martes, 28 de mayo de 2019

Simone



Esta mujer de la foto es Simone de Oliveira.


En 1969 representó a su país, Portugal, en el festival de Eurovisión, que se celebraba en Madrid. Quedó la última: "Lloré tanto...", recordaba. Sin embargo, cincuenta años después, la Biblioteca Nacional de Portugal le dedica una exposición. Su canción, que rompía con el estilo que había marcado hasta entonces el régimen de Salazar, se convirtió en un símbolo de resistencia y esperanza para los portugueses. Más o menos así fue la historia. La moraleja: que no siempre ganan los que parece que ganan.

jueves, 23 de mayo de 2019

Una mujer desnuda


El otro día vi a una mujer desnuda. Dirán, pues vaya, si mujeres desnudas se ven por todas partes. Les daré la razón, pero solo en parte. Lo que vemos son mujeres “casi desnudas”, aunque no lleven encima ni un centímetro de tela. Porque desnudas del todo, en los últimos años solo he visto a esa que les menciono, Inés Pasic. Una titiritera que nació en Bosnia y que, junto a su pareja, el peruano Hugo, aprendió a transformar sus manos y pies en seres llenos de vida, y que de vez en cuando nos visita por Titirimundi.

Inés apareció en el escenario de la sala con una camiseta de cuello alto y unas mallas negras. Solo sus manos y sus pies, y su rostro, vigilando y meciendo a sus criaturas, destacaban en la oscuridad. De pronto, se sube la camiseta, se baja la goma del pantalón, y su tripa blandita queda al descubierto, sin filtro alguno. Su abdomen es ahora el rostro de otra mujer; su ombligo, la boca. Ante nuestros ojos su tripa es ahora una mujer que come, canturrea y gruñe cuando la báscula le revela que le sobran unos cuantos kilos que trata de bajar, con poca convicción, haciendo gimnasia. Los espectadores le observamos con la boca abierta. En parte por la habilidad de la artista para recrear con el movimiento de su abdomen los gestos de esta mujer contrariada. Pero más aún por la brutal exposición que Inés hace de su cuerpo. Un cuerpo natural de mujer-no-joven, no machacada en el gimnasio, ajena a disciplinas y vergüenzas. “Mira, aquí estoy, debajo de los focos. Este es mi cuerpo en la Tierra”.

Esa desnudez inédita, absoluta y pura, nos dejó sin habla. Una mujer desnuda, no de esas que a veces parecemos desnudas, pero estamos vestidísimas de complejos, de esfuerzos, de alteraciones, de contorsiones para parecer ¿quién sabe?, otra cosa. Un cuerpo que ni somos, ni fuimos. En esto yo creo que hemos avanzado muy poco. En cierto sentido, la faja de corchetes era más auténtica, no exigía tantos compromisos. Hoy hay que estar metida dentro de un guante invisible para que la perfección parezca “lo natural”. Como si la carne fuera plástico, como si la piel fuera un lienzo en blanco, y, además, como si no ser de plástico y lienzo fuera una imperdonable falta de decoro.
Pero lo natural es Inés, con su tripa sobre el escenario. Vulnerable. Hermosa. Absolutamente desnuda.




sábado, 11 de mayo de 2019

Traviesas

Traviesas, puede que de tramos de la línea Segovia-Medina del Campo, cerrada a principios de los noventa. Una vez retiradas, algunas acabaron marcando fincas, imagino que con la idea de unirlas con un alambre que al final no se puso. Solían ser de roble y aguantan bien. En algunas se ven las marcas de los tornillos que las fijaban a las vías.





jueves, 9 de mayo de 2019

Escarduzo

Dos palabras que aprendí ayer. Una vieja, de boca de un leonés: escarduzo. La nueva, a la puerta de un instituto: los-as "popu". A mí esto de los hablares es que me encanta.

martes, 30 de abril de 2019

La cola de todos


En 1946, seis años después del final de la guerra civil, en España se elaboró un censo electoral. En él aparecían todos los hombres y mujeres mayores de 21 años, en lugar de los 23 que hasta entonces habían marcado la mayoría de edad. Aportaba bastante información: apellidos, nombre, sexo, edad, profesión, domicilio e incluso "instrucción", si sabías leer y escribir. Ese censo nos habla de nuestros antepasados y, por tanto, de nosotros mismos. Por ejemplo, de mis abuelos paternos, por entonces con 54 y 47 años, respectivamente, guardia civil y sus labores, y mis otros abuelos, de 44 y 41 años, propietario y sus labores, de nuevo; mis padres no están, porque eran menores, pero sí alguno de mis tíos mayores, en aquel tiempo muy jóvenes, uno estudiante y otro jornalero.

En plena posguerra, en la ciudad gris y hambrienta vivían algo menos de 25000 vecinos. En el casco viejo, en la almendra de Segovia, se registraron casi 5600 censados, a los que habría que añadir los menores, que eran muchos. Comparado con los dos mil vecinos, y muy mayores, que habrá ahora en el recinto amurallado, en 1946 el casco viejo estaba repleto. Con una cocina económica y un par de alcobas frías, vivía una familia numerosa.

En la calle de mis abuelos, las Descalzas, el censo contabilizó 45 votantes, de los que diecinueve eran religiosas del convento carmelita. Del resto, había diecisiete mujeres y nueve hombres. Entre las primeras, diez amas de casa, y también dos costureras, una asistenta, una demandadera, una jornalera, una maestra nacional... Entre los hombres, dos carpinteros, dos herreros, un tipógrafo, un empleado, un botero... y un solo pensionista.

En los arrabales, en la calle San Marcos, donde nació mi madre, sumaban 76 votantes, 39 mujeres y 33 hombres; entre las primeras, alguna viuda demasiado joven. Ellas, casi todas dedicadas a sus labores, siendo la principal administrar la miseria. Seis de las mujeres no tenían instrucción, incluida la dueña de la tienda del barrio, que sin conocer letras, ni números, controlaba el negocio a la perfección. Solo otras tres tenían empleo: una doncella, una sastra y una pastora. Ellos eran: doce jornaleros, siete albañiles, cuatro chóferes, dos empleados, un pintor, un maestro, un pastor, un barrendero, un botero, un fundidor, un sereno, un sastre, un carpintero, un subsidiado y uno más del que se especifica que su ocupación era "ninguna".

Casi todas las personas de aquel censo, con apellidos que nos suenan, porque son los nuestros, fueron a votar unos meses después la Ley de Sucesión del Estado, con la que Franco quería dejar claro quién mandaba aquí, en la España "del Movimiento Nacional, católica, anticomunista y antiliberal", como decían. Mis abuelos y sus vecinos, gente obediente y resignada, debieron ir a votar, ese 6 de julio de 1947, un día caluroso y típico de veraneo, si es que por entonces alguien hubiera podido pensar en vacaciones. Para identificar a los votantes, y para que no faltase ni uno, se les exigía y sellaba la cartilla de racionamiento, la del aceite, las patatas y la harina de almortas...

Después de aquellas urnas, hubieron algunas otras, no muchas: un referéndum similar diez años después, y elecciones parciales y con las cartas marcadas. Cuando en diciembre de 1976, ya muerto el dictador, se votó la Ley de Reforma Política, mi abuelo Francisco ya había fallecido.

Todo esto conviene recordarlo cuando una se acerca a un colegio público, con pupitres bien gastados y sillas con patas de hierro, y hace cola para depositar el voto. Ahí, una mañana de domingo, sin músicas, sin actos multitudinarios, sin abucheos ni aplausos, entre gente muy normal. Asistentas, carpinteros, albañiles y jornaleros, alguna maestra e incluso algún herrero, un militar y más pensionistas, funcionarios y estudiantes que antes, y también más desempleados. Ahí, haciendo cola, todos con nuestro voto en la mano.

Paseo del Salón. A. Martín. Biblioteca Digital CyL