lunes, 5 de junio de 2023

Comprensión lectora

En EGB, casi todas las tardes leíamos en alto el Senda. Unas compañeras leían el párrafo deprisa, otras se atascaban a la mínima. Al sexto turno, la mitad de la clase dormitaba con los brazos cruzados sobre el pupitre. Me gustaba especialmente “Fiebre para crecer”, de Ramón Nieto, un cuento corto sobre un niño al que atormentaban en el colegio por su baja estatura. Un día cae enfermo, le sube la fiebre y crece unos centímetros, y desea volver cuanto antes a clase, a ver si por fin le dejan en paz. Pero no, allí nadie parece darse cuenta de su avance. Entre lágrimas, el pequeño se resigna a que todo siga igual. Recuerdo bien el impacto que aquella historia y su final, triste y real, nos causó a todas. En los setenta, nadie hablaba de bullying, pero sabíamos mucho de la crueldad de la que otros y nosotras mismas éramos capaces. En cierto sentido, ese relato, contado en voz alta y compartido por toda la clase, creó más conciencia en nosotros que si nos hubieran bombardeado con anuncios sobre el tema un año entero.

Casi todo lo que sé de lectura lo aprendí esas tardes. Había textos que te aburrían y no entendías del todo, pero había otras páginas que te dejaban sin respiración, porque parecían escritas para ti. También aprendí que, cuando forman parte de una experiencia compartida, alcanzan un nivel distinto, necesario.

No es raro que con la pandemia y la soledad empeorara el nivel de lectura de los niños, en esos primeros años no basta con tener en casa la biblioteca más grande del mundo. Solo, puedes leer muchísimo, pero la compresión lectora, la plena, es otra cosa. Comprender exige un paso más, ser consciente no solo de lo que está escrito, -ya sea el Quijote o el Pollo Pepe-, sino también de que el resto no interpreta lo mismo que tú. Ha tenido que llegar la selva de internet para que podamos entender que el verdadero milagro de Pentecostés no es volverse políglota, que ya lo hace el traductor de Google, sino ser capaz de entender las razones del prójimo.

En esta Babel electoral en la que cada frase se malinterpreta y se saca de contexto, nuestra comprensión lectora está por los suelos, mucho peor que la de los niños. Por fortuna, en la calle somos menos tontos que en internet. Por ejemplo, estos días en Valladolid se puede ir caminando hasta la Plaza Mayor, y recorrer tranquilamente la Feria del Libro. Las casetas están repletas de historias y de ideas de todo tipo, que conviven sin problemas en los mostradores. No hace falta comprar, si no se puede. Lo importante es ventilarse.

 

lunes, 29 de mayo de 2023

La pájara

Cuando Perico salía con la bici no iba solo. Dicen que el hombre no puede escapar de su sombra, y Perico no podía escapar de su pájara. Perder la carrera por la pájara restaba épica a la gesta, pero a la vez esquivaba el exceso de drama que suele acompañar al fracaso. Porque la pájara jorobaba, pero a la vez era una compañera fiel, aunque, de vez en cuando, había que alimentarla.

El ciclismo viene a ser una metáfora de la vida: las reglas básicas son sigue el camino y aguanta sobre la bici. Se te puede cruzar un pájaro, o un pajarraco, pero el problema mayor es que aparezca la pájara. Leí que los marineros pueden sobrevivir 30 días sin comida y hasta diez sin agua, pero si son presa de la desesperación, apenas unas horas. La pájara te fulmina. Perico lo confesó, y por eso se le quería, aunque hubiera ciclistas mejores. Él era todos nosotros, porque lo normal en el pedaleo es no llegar, y que ganara el Tour lo vivimos como un milagro.

Hace poco ha publicado un libro en el que habla de la soledad de Perico, que es la soledad del pelotón, o sea de todos. Se presenta como alguien especializado en perder y volver a intentarlo, a ver qué pasa en la siguiente etapa. Las victorias son pocas, pero las derrotas todas. También para el aparente ganador, porque lo que se gana ya no se desea. Concluida la etapa, vuelves al punto de salida, una y otra vez. Ya lo decía (más o menos) Pompeyo: “pedalear es necesario, vivir no lo es”.

Escribo esto sin saber quién se acostó ayer pensando que en pocos días va a ser alcalde de cualquiera de los cientos de municipios de la meseta. Salvo que sea un iluso, habrá dormido regular. Tras el agotamiento de la campaña, ya estará asomando una nueva pájara, la del temor a asumir las consecuencias de coger el bastón de mando.

Lo malo de la fauna pajarera es que no se deja domesticar. Ni siquiera conseguimos que las palomas torcaces dejen de estampar tortillas contra el Paseo Zorrilla, así que mucho menos domable es nuestra esquiva pájara. A veces, con un solo aleteo nos engulle, y no podemos ascender el Tourmalet del lunes. Otras veces se apacigua y nos deja llevarla adormilada en el bolsillo. Incluso algún día está de nuestra parte, nos inflama el pecho y parece que nada se nos pone por delante. Eso pasa poco, porque, como dice Perico, lo normal es arrastrar a la pájara, jugar a perder y estar muerto de miedo. Por ejemplo, hoy tengo esas dos sensaciones, las ganas de volar y el pánico a meter la pata. Como muchos alcaldes, yo me estreno en esta columna. Sujetando el miedo, y a la vez con muchas ganas. Gracias por leerme.

 

 

viernes, 28 de abril de 2023

Nadie es igual, pero tampoco más que nadie

Cada mes de abril se abre una especie de competición para ver quién se siente menos
de Castilla y León. León va en cabeza, pero no es el único; le sigue Burgos, Palencia,
Salamanca, Zamora... En todas las provincias hay gente que ha pensado que mejor le
hubiera ido sin Pucela. De hecho, no hace falta salir de la ciudad del Pisuerga para
encontrar en alguna ventana una bandera de Soria Ya, pintadas de León Solo, o aquello
de “Burgos siempre cabeza de Castilla”.
Si en nuestro acervo popular tenemos un refrán tan brutal como “mejor solo que mal
acompañado”, no es raro que las ocho provincias miren a Valladolid con suspicacia. Y eso que nuestra tierra es suavecita en el tema del independentismo. Llevarse regular
es lo natural, y lo más fácil es echar la culpa a Valladolid, a Madrid o a Bruselas cuando
algo no funciona o sencillamente no lo hace a nuestro gusto. Salvo cuando estamos
aquí, que echamos la culpa sólo a la Junta, en el resto de provincias Junta y Valladolid
son lo mismo. “Cosas de Valladolid, menudos modorros”, escucho, y pienso que qué
tendrán que ver los vecinos de la Pilarica o de La Rondilla con el asunto en cuestión.
Mis paisanos de Segovia solo vienen a Valladolid al Río Hortega o al Río Shopping, del resto de la ciudad y provincia poco saben. Valladolid se ve como un lobby de
politiquillos y burócratas, empeñado en fastidiar directamente al resto de provincias.
No digo yo que algún psicópata no quisiera hacerlo, pero para eso hace falta una
disciplina y programación a largo plazo de las que creo que carece la clase política, que
como mucho tiene pilas para cuatro años, y a veces ni para cuatro semanas.
Igual que cuando arremeten contra Valladolid salgo en su defensa, doy parte de razón a los que la critican. Escuché decir al alcalde de León que no a todos les repartieron las mismas cartas, y es verdad. Valladolid no habla de agravios porque ha tenido otras herramientas. Por ejemplo, no le ha fallado, y que así siga, la automoción, como sí le falló la minería a León, o a Asturias, uniprovincial y pese a todo con muchos problemas. Y la “capitalidad” le ha fortalecido, con un tejido institucional que llena la agenda e impulsa actividad casi por inercia. Aunque se trate de un proceso quizás inevitable, un poco de humildad y comprensión hacia los sentimientos de las otras 8 provincias podría ayudar.
Tampoco creo que rente buscar justificaciones históricas para “poner en su sitio” a los que sienten cosas diferentes. Si algo se ve en el tema de las identidades es que se puede retorcer sin límite el trabajo de los historiadores hasta que te dé la razón.
Prefiero pensar a lo grande e imaginar cómo sería un referéndum abierto. ¿Quiere
usted seguir en Castilla y León, o que su provincia sea autónoma? Porque abierta la
veda sería raro que no surgieran élites locales tratando de presidir gobiernos, con sus parlamentos y asesores correspondientes. Cada provincia podría tener a su propio Revilla, si no es con anchoas pues con embutido, o lo que se tercie, un himno y hasta un dialecto. Los problemas graves seguirían allí, como el dinosaurio del cuento, cuando nos despertáramos. A lo mejor entonces, por supervivencia, sí éramos capaces de llegar a coaliciones con la uniprovincial de al lado.
Esto lo pienso yo porque no soy una creyente de la causa. Porque, como dijo el otro
día Rafael Cadenas, un señor viejito y débil, que tenía que hacer pausas para hablar
cuando recibió el Premio Cervantes, nacionalismos, ideologías y credos han servido durante siglos para dividir a los seres humanos. Y parece que no escarmentamos, ni siquiera en los tiempos en los que el único con el que hablan muchos es con Alexa.
Al final Villalar no es la enfermedad, sino el síntoma. No es un aquelarre, porque las
brujas no existen, pero tampoco debería ser un mitin. Tendría que apetecer ir, igual
que tendría que apetecer estar dentro de Castilla y León. A León no le gusta ir detrás
de la “y”; también puede que fuera más fácil para otros identificarse solo con Castilla
como marca. No pasa nada, no estamos en los tiempos de las cruzadas, ni vamos con
calzas y jubón. Nadie es igual a nadie, pero tampoco nadie es más que nadie, como
apunta ese viejo dicho que era castellano, pero que podría ser también leonés.

Sarcófago del infante don Alfonso de Castilla. Museo de Valladolid
                           



viernes, 24 de marzo de 2023

La última etapa

Decía Fernando Fernán Gómez que una cosa era envejecer y otra pasar la vejez. Lo primero es el proceso natural en el que todos estamos envueltos, atareados con nuestras cosas y dejando que el calendario avance, y lo segundo, el momento en el que ya no se envejece, sino que se ha envejecido, pasando a ser “alguien diferente” a lo que sentía que había sido hasta entonces.


El artista reconocía que él mismo estaba ya en esa fase, y se preguntaba qué se podía o debía hacer con “este vejestorio, con este carcamal, con este vetusto ciudadano”. Fernán Gómez afrontaba esa etapa de su vida con humildad y clarividencia, que ojalá todos conservemos, pero por la experiencia sabemos que no es fácil que la cabeza acompañe hasta el final.

En Valladolid, como en todas partes, la calle está llena de gentes que estamos envejeciendo. Un día te pones gafas de cerca y otro no oyes como antes. Convertidos en operarios de mantenimiento de nosotros mismos, andamos en plena lucha para conservar la autonomía, pese a las averías. Camino del trabajo, cada mañana me encuentro una hilera de convecinos que han madrugado más que yo, para hacerse los análisis en el centro de salud. La lucha por la supervivencia es hacer cola, pedir cita, aguardar resultados, sopesar cómo será el día siguiente a la aparición de un nuevo dolor.

Aun así, estamos en la primera fase, la de ir envejeciendo. La otra, la de la dependencia, puede llegar, o quizás no. Es bonito creer que tendrás una vida plena de salud y morirás sin más en tu cama, pero a veces no es posible, y quien lo ha vivido lo sabe. La residencia no es una forma de aparcar a los mayores. Significa desprenderse de la vida conocida y amada, para ellos y para sus familias; y además son caras, y cuestan más que la pensión media. Tampoco son la panacea, ni esa guardería feliz que aparece en los anuncios. Los ancianos necesitan ser atendidos, como los niños, pero, a diferencia de éstos, la meta no es el futuro, porque solo tienen presente. Cada momento del día tiene un valor enorme en su pequeña rutina, marcada por las visitas al comedor o el gran acontecimiento de las visitas de la familia.

La lucha entonces es conseguir que esos “seres diferentes” en los que acabamos por convertirnos sean lo más parecidos a nosotros mismos. Que la vejez no logre desdibujarnos. En las puertas de los dormitorios pegan hojas con los nombres y fotografías de cada residente. El nombre es una bendición particular de cada cual, un escudo contra la soledad. Con el nombre, se engancha una vida, una historia particular y única. Tiene un nombre el hombre que llega tambaleándose por el pasillo, con la mirada perdida y los pantalones caídos, que no recuerda que un día fue director de colegio. Y otro la mujer agarrada a un bastón y recostada en una butaca, que tuvo siete hijos y enviudó pronto. Algunos pueden hablar y defenderse por sí mismos, pero muchos no. Las mismas familias nos sentimos torpes y desbordadas, y no sabemos qué pensar ni qué pedir, qué es normal y qué no, qué se podría hacer o qué es imposible. Paga cada mes, pero el residente es el cliente más extraño del mundo, con casi nula capacidad de exigir y juzgar lo que se le ofrece.

Esta debilidad requiere una protección especial. También más luz para conocer todo lo que rodea las residencias de mayores. Da vértigo, pero necesitamos pensar colectivamente cómo serán las cosas cuando no seamos capaces de cuidarnos a nosotros mismos, cuando seamos nosotros, pero diferentes. Acordarlo entre todos, entre los que tienen años por delante de cotización, en un contexto atroz de pérdida de poder adquisitivo, y entre los que ya reciben pensión. Porque, como contaba también Fernán Gómez, “unos sabios me explicaron que, a esta galaxia, después de mi inexorable desaparición, le quedaban inexorablemente unos cuantos siglos más”.

No puedo creer que los pensionistas sean unos egoístas insaciables dispuestos a consumir en su beneficio los recursos de las siguientes generaciones, a las que por cierto pertenecen sus propios hijos y sus nietos. Pero tienen miedo al abismo de esta última etapa de la vida. Los mayores no necesitan -ni tampoco el resto- viajar al Machu Picchu ni hacer parapente, pero les vendría muy bien saber que, si algo pasa, habrá un sitio para ellos, donde se les escuche y se les llame por su nombre cada mañana.

 

miércoles, 8 de marzo de 2023

Labores

Estas labores tan bonitas aparecen recogidas en "Los bordados de Segovia", obra publicada en 1930 por Concepción Alfaya, junto a su hermana, Paz. No sabía de ella hasta hoy, gracias al apunte que hoy, 8M, comparte Carlos Álvaro, recordando a la que fuera primera mujer académica de la Universidad Popular segoviana. Ya por entonces eran conscientes de que el arte popular, y el modo de vida que lo alumbraba, desaparecía. De algún modo, la misma corriente que impulsaba a las mujeres fuera de lo doméstico, acababa con esas pequeñas ventanas de color que nacían precisamente de su confinamiento, de ese paraíso y a la vez cárcel que era su "reino", el hogar. Concepción fue una pionera de ello, aunque también comprendía que en ese avance, inevitablemente, algo se perdía en el camino.

El libro está disponible en la Biblioteca Digital de Castilla y León.