En el
bochorno de la tarde, una mujer busca los cines Broadway y pregunta si debe
subir o bajar el paseo Zorrilla. Hace casi treinta años, en un mes de agosto
empecé a trabajar aquí, y al principio yo tampoco no sabía si iba o venía, ni diferenciaba
la acera izquierda de la derecha. Valladolid me pareció confuso y horizontal, me
costaba diferenciar unas zonas de otras. Hoy lo siento como propio y lo aprecio
en todos sus detalles, pero no olvido esa extrañeza inicial.
Casi todos
vivimos en un pequeño espacio, apenas un par de kilómetros. Decía Miss Marple,
la entrometida viejecita de las novelas de Agatha Christie, que todo el mundo
cabía en Saint Mary Mead, su pueblo. En una comunidad pequeña, en un pueblo o en
un barrio, hay una calle principal, un punto de encuentro, una erial dejado de
la mano de Dios. Hay gentes hospitalarias, chismosas, reservadas, un santo y
también un par de delincuentes. Ella creía que en todas partes se repetía la
misma fórmula, a diferentes escalas. El conocimiento profundo de lo pequeño, su
pueblo, le había proporcionado un mapa sólido para orientarse por el resto del
mundo.
Cuando
éramos pequeños, dejar atrás el barrio era salir al campo, a un campo sin
vallados ni carteles. A la naturaleza te acercabas por los bordes, con respeto,
siempre pendiente de cuánto tiempo faltaba para la puesta de sol. Envidiábamos
a un niño que tenía una brújula y la colección completa de manuales de los
jóvenes castores, que era lo más parecido a los scouts por estas tierras. En el
campamento nos explicaban que, si nos perdíamos en los pinares, el musgo de la
corteza de los árboles nos señalaría el norte, y que la estrella polar nos
guiaría por la noche. Asentíamos ante esas revelaciones, pero teníamos nuestras
dudas sobre cuál era la estrella más brillante. De adolescentes, íbamos a
Madrid en un cercanías eterno, con un plano desgastado que guardábamos como oro
en paño como única guía. Perderse un poco era normal, y no había otra que alejarse
de las calles chungas y preguntar muchas veces, casi siempre para recibir
respuestas equivocadas, porque en Madrid nadie sabe muy bien dónde está ningún
sitio.
Antes del
móvil, éramos un poco como los exploradores del siglo XIX, dispuestos a todo a
cambio de recorrer el Kalahari o las islas Aleutianas. Pero ya no hay tribus
salvajes paseando en taparrabos por el paraíso, salvo en los programas de la
tele. La playa de los limones del Caribe y hasta la huerta del vecino están
rastreadas y registradas por satélite. Si no falla la cobertura, extraviarse
hoy es difícil, y no porque nuestro sentido de la orientación haya mejorado:
sencillamente seguimos la flecha. Los coches obedecen al navegador y los
turistas cumplen los mandatos de la pantalla de su móvil, sin preguntar a nadie.
Hoy, para sentir
que te pierdes, tienes que programarlo. Incluso hay un deporte que se llama así,
orientación. Te sitúan en medio de la nada con un mapa y una brújula, y no
tienes otra que ponerte a prueba, por si un día estalla internet y acabamos
como en el Planeta de los Simios. Dicen que la disciplina la inventó un señor
de Suecia, tierra de bosques y de Ikea, donde también se ponen a prueba estas
facultades. Hoy, donde partes sin mirar atrás para coronar la meta, donde
tienes que superar controles estratégicamente situados a lo largo del
recorrido, y donde tus sentidos están en alerta permanente es en el metro, en
un aeropuerto o en Río Shopping. Hemos desarrollado habilidades para atravesar
nuevas selvas y llegar a la salida, pero seguimos bastante desorientados en
todo lo demás. A veces, donde más se pierde uno, es en el propio sofá de su
casa.