viernes, 24 de marzo de 2023

La última etapa

Decía Fernando Fernán Gómez que una cosa era envejecer y otra pasar la vejez. Lo primero es el proceso natural en el que todos estamos envueltos, atareados con nuestras cosas y dejando que el calendario avance, y lo segundo, el momento en el que ya no se envejece, sino que se ha envejecido, pasando a ser “alguien diferente” a lo que sentía que había sido hasta entonces.


El artista reconocía que él mismo estaba ya en esa fase, y se preguntaba qué se podía o debía hacer con “este vejestorio, con este carcamal, con este vetusto ciudadano”. Fernán Gómez afrontaba esa etapa de su vida con humildad y clarividencia, que ojalá todos conservemos, pero por la experiencia sabemos que no es fácil que la cabeza acompañe hasta el final.

En Valladolid, como en todas partes, la calle está llena de gentes que estamos envejeciendo. Un día te pones gafas de cerca y otro no oyes como antes. Convertidos en operarios de mantenimiento de nosotros mismos, andamos en plena lucha para conservar la autonomía, pese a las averías. Camino del trabajo, cada mañana me encuentro una hilera de convecinos que han madrugado más que yo, para hacerse los análisis en el centro de salud. La lucha por la supervivencia es hacer cola, pedir cita, aguardar resultados, sopesar cómo será el día siguiente a la aparición de un nuevo dolor.

Aun así, estamos en la primera fase, la de ir envejeciendo. La otra, la de la dependencia, puede llegar, o quizás no. Es bonito creer que tendrás una vida plena de salud y morirás sin más en tu cama, pero a veces no es posible, y quien lo ha vivido lo sabe. La residencia no es una forma de aparcar a los mayores. Significa desprenderse de la vida conocida y amada, para ellos y para sus familias; y además son caras, y cuestan más que la pensión media. Tampoco son la panacea, ni esa guardería feliz que aparece en los anuncios. Los ancianos necesitan ser atendidos, como los niños, pero, a diferencia de éstos, la meta no es el futuro, porque solo tienen presente. Cada momento del día tiene un valor enorme en su pequeña rutina, marcada por las visitas al comedor o el gran acontecimiento de las visitas de la familia.

La lucha entonces es conseguir que esos “seres diferentes” en los que acabamos por convertirnos sean lo más parecidos a nosotros mismos. Que la vejez no logre desdibujarnos. En las puertas de los dormitorios pegan hojas con los nombres y fotografías de cada residente. El nombre es una bendición particular de cada cual, un escudo contra la soledad. Con el nombre, se engancha una vida, una historia particular y única. Tiene un nombre el hombre que llega tambaleándose por el pasillo, con la mirada perdida y los pantalones caídos, que no recuerda que un día fue director de colegio. Y otro la mujer agarrada a un bastón y recostada en una butaca, que tuvo siete hijos y enviudó pronto. Algunos pueden hablar y defenderse por sí mismos, pero muchos no. Las mismas familias nos sentimos torpes y desbordadas, y no sabemos qué pensar ni qué pedir, qué es normal y qué no, qué se podría hacer o qué es imposible. Paga cada mes, pero el residente es el cliente más extraño del mundo, con casi nula capacidad de exigir y juzgar lo que se le ofrece.

Esta debilidad requiere una protección especial. También más luz para conocer todo lo que rodea las residencias de mayores. Da vértigo, pero necesitamos pensar colectivamente cómo serán las cosas cuando no seamos capaces de cuidarnos a nosotros mismos, cuando seamos nosotros, pero diferentes. Acordarlo entre todos, entre los que tienen años por delante de cotización, en un contexto atroz de pérdida de poder adquisitivo, y entre los que ya reciben pensión. Porque, como contaba también Fernán Gómez, “unos sabios me explicaron que, a esta galaxia, después de mi inexorable desaparición, le quedaban inexorablemente unos cuantos siglos más”.

No puedo creer que los pensionistas sean unos egoístas insaciables dispuestos a consumir en su beneficio los recursos de las siguientes generaciones, a las que por cierto pertenecen sus propios hijos y sus nietos. Pero tienen miedo al abismo de esta última etapa de la vida. Los mayores no necesitan -ni tampoco el resto- viajar al Machu Picchu ni hacer parapente, pero les vendría muy bien saber que, si algo pasa, habrá un sitio para ellos, donde se les escuche y se les llame por su nombre cada mañana.

 

miércoles, 8 de marzo de 2023

Labores

Estas labores tan bonitas aparecen recogidas en "Los bordados de Segovia", obra publicada en 1930 por Concepción Alfaya, junto a su hermana, Paz. No sabía de ella hasta hoy, gracias al apunte que hoy, 8M, comparte Carlos Álvaro, recordando a la que fuera primera mujer académica de la Universidad Popular segoviana. Ya por entonces eran conscientes de que el arte popular, y el modo de vida que lo alumbraba, desaparecía. De algún modo, la misma corriente que impulsaba a las mujeres fuera de lo doméstico, acababa con esas pequeñas ventanas de color que nacían precisamente de su confinamiento, de ese paraíso y a la vez cárcel que era su "reino", el hogar. Concepción fue una pionera de ello, aunque también comprendía que en ese avance, inevitablemente, algo se perdía en el camino.

El libro está disponible en la Biblioteca Digital de Castilla y León.














martes, 28 de febrero de 2023

Adiós al Corte Inglés



Esta tarde, alguien ha cambiado por última vez el rollo de secarse las manos en el lavabo del Corte Inglés de Constitución. Alguien ha doblado por última vez una pila de jerséis, revueltos por una señora que apuraba las rebajas. Esta noche bajarán la persiana y dentro quedarán los vigilantes, custodiando los objetos que nadie comprará mañana.


El primer sitio que visité de Valladolid fue Galerías Preciados. Compré con mis ahorros un vestido de cuadraditos azules y cuello redondo con puntilla, al estilo de la casa de la pradera, que era lo que se llevaba. Me gustó desde el principio un sitio donde podía tocar las cosas y, en silencio, encajarlas en mi imaginación. A veces comprarlas, y otras muchas no, sin un mostrador de por medio ni nadie que te pidiera cuentas. Quince años después, cuando empecé a trabajar aquí, había dos ‘Cortes Ingleses’. Terminaba el verano, y en los periódicos las tiendas pequeñas criticaban que los grandes almacenes abrieran por la tarde en la semana de San Mateo, cuando la tradición era cerrar. Ahora esas peleas entre gran almacén y pequeña tienda parecen de broma, comparadas con la presión absoluta e impersonal de las ventas on line.

Dice alguien que conozco que sólo son ciudades las que tienen Corte Inglés, o sea como mucho dos o tres en toda la región. No es así, pero entiendo lo que quiere decir. Esas puertas abiertas para pasear en llano cuando hace frío, o para no desmayarte cuando caen 35° en la calle, son un mini mundo para muchas personas que no tienen tan fácil recorrer tiendas ni hacer pedidos por internet. Para mí fueron un mini mundo cuando mis hijos eran bebés y pasaba las tardes tontas dando vueltas por la planta juguetes.
Lo siento por las empleadas y empleados, porque pese a los malos ratos sentirán la pérdida; lo siento por los vecinos del centro, que hacían sus compras allí. Lo siento por mí, que hace pocos días disfrute por última vez de la vista fantástica de la cafetería de la última planta. Dicen que pondrán un restaurante, pero ya no costará sólo el precio de un café pasar el tiempo flotando por encima de los tejados del centro de Valladolid. Adiós a la pared de Rumasa, adiós al Corte Inglés de Constitución.

viernes, 17 de febrero de 2023

Las obligaciones de los candidatos

A la vuelta de la esquina están las elecciones municipales, y ya no sabrás si la noticia que abre el informativo es verdad, casi verdad o casi mentira, ni mucho menos por qué justo aparece ese día. La carrera para fichar candidatos ha empezado. Encontrar candidato, o sea, alguien que quiera y pueda serlo, no es fácil. Alguien que no se eche para atrás de partida, y que esté convencido de embarcarse en la hazaña de gobernar, o la mayor aún de permanecer en la oposición. Porque la historia está llena de candidatos que ya salieron desganados de partida; esos que cuando les preguntan que por qué se presentan se cuadran y contestan “yo estoy a disposición del partido”. Y así no se puede ni ganar elecciones, ni ir a la vuelta a la esquina.


Hace unos pocos años, el querido Luis Barcenilla, que fuera jefe de Comunicación de Juan José Lucas, organizaba cursos sobre líderes y portavoces políticos, en los que básicamente se hablaba de cómo ganar elecciones. Coincidieron en uno de ellos Oscar López y Miguel Ángel Rodríguez. Por entonces López era secretario y candidato del partido socialista a la Junta. Recuerdo una ponencia entusiasta sobre la campaña que llevó a la Casablanca a Obama con su “Yes, we can”, en la que los mensajes de texto y Facebook jugaron por primera vez un papel importante en la victoria. Por su parte, Rodríguez acudía entonces a la Universidad Miguel de Cervantes, donde se celebran las jornadas, con un currículo repleto de ex: ex portavoz del gobierno de José María Aznar, ex director de Comunicación del PP, ex secretario de Estado de Comunicación. Parecía que sus años dulces habían terminado. Pero Barcenilla, que era muy listo y siempre permanecía en la retaguardia, me dijo. “Miguel Ángel sabe”.

El verano anterior a la campaña electoral de 2011, Óscar López hizo un recorrido en bicicleta por varios pueblos de Castilla y León, en una inédita campaña de imagen. Se movía en Facebook cuando no lo hacía casi nadie, subía canciones de U2... Todo sonaba a nuevo en una región que ya llevaba años gobernada por el Partido Popular. Pero no funcionó, por muy modélica y moderna que fuera la campaña no conectó con los electores de Castilla León. En las últimas elecciones del dulce bipartidismo, con solo un escaño simbólico para Izquierda Unida y otro para UPL, el PP fortaleció su hegemonía. Quizás era demasiado pronto para esa campaña: si metes prisa hacia un camino nuevo, tienes que mirar quién te sigue. Es como los rulos del pelo: te puede parecer que están pasados de moda y que nadie los usa, pero se siguen vendiendo.

En ese momento también parecía que Oscar López estaba en horas bajas, pero siguió su camino y hoy por hoy es el hombre fuerte en el gabinete de Pedro Sánchez. De Miguel Ángel Rodríguez, soporte esencial de Isabel Díaz Ayuso, poco más se puede decir que, como resumía Barcenilla, “sabe”. Me acuerdo que el curioso título de la ponencia de Rodríguez fue “Portavoces de Gobierno: periodistas o políticos. ¿A los periodistas les falta corazón para ser políticos?”. No recuerdo lo que dijo ese día, aunque puede que haya cambiado de opinión, porque curiosamente la presidenta de la comunidad de Madrid es periodista de formación. No creo que los corazones falten más en unas profesiones que en otras. Puede que Rodríguez se refiriera a que los periodistas, por lo menos antes, estábamos obligados a mantener cierta equidistancia alejada de las pasiones pasajeras, que a veces puede parecer frialdad y, en los peores casos, cinismo. Claro que eso era antes, ahora las tertulias de periodistas están tan encendidas o casi tanto como los parlamentos.

En cuatro días escucharemos las voces cruzadas de los candidatos a las alcaldías, con la de capital como joya de la corona. Yo no sé si hay que desear que tengan más corazón o más cerebro, porque a veces el corazón justifica crueldades que la templanza evitaría. Estaría muy bien que quienes se presente quieran hacerlo por mejorar su ciudad o pueblo, y no solo para cumplir el expediente y sumar puntos para la próxima estación que decida su partido. Dada la efervescencia de la vida política actual, difícilmente habrá consenso para que un solo alcalde del siglo veintiuno tenga una calle, como Miguel Íscar. En pocos años serán olvidados, salvo por aquellos a los que hagan algún bien. En campaña, que no se fíen tanto de los asesores. Que paseen por los barrios donde no viven y conversen con quien no suelan hablar, tratando de comprender cómo palpita la ciudad.

 

martes, 7 de febrero de 2023

Gamoneda y Gil de Biedma

Gamoneda tiene una mente difícil de seguir y en en la entrevista que le hizo Mario Obrero lo vuelve a demostrar, pese a la simpatía de Mario Obrero. Pero es único. Hay una parte que me ha interesado mucho, cuando le pregunta Mario por la poesía del hambre, en la que le incluye, así como a Félix Grande, Paca Aguirre... Gamoneda responde: "Jaime Gil de Biedma era rico y yo muy pobre. Mi madre trabajaba hasta las 4 de la mañana y yo cobraba un sueldo miserable. ¿Pueden ser poéticamente iguales los pudientes y los pobres como yo? No es malo que él tuviera una ideología, pero no es posible que fuéramos lo mismo. Yo no necesitaba la ideología para ser de izquierdas, lo era desde la pobreza, pero él sí la necesitaba....". Yo pienso a menudo en esto, hasta qué punto tu pensamiento es fruto de las circunstancias. Dicen eso de que no hay un tonto más grande que un obrero de derechas, pero solo viene a ser el caso opuesto al de Gil de Biedma. Depende de donde nazcas, sí, pero también de la ideología que te permita sobrevivir, y a veces la ideología no es dónde quieres permanecer, sino hacia dónde quieres ir. ¿Por qué deseamos unos un tipo de mundo y otros otro? Pues yo qué sé...



Entrevista a Gamoneda, en Un país para leerlo La 2 TVE: https://www.rtve.es/play/videos/un-pais-para-leerlo/entrevista-antonio-gamoneda/6797779/?fbclid=IwAR1N0MZrjoolHOZnoeocry_PTsCyXmJD5maOkKLeb89er9CxXPA_0STcSHU