Mujeres muy normales recorremos la exposición de Cristóbal Balenciaga en la sala de las Francesas. En nuestros armarios no figura ningún vestido de cóctel, ni pamela de terciopelo, ni bolero de guipur, ni traje de otomán, ni abrigo para la ópera, y no los echamos en falta, porque en realidad no tenemos ocasión de lucirlos. Da igual, la visita es muy satisfactoria. Hay amigas, hay madres e hijas, pero sobre todo mujeres solas. Una niña arrastra a su abuela hasta un maniquí con un vestido azul, que ya sabe que es su preferido, porque ha venido varias veces. Se acercan y contemplan los detalles: un botón forrado, un cosido al bies, una pinza que esculpe mágicamente la seda.
El estilo de
Balenciaga es contenido, depurado, pudoroso. El cuerpo se intuye unos
milímetros detrás de la ropa, pero no se marca: la antítesis de lo que hay en
la calle en verano. En una vitrina se muestran las herramientas de costura: tijeras
enormes, el metro, piedras de marcar, un imán con alfileres. Dicen que el
modisto era capaz de construir vestidos a sus clientas sin hacer una sola
prueba, porque retenía cada silueta en su mente.
En la
exposición puede verse un abrigo de Isabel Garcés, la afónica y simpática
protectora de Marisol en sus películas de niña prodigio. Su talla no era
canónica, era bajita y redondeada; sin embargo, lucía radiante, con su moño
estupendo y su traje de cheviot. Varios de los modelos de la muestra están
recogidos por la espalda, porque se crearon para cuerpos reales y los maniquíes
son rectilíneos. Cada traje está lleno de pequeños ajustes para adaptarse a las
medidas de su propietaria, y por ello solo sobre su cuerpo encajaba a la
perfección.
Balenciaga
nunca hizo ropa en serie, nunca clonó un vestido en cuatro tallas. Su retirada
coincidió con ese cambio de ciclo que no pudo o no quiso afrontar. La caída de
la alta costura vivió su peculiar toma de la Bastilla. En las divertidas y,
aunque puedan parecerlo, nada frívolas novelas de Nancy Mitford, modelo
ocasional de Dior y coetánea del modisto español -murió justo un año después
que él, en 1973-, se refleja el desprecio con el que las clases altas vivieron
la irrupción de la “horrenda” ropa en serie, que consideraban “algo totalmente
amorfo”.
Pero cualquier
resistencia era inútil. En los sesenta y setenta las casas de costura fueron
cediendo el paso a las de moda, y hasta en las ciudades más pequeñas las
modistas y los sastres fueron desapareciendo. La misma costura doméstica quedó
poco a poco aparcada, a medida que en el carné las ocupaciones de las mujeres
pasaron a ser otras distintas a “sus labores”. Decía mi madre que antes las
diferencias entre pudientes y pobres se apreciaban a simple vista, por el corte
de la ropa. Hoy no es tan fácil, aunque exista algún detalle sutil en la
indumentaria, porque la silueta es compartida. La vulgarización de la ropa fue
también su democratización.
A pesar de
ello, y a pesar de la realidad de nuestras propias vestimentas, unos pantalones
cualesquiera y un par de zapatos cómodos, admiramos esos trajes únicos que
nunca vestiremos. Nacen de una búsqueda militante de la belleza, desde el
primer boceto hasta la última puntada. En el catálogo de la exposición, amigos del
modisto escriben que Balenciaga merendaba cada tarde únicamente leche, pero en
una copa tallada: “Necesitaba rodearse de objetos hermosos, de una gran
sencillez, pero perfectos”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario