A la vuelta de un pasillo del todo a cien hay un grupo de chicos mirando unas mancuernas. Uno comenta que han subido las acciones de Apple, otro algo sobre proteínas. Acaban de pegar el estirón y tienen los brazos y las piernas como juncos. Todavía no saben quién son y por eso buscan a quién parecerse dentro del móvil. Cuando cumplan dieciocho proyectan apuntarse a un gimnasio, no tanto para estar sanos -quién no lo está a esa edad-, sino para “ganar músculo”. A los veinte, si perseveran y cumplen a rajatabla un rosario de series y repeticiones, mostrarán en su perfil una foto con el torso en escorzo, para que se aprecie bien lo conseguido, aunque siga ahí el rostro del niño que eran hace cuatro días. Nuestros abuelos, si querían ganar espalda, se enfundaban en una americana con hombreras, y nuestras abuelas se ajustaban la faja para lucir cintura. Hoy cumplir con el estándar es mucho más sacrificado porque tiene que ser la propia piel la que contenga un cuerpo que por naturaleza se esponja y relaja. Las chicas llevan décadas aspirando a la delgadez “tonificada”, como ahora se dice, y son los chicos los que ahora las adelantan por la derecha. Junto a las salas de aparatos y observación mutua que son los gimnasios, en los supermercados crecen paquetes etiquetados en negro, como los mandiles de los cocineros de moda. Son preparados o alimentos normales, como el queso, que hoy son la marmita de Obelix, por contener proteínas. El músculo conlleva una disciplina estricta, que para algunos se convierte en una forma y hasta un motivo para vivir.
Un amigo decía que no se casaba porque solo podía ser
un marido como había sido su padre, cabeza de familia que proveía sustento y
que llegaba a casa justo para comer y ver la tele sentado en el sillón. Las
revistas femeninas nos acompañaron a las mujeres en nuestro avance, pero el
hombre se quedó sin pautas a seguir, porque esas publicaciones que le imaginan
vestido con sacas de colores y ponchos de ganchillo solo han servido para
dejarle definitivamente sin referentes estéticos, y casi de cualquier tipo. Parece
que bastantes se han entregado con entusiasmo a cuidar el cuerpo, a ver si
averiguan lo que son. Están de moda
chicos muy jóvenes que se presentan en TikTok como garantes de los valores y
paladines de la familia clásica. Hablan del esfuerzo y el honor como si se
prepararan para la guerra, pero al final el campo de batalla es solo un
gimnasio, y sus sueños son los de la lechera, aunque en vez de cántaros hablen
de bitcoin. Como son jóvenes y están protegidos por sus padres no saben que donde
se prueba el valor es en la brega diaria, en la resistencia en un mundo regido
por el “tanto tienes, tanto vales”. Y si no, a galeras a remar, como Ben Hur,
que era fuerte para aguantar lo insufrible, pero hoy no tendría un pase por
falta de masa muscular. Antes pensábamos que fuerte era un señor mayor como
John Wayne, un enclenque fibroso como Kung Fu, o Goliat, el amigo gordito del
Jabato, que nunca hizo abdominales. Hoy los fuertes son superhéroes de Marvel:
están tan preocupados por lucir bien y reventar la camisa que solo se aman a sí
mismos, aunque luego aparezcan con una mujer delgada y curvilínea, un atributo
más para demostrar su pueril éxito.
Si de verdad quieren salvar la familia “tradicional” deberían
asegurarse de que al otro lado quedan mujeres dispuestas a aguantarles a cambio
de contemplar sus bíceps. Deberían contar también con una saneada cuenta con
unos cuantos milloncejos, para que la consorte juegue al cinquillo mientras el
sufrido servicio doméstico se ocupe de todo. El otro día era motivo de risa una
mujer que afirmaba estar casada con un muñeco de trapo, de nombre Marcelo, de
quien decía que era el marido perfecto porque acataba todo lo que le decía. Es
lo que hay, ni las mujeres ni los hombres tenemos muchas ganas de que nos
lleven la contraria, porque estamos inseguros y llenos de contradicciones. Saber
qué tipo de hombre o mujer eres, y sobre todo amar a otra persona, exige
salirse de la tribu y de sus pacatos preceptos. No hay tradición a la que
volver, el tiempo no es reversible y va siempre hacia delante. Pero los chicos
de dieciocho todavía no lo saben, y pueden creer que cuando ganen espalda y
luzcan una barba bien recortada sentarán catedra.