitable, como los coches en las calles.

lunes, 5 de mayo de 2025

Carta de un padre

Estos días, haciendo limpieza, recuperé una carta que hace años encontré entre las hojas de un libro que cogí de la biblioteca. A la izquierda del encabezamiento, ponía “25 de abril 2001”; a la derecha, el autor había hecho un dibujo con rotuladores. Era un faro, con sus franjas rojas y blancas y su linterna, aupado sobre una pendiente verde con rocas que salpicaban el camino hasta el mar. Estaba escrita sobre una hoja de publicidad de productos farmacéuticos, como si hubiera sido fruto del momento, pero a la vez la caligrafía era caprichosa, con tinta negra y algunas frases diferenciadas en azul, rojo y verde, como si jugara con uno de esos bolígrafos con pulsadores de colores.

Así comenzaba: “Al final me han entrado remordimientos de que no tengas una carta mía que no sea para acumular una colección de críticas y consejos, pero debes tener en cuenta que yo he de ser para ti como el Faro del Cabo Silleiro, una mano inmaterial que te guíe para que no te estampes contra las rocas, un brazo invisible que te dé la libertad del mar, apartándote de la dureza e implacabilidad de la piedra del error. ¡Toma ya!”.

Después de llegar a la cumbre en el primer párrafo no quedaba otra posibilidad que planear en el siguiente. Cuenta que aprovecha el único rato tranquilo del día, junto antes de que despierte la hermana pequeña y comiencen las obligaciones de cada jornada. Al final, aparece el nombre del destinatario, y el motivo del escrito: “Jordi, ¡felicidades! que a partir de ahora te vaya todo bien en la vida, estudios, notas, novias, trabajos, viajes, vacaciones y todo lo que emprendas. Besos, Papá”.

Esta carta, gastada y leída muchas veces, doblada hasta casi romperse por la mitad, se quedó varada en Valladolid como una botella de náufrago, en un libro de biblioteca. Entonces y ahora he intentado rastrear las escasas pistas que ofrecía para devolverla a su destinatario. Por entonces, Jordi sería mayor de edad, o estaría cerca, así que ahora ya tendrá más de cuarenta años. Puede que él mismo haya sido padre. Silleiro, ¿estaría cerca del lugar donde veraneaban? Pese a su nombre catalán, ¿vivían en las Rías Bajas? Quizás Jordi no recibió nunca esa carta, o lo que yo conservo fue solo un borrador, o incluso una invención del autor. O, puede ser que el chico quisiera olvidarse por completo de la persona que le escribió esas líneas… Aunque, si fuera así, para qué dejarla entre las páginas de un libro… Buscar el rastro de estas personas en los alrededores del cabo Silleiro parece poco útil. La linterna sigue iluminando barcos en una costa peligrosa y batida por los vientos, pero en veinte años ha pasado una vida. Y el faro es desde hace poco un hotel.

Con todo, creo que ese párrafo perfecto merece quedar escrito en este hueco de papel que nos ofrece el periódico. Espero que al padre de Jordi le parezca bien que otros padres y madres podamos compartirlo, si lo necesitamos. Muchos nos hemos sentido como él, un saco pesado de críticas y consejos que cargamos de un lado a otro, sin ser capaces de explicar lo que sentimos. Como él, intentamos proteger a los hijos y a la vez deseamos abrirles la puerta hacia la libertad del mar. Ser un faro y un brazo invisible cuando lo precisen. Las madres y los padres somos muy ambiciosos, lo sé. Se nos quedan cortos dos días al año -ayer y el 19 de marzo- para profundizar en nuestro objetivo: necesitamos también los otros 364, durante una vida entera. En realidad, el día de la Madre es el día de tu madre: no conozco a ninguna madre ni a ningún padre en sus cabales que auto celebren su propio día. Aunque siempre alimenten los besos y abrazos de los hijos, lo único importante es que a Jordi le haya ido muy bien. Y si no le ha ido tan bien, espero que, desde hoy, veinticuatro años después, le vaya muy bien. Siempre hay un comienzo a la vuelta del camino.

 

 

lunes, 28 de abril de 2025

Prohibido tender la ropa

Las tardes de los domingos, cuando ni siquiera abre el bar de la esquina, el autoservicio de lavandería tiene su oportunidad. En el barrio funcionan unos cuantos, en manzanas cercanas. Por la mañana hay poco movimiento: una señora que arrastra un bolsón con una manta que no le cabe en la lavadora de casa, algún vecino con el colchón del perro, para la máquina reservada para ello. Es a la hora de la siesta y al anochecer cuando se concentra la actividad. En las películas americanas las parejas se conocen mirando el tambor de sus respectivas lavadoras, una oportunidad para coincidir en un mundo solitario. Los americanos sabían de lavadoras comunes y de soledad mucho antes que nosotros. “Otra ciudad, otro empleo, ¿quién sabe? Soy responsable de mis actos”, decía C.C. Baxter al dejar su apartamento.

Si buscas en el mapa, las lavanderías se concentran en la zona noreste de la ciudad, en los barrios populares y obreros, como se decía antes. La externalización de la colada se hace necesaria si vives en una habitación, o si no puedes asumir la compra de una lavadora. 400 euros pueden ser demasiado, y por menos de diez consigues el lavado y secado de la ropa que necesitas para esta semana. Porque si tienes un hogar más o menos estable seguro que, tras la cama, el frigo y la mesa, cuentas con una lavadora. Eso pienso cuando veo a una pareja joven, sentada en silencio a que termine de dar vueltas su ropa, absortos en las pantallas de sus móviles.

Todos ponemos lavadoras continuamente, aunque de eso no suela informar el periódico. La limpieza se presupone y lo que es noticia es la suciedad, por lo que en general nos cuidamos de mantenerla a raya. Siempre fue así, solo que antes para lavar la ropa sucia había que cargar con el cesto hasta el río y extender los pololos a la vista de todos para que los blanqueara el sol. En tiempos de mis abuelos era un piropo decir a la vecina que era una señora “muy limpia”. Cuando faltaba el agua y el jabón de sosa ardía en las manos, lucir limpio era una tarea titánica, y hasta una actitud ante la vida. Antes la gente tenía dos camisas y un par de pantalones, y ahora vamos poco más o menos que en chándal, aunque tengamos catorce y sean de marca. Probablemente nunca estuvimos más limpios que hoy, y más aún durante la pandemia: no nos movíamos de casa, pero como no sabíamos dónde estaba el bicho compramos tantas lavadoras que dicen que después bajaron varios años las ventas, de tan nuevas que las teníamos. En las casas en las que se criaban familias numerosas ahora con suerte hay dos o tres personas, y cada vez en más viviendas una sola. La lavadora se pone menos y podría ser un servicio compartido, pero para eso hay que ser americano y no sentir escalofríos al echar los pijamas en el tambor donde antes estuvieron los calcetines del vecino. Contrasta el pudor con que tratamos nuestra ropa o, en la misma línea, nuestra basura, y la brutalidad de las palabras que nos hemos acostumbrado a escuchar, incluso de boca de señores perfectamente trajeados y que seguro que huelen fenomenal. 

Los trapos sucios se lavan en casa, decía el refrán. Ahora, hasta se tienden en casa, ya no se ventilan. Solo en las barriadas resisten algunas cuerdas con coladas a la vista. En las viviendas modernas ya no existen ni en los patios interiores, ni tampoco hay espacio en las azoteas. Si falta la secadora, quién no tiene un tendedero extensible, de esos en los que la ropa está húmeda tres días y que hay que esconder cuando vienen las visitas.

Tender la ropa está en extinción, y pronto habrá visitas para ver algún alambre que resiste en las casas de los pueblos. Recibiendo el viento y el sol, la colada se seca en un periquete y con un olor que no puede igualar ningún suavizante. Qué lujo, ya imposible.

lunes, 21 de abril de 2025

En ese rincón estuvo el Rita

Cuando comencé el instituto, en 1982, Alaska y toda la tropa de crestas y tupés hablaban ya en pasado de la Movida. Los adolescentes de las provincias maldecíamos nuestra suerte y nos preguntábamos como Ligia Elena, la del Gato Pérez, “ay, señor, y mi trompetista cuándo llegará”. Ese entusiasmo desordenado y loco, esos pelos de colores y chupas del Rock-Ola a la meseta no llegaban. Radio 3 era el principal vehículo de lo que estaba pasando al otro lado del Guadarrama, aunque, de vez en cuando, pillaba en el dial un programa nocturno que se emitía desde Valladolid, un lugar desconocido por entonces para mí. Valladolid me sonaba a jota, pero gracias a la radio supe que allí había grupos que peleaban por su propia movida, como también hubo algunos en Segovia, por pequeña que fuera, y es. Hoy la movida está defenestrada, y hasta hay quien dice que fue la responsable de que en España no se hubiera hecho una revolución completa, los mismos que critican a los que pactaron la Transición. Pero no lo sentí así entonces. La frivolidad de los protagonistas de la movida resultaba muy refrescante y un eficaz disolvente de la solemnidad que había acompañado a la Dictadura. No hay nada que fastidie más a cualquier régimen totalitario que la alegría y el sentido del humor, ya lo decía Guillermo de Baskerville en el Nombre de la Rosa.

Casi todo lo que de movida hubo en Segovia se concentró en los ochenta en un pequeño bar a los pies de la torre de la iglesia de San Esteban, desde hace mucho tiempo cerrada al culto, con su plazuela preciosa sacrificada a mayor gloria de los coches. En los sesenta y setenta, el local había sido la taberna de Evaristo quien, además de servir chatos y rellenar botellas de vino y vinagre para el uso de las muchas familias que vivíamos por allí, había aprovechado el hueco de un ventanuco para apilar golosinas. Cuando salíamos de la misa dominical, los niños corríamos a gastar la propina en bolsitas de pipas de Los payasos de la tele, chicles Niña, regalices y bazookas, y salíamos pitando de ese túnel con olor a vino, que era territorio de los mayores. Pues justo esa taberna pequeña, unida por una escalera empinadísima e irregular de madera maciza a otro par de plantas igual de pequeñas y con una bodega oscura a la que se accedía por una trampilla, en los ochenta unos genios la transformaron en el Rita, un lugar libertario y divertido. Conservaron una preciosa barra de estaño con grifo, al estilo de las tascas antiguas, y el resto lo llenaron de espejos y luz. En la planta de arriba, junto a un piano negro, estaba la diosa del local, Rita Hayworth, mordiendo su guante. La música, por supuesto, esencial, desde Nacha Pop a Burning, de los Talking Heads a los Smiths. Y dominando la barra, algo poco frecuente por entonces, camareras nada serviles, vestidas como eran, mujeres con vida propia. En fin, qué más podíamos pedir los “modernos” de Segovia, que para parecer raros teníamos que recurrir a ponernos la gabardina del abuelo…

Después del Rita llegó el Casco Viejo, y luego, creo recordar, cierres y aperturas intermitentes hasta que echó finalmente la persiana, como tantos pequeños negocios: bares, ultramarinos, droguerías, pescaderías, papelerías, mercerías, zapaterías, en fin, ya saben. Desde hace poco es una vivienda, una de tantas de las que se han rehabilitado en el centro y se alquilan a los jóvenes universitarios que puedan pagar precios nada baratos. Junto a la ventana de las chucherías hoy hay una mesa con un flexo, en la que un chaval trastea en el ordenador; donde estaba la barra se perfila alguna estantería y ropa revuelta, a la espera de destino. Me pregunto dónde dormirán, si en el rincón de los espejos que había al fondo, o tal vez arriba, en el espacio que ocupaban las mesas de mármol y las sillas thonet donde matábamos las aburridas tardes de domingo.

Ley de vida, dirán. También antes de aquella bodega de Evaristo hubo otra cosa, y antes de esa otra, y posiblemente antes un corral de gallinas, y antes la nada. Y si te vas al campo donde había trigales ahora hay placas, y donde hubo un convento hoy hay un restaurante, y donde estaba la caja de ahorros ahora hay un súper grande o una clínica dental. Y en los locales de pequeños comercios que sustentaron varias generaciones de familias, de un par de años para acá van apareciendo viviendas porque, aunque en Castilla no sobra un habitante, de pronto -será una plaga bíblica- mucha gente no tiene donde vivir. Sí, será ley de vida, o las leyes de los hombres. Pero en ese rincón estuvo el Rita, y, como los Nacha, no me olvido.