lunes, 24 de junio de 2024

Cuestión de músculos

 A la vuelta de un pasillo del todo a cien hay un grupo de chicos mirando unas mancuernas. Uno comenta que han subido las acciones de Apple, otro algo sobre proteínas. Acaban de pegar el estirón y tienen los brazos y las piernas como juncos. Todavía no saben quién son y por eso buscan a quién parecerse dentro del móvil. Cuando cumplan dieciocho proyectan apuntarse a un gimnasio, no tanto para estar sanos -quién no lo está a esa edad-, sino para “ganar músculo”. A los veinte, si perseveran y cumplen a rajatabla un rosario de series y repeticiones, mostrarán en su perfil una foto con el torso en escorzo, para que se aprecie bien lo conseguido, aunque siga ahí el rostro del niño que eran hace cuatro días. Nuestros abuelos, si querían ganar espalda, se enfundaban en una americana con hombreras, y nuestras abuelas se ajustaban la faja para lucir cintura. Hoy cumplir con el estándar es mucho más sacrificado porque tiene que ser la propia piel la que contenga un cuerpo que por naturaleza se esponja y relaja. Las chicas llevan décadas aspirando a la delgadez “tonificada”, como ahora se dice, y son los chicos los que ahora las adelantan por la derecha. Junto a las salas de aparatos y observación mutua que son los gimnasios, en los supermercados crecen paquetes etiquetados en negro, como los mandiles de los cocineros de moda. Son preparados o alimentos normales, como el queso, que hoy son la marmita de Obelix, por contener proteínas. El músculo conlleva una disciplina estricta, que para algunos se convierte en una forma y hasta un motivo para vivir.

Un amigo decía que no se casaba porque solo podía ser un marido como había sido su padre, cabeza de familia que proveía sustento y que llegaba a casa justo para comer y ver la tele sentado en el sillón. Las revistas femeninas nos acompañaron a las mujeres en nuestro avance, pero el hombre se quedó sin pautas a seguir, porque esas publicaciones que le imaginan vestido con sacas de colores y ponchos de ganchillo solo han servido para dejarle definitivamente sin referentes estéticos, y casi de cualquier tipo. Parece que bastantes se han entregado con entusiasmo a cuidar el cuerpo, a ver si averiguan lo que son.  Están de moda chicos muy jóvenes que se presentan en TikTok como garantes de los valores y paladines de la familia clásica. Hablan del esfuerzo y el honor como si se prepararan para la guerra, pero al final el campo de batalla es solo un gimnasio, y sus sueños son los de la lechera, aunque en vez de cántaros hablen de bitcoin. Como son jóvenes y están protegidos por sus padres no saben que donde se prueba el valor es en la brega diaria, en la resistencia en un mundo regido por el “tanto tienes, tanto vales”. Y si no, a galeras a remar, como Ben Hur, que era fuerte para aguantar lo insufrible, pero hoy no tendría un pase por falta de masa muscular. Antes pensábamos que fuerte era un señor mayor como John Wayne, un enclenque fibroso como Kung Fu, o Goliat, el amigo gordito del Jabato, que nunca hizo abdominales. Hoy los fuertes son superhéroes de Marvel: están tan preocupados por lucir bien y reventar la camisa que solo se aman a sí mismos, aunque luego aparezcan con una mujer delgada y curvilínea, un atributo más para demostrar su pueril éxito.

Si de verdad quieren salvar la familia “tradicional” deberían asegurarse de que al otro lado quedan mujeres dispuestas a aguantarles a cambio de contemplar sus bíceps. Deberían contar también con una saneada cuenta con unos cuantos milloncejos, para que la consorte juegue al cinquillo mientras el sufrido servicio doméstico se ocupe de todo. El otro día era motivo de risa una mujer que afirmaba estar casada con un muñeco de trapo, de nombre Marcelo, de quien decía que era el marido perfecto porque acataba todo lo que le decía. Es lo que hay, ni las mujeres ni los hombres tenemos muchas ganas de que nos lleven la contraria, porque estamos inseguros y llenos de contradicciones. Saber qué tipo de hombre o mujer eres, y sobre todo amar a otra persona, exige salirse de la tribu y de sus pacatos preceptos. No hay tradición a la que volver, el tiempo no es reversible y va siempre hacia delante. Pero los chicos de dieciocho todavía no lo saben, y pueden creer que cuando ganen espalda y luzcan una barba bien recortada sentarán catedra.

lunes, 17 de junio de 2024

De Laponia a Navacerrada

Los comerciantes dicen que el cambio climático hace estragos en sus ventas, y tienen razón. El invierno enfría poco, la primavera es un soplo y en breve el sol caerá a plomo sobre las aceras y los vecinos nos refugiaremos tras las persianas bajadas, hasta que caiga la tarde. Las estaciones llegan porque hay que dar color al calendario, pero con cuatro trapos y un abrigo ligero te apañas. Aquí no pisamos nieve, y dicen que cuesta que caiga hasta en Laponia, y los lapones se echan las manos a la cabeza, por la naturaleza y también porque cómo van ir turistas a ver a Santa Claus en esas condiciones. En una encuesta dicen que los mayores y las mujeres nos preocupamos más por el cambio climático, lo primero será porque tenemos memoria, lo segundo lo desconozco. Con las primeras nieves, las niñas pijas de mi niñez iban a esquiar a Navacerrada hasta entre semana. Hoy apenas quedan pistas abiertas, y cuando los madrileños asaltan la sierra para pisar nieve tienen que conformarse con hacerse un selfi en un metro cuadrado, como perrillos que se revuelcan en un charco.

Es difícil negar el cambio del clima, que queda registrado cada día por los satélites, las estaciones, la buena gente que colabora cada día con la AEMET, y hasta por el termómetro de la Plaza de Zorrilla.  Los negacionistas, más que una lucha contra los grados, la tienen contra sí mismos. Les da más miedo cambiar de hábitos hoy que el fin del mundo mañana. También a los lapones les escuece que se deshaga la nieve porque dejan de ir turistas en vuelo directo, aunque algo tendrán que ver las hordas masivas de curiosos por el mundo en que la nieve se deshaga. Pero bueno, eso será pasado mañana, hoy solo tenemos que temer que el cielo se caiga sobre nuestras cabezas.

El tiempo meteorológico, como el vital, va avanzando en dosis imperceptibles, pero implacables. El tiempo de cada día es único, nuevo, real, y nos concierne a todos. No hay informativo digno sin ese espacio. La mujer o el hombre del tiempo no prometen ligeras brisas en las tardes de canícula, ni lluvias en medio de la sequía. Sortean el puzle autonómico, aunque haya que sacrificar la lógica geográfica para dedicar el mismo tiempo a una autonomía uniprovincial que a la nuestra. Si llega un “puente” y amenaza temporal son prudentes, no sea que los hosteleros pidan su cabeza, pero no mienten. Esto es lo que hay, así que haz lo que puedas con ello.

Tienen mala prensa los negacionistas, pero todos lo somos un poco. No dejamos de ser hijos de un tiempo derrotista, en el que huimos de la responsabilidad, y a la vez nos sentimos culpables. Del mismo modo, los políticos son negacionistas hasta el tuétano: los problemas puede que existan, pero en todo caso son culpa de otros, así que su responsabilidad para solucionarlos es nula o limitadísima, lo justo para aguantar hasta el mes que viene.

Estos días, Rafael Calderón, un profesor de Física ya jubilado, nacido en León y residente desde hace muchos años en Segovia, mostraba un estudio sobre las temperaturas recogidas en el puerto de Navacerrada desde 1951. De media, hemos sumado 2,6 grados más en estos 73 años, y en la última década un grado, porque el calentamiento se acelera. Antes helaba en el puerto 163 días al año, y ahora poco más de cien. No puedo poner la mano en el fuego en el tema de Laponia, pero en el de Navacerrada sí, porque a los niños segovianos nos enseñaban a calibrar cómo venía el año por la nieve que quedaba en la Sierra, y malo era que no pintara en blanco con buenos neveros entrado el verano. Y lo malo ahora es lo habitual.

 

 


lunes, 3 de junio de 2024

Las monjas de Instagram

En tiempos, toparse con un hábito fuera de los muros del convento obedecía a causas de fuerza mayor, como una cita médica o un funeral. El abastecimiento se recibía por el torno, y cada orden contaba con una mandadera para encargos. Otra ocasión era acudir a la mesa electoral, a primera hora. Igual ayer también enfocaron a unas pocas religiosas, que acudían a depositar el voto. Unas “monjitas”, como algunos dicen, como si no fueran mujeres del todo, como si permanecieran en el limbo de la ingenuidad. Se habla de pecadillos de monja, cutis de monja, manos de monja. Quizás las pieles no se curten, pero los humanos por dentro sí lo hacemos, cualquiera que sea el espacio en el que nos desenvolvamos; todas las tensiones y alegrías se reproducen en cualquier comunidad, grande o pequeña. Otro tópico es que han nacido para endulzarnos la vida, como si hacer mazapanes fuera la causa de su vocación, y no la consecuencia del “labora” que acompaña al esencial “ora”.

Donde nací había conventos por todas partes. Según abrías la ventana, las Dominicas; a cien metros se veían los ventanucos de las celdas de las Oblatas; pasando la cuesta, las Juaninas y un poco más arriba, las Carmelitas y las Siervas. Eso a tiro de piedra, porque fuera del barrio había unas cuantas órdenes más. A veces sonaba una campanita, y detrás otra, un poco más lejos, y luego otra más. Algunas ya han desaparecido. Uno de los conventos es hoy un hotel, otro se reconvirtió en oficinas, otro -extremadamente valioso y precioso- San Antonio el Real, está cerrado y sin proyecto.

Cada poco tiempo en los medios asoman monjas que apuestan por renovar sus métodos y expandir “la llamada” por nuevos caminos, que hoy todos conducen a la pantalla del móvil. El otro día una orden ofertaba “prácticas de monja”, una invitación un poco frívola, pero no muy lejana del consejo clásico: reza y la fe llegará. Puede que aparecer en Instagram, que es la antítesis de la clausura, sea la última carta posible. La otra alternativa es dejar que el tiempo pase, que todo siga como siempre, hasta que llegue el día de echar el cerrojo, salvo que Dios disponga otra cosa. Es una elección compleja, pero está ahí. Las nuevas monjas no son seres de luz, son también mujeres millennials, generación Z, o lo que se tercie, han habitado en un mundo ruidoso y muy diferente al del silencio del claustro y la meditación en la celda.  Y a veces pasan cosas, piensan cosas, deducen cosas, y hasta engullen ideas rocambolescas que les llegan por el móvil, un día que estaban reclutando nuevas vocaciones. Qué lejos del postureo en redes queda la monja tradicional, que tenía prohibido observarse en el espejo para evitar cualquier vanidad.

Lo ocurrido en Belorado es una excepción, pero también un síntoma de las costuras quizás endebles de estas comunidades, cerradas y bastante opacas. Tras los muros puede reinar la piedad y la austeridad, o un desorden intolerable. Todo se basa en la confianza y la buena voluntad, hasta que salta por los aires y alguien se pregunta ¿pero a nombre de quién está todo esto? Algún cambio habría que hacer en este sentido. En lo que respecta a lo espiritual, poco se puede hacer para demostrar a las exclarisas que su creencia no es la verdadera, decididas como están a besar el anillo del obispo “preconciliar”: es una cuestión de su fe. Yo imaginaba los cismas como algo más trabajado y riguroso, pero ahora comprendo que pudieron surgir de cualquier cosa. Eso sí, entonces no se retransmitían por la televisión.

El caso de Belorado daría risa si no fuera porque transmite a muchas personas una idea ridícula de lo que es la vida monacal. Es triste pago para las que estuvieron y las que todavía quedan en los conventos, que se levantan de madrugada para orar por nosotros, por los pobres, por todos, por este desdichado mundo. Yo se lo agradezco, sinceramente, mucho más que su pericia haciendo galletas.