jueves, 6 de junio de 2019

Humanos y contradictorios


No sé hace cuánto tiempo ni en qué mercadillo compré este libro, que apenas había ojeado hasta ahora. Se editó en 1961, con una tirada de 1100 ejemplares, 600 de ellos como “christmas” (así lo pone) y el resto para la venta. El librito, La batalla del cine, reúne varios artículos de Antonio del Amo, escritor, estudioso del cine y también director. En la solapa interior, se califica su labor como director de “continuada, aunque muy contradictoria… Así y todo, quien le conoce a fondo sabe que está preparado para hacer un buen cine”. Menciona las películas más personales, de las que estaba más orgulloso, Sierra maldita y Día tras día. Y silencia que fue el director de la mayor parte de las películas de Joselito, incluida El Pequeño Ruiseñor, trabajos que le permitieron sobrevivir, pero que también le encasillaron.

Del Amo, que de joven había militado en el PCE y durante la guerra rodó algún documental de propaganda republicana -por lo que pasó por la cárcel-, comienza el libro con una auto entrevista en la que trata de justificar esas contradicciones creativas de su existencia. “Sí, soy culpable. Hago cine comercial porque no me siento un héroe, sino simplemente un ser humano. Pero tener, lectores, en cuenta, que a veces lo que hacemos mal, en contra de nuestro gusto, no es siempre estéril, porque gracias a ello, nosotros mismos, u otros, podemos hacer bien”.

A los nuevos talentos del cine, les aconseja ver El Acorazado Potemkin, Paisà, Ladrón de bicicletas, Amanecer, Chaplin, Capra, Lubitsch… Sobre las condiciones que debe poseer un director, destaca: “La primera, la energía suficiente. Es la batalla más dramática de todas”.
Cuenta que Eisenstein fue su primer maestro de montaje, cuando tuvo en sus manos una copia de Potemkin: “Con amoroso cuidado la pasé varias veces en una bobinadora para estudiar la mecánica del montaje. Me emocionó cuando vi que el solo movimiento de un marino que arrojaba un plato al suelo con todas sus fuerzas y lo rompía en pedazos, estaba descompuesto en siete planos. Más tarde, cuando hice mi primer documental, yo repetí ese efecto con una bomba de mano, que lanzaba un soldado. Salió perfecto”.

Después de la lectura, reparo en la dedicatoria del ejemplar, uno de los enviados en las navidades de 1961. “A Valeriano Andrés, quien bien le quiere y le quiso. Con abrazos, A. del Amo”. Se llevaban diez años, pero casi al principio de sus carreras en el cine coincidieron en algún proyecto, y se ve que mantuvieron la relación. Valeriano de Andrés, “un hombre vulgaris, grupo primero”, así le describían en una sus películas. Un gran secundario, un superviviente con una larga carrera “contradictoria”, como son la mayoría, que en sus últimos años hasta puso voz a Herman Munster en la serie que emitió La Bola de Cristal.

Este libro que tengo pasó alguna vez por las manos de aquellos dos amigos.







martes, 28 de mayo de 2019

Simone



Esta mujer de la foto es Simone de Oliveira.


En 1969 representó a su país, Portugal, en el festival de Eurovisión, que se celebraba en Madrid. Quedó la última: "Lloré tanto...", recordaba. Sin embargo, cincuenta años después, la Biblioteca Nacional de Portugal le dedica una exposición. Su canción, que rompía con el estilo que había marcado hasta entonces el régimen de Salazar, se convirtió en un símbolo de resistencia y esperanza para los portugueses. Más o menos así fue la historia. La moraleja: que no siempre ganan los que parece que ganan.

jueves, 23 de mayo de 2019

Una mujer desnuda


El otro día vi a una mujer desnuda. Dirán, pues vaya, si mujeres desnudas se ven por todas partes. Les daré la razón, pero solo en parte. Lo que vemos son mujeres “casi desnudas”, aunque no lleven encima ni un centímetro de tela. Porque desnudas del todo, en los últimos años solo he visto a esa que les menciono, Inés Pasic. Una titiritera que nació en Bosnia y que, junto a su pareja, el peruano Hugo, aprendió a transformar sus manos y pies en seres llenos de vida, y que de vez en cuando nos visita por Titirimundi.

Inés apareció en el escenario de la sala con una camiseta de cuello alto y unas mallas negras. Solo sus manos y sus pies, y su rostro, vigilando y meciendo a sus criaturas, destacaban en la oscuridad. De pronto, se sube la camiseta, se baja la goma del pantalón, y su tripa blandita queda al descubierto, sin filtro alguno. Su abdomen es ahora el rostro de otra mujer; su ombligo, la boca. Ante nuestros ojos su tripa es ahora una mujer que come, canturrea y gruñe cuando la báscula le revela que le sobran unos cuantos kilos que trata de bajar, con poca convicción, haciendo gimnasia. Los espectadores le observamos con la boca abierta. En parte por la habilidad de la artista para recrear con el movimiento de su abdomen los gestos de esta mujer contrariada. Pero más aún por la brutal exposición que Inés hace de su cuerpo. Un cuerpo natural de mujer-no-joven, no machacada en el gimnasio, ajena a disciplinas y vergüenzas. “Mira, aquí estoy, debajo de los focos. Este es mi cuerpo en la Tierra”.

Esa desnudez inédita, absoluta y pura, nos dejó sin habla. Una mujer desnuda, no de esas que a veces parecemos desnudas, pero estamos vestidísimas de complejos, de esfuerzos, de alteraciones, de contorsiones para parecer ¿quién sabe?, otra cosa. Un cuerpo que ni somos, ni fuimos. En esto yo creo que hemos avanzado muy poco. En cierto sentido, la faja de corchetes era más auténtica, no exigía tantos compromisos. Hoy hay que estar metida dentro de un guante invisible para que la perfección parezca “lo natural”. Como si la carne fuera plástico, como si la piel fuera un lienzo en blanco, y, además, como si no ser de plástico y lienzo fuera una imperdonable falta de decoro.
Pero lo natural es Inés, con su tripa sobre el escenario. Vulnerable. Hermosa. Absolutamente desnuda.




sábado, 11 de mayo de 2019

Traviesas

Traviesas, puede que de tramos de la línea Segovia-Medina del Campo, cerrada a principios de los noventa. Una vez retiradas, algunas acabaron marcando fincas, imagino que con la idea de unirlas con un alambre que al final no se puso. Solían ser de roble y aguantan bien. En algunas se ven las marcas de los tornillos que las fijaban a las vías.





jueves, 9 de mayo de 2019

Escarduzo

Dos palabras que aprendí ayer. Una vieja, de boca de un leonés: escarduzo. La nueva, a la puerta de un instituto: los-as "popu". A mí esto de los hablares es que me encanta.