viernes, 10 de junio de 2011

El símbolo en ruinas


El perfil del Cerro de San Cristóbal anuncia al viajero que ha llegado a Valladolid. En una tierra tan llana, una mole de ochocientos y pico metros es sobresaliente, y más cuando está coronada por una enorme antena blanca y roja. Cerca están otros cerros, el del Pico del Águila y la Cuesta Redonda, todos ellos rodeando a la Cistérniga, un municipio que hasta hace quince años tenía unas cuantas calles de casas bajas con señoras sentadas a la puerta, y que ahora está plagado de impersonales urbanizaciones. El camino de subida al cerro es empinado y de hecho es utilizado con frecuencia por los aficionados a la bicicleta para poner a prueba su resistencia. Parte de las laderas están repobladas con cipreses que dan un aire triste y solemne al desvencijado camino, lo que no desanima a muchos vecinos, porque coronar San Cristóbal es el paseo local. El objetivo es llegar arriba, y punto. Las vistas son buenas, aunque no bucólicas: abajo queda una ciudad –no una postal– con sus polígonos, sus barrios, su desorden.

En 1961 allí arriba se juntaron 50.000 personas para inaugurar un monumento en memoria de Onésimo Redondo. Nacido en Valladolid, muerto en la guerra civil en el segoviano municipio de Labajos, fundador de las Jons y “caudillo de Castilla”, como todavía puede leerse en los muros blancos que enmarcan la construcción, está representado en una oscura escultura de más de 3 metros. A su lado hay otros cuatro hombres, un obrero con el mono, un estudiante con un libro, un campesino y un soldado, “en actitud de avanzar sobre el infinito”, como rezaba un periódico de la época. También contaba que el escultor al que se le encargó la obra empleó seis años en dar forma a seis mil kilos de bronce, que se espera que este verano desaparezcan de San Cristóbal, cumpliendo con la Ley de la Memoria Histórica.

El bronce es lo único que no ha emigrado de un monumento que no sé si alguna vez insufló heroísmo en un entorno que hoy sólo inspira desolación. Aguardando el veredicto desde hace años, te reciben la escalinata resquebrajada, el eco de varias generaciones de jóvenes que una noche vinieron aquí a dejar claro con un spray que no eran fascistas, y el replique triste de una flecha del símbolo falangista que está medio suelta y golpea la pared cuando empuja el viento.

Sólo las antenas de transmisión parecen florecer en esta tierra de nadie. A la mayoría de los vecinos de la Cistérniga les preocupan más sus radiaciones que si el monumento cumple su cincuenta aniversario sobre el montículo, o si al fin desaparece. Tampoco les hace demasiado gracia que los fines de semana la explanada se llene de coches con parejas buscando, digamos, intimidad. En la oscuridad de la noche el cuadro de bronce ya no existe, y el cerro es sólo un punto alto que flota sobre las luces de la ciudad.





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