Cuando leí que construirían un edificio de diez plantas, otro, junto al Puente Colgante, monumento principal de Valladolid, pensé en encender la mecha de la revolución; pero no sé si son los años o los vientos complejos que soplan los que recomiendan elegir los frentes. Si comparamos la belleza y el equilibro del paisaje de una ciudad con el hambre en el mundo, la preocupación estética sería un cruel esnobismo. Tampoco se ha encontrado por ahora un sistema más estimulante que el capitalismo, y el solar no es mío. Pero es humano resistirse a lo inevitable.
Porque, ¿qué
valor tiene el placer de la mirada? ¿vale algo que podamos contemplar más o
menos despejado el Puente Colgante? Para muchos, no es un paisaje esporádico,
sino cotidiano. Es un pedazo del camino al trabajo, acompañados por el zumbido
metálico de los neumáticos de los coches que lo atraviesan. Sus arcos son la
bóveda de la ruta junto a la ribera. El puente de hierro es el punto de partida
y llegada a la chopera, un paseo urbano que es lo más próximo a la naturaleza
para personas que no pueden desplazarse más lejos. Para todos, el Puente
Colgante forma parte del perfil del río y de la capital. Eso pone en mil sitios
de internet, mil fotos que suelen esconder, y no es casualidad, las
construcciones que están alrededor, porque enturbian la esencia: un elegante
puente de hierro sobre el río, solo acompañado de árboles y vegetación de
ribera. Con todo el respeto para los arquitectos, es imposible que cualquier
elemento cercano le aporte gran cosa.
Cuando dicen
que una ciudad no es bonita no es porque no tenga edificios o espacios de
valor, sino porque no hay diálogo entre ellos. Un monumento encapsulado no respira,
ocurre en todas partes y en Valladolid especialmente. Es muy difícil hacer una
sola fotografía de un edificio histórico exento, libre, no cosido y rodeado por
torres construidas de cualquier manera, al resuello del famoso lema: “Para los
enemigos, la ley, para los amigos, el favor”. A veces el torpedeo ha sido tan
intenso que el ojo desecha por instinto las construcciones más bellas, porque
parecen descompensadas al lado de mamotretos elevados sin compasión durante
décadas. No todo lo viejo merece la pena -la Goya, que era un mesón muy bonito,
no es obviamente un bien histórico-, pero es cuestionable que la referencia de
altura deba ser la máxima que exista en los edificios de alrededor. Sería una
simetría perversa que nos llevaría, por ejemplo, a duplicar otro Duque de
Lerma, o a cuadruplicarlo, añadiendo otras torres en la orilla de
enfrente. No debería valer todo, ni
siquiera en Valladolid, o precisamente en Valladolid, porque necesita en mayor
medida que otras ciudades respetarse a sí misma en materia de urbanismo.
Lo ahora
conocido es consecutivo a la declaración como bien de interés cultural del
Puente Colgante, justo el pasado mes de agosto. Ya apunta el dicho, “líbrate de
la hora de las alabanzas”. Leo en aquel texto, aprobado por la Junta y publicado
en el BOE, que “es el primer puente construido en España y el cuarto de Europa”
en su género, un puente que es “uno de los elementos urbanos históricos más
característicos de Valladolid”. Luego describe los exactos límites de su
entorno de protección, que sin duda cumplirá el nuevo proyecto al
centímetro. Y la declaración añade una
frase redonda: se delimita su entorno de protección para preservar “la valiosa
relación existente entre el monumento y el medio físico en que se enclava”. Sí,
esa relación es muy valiosa, casi tanto como el puente en sí.
Dicen que, a
cambio de un edificio que proyectará una sombra de diez alturas, a los
ciudadanos de a pie nos devolverán unos metros de acera, ojalá que despejada de
obstáculos y por supuesto de terrazas, acera limpia, accesible y acogedora.
Nuestros pareceres no cotizan ni hacen tambalear gestiones inmobiliarias. El
único territorio sobre el que no se puede construir es la memoria. Allí el
Puente Colgante permanece libre, suspendido en el espacio, como en los días de
niebla.
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