lunes, 25 de noviembre de 2024

Deseo y rechazo

Siempre ha habido puertas cerradas. Las más cerradas son las construcciones herméticas que a pie de carretera anuncian con neones paraísos que esconden infiernos. Al lado de los prostíbulos, la puerta de un cine es algo naif, por mucho que dentro se proyectaran películas X. En Segovia solo llegamos a la S y, aun así, las adolescentes de entonces cruzábamos de acera, como si hubiera podido absorbernos el vicio. Sí, por entonces se hablaba mucho del vicio, viciosos ellos, ninfómanas ellas, como si fueran una categoría diferente del resto. En el instituto los chicos hacían bromas sobre si habían visto a aquel profesor o al más salido de COU entrando en el cine Victoria. Con todo, acudir al cine, más tarde cruzar la cortina del reservado del videoclub, o comprar una revista porno en el quiosco exigía un mínimo de socialización. Estabas expuesto al juicio ajeno, pero también a la aceptación de otros, desde el que te atendía hasta otros posibles clientes. En los ochenta, los Mantería y el resto de salas X del mundo estaban sentenciadas, primero por el vídeo y después por el golpe de gracia, internet. La demanda es mayor hoy que entonces y se produce más cine porno que nunca. Pero es todo privado y doméstico. Ni siquiera necesita portar la etiqueta de “para adultos”: cualquiera puede acceder a él, cuando todavía no sabe amar y casi ni desear a nadie.

Sin años sesenta para quemar sujetadores, las españolas tuvimos que hacer un curso acelerado de liberación sexual, dentro de lo liberada que puede estar una en una materia tan compleja. Recuerdo leer el informe Hite, un compendio de entrevistas realizadas por la escritora Shere Hite, y buscar entre sus páginas qué era lo normal en sexualidad, cómo debíamos desear las mujeres liberadas. Era un libro gordo e incluso tuvo una secuela que también leí porque el primero no me había quedado claro. La idea era que todo podía ser normal, y a la vez no interesarte en absoluto, incluso repelerte. En la práctica y con el paso de los años, las cosas no cambiaban tan deprisa. En el siglo XXI parece que sigue siendo difícil saber qué es lo que deseas realmente. Hace unos días en este periódico algún especialista del asunto explicaba cómo se pueden conseguir orgasmos, incluso varios. Por supuesto solo se refería a las mujeres, porque al parecer los hombres se apañan. Parece que el avance del deseo es relativo, o al menos no es comparable el de unas y otros.

Esta distancia quedaba clara en esas declaraciones de la mujer denunciante en el caso Errejón, que lamentaba que el comportamiento del político había truncado lo que podía haber sido “una bonita historia”. Después de tantos años, ahí sigue la “bonita historia”, la esperanza o ensoñación de que unos sentimientos mutuos se entrelacen hasta con el sexo más precario: sigue presente eso que decían nuestras antecesoras menos liberadas, que las mujeres dan sexo para recibir amor y los hombres al revés. Aquellas pobres a las que en el instituto apuntábamos como las “fáciles”, a la luz de hoy sé que eran las más desvalidas de todas nosotras. Eran las que, como en los boleros, pedían que les mintieran y les dijeran que las amaban, aunque fuera solo un par de tardes.

Pese al escuálido peso que tiene hoy el pecado por la debilidad de la carne, pese a que quien más, quien menos, ha averiguado por sí misma o viendo First Dates que el mundo es diverso y que ni poniéndote en los zapatos de otro caminas igual, parece que hay una resistencia mayor de las mujeres a separar cuerpo y alma, incluso para aquellas que no creen en el alma. Su deseo necesita construir un relato con significado, aunque sea para una sola noche. Por eso no solían visitar las salas X, ni mucho menos las barras americanas. Donde unos ven cuerpos otras -y otros-, ven personas tristes sin ropa.

Me pregunto si el escepticismo e incluso cabreo de algunos hombres cuando salta un caso complejo como el de Errejón se debe solo a que en el cruel linchamiento público se desprecie la presunción de inocencia, a la que todos tenemos derecho. Me pregunto si también hay resistencia a aceptar que muchas mujeres, la mayoría de sus conocidas y también de sus desconocidas, no quieren ser protagonistas de historias que algunos imaginan como excitantes.

 

lunes, 18 de noviembre de 2024

La silueta del Puente Colgante

Cuando leí que construirían un edificio de diez plantas, otro, junto al Puente Colgante, monumento principal de Valladolid, pensé en encender la mecha de la revolución; pero no sé si son los años o los vientos complejos que soplan los que recomiendan elegir los frentes. Si comparamos la belleza y el equilibro del paisaje de una ciudad con el hambre en el mundo, la preocupación estética sería un cruel esnobismo. Tampoco se ha encontrado por ahora un sistema más estimulante que el capitalismo, y el solar no es mío. Pero es humano resistirse a lo inevitable.

Porque, ¿qué valor tiene el placer de la mirada? ¿vale algo que podamos contemplar más o menos despejado el Puente Colgante? Para muchos, no es un paisaje esporádico, sino cotidiano. Es un pedazo del camino al trabajo, acompañados por el zumbido metálico de los neumáticos de los coches que lo atraviesan. Sus arcos son la bóveda de la ruta junto a la ribera. El puente de hierro es el punto de partida y llegada a la chopera, un paseo urbano que es lo más próximo a la naturaleza para personas que no pueden desplazarse más lejos. Para todos, el Puente Colgante forma parte del perfil del río y de la capital. Eso pone en mil sitios de internet, mil fotos que suelen esconder, y no es casualidad, las construcciones que están alrededor, porque enturbian la esencia: un elegante puente de hierro sobre el río, solo acompañado de árboles y vegetación de ribera. Con todo el respeto para los arquitectos, es imposible que cualquier elemento cercano le aporte gran cosa.

Cuando dicen que una ciudad no es bonita no es porque no tenga edificios o espacios de valor, sino porque no hay diálogo entre ellos. Un monumento encapsulado no respira, ocurre en todas partes y en Valladolid especialmente. Es muy difícil hacer una sola fotografía de un edificio histórico exento, libre, no cosido y rodeado por torres construidas de cualquier manera, al resuello del famoso lema: “Para los enemigos, la ley, para los amigos, el favor”. A veces el torpedeo ha sido tan intenso que el ojo desecha por instinto las construcciones más bellas, porque parecen descompensadas al lado de mamotretos elevados sin compasión durante décadas. No todo lo viejo merece la pena -la Goya, que era un mesón muy bonito, no es obviamente un bien histórico-, pero es cuestionable que la referencia de altura deba ser la máxima que exista en los edificios de alrededor. Sería una simetría perversa que nos llevaría, por ejemplo, a duplicar otro Duque de Lerma, o a cuadruplicarlo, añadiendo otras torres en la orilla de enfrente.  No debería valer todo, ni siquiera en Valladolid, o precisamente en Valladolid, porque necesita en mayor medida que otras ciudades respetarse a sí misma en materia de urbanismo.

Lo ahora conocido es consecutivo a la declaración como bien de interés cultural del Puente Colgante, justo el pasado mes de agosto. Ya apunta el dicho, “líbrate de la hora de las alabanzas”. Leo en aquel texto, aprobado por la Junta y publicado en el BOE, que “es el primer puente construido en España y el cuarto de Europa” en su género, un puente que es “uno de los elementos urbanos históricos más característicos de Valladolid”. Luego describe los exactos límites de su entorno de protección, que sin duda cumplirá el nuevo proyecto al centímetro.  Y la declaración añade una frase redonda: se delimita su entorno de protección para preservar “la valiosa relación existente entre el monumento y el medio físico en que se enclava”. Sí, esa relación es muy valiosa, casi tanto como el puente en sí.

Dicen que, a cambio de un edificio que proyectará una sombra de diez alturas, a los ciudadanos de a pie nos devolverán unos metros de acera, ojalá que despejada de obstáculos y por supuesto de terrazas, acera limpia, accesible y acogedora. Nuestros pareceres no cotizan ni hacen tambalear gestiones inmobiliarias. El único territorio sobre el que no se puede construir es la memoria. Allí el Puente Colgante permanece libre, suspendido en el espacio, como en los días de niebla.

 

lunes, 11 de noviembre de 2024

Gente solitaria

Reviso en el archivo de Televisión Española la presentación que hizo José Luis Garci para Marty en Qué grande es el cine. El actor Ernest Borgnine, hijo de inmigrantes italianos, daba bien de forajido, de centurión, de sargento cruel o vikingo, pero en Marty su corpulencia y rudeza acentúan aún más la fragilidad del protagonista. Es un hombre como tantos, que no tiene “lo que sea que a las chicas les gusta”. Todos le recuerdan, como si no lo supiera, que está solo, que es soltero más allá de la edad recomendable. Él mismo se fustiga más aún: soy feo, gordo, menos que un perro. Cuando ya ha aceptado su situación, este carnicero sensible y gris conoce a una mujer, que tampoco responde a los cánones exigidos. No es guapa, no es simpática, es torpe socialmente, ha cumplido años. Como él. Pero ni a los padres de la chica ni a los amigos del protagonista les gusta la relación, todos parecen cómodos con el papel triste que les ha tocado a Marty y Clara, salvo ellos dos. Acaba la película y sabemos que van a quedar de nuevo, pese a la oposición de su entorno. Aunque tampoco nos garantizan si el final será feliz, solo que están decididos a salir de su cueva.

Marty tuvo un éxito arrollador pese a que no había galanes ni preciosas chicas en su reparto. Nunca habría llegado a rodarse si no fuera porque años atrás se emitió la historia en un telefilm en directo y recibió un aluvión de llamadas y cartas de gente conmovida: “es la historia de mi vida”, decían. Los espectadores no estaban acostumbrados a verse reflejados en la pantalla. Allí salían héroes, asesinos, damiselas y mujeres fatales. Contaba Garci que, de algún modo, Marty abrió el camino a esas historias más pegadas a la vida cotidiana, de gente que se sentía insignificante y que, sobre todo, se sentía sola. Personas que se sentían reconfortadas al reconocerse en la pantalla. Pues vaya, no soy un caso raro, hay más como yo: hay esperanza. O al menos parecía que la había en 1955, en aquel Bronx que muestra la película.

Muchas noches, cuando enciendo la televisión y repaso el móvil, me siento como aquellos espectadores cansados de que les cuenten historias que no tienen nada que ver con su vida. Pero no por bellas, sino por destructivas. Te preguntas si no eres tú la que está fuera de lugar, si cambió tanto el mundo que ya no te pertenece. Flota una nube de malestar compartido, aunque cada uno lo interpretemos de una manera. Tengo vecinos, tan gentiles como Marty, que acortan el paseo para no perderse el programa “en el que cuentan verdades, que nos tienen engañados”. Ellos también, como yo, están confusos. La complejidad supera y agota, y dan tentaciones de buscar el sentido de la vida por la vía rápida. Cuando llegan a casa, escuchan a un experto en algo, que les habla de tú a tú en la pantalla del teléfono. Sienten que son depositarios de importantes confidencias, secretos que les permiten identificar con claridad al culpable. Ellos, tumbados en la oscuridad de su habitación, son uno más de un ejército de solitarios. Sus gurús los quieren así, en su cueva, aislados, sin ventilación alguna, para que crezcan el miedo y la ira.

A la luz del día, las profecías y conspiraciones pierden fuelle. Hay dolor, pero también esperanza. Todo está fatal, dicen los españoles en las encuestas, y, cuando les preguntan que a ellos cómo les va, contestan que bastante bien. Somos supervivientes: se acaba el mundo, pero todavía no. Hoy subes al autobús, vas al médico, coges el pan o tomas un café. Y vas a tener que firmar un armisticio, porque justo te va a atender el enemigo.

 

lunes, 4 de noviembre de 2024

Del rojo al negro

Cuando este artículo esté impreso confío en que se haya completado el recuento de fallecidos, personas que hace menos de una semana estaban aquí, como nosotros. Ojalá con los días se abra una brecha de luz en la sombra, por encima de la ira y la desolación. En la facultad nos enseñaban a buscar la “percha” de un artículo, que el tema que trate conecte con lo que en ese momento preocupa a la opinión pública. Pocos habrían leído la noticia de las zonas inundables de la ciudad en el mes de julio, pero hoy, tras la catástrofe, es una información útil. Nuestras cabezas son pequeñas, con un almacenamiento de memoria limitado: si entra un bit, tiene que salir forzosamente otro. Hasta hace solo una semana, no habíamos pensado que el garaje, un sólido búnker, pudiera ser una tumba. En nuestra cabeza unas ideas van desplazando a otras, pero solo por un tiempo. Casi seguro que en unas semanas serán sustituidas, y a lo mejor no hay otra forma de sobrevivir, olvidando.

Vivimos en una guardería, mecidos por un hilo musical que dice que la normalidad está garantizada, aunque a poco que rasques lo único normal es que amanece y anochece. Cuando algo va bien quieren convencernos de que es gracias a la pericia de los políticos, así que no deberían extrañarse de que cuando van mal les echemos la culpa a ellos. Nos prometen felicidad e irresponsabilidad, bajadas de impuestos y ayudas sin fin, y, si no se cumple, la única salida que nos queda es culpar al gran villano, al que sea, según el flanco en el que nos situemos.

Solo hay que temer que el cielo se desplome sobre nuestras cabezas, como decían en la aldea gala, aunque en el siglo XXI no estamos capacitados para aceptarlo. La alerta era roja, pero como apuntaba un experto, quizás hemos abusado tanto del rojo que debería crearse una nueva categoría: la alerta negra. Aunque una vez instaurada podría volverse de nuevo ineficaz. La alerta funciona si un elevado porcentaje de los peligros no se produce. Y nuestra cabeza práctica y limitada deduce: “como no se produce, ¿para qué la alerta?”. La prevención es molesta, todos lo experimentamos en la pandemia. La libertad se convirtió en un posicionamiento político, incluso en arma de guerra autonómica. En realidad, ¿cuánta libertad estaríamos dispuestos a ceder a cambio de poder evitar un peligro muy probable, pero que nunca se sabe al cien por cien si llegará? Algunos lo aceptarían; muchos, no. No es un problema nuevo, ya estaba en el catecismo. El libre albedrío lo llamaban, que también lo ejercen nuestros políticos, con frecuencia para pecar por omisión.

Mientras sobre gobernantes pesa la responsabilidad de no haber dado las órdenes precisas y a tiempo, se reclama la presencia militar. El Ejército no es un poder milagroso, ni necesariamente heroico: es un poder ordenado. Muchos bocazas que utilizan la jerga militar en las redes sociales y que se creen que todo se resuelve a golpes desconocen que la primera regla militar es la obediencia, incluso cuando dudan, incluso cuando los recursos con que cuentan son insuficientes. Su eficacia radica más en la planificación y orden que en los tanques. Y en situaciones catastróficas la logística es necesaria, incluso por encima de la buena voluntad de tantos miles que quieren desplazarse para echar una mano. Las necesidades no se van a acabar en unas pocas semanas. Necesitarán nuestro apoyo durante mucho tiempo, y buena parte llegará con financiación pública, esa tan mal valorada y que necesita de nuestra contribución. Una catástrofe nos enfrenta brutalmente a los límites del sistema: hasta qué punto estamos dispuestos a ceder una parte de nuestra libertad y bienestar individual en aras del bien común, que también es el propio.

En momentos como estos suenan más rancios y ruines que nunca los exabruptos de políticos que aprovechan la ocasión para golpear a sus adversarios, en lugar de cumplir con su obligación de responsables públicos. Solo anunciarles que pasará su tiempo, no ganarán ninguna elección de la forma que sueñan hacerlo, y posiblemente se retirarán sin ser aplaudidos por sus propios compañeros de partido. Así que no pierden tanto si, el tiempo que les quede, trabajan con honestidad.