María Velasco es de Burgos y desde hace pocos días también Premio Nacional de Literatura Dramática. Leer teatro no es común, aunque es lo más parecido a una conversación en wasap, breve y lleno de diálogos. Primera sangre, la obra premiada, noquea desde sus primeras páginas. Dirán que trata del asesinato de una niña a principios de los noventa, y del impacto de aquel atroz suceso en otras niñas que, como la autora, estaban aprendiendo a vivir. Lo que escribe María Velasco es también la historia de las mujeres, o casi de todas, porque no puedo firmar que alguna no experimente el miedo. El miedo del que muy pronto somos depositarias, no sabemos, como ella misma se pregunta, si para evitar el peligro o para evitar la misma vida.
Primera sangre es pues la historia de una niña que
muere antes de empezar a vivir. Pero también habla de ese pasadizo que conecta
niñez y una madurez precoz, que llega de sopetón. Y que no tiene tanto que ver
con la menarquia sino con el momento en el que comprendes lo que advierte la
madre a una de las protagonistas, que “no hay que tenerle miedo a los muertos,
sino a los vivos”. Porque los bosques y los lobos de los cuentos están muy
lejos, y el peligro suele estar cerca. Ese parece que fue el caso de la pequeña
asesinada, aunque el crimen no pudo ser aclarado.
Más allá de
los casos más aberrantes, que son pocos, aunque quedan grabados porque encarnan
nuestras pesadillas, las infancias están llenas de esas imágenes y sensaciones
que plasma en su obra, señales que te alertan de que tu cuerpo está en peligro.
Nos dicen que cuidado con los desconocidos “pero los desconocidos pasan a ser
conocidos con facilidad, y lo mismo sucede a la inversa”, y te conviertes en
guardiana y responsable de ti misma antes de saber hacerte la trenza. Recuerdo
una tarde jugando en un soportal, con menos de diez años. Dos chicos mayores se
acercaron, y no sé cómo ni con qué palabras el bravucón nos abordó en una
esquina y nos dijo que nos levantáramos las faldas. Lo hicimos, hoy no entiendo
por qué, si por miedo, por obediencia, por sorpresa, mientras ellos se reían. Alguna
persona que pasó por allí les amonestó, y nosotras salimos corriendo. Frente al
espanto de otras, esta es una historia nimia, pero que hizo que durante muchos
años se me revolvieran las tripas cuando me cruzaba con él. Cuántas veces deseé
ser invisible a su mirada. Hace poco supe que había fallecido, quién sabe si
amado y respetado por su familia, quién sabe si se avergonzaba de aquello o si
ni siquiera lo recordaba, aunque yo siguiera evitando la sombra de la casa
donde sabía que vivía.
No tiene
mayor valor mi experiencia, más que ayudar a sostener la lista de muchas otras
y también otros que cargaron con un dolor que no les pertenecía. Hasta hace muy
poco, estos asuntos no eran siquiera tema de conversación. Con el paso del tiempo,
parecía que te lo habías imaginado, que en realidad no había ocurrido. Se
pasaba página, aunque tú no lo olvidaras y ya no te sintieras una niña “limpia
y recién planchada”. Las flores deberían ser carnívoras, y las niñas tener
espinas, escribe María Velasco. Pero no las tienen. La inocencia robada las expulsa
de lugares que cuesta recuperar. Hasta las expulsa de sí mismas, porque sienten
que no supieron protegerse ni identificar al ogro, hasta que fue demasiado
tarde. Algunos y algunas todavía dicen que cómo no les hicieron frente. Pues
porque no pudieron. A veces el mundo es el salvaje Oeste, pero sin John Wayne.
Hay una
frase de Primera sangre que dice “Donde
está el peligro está también lo que salva”. Porque la sangre también es vida, y
la vida se estrena cada día, por las calles. El miedo va de serie, pero no
puede doblarnos antes de tiempo.