lunes, 29 de julio de 2024

De la brújula al móvil

En el bochorno de la tarde, una mujer busca los cines Broadway y pregunta si debe subir o bajar el paseo Zorrilla. Hace casi treinta años, en un mes de agosto empecé a trabajar aquí, y al principio yo tampoco no sabía si iba o venía, ni diferenciaba la acera izquierda de la derecha. Valladolid me pareció confuso y horizontal, me costaba diferenciar unas zonas de otras. Hoy lo siento como propio y lo aprecio en todos sus detalles, pero no olvido esa extrañeza inicial.

Casi todos vivimos en un pequeño espacio, apenas un par de kilómetros. Decía Miss Marple, la entrometida viejecita de las novelas de Agatha Christie, que todo el mundo cabía en Saint Mary Mead, su pueblo. En una comunidad pequeña, en un pueblo o en un barrio, hay una calle principal, un punto de encuentro, una erial dejado de la mano de Dios. Hay gentes hospitalarias, chismosas, reservadas, un santo y también un par de delincuentes. Ella creía que en todas partes se repetía la misma fórmula, a diferentes escalas. El conocimiento profundo de lo pequeño, su pueblo, le había proporcionado un mapa sólido para orientarse por el resto del mundo.

Cuando éramos pequeños, dejar atrás el barrio era salir al campo, a un campo sin vallados ni carteles. A la naturaleza te acercabas por los bordes, con respeto, siempre pendiente de cuánto tiempo faltaba para la puesta de sol. Envidiábamos a un niño que tenía una brújula y la colección completa de manuales de los jóvenes castores, que era lo más parecido a los scouts por estas tierras. En el campamento nos explicaban que, si nos perdíamos en los pinares, el musgo de la corteza de los árboles nos señalaría el norte, y que la estrella polar nos guiaría por la noche. Asentíamos ante esas revelaciones, pero teníamos nuestras dudas sobre cuál era la estrella más brillante. De adolescentes, íbamos a Madrid en un cercanías eterno, con un plano desgastado que guardábamos como oro en paño como única guía. Perderse un poco era normal, y no había otra que alejarse de las calles chungas y preguntar muchas veces, casi siempre para recibir respuestas equivocadas, porque en Madrid nadie sabe muy bien dónde está ningún sitio.

Antes del móvil, éramos un poco como los exploradores del siglo XIX, dispuestos a todo a cambio de recorrer el Kalahari o las islas Aleutianas. Pero ya no hay tribus salvajes paseando en taparrabos por el paraíso, salvo en los programas de la tele. La playa de los limones del Caribe y hasta la huerta del vecino están rastreadas y registradas por satélite. Si no falla la cobertura, extraviarse hoy es difícil, y no porque nuestro sentido de la orientación haya mejorado: sencillamente seguimos la flecha. Los coches obedecen al navegador y los turistas cumplen los mandatos de la pantalla de su móvil, sin preguntar a nadie.

Hoy, para sentir que te pierdes, tienes que programarlo. Incluso hay un deporte que se llama así, orientación. Te sitúan en medio de la nada con un mapa y una brújula, y no tienes otra que ponerte a prueba, por si un día estalla internet y acabamos como en el Planeta de los Simios. Dicen que la disciplina la inventó un señor de Suecia, tierra de bosques y de Ikea, donde también se ponen a prueba estas facultades. Hoy, donde partes sin mirar atrás para coronar la meta, donde tienes que superar controles estratégicamente situados a lo largo del recorrido, y donde tus sentidos están en alerta permanente es en el metro, en un aeropuerto o en Río Shopping. Hemos desarrollado habilidades para atravesar nuevas selvas y llegar a la salida, pero seguimos bastante desorientados en todo lo demás. A veces, donde más se pierde uno, es en el propio sofá de su casa.


lunes, 22 de julio de 2024

Llévate un libro de Julia

El sábado me llevé a casa un libro de Julia. Era una edición de los años cincuenta de Oliver Twist. Setenta años no hacen a un libro valioso, y menos si es de Dickens, porque ya en vida fue un escritor muy amado por sus coetáneos, y se imprimieron tiradas con miles de ejemplares de su obra. La gente compraba Dickens por placer, no para que luciera en su estantería. En fin, que el volumen que cogí gratis tenía las cubiertas enteladas en ese carmesí que en origen tenía el pendón de Castilla, y no el morado al que ahora nos hemos acostumbrado. El libro tiene un prólogo muy bonito de Stefan Zweig, un escritor doliente y reflexivo, en cierto modo la antítesis de un vitalista como Dickens, al que sin embargo amaba y leía con profusión.

Porque Dickens, que había vivido una infancia de pobreza y abandono, supo conservar siempre las flores de su alegría infantil, como describe Zweig. Su escritura refleja un entusiasmo sincero por la vida ordinaria, “esa feria de cachivaches y pequeñeces que cualquier otro hubiera despreciado”, pero que él sabía bruñir. Dickens estaba contento con el mundo, aunque pocos supieron señalar con tanto tino el mal, “apuntar con el dedo a la herida abierta”. Se cuenta que Oliver Twist logró fomentar las limonas a los niños pobres, que se mejoraran los asilos y se vigilaran las escuelas particulares de entonces, en las que se impartía más crueldad que gramática. Esa escritura transparente e impregnada de su tiempo, en la que su país se vio fielmente reflejado, es el rasgo que admira Zweig, un escritor maravilloso también, pero atravesado por una complejidad y oscuridad muy diferentes. Y eso me llevé yo el otro día, sin pagar nada a nadie.

Mi libro estaba entre otros volúmenes y revistas, y un poco más allá unos vasitos de vidrio, unas tacitas, un platillo de flores, una bandeja verde, una jarra de loza, una caja de madera con una mariposa pintada y un cuenco con monedas oxidadas, seguramente las que los visitantes arrojaban al agua de la alberca. Todos los objetos estaban en la calle, en un par de bancos, cuidadosamente alineados, con un cartel indicativo “Llévate un libro de Julia Casaravilla. Si te gusta ¡llévatelo!”. Y yo me llevé el libro y una moneda, porque me gustaban.

Julia Casaravilla, la dueña del libro, había fallecido unos días antes, un jueves de este mes de julio. Solo coincidí una vez con ella, en una visita al jardín donde vivió cincuenta años, un rincón imaginado y creado por la mano de su marido, el arquitecto y paisajista uruguayo Leandro Silva. Los últimos veinte años, desde que él murió, fue Julia la que conservaba el espacio y acompañaba a los visitantes por el jardín, alumbrado al refugio de la roca caliza y a cuatro pasos del Eresma, en la lengua de tierra que define el barrio de San Marcos, el punto más bajo de observación del Alcázar, que recorta la vista del cielo.

Es difícil hacerse un hueco en este mundo mostrando tu jardín, y solo unos pocos lo consiguen. Hace falta ciencia, pero también poesía, y la generosidad de abrir las puertas a tu mundo privado de peonías, lavandas, romeros, álamos y tilos. Lo privado es confortable y sin embargo sus límites son tan estrechos, tan breves, que apenas hace una muesca en la historia: las grandes obras sobrevuelan por encima de las generaciones. Con frecuencia el jardinero no tiene tiempo de ver la sombra profunda de los árboles que plantó, ni el juego de color que las estaciones deslizan sobre las especies que esparció en la tierra. “Hijo, todo esto que ves un día será tuyo”, es más un deseo que una sentencia, porque poco o nada de lo nuestro trasciende. Hasta el mejor de los libros de nuestra biblioteca tiene pasaporte seguro al contenedor azul. Solo un nuevo lector es su legítimo heredero y puede rescatarlo. Si te gusta, si lo aprecias, si ves el brillo bajo el polvo, llévatelo, esa era la invitación.

 

lunes, 15 de julio de 2024

Viajar no es caro

Viajar no es caro, lo caro es dormir. Phileas Fogg necesitó toda su fortuna y 79 días para encontrar los medios de transporte más insólitos para dar la vuelta al mundo. Hoy, si no eres exigente con las fechas, por no mucho dinero puedes enlazar tres o cuatro vuelos y bordear el meridiano. Pero si además pretendes pegar una cabezada y darte una ducha, el plan se encarece mucho. Este verano, los jóvenes pueden ir en autobús a Santander por un euro y en tren a Barcelona por treinta. Algunos van y vienen en el mismo día, y otros confían encontrar donde sestear un rato, aunque sea a la intemperie. Viajar es un chollo, sí, a condición de que permanezcas despierto y en vertical, como el estilita en la columna. Lo cierto es que cuando vemos fotos de los viajes de otros no nos preguntamos si duermen en colchón viscoelástico, o si había un váter cerca ­-otro dato que pasa desapercibido, el decreciente número de inodoros por cabeza de turista-, aunque esa información sea relevante, muy relevante, para el bienestar el viajero.

Todavía ahora, avanzado julio, en hojas fotocopiadas fijadas con celofán en los numerosos locales vacíos de la ciudad hay ofertas de última hora de viajes. Si dispones de un pequeño presupuesto puedes elegir un bus playero para pasar el día en el Cantábrico, desde Gijón a Hondarribia. Si sumas unos euros más, dos días y una noche en Teruel y Albarracín. Con tres días y dos noches puedes disfrutar de una playa gallega. En septiembre, con algo más de 300 euros, optas a circuito de cinco días y cuatro noches, sea en Oporto o en Extremadura, porque al final la distancia no encarece tanto como la solución habitacional. Los hoteles ya no quieren ser de dos estrellas, sino de cuatro, así que las soluciones habitacionales han crecido como champiñones. Una solución no es exactamente una vivienda, es decir, el “lugar cerrado y cubierto por un techo construido para ser habitado” que recoge el diccionario. Por ejemplo, puede ser una caravana, que antes tenía matrícula alemana y transportaba a parejas de jubilados molones. Los aparcamientos de roulottes en las ciudades están repletos, y, al paso que va el ladrillo, no tardando mucho nos encontraremos con poblados de caravanas permanentes, como los de las películas americanas. Allí coincidirán los turistas con los que vendrán a trabajar en la hostelería para atender justo a sus vecinos de caravana, eso es totalmente posible.

Otra solución habitacional de emergencia es residir en un “no lugar”, un sitio de paso, como el señor que se quedó a vivir en un aeropuerto. Villanubla está demasiado vigilado como para pasar desapercibido, pero los bancos de la estación de autobuses a veces cumplen esa función. El otro día una mujer joven dormitaba con la cabeza reposada sobre sus brazos, que protegían una maleta precintada con plástico. En las estaciones es difícil saber quién es turista y quién está perdido. Al final, la tarjeta visa es el verdadero pasaporte universal.

Mientras la cochambre de viajeros nos esparcimos por aquí y por allá, los ultrarricos buscan nuevos espacios para su singular esparcimiento. Ahora que los circuitos se extienden a la sabana africana, a los fiordos noruegos y a las islas remotas, la superficie terrestre se les ha quedado pequeña, y planean inmersiones submarinas y viajes a la Luna. El caso es plantar una nueva y exclusiva pica en territorios (casi) inexplorados. Consuela pensar que los ultrarricos no tienen tampoco resuelto lo de dormir en sus viajes, porque una cápsula espacial cómoda, lo que se dice cómoda, no es. Y es que el ser humano es así de contradictorio: disponer de hectáreas de jardines y dehesas y tener que recluirse en cualquier antro minúsculo solo por decir que “yo estuve allí”.

Todo esto prueba que dormir a pierna suelta es muy insolidario con el crecimiento económico. Lo que crea riqueza es estar de un lado para otro sin parar, y en el tiempo muerto de los trayectos comprar cositas por internet. Ya tendrás tiempo de descansar en tu propia cama, cuando llegues a tu solución habitacional, vulgarmente llamada casa, deslomado.

lunes, 8 de julio de 2024

De puertas para dentro

Muchos cuentos infantiles contienen la historia de un niño que trata de volver sano y salvo a su casa. Caperucita es desobediente y casi no lo consigue, por hablar con un lobo desconocido y entretenerse por el camino. Pulgarcito se da maña para dejar rastro y volver con sus padres, aunque sean los mismos que lanzan a su prole a buscarse la vida en el bosque. A Hansel y Gretel una madrastra mandona les empuja por los senderos hasta la casita de chocolate, y gracias a un hueso de pollo se libran de una bruja caníbal. Solo en casos muy extremos los protagonistas de los cuentos dejan voluntariamente su hogar, como es el caso de Blancanieves, que huye de (otra) madrastra psicópata y encuentra protección en la casita de los enanitos.

Los cuentos muestran las consecuencias de desobedecer y advierten sobre la maldad de algunos desconocidos, pero también indican que, a veces, la casa no es un refugio. Madre no hay más que una y un padre es un padre, sí, pero hay aristas: pobreza, enfermedad, carácter, circunstancias, y también, ocasionalmente, maldad. En las familias no todo es ternura y ejemplaridad.

En verano los niños de ahora disfrutan o padecen su casa al cien por cien. Nosotros no parábamos dentro, bajábamos a la calle sin más, en busca de alguien para jugar. En las horas de la chicharrera, nos quedábamos en algún portal, a la fresca del suelo de terrazo. Al anochecer revivíamos y no queríamos volver a casa. Salvo que te quedara alguna asignatura, a ningún padre se le ocurría que hicieras algo de provecho en julio y agosto.

Hoy es raro ver niños sueltos, sin adultos de por medio. No tanto porque los peligros -salvo el tráfico- sean mayores, como porque socialmente no se entiende. El mensaje aceptado es que en casa están más seguros, pero no siempre es así. No me refiero solo a que se caigan de una silla o se quemen con una cerilla, ni siquiera a toda la bazofia que pueden engullir con el móvil en la mano. A veces, solo la familia ya es demasiado. Estos días, con las ventanas abiertas de par en par y la calle incendiada hasta el atardecer, la ciudad es como el patio de vecinos de La ventana indiscreta. Una madre agotada chupa un cigarrillo apoyada en el alféizar, mientras pega una voz, la enésima, a un par de niños que trajinan dentro. Un grito loco en medio de la noche, algo que se rompe. El llanto desaforado que se va calmando y acaba siendo hipo. En unas casas solo pasa una vez, en un día roto, de cansancio extremo. En otras, menos, pero no tan pocas, casi a diario.

Ya a casi nadie se le escapa por la calle “un bofetón a tiempo”, ese que recomiendan los que quieren ser temidos antes que respetados.  Es cierto que hay niños insoportables, ‘rabietistas’ profesionales, que resultan la mar de molestos. Pero también hay otros muchos que solo por ser lo que son, niños, poco amantes de los formalismos y menos aún de permanecer quietos en ninguna parte, sea terraza, supermercado o tienda, son amonestados sin proporción alguna. Te topas sin querer con esa desarmante reacción de un niño que se cubre la cara con el brazo, al adivinar que sobrevuela un directo de la mano de la madre o del padre. Algo ha cambiado respecto al pasado porque hoy, al sentirse observados, frenan. Pero ahí queda la amenaza: “ya verás cuando lleguemos a casa”.  A mí me gustaría hacer una fotografía en ese momento, de ese padre o madre que son todo para su hijo y que, como el ogro del cuento, lanzan toda su rabia contra un cuerpo pequeñito y tembloroso.

Por eso, cuando se asegura que los padres sabemos perfectamente cómo educar a nuestros hijos, convendría matizar que algo sabemos, pero no todo, ni en cualquier circunstancia. Ahora que no suenan los despertadores ni hay deberes, pienso que la luz encendida de los colegios e institutos es también la luz de la igualdad y la esperanza en el futuro. Más allá de lo académico, que viene por añadidura, el fin de la escuela es que el niño trasto, el niño pobre y el niño callado, todos, ocupen un pupitre y sean llamados por su nombre, sin gritos y con respeto.

lunes, 1 de julio de 2024

Injusticia geográfica

Si lo de León tiene que hacerse que sea ya, sin anestesia. No creo que podamos aguantar mucho tiempo de desgaste, con los partidos intentando sacar tajada del asunto. Imaginemos diez años de tensiones, en las que el regionalismo centrífugo inunde el debate en las Cortes, podríamos duplicar ese 44 por ciento de gente que ha dejado de seguir las noticias por hartazgo. Pongámonos manos a la obra. Preguntemos a los habitantes de las nueve provincias si les convence la fórmula actual. No sea que hoy sea León y mañana Burgos, Soria o cualquier otra que por ahora aguanta mecha en silencio. Propongamos nueve autonomías uniprovinciales, con sus parlamentos, sus consejos asesores y su televisión regional, que dicen en Madrid que están dispuestos a estudiarlo.

Aquí se habla mucho de sentimientos y menos de poder. Al PSOE le ha funcionado en otros sitios arañar espacio a cambio de promesas de identidad. Y casi le ha puesto la alfombra Vox, con su torpedeo de Villalar, bandera deshilachada, pero bandera al fin. Y el PP puede valorar que es un buen trampantojo, cuando el meollo del asunto es el dinero, el que nos falta y faltará a la vuelta de la esquina. Dice Mañueco que nos va a bajar unas perrillas en el tramo del IRPF, que suena bien, y tres líneas más abajo añade que la financiación se queda corta. Somos una comunidad muy envejecida y con población desperdigada por el territorio. No cumplimos ni de lejos la ratio de trabajadores y pensionistas, y menos todavía en pocos años, cuando los boomers, Mañueco y yo entre ellos, nos jubilemos. Aunque fuéramos los más prudentes en el gasto y los más listos de la clase, somos muy dependientes de lo que aportan otras comunidades del país, nos guste o no admitirlo.

Las proyecciones auguran que seguirá perdiendo vecinos toda la franja oeste, desde Asturias hasta Extremadura, mientras que se salvarán por los pelos las provincias del ramal que lleva al resto de Europa, con transbordo en Bilbao, porque la economía funciona con reglas poco autonómicas. Es difícil que el sentimiento de agravio de León mejore. Y si damos una patada en el territorio, aquí no se va a mover solo una provincia. También están las otras ocho, aunque solo dos o tres hablen alto.

Si ya es injusto aguantar regímenes forales en un país, pensar en ofrecer distingos dentro de una comunidad tan modesta sería la hecatombe. Además, ¿qué criterio usamos? Si es solo el de ganar población, mi Segovia ya puede ir poniendo el cartel de “Me vendo” en el límite territorial. Dicen que será la provincia que ganará más vecinos, y no por culpa ni tampoco gracias a Mañueco. Es solo que el dinero puso ahí el ojo, a tiro de piedra de Madrid. Pero ha sido a costa de que muchos nativos se marchasen y se sigan marchando fuera. A cambio, vienen otros a ocupar trabajos para los que se requiere más necesidad que cualificación. Ellos son los nuevos segovianos, y será difícil que estén interesados en sujetar estandartes, están ocupados en ganarse la vida.

La fragmentación no soluciona problemas vitales, pero el agravio agrada. Nos creemos rebeldes, pero somos conformistas. Nos conformamos con echar la culpa al otro, y los políticos juegan la carta de la incongruencia y del enfrentamiento. Los sentimientos no pagan las facturas, pero qué más da. Es como los centros de salud: que estén abiertos, aunque no haya médico dentro.

Hace muchos años fui a escuchar a Julio Llamazares, en una charla organizada en Segovia. Hablaba de su pueblo, Vegamián, que desapareció sumergido por el embalse de Riaño. Sus aguas hoy riegan muchas hectáreas de regadío de maíz, remolachas y alubias, en tierras que durante siglos fueron secanos. La melancolía del escritor por su pueblo perdido era profunda e inalterable, como yo lloro por mi Segovia, engullida por las aguas del turismo. Al final la vida es el territorio de lo posible, aunque muchas veces nos parezca que se equivoca. Solo puedes mejorar las cosas si trabajas dentro de las coordenadas de lo real. Porque si no, la mejor solución es que nos cambien de sitio, que Palencia se cambie por Valencia y Zamora por San Sebastián. Esa justicia geográfica lo arreglaría todo, sin duda.