lunes, 27 de mayo de 2024

Coser y querer

En el colegio, muchas tardes teníamos clases de costura. En una cajita llevábamos el acerico, las tijeras, las bobinas y un retal panamá. La mayor parte del tiempo la dedicábamos a bordados, que era lo lucido. De pasada, nos enseñaba a hilvanar, a hacer un pequeño dobladillo, a preparar un ojal para meter un botón. La profesora, que en tiempos adiestró en las filas de la Sección Femenina, quería que usáramos dedal, pero era tarea imposible, y acababa desprendiéndose como la caperuza de una bellota. A finales de los setenta, tanto ella como nosotras, sentíamos que el tiempo de las vainicas se acababa. Y Tequila ya había salido por la tele.

Con el tiempo, olvidé muchas cosas, pero no a enhebrar una aguja y a unir dos telas, aunque sea con cuatro puntadas burdas. Nunca he sido hábil ni he encontrado satisfacción en las labores primorosas, pero sí en zurcir un calcetín o reparar un enganchón en una camisa, por ejemplo. Cambiar una bombilla, pegar el asa de una taza, ese tipo de destrezas domésticas, hacen sentir bien, y no solo porque ahorres dinero. Contemplas el apaño y te sientes como Robinson Crusoe después de ensamblar los restos del barco y levantar su cabaña. Eres un ser humano útil, con manos y cabeza. Ojalá supiera utilizar el taladro y reparar cisternas, pero esa clase no me la ofrecieron.

Esas tareas antes normales en casi todas las casas cada vez están más mercantilizadas. Me refiero a tareas que van más allá de lo que hemos aceptado como inevitable, como que otras personas se ocupen del cuidado de los hijos, o de nosotros mismos, cuando no seamos capaces de cubrir nuestras mínimas necesidades. Hablo de las tareas básicas de supervivencia -“sus labores”, como ponía en el carné de nuestras madres-, pero también a los apaños de pequeña escala que solían ocuparse los padres, con quien ahora compiten aseguradoras que ofrecen un “marido de repuesto”. Si hablamos de ropa, por aquí ofrecen un pack para solteros, cuatro coladas al mes, plancha incluida. La limpieza por horas, por supuesto. Los arreglos de la ropa, en el cosetodo, y si no a la basura. Y donde la sustitución ha sido total es en la cocina. De mediterránea, a nuestra comida ya solo le queda la situación geográfica. Cuantos más programas de cocina, cuantos más consejos, menos cazuela. Basta con ir al supermercado y supervisar los carros de la compra, hasta los filetes vienen ya empanados. Puedes pedir costura, planchado y cocina a domicilio, y no tardando hasta un abrazo y un beso de buenas noches antes de que te cubran bien con la manta.

Solo desde nuestra creciente incapacidad de usar las manos se entiende que hoy sea de máximo interés qué bar hace la mejor tortilla de patata o la mejor croqueta. Antes en casi todas las casas para cenar caían croquetas, básicamente dependía de las sobras de la comida del día anterior. Nunca oí a nadie decir que las croquetas de su madre estuvieran malas, en todo caso que las de su abuela todavía eran mejores. Ahora, en todas las cartas de los restaurantes hay croquetas, caseras o de las otras, y si huelen a trufa parecen un lujo. Pedimos croquetas en mesas extrañas y están buenas. Pero las de tu madre eran mejores, porque te las comías en la mesa de siempre, repantigada en la silla con el pijama ya puesto, sabiendo que el día terminaba y que mañana vendría otro con sus complicaciones, pero que por la noche la croqueta no fallaría. Esa es la petición básica, danos hoy el pan de cada día, y mañana ya llegará.

Hay una poeta no muy premiada pero sí muy leída, con versos esparcidos y compartidos por internet, que sabe mucho de cocina y cariño.  Begoña Abad nació en un pueblo pequeño de Burgos, vivió en un sitio y en otro hasta que, pasados los cincuenta, encontró su primer trabajo como portera, y poco después publicó su primer libro. Uno de sus poemas lo construyó para acompañar un táper de lentejas que guisó para su hijo, “meciendo el puchero como mecí tu cuna”. Al final, es cuestión de querer. Yo también pensaba que hacer masa de croquetas era difícil, aunque mi madre decía que no, que solo era paciencia y dar vueltas a la bechamel con la cuchara de madera. Y es verdad, qué milagro increíble.

 

 

lunes, 20 de mayo de 2024

Cuando el dolor es noticia

Rad Bradbury terminó Secundaria en plena Depresión del 29. Su familia no tenía dinero y no podía ir a la universidad, así que después de su trabajo como repartidor de periódicos se marcó como objetivo ir a la biblioteca tres días a la semana, y lo hizo durante diez años seguidos. Hoy también se agolpan estudiantes en las bibliotecas, pero no necesitan consultar en las estanterías para buscar respuestas a sus preguntas. Lo que buscan es silencio y esquivar las distracciones, para engullir a tiempo el temario marcado. No son más listos ni más tontos que la generación de Bradbury, quien entonces y también ahora hubiera sido un fenómeno. “Es el mar, tonto, el mar”, como en el chiste aquel de Miliki. El mar, el sistema, ha cambiado.

A esos que despellejan a los estudiantes de hoy, les convendría leer las memorias de Evelyn Waugh, en las que cuenta su etapa como estudiante en Oxford. Para la elite, que tan bien plasmó en Retorno a Brideshead, la formación era un barniz apetitoso, un medio de establecer contactos entre iguales, pero no una credencial para encontrar trabajo. El título se daba por conseguido, y además la mayoría tenía asegurado un trabajo o medio de vida ya antes de entrar en el campus. “La mayoría se conformaba con pasar de cualquier manera. La proporción de holgazanes hoy es muy reducida. El moderno estudiante es más virtuoso, porque es más pobre. Es más intelectual, porque ha de esforzarse más”.

Esa apertura de la universidad que ya palpaba el escritor inglés en el periodo de entreguerras hoy es total, y hasta a veces, dicen, excesiva. El título se entiende como una inversión, un peaje para encontrar trabajo. Ya nadie se indigna si no se considera a la universidad un “templo del conocimiento”; al revés, algunos tienen el descaro de puntuarlas según el grado de inserción laboral de sus alumni, que con curriculum pronto será el único término latino en uso. Y si el premio es el título, el único objetivo es aprobar.

Aprobar por los pelos también era el objetivo de unos chicos que vendían clases de refuerzo de materias “hueso”, grabadas sin permiso de una academia, y encima ofertarlas a través de la red de su propia universidad. Emprendedores, pensaría alguno. El caso revela un boquete del sistema. Primero, porque una parte significativa de universitarios es incapaz de comprender la materia de boca de su propio profesor, sea de quien sea la culpa. Segundo, porque a la desesperada pagan por clases particulares para tratar de aprobar, que tampoco es cosa segura. Tercero, porque seguro que no todos los que las necesitarían pueden pagarlas.

Es posible que algunos de los implicados se pregunten qué había de malo en ello, cuando cada día comparten trabajos, libros y tesis enteras por el móvil. Sí, en mis tiempos también fotocopiábamos apuntes y libros (que no era delito, hasta te los vendían en la propia universidad). Pero ahora el mercadeo de materiales es tan brutal que amenaza con derrocar al “sabio en el escenario”, ese profesor sobre la tarima cuyas explicaciones hoy pueden ser suplantadas por vídeos de YouTube. Y el hecho es que, aunque parezca que todo sigue igual, no es descabellado poder titularse sin apenas pisar un aula, salvo en unos cuantos grados que requieren presencia.

Más allá del título, lo insustituible de la universidad, del instituto, de un centro de formación profesional y hasta de un curso del ECYL, es estar allí, escuchar al profesor junto a tus iguales. Estudiantes excepcionales, no por sus expedientes, sino por lo que son por sí mismos. Recuerdo bien a un compañero que comenzó con nosotros Periodismo. Venía a las clases en el turno de tarde, se sentaba solo y hacía preguntas complejas a los profesores, sobre todo en Historia. Leía mucho y nos daba cien mil vueltas a todos, pipiolos recién salidos del instituto. Una mañana le encontré vestido con mono azul, reparando una moto en un taller. Continuó un par de años, pero al final dejó la carrera. También me acuerdo de una estudiante portuguesa que vino un tiempo después, y con la que nos enfadamos porque no entregó a tiempo su parte en un estúpido trabajo de equipo. Ante nuestros reproches, solo dijo muy seria y con voz grave: “hay cosas más importantes en la vida que los deberes de la universidad”. Y tenía toda la razón.

lunes, 13 de mayo de 2024

El Pisuerga salvaje

La ciudad no vive de espaldas al río, sino sobre el río. Si pudiera, lo cubriría con una funda de las que utilizan para que las piscinas no se llenen de cieno y salamanquesas en invierno. A los efectos, el río no deja de ser un obstáculo que ocasiona numerosos inconvenientes. No acabamos de encontrar el puente adecuado, porque el perfecto es el que no existe, y no se trata de anegar el cauce, no somos tan brutos. Pisuerga es una palabra complicada y no inspira grandes rimas, aunque para Valladolid sea identidad. Sobre plano, el río es un trazado completo y un nombre, aunque en el día a día es apenas un tramo, como por ejemplo las Moreras, que suena a verbena y huele a crema solar. Pero el río, los siete kilómetros y pico que atraviesan la ciudad, con ese color parduzco que no da pistas sobre si cubre un metro o diecisiete, es inabarcable y no acaba de dar confianza. Gusta cuando pasas por encima y miras la línea del horizonte, pero si observas el fondo pierdes el equilibrio, como cuando montas en bicicleta. Porque el río, pese a estar sitiado por edificios, no se doblega, y sabemos que de cuando en cuando puede dar una patada. Porque nosotros somos sus invitados, y no al revés.

Cuando empiezan estos días largos que apuntan al verano, a los paseantes de perros se suman algunos pescadores en busca de un recodo para echar la caña. De pequeños nos decían que había que madrugar mucho para pillar atontados a los peces. “Desde una hora antes de la salida del sol hasta una hora después de su puesta”, concreta la normativa. Pero lograr que les seduzca la mosca no es lo más importante. El pescador lo que busca es estar solo, solísimo si es posible, y para que el sedal se tense se requiere un silencio absoluto. La charla es contraproducente. “A veces teníamos el río entero para nosotros solos durante ratos larguísimos”, como decía Huckleberry Finn.

En el Pisuerga apenas quedan especies autóctonas, engullidas por otras más resistentes, que barren hasta los fondos. Hace unos años llegó el pez gato, que era justo el que pescaban Tom Sawyer y su colega Huck para asarlo en una fogata y almorzar, junto a un trozo de tocino y tazas de hojalata llenitas de café. También por aquí campan a sus anchas los cangrejos americanos y los galápagos de Florida, así que si el mundo fuera una novela y nosotros niños eternos solo nos faltaría una balsa para anclarla en el islote del Palero y echarnos una siesta.

Si en Valladolid tenemos playa, el Pisuerga tiene que ser nuestro Misisipi, y ahí está para demostrarlo un barco que no es a vapor, pero tiene dos pisos y barandillas blancas. Tampoco hoy Hannibal es el pueblo en el que vivió Mark Twain, sino un núcleo turístico como tantos, en el que puedes visitar la cabaña de Tom, la isla de Jackson en la que tomaba el sol en pelotas con su amigo, y hasta la cueva donde se quedó encerrado con su amada Becky.

Todo ha cambiado, pero ningún río está completamente domesticado, ni siquiera aquel del que desapareció el agua y quedó un cauce seco. El Misisipi se revuelve a lo grande, y el Pisuerga también se hace valer, de cuando en cuando. Ese miedo que despierta el río es también su forma de ser respetado. Sus márgenes no se dejan peinar, permanecen en el claroscuro y dan cobijo a adolescentes de botellón, amantes y gentes sin rumbo. El río acoge a todos, pero guardando las debidas distancias. Basta ver la procesión del día del Carmen para entender que es el río y no el alcalde el que en realidad está al mando de la situación.

Al final, el tema va de mantenerse a flote. El creador de Tom Sawyer lo tenía tan claro que cambió su nombre original, Samuel Clemens, por “Mark Twain”, “marca dos”, las dos brazadas de profundidad necesarias para poder navegar. El río es poderoso, desobediente y desordenado. Como la vida, atrae y da miedo, y sigue sus propias normas. A su lado, nosotros somos unos aprendices.

 

 

lunes, 6 de mayo de 2024

Cuando el dolor es noticia

La viuda de Paul Auster lamentaba que la noticia del fallecimiento del escritor corriera por medio mundo antes de que se llevaran de casa el cuerpo del escritor. “Fui una ingenua, pensé que yo sería la que anunciara su muerte”, escribió Siri Hustvedt en su Instagram, ya como reflexión, no como noticia. Ni siquiera tuvo la oportunidad de ser la primera en avisar a sus familiares y amigos porque a las pocas horas ya estaba todo dicho y escrito. “Nos robaron la dignidad. No sé cómo sucedió, pero sé esto: Está mal”, dijo.

No todos tienen la fuerza y eco de Siri para dejar claro que despojar de su dignidad a un ser humano porque ya no tiene capacidad de defenderla “está mal”. Al menos, en su caso, su muerte era esperada y sus novelas seguirán siendo leídas cuando ya nadie recuerde las circunstancias de su final. Pero cada día aparecen noticias de personas anónimas que mueren trágicamente, personas que seguramente nunca quisieron salir en ningún periódico. Un día cualquiera marcharon a trabajar, o a clase, y al día siguiente se publicaron sus iniciales en un suceso, a veces junto a una fotografía de un cuerpo inerte, tapado por una sábana.

Somos como el hombre aquel que, avistando a la Parca por la calle, viaja a otra ciudad a muchos kilómetros de la suya para perderla de vista, y a anochecer se la encuentra de bruces. Entonces la muerte le dice, más o menos: “Me sorprendió verte esta mañana en Valladolid, cuando teníamos cita esta noche en Estocolmo”. Vamos tratando de esquivarla, y para eso queremos indagar cómo camina, qué lugares frecuenta, y a quién visitó la última semana.

Morir es la noticia de cada día, la única noticia en realidad. Por eso, entre las informaciones más vistas de la web del periódico siempre hay varias que comienzan por “Muere”, “Fallece” o “Asesinado”. En las páginas de internacional la competencia es feroz, y a veces no sabes sobre qué tierra arrojar la mirada y la plegaria. Son tantas las bajas que no somos capaces de procesarlas; solo te haces una idea del horror si publican el cuerpo desmadejado de un niño en brazos de su padre. La primera vez que alguien expresó la frase, desgastada pero verdadera, de “acompañar en el sentimiento” tuvo que ser a los que perdieron un hijo.

La muerte de un hijo es el fin del mundo, la caída al abismo, el absurdo incomprensible. La soledad. En ocasiones, esa muerte acaba en internet, descrita en unas pocas líneas y compartida mil veces. Puede ser por un golpe brutal, como el que se llevó a Sergio, o por un fallecimiento inesperado, como el de Miguel, un chico que quería ser periodista, como yo lo quise a su edad. En la Facultad nos enseñaban que las muertes dejaban de ser privadas en determinadas circunstancias “de interés público”. Eso era en los tiempos del papel, en los que al menos había unas horas de margen para reflexionar. Ahora el interés público es una medida ingenua, e incluso peligrosa: somos voraces y no siempre tenemos razón.

Tiene que ser desgarrador encontrar en internet el nombre de un hijo, una madre o un amigo, como un recortable al que le faltan las piezas principales, que solo los que los amaron conocen. Es un lastre añadido e injusto, que complica a las familias tejer su propio duelo, sobrevivir y poder dar un sentido a la pérdida, o al menos soportar su sinsentido. Será inevitable pero, como la mujer de Auster, me pregunto si estamos haciendo algo mal.