lunes, 30 de septiembre de 2024

María y el miedo

María Velasco es de Burgos y desde hace pocos días también Premio Nacional de Literatura Dramática. Leer teatro no es común, aunque es lo más parecido a una conversación en wasap, breve y lleno de diálogos. Primera sangre, la obra premiada, noquea desde sus primeras páginas. Dirán que trata del asesinato de una niña a principios de los noventa, y del impacto de aquel atroz suceso en otras niñas que, como la autora, estaban aprendiendo a vivir. Lo que escribe María Velasco es también la historia de las mujeres, o casi de todas, porque no puedo firmar que alguna no experimente el miedo. El miedo del que muy pronto somos depositarias, no sabemos, como ella misma se pregunta, si para evitar el peligro o para evitar la misma vida.

Primera sangre es pues la historia de una niña que muere antes de empezar a vivir. Pero también habla de ese pasadizo que conecta niñez y una madurez precoz, que llega de sopetón. Y que no tiene tanto que ver con la menarquia sino con el momento en el que comprendes lo que advierte la madre a una de las protagonistas, que “no hay que tenerle miedo a los muertos, sino a los vivos”. Porque los bosques y los lobos de los cuentos están muy lejos, y el peligro suele estar cerca. Ese parece que fue el caso de la pequeña asesinada, aunque el crimen no pudo ser aclarado.

Más allá de los casos más aberrantes, que son pocos, aunque quedan grabados porque encarnan nuestras pesadillas, las infancias están llenas de esas imágenes y sensaciones que plasma en su obra, señales que te alertan de que tu cuerpo está en peligro. Nos dicen que cuidado con los desconocidos “pero los desconocidos pasan a ser conocidos con facilidad, y lo mismo sucede a la inversa”, y te conviertes en guardiana y responsable de ti misma antes de saber hacerte la trenza. Recuerdo una tarde jugando en un soportal, con menos de diez años. Dos chicos mayores se acercaron, y no sé cómo ni con qué palabras el bravucón nos abordó en una esquina y nos dijo que nos levantáramos las faldas. Lo hicimos, hoy no entiendo por qué, si por miedo, por obediencia, por sorpresa, mientras ellos se reían. Alguna persona que pasó por allí les amonestó, y nosotras salimos corriendo. Frente al espanto de otras, esta es una historia nimia, pero que hizo que durante muchos años se me revolvieran las tripas cuando me cruzaba con él. Cuántas veces deseé ser invisible a su mirada. Hace poco supe que había fallecido, quién sabe si amado y respetado por su familia, quién sabe si se avergonzaba de aquello o si ni siquiera lo recordaba, aunque yo siguiera evitando la sombra de la casa donde sabía que vivía.

No tiene mayor valor mi experiencia, más que ayudar a sostener la lista de muchas otras y también otros que cargaron con un dolor que no les pertenecía. Hasta hace muy poco, estos asuntos no eran siquiera tema de conversación. Con el paso del tiempo, parecía que te lo habías imaginado, que en realidad no había ocurrido. Se pasaba página, aunque tú no lo olvidaras y ya no te sintieras una niña “limpia y recién planchada”. Las flores deberían ser carnívoras, y las niñas tener espinas, escribe María Velasco. Pero no las tienen. La inocencia robada las expulsa de lugares que cuesta recuperar. Hasta las expulsa de sí mismas, porque sienten que no supieron protegerse ni identificar al ogro, hasta que fue demasiado tarde. Algunos y algunas todavía dicen que cómo no les hicieron frente. Pues porque no pudieron. A veces el mundo es el salvaje Oeste, pero sin John Wayne.

Hay una frase de Primera sangre que dice “Donde está el peligro está también lo que salva”. Porque la sangre también es vida, y la vida se estrena cada día, por las calles. El miedo va de serie, pero no puede doblarnos antes de tiempo.

 

 

lunes, 23 de septiembre de 2024

Mujeres ideales

Mujeres muy normales recorremos la exposición de Cristóbal Balenciaga en la sala de las Francesas. En nuestros armarios no figura ningún vestido de cóctel, ni pamela de terciopelo, ni bolero de guipur, ni traje de otomán, ni abrigo para la ópera, y no los echamos en falta, porque en realidad no tenemos ocasión de lucirlos. Da igual, la visita es muy satisfactoria. Hay amigas, hay madres e hijas, pero sobre todo mujeres solas. Una niña arrastra a su abuela hasta un maniquí con un vestido azul, que ya sabe que es su preferido, porque ha venido varias veces. Se acercan y contemplan los detalles: un botón forrado, un cosido al bies, una pinza que esculpe mágicamente la seda.

El estilo de Balenciaga es contenido, depurado, pudoroso. El cuerpo se intuye unos milímetros detrás de la ropa, pero no se marca: la antítesis de lo que hay en la calle en verano. En una vitrina se muestran las herramientas de costura: tijeras enormes, el metro, piedras de marcar, un imán con alfileres. Dicen que el modisto era capaz de construir vestidos a sus clientas sin hacer una sola prueba, porque retenía cada silueta en su mente.

En la exposición puede verse un abrigo de Isabel Garcés, la afónica y simpática protectora de Marisol en sus películas de niña prodigio. Su talla no era canónica, era bajita y redondeada; sin embargo, lucía radiante, con su moño estupendo y su traje de cheviot. Varios de los modelos de la muestra están recogidos por la espalda, porque se crearon para cuerpos reales y los maniquíes son rectilíneos. Cada traje está lleno de pequeños ajustes para adaptarse a las medidas de su propietaria, y por ello solo sobre su cuerpo encajaba a la perfección.

Balenciaga nunca hizo ropa en serie, nunca clonó un vestido en cuatro tallas. Su retirada coincidió con ese cambio de ciclo que no pudo o no quiso afrontar. La caída de la alta costura vivió su peculiar toma de la Bastilla. En las divertidas y, aunque puedan parecerlo, nada frívolas novelas de Nancy Mitford, modelo ocasional de Dior y coetánea del modisto español -murió justo un año después que él, en 1973-, se refleja el desprecio con el que las clases altas vivieron la irrupción de la “horrenda” ropa en serie, que consideraban “algo totalmente amorfo”.

Pero cualquier resistencia era inútil. En los sesenta y setenta las casas de costura fueron cediendo el paso a las de moda, y hasta en las ciudades más pequeñas las modistas y los sastres fueron desapareciendo. La misma costura doméstica quedó poco a poco aparcada, a medida que en el carné las ocupaciones de las mujeres pasaron a ser otras distintas a “sus labores”. Decía mi madre que antes las diferencias entre pudientes y pobres se apreciaban a simple vista, por el corte de la ropa. Hoy no es tan fácil, aunque exista algún detalle sutil en la indumentaria, porque la silueta es compartida. La vulgarización de la ropa fue también su democratización.

A pesar de ello, y a pesar de la realidad de nuestras propias vestimentas, unos pantalones cualesquiera y un par de zapatos cómodos, admiramos esos trajes únicos que nunca vestiremos. Nacen de una búsqueda militante de la belleza, desde el primer boceto hasta la última puntada. En el catálogo de la exposición, amigos del modisto escriben que Balenciaga merendaba cada tarde únicamente leche, pero en una copa tallada: “Necesitaba rodearse de objetos hermosos, de una gran sencillez, pero perfectos”.

lunes, 16 de septiembre de 2024

Rito de iniciación

Camino del trabajo me encuentro cada semana con una mujer de pelo cano, que emerge entre los cubos de basura. Con movimientos precisos, alarga el brazo hasta el fondo en el contenedor verde. Revisa botella a botella, y con los culines va rellenando otra que guarda en una bolsa de plástico. Hace mucho que superó el umbral del escrúpulo. Su reciclado sistemático es implacable, necesario, obligatorio, vital para ella. Da igual que sea verano o que amanezca con cencella. Esta mujer mayor, anciana si esa palabra aún describe una edad meritoria, tiene cada día una única misión, alimentar su alcoholismo. No está sola en su misión, desde luego, hay más ansiedad mañanera calmada a trompicones. Aunque hay que reconocer que su estómago es excepcional, ya que le ha permitido llegar a la vejez, con un hábito salvaje y extremadamente solitario. Porque el camino de la adicción, antes o después, lo tienes que caminar solo, muy solo.

Es raro, porque al principio no lo parece. Yo también fui joven, y por entonces me hubiera gustado beber como Bogart en el Café de Rick y como Keith Carradine en Choose me. Solo whisky, nada de combinados horteras. Reteniendo el trago entre los dientes y engulléndolo como el aire. Y luego, permanecer en silencio con mirada inteligente. Pero mi hígado me avisó pronto y con un par de “piedras” de whisky (no sé si es un término segoviano, un chupito con hielos) acabé en urgencias. Se tarda en aceptar lo que una es y la timidez busca algo que hacer con las manos, y se encuentra un cigarrillo, un vaso y demás desinhibidores, en presentaciones de lo más diversas. Quizás no tan elegantes como la clásica barra de bar con espejo, que enciende el brillo de las botellas y sus promesas de colores. Pero sea calimocho o el licor más exquisito, lo que entiende el estómago es de medidas de alcohol.

Dicen que empezamos a beber hace diez millones de años, así que todo está escrito, aunque cada cual tenga que rellenar su libro. El rito de iniciación ya no es ir a cazar antílopes, ni búfalos. Ahora está chupado, creces a golpe de botellón. Ser un borracho es despectivo, pero coger una cogorza o estar ‘pedo’ da risa. No es raro que se presuma de ello: es “uno de los nuestros”. No sabemos si bebemos de más por agradar al de al lado o porque no nos gustamos a nosotros mismos. Aturdidos no hablamos mejor, pero ya no nos damos cuenta. Hay algo de prueba de confianza, como cuando te dejas caer hacia atrás esperando que te recoja otro, aunque no sepas si estará en condiciones de sujetarte. Pasan por el aro los chavales, pero también los adultos. La resistencia al alcohol es una ventaja no pequeña en ámbitos de poder. Algunos no se fían del que no bebe, “que algo guarda”. Una buena tolerancia te permite mentir a fondo, desde luego, sobre todo si el interlocutor te ha seguido el ritmo de rondas. Más allá están los que rebasaron el motivo, y ya solo beben porque sí, solo beber, como a mi compañera matutina. Beber hasta perder el control, como aquella canción de Urquijo, que, como Antonio Vega, era un genio pese a sus adicciones, no por ellas. Estúpida poética de la destrucción.

Hoy otra vez es lunes, vivir no es fácil y cada uno hace lo que puede. No hablo de tomar un vino o una cerveza, que quede claro. Pero hay algo extraño en el valor social de beber. Las explicaciones a las que te obliga no hacerlo. La sutil exclusión que supone no beber, nada sutil cuando eres muy joven. Las risas ante la temeridad. Sorprende que algunos sientan que se tambalea su libertad si se rebaja el límite en la prueba de alcoholemia. Ellos controlan, por lo visto, siempre. Pero otros no, basta leer la sección de sucesos, una pequeñísima muestra de las personas que cada día circulan con sus facultades y reflejos mermados por su decisión libre de ingerir lo que sea. Gente que no controla su vehículo, ni sus actos. Nadie firma esa ruleta rusa para sí mismo y menos aún puede hacerlo si arrastra a los demás.

 

lunes, 9 de septiembre de 2024

Gente sola en los bancos

Cantaba Kiko Veneno hace unos días en la Plaza Mayor que no es verdad que se muera una vez, que se muere muchas veces, como tampoco hay un septiembre, ni un verano, ni una razón, ni un solo tipo de familia, ni un nada. Decimos palabras como la vela que alumbra en la oscuridad, para hacernos una pequeña idea. Por ejemplo, en mi barrio, no empieza el día una vez, sino muchas. Si sales a pasear al perro a las siete, el Paseo de Zorrilla retumba de manera muy diferente a las siete y media, y no digamos si ya marcan las ocho menos diez. A las siete, en el parque mudo, hoy también está un hombre sentado en un banco cercano a los columpios vacíos, arropado por la sombra del seto. No es joven y no es de fuera, no es un ejecutivo ni un harapiento; es un señor cualquiera, de los que van andando a la oficina o al taller a trabajar. Tiene una bolsa de plástico con algo que podría ser el almuerzo, un bocadillo de jamón y una botella de agua. Parece esperar a que llegue un compañero, pero no. Ahí se queda, casi una hora, mirando al suelo por debajo de las lentes. Si vas a partir de las ocho, la hora de los niños madrugadores, el señor ya no está. El banco no informa nada al respecto, su tarea es permanecer siempre abierto, tanto da que lo visite un camello o un concejal.

En los bancos de mi barrio se sienta sobre todo gente mayor, porque está cansada, y gente joven, porque todavía no tiene prisa. En un banco cualquiera una adolescente perfecta y luminosa espera, y seguirá esperando media hora después, mirando sin parar el móvil, en busca de un mensaje que no llega. Un poco más allá, una mujer mayor se seca las lágrimas “por cosas que no puedes evitar que vengan a la cabeza, pero no pasa nada, nada…”.

Los vecinos hemos tenido suerte, y en unos metros de acera que la ciudad ha ganado a un constructor el ayuntamiento ha puesto siete bancos bastante cómodos, de láminas de madera y con respaldo. No es mal sitio, porque pasa mucho personal camino del supermercado. Hay una zona más acogedora y sombreada casi al lado, pero los bancos allí están engullidos por los alcorques de cemento que rodean los árboles, y por una terraza sempiterna y desordenada. La lucha entre bancos y terrazas es silenciosa, pero intensa, y casi siempre ganan las segundas, porque todo es espacio público, pero para unos menos que para otras. Qué más decir cuando hace apenas cuatro días permitimos, resignados, que se amonestara a los que se sentaban en los bancos y escaleras, mientras se otorgaba patente de corso a los que pagaban una caña para sentarse y respirar sin mascarilla.

Sentarse en un banco parece cosa de pobres y débiles. Gentes sin sueldo, o gentes con achaques. Los activos vamos de un lado para otro, sin hacer pie, pensando en importantes asuntos, tan importantes, que si no los apuntamos en la lista se nos olvidan a los diez minutos. Un tipo que come apresurado un pincho de tortilla es un hombre ocupado, y, si está en un banco con lata de cerveza y un trozo de empanada, un colgado. Pero los bancos -los de sentarse- son hospitalarios y no hacen distingos. El solitario que los ocupa puede ser un príncipe o un mendigo, un chalado o un asceta que recorre el mundo en busca de la sabiduría. Cabe la posibilidad de que sea todo ello a la vez: eso explicaría que el último desarrapado que pasó por el banco de abajo arrullara nuestra siesta tarareando el Bolero de Ravel.

Las gentes de bien, la afanosa y estresada población activa, solo paramos en un banco si se nos desatan los cordones. Las cosas que son gratis nos dan urticaria, no vaya a parecer que también a nosotros nos falta el aire o, todavía peor, que no tenemos un euro en el bolsillo. Sentada, sin hacer nada, sin esperar a nadie, abandonas ese papel tan respetable que interpretas cada día y te muestras tan desprotegida y desarmada como cualquiera. Muchos hasta que no tuvimos un hijo no encontramos una excusa para sentarnos al fresco, a cero euros la hora. Y qué bien se está.

 

lunes, 2 de septiembre de 2024

El tomate del país

Conocí a un agricultor que trabajaba a fondo los meses que el cereal lo pedía y reservaba las tardes largas del invierno para leer. Había perdido su rastro hasta hace unas semanas, cuando encontré su nombre entre los contribuidores del banco de germoplasma regional. La lista se puede consultar en internet: 1804 referencias de esta tierra, de cebollas, de tomates o judías, entre otras la judía blanca redondilla que él donó. Hay trigos, almendras, guisantes, melocotones y milenrama, hay lechugas de oreja de mulo de Tordesillas, de Hontalbilla y de Fresno de la Vega, porque la simiente se salta por las bravas los límites provinciales y prospera donde le da la gana. Y al contrario: la justicia hortícola puede hacer fracasar a la mejor semilla si está fuera de sitio.

Parece que importa poco que se pierda la judía blanca redondilla cuando en el supermercado hay una pila de ellas, grandes y pequeñas, blancas y pintas. Son suficientes combinaciones para calmar nuestro estómago. Dicen que con ciento y pico especies, que como los mandamientos se resumen en poco más de diez, nos saciamos. En los ‘todo a cien’ puedes hacer acopio de sobres de semillas. Valladolid se ha hecho ahí un lugar con una “Lechuga/alface/Lettuce romana”, la “Valladolid-Pucela”, simiente que, según se indica en el sobre, no se produce aquí. Promete crecimiento rápido y sabor suave en francés, argelino, griego y rumano, entre otros idiomas. Los mismos sobres se reparten a miles por Amazon, junto a otros de semilla para tomates blancos, rosas, azules, negros y amarillos -¡incluso rojos!-, como si fueras a montar un ramillete de flores en vez de una ensalada. El buen color es el consuelo del mal tomate, porque el sabroso sabe que cada uno es guapo a su manera. Dice un hortelano de Piñel de Abajo que tiene catalogados más de mil tomates diferentes, y seguro que se queda corto. Los nombres que se repiten en los pueblos -gordo, largo, cabeza de gato, mandarina, cartujo, invierno, reina de la belleza, tres acantos, santian, navalosa, cebra, canestrino…- circularon de unas partes a otras del país y procrearon sus propias e infinitas variedades. Quizás la denominación más precisa sea la más acogedora, “tomate del país” o del terreno, que vale tanto en El Bierzo como al lado de tu casa. O sea, tomate de aquí, del que madura a su tiempo.

En las huertas crecen cebollas, ajos, calabacines y acelgas, pero la alquimia perfecta de tierra y agua la destilan las tomateras. El tomate es el rey, aunque su reinado sea muy corto, porque tan pronto madura es destronado por las primeras escarchas del otoño. A medida que pintean los frutos en la mata sabes que el verano está diciendo adiós. Los tomates del país saben a tomate y tienen una piel tan fina que un día están verdes y al otro a punto de deshacerse, y hay que comérselos todos, porque en la nevera se marchitan como una flor. Son en verdad fruta del tiempo, y fuera de temporada los departamentos de I+D+i hacen lo que pueden, pero apenas llegan al simulacro. Se demuestra así su gran resistencia a los intereses del capitalismo, porque el tomate es el anarquista de la huerta. Por eso unos veranos se prodiga poco, y otro supera los pronósticos y hay que repartir a familia y amigos. Un regalo que hay que recibir con respeto y reverencia, porque es irrepetible: es imposible comer dos veces el mismo tomate, ya que ni él, ni tú, seréis los mismos el verano que viene.

Un día de septiembre tocará escudriñar las matas y aprovechar hasta el último tomatillo para conserva. Si tirar pan es pecado, desperdiciar un tomate es un sacrilegio. El último fulgor del verano se encierra en frascos, como quisiéramos resguardar en la despensa porciones de calor para calentarnos en los días fríos. Los buenos hortelanos guardarán la simiente de los ejemplares más castizos, como decían en los manuales de época, y esperarán un nuevo ciclo. Entrará el frío, y mi agricultor volverá a las tardes de lectura. Y un lunes cualquiera, si como él tienes la suerte de disponer de unos palmos de tierra y un punto de agua, habrá que ponerse manos a la obra para que prospere una nueva remesa de tomates del país, de esos que no tienen precio porque no nacieron para ser vendidos en ninguna parte.