Viajar no es caro, lo caro es dormir. Phileas Fogg necesitó toda su fortuna y 79 días para encontrar los medios de transporte más insólitos para dar la vuelta al mundo. Hoy, si no eres exigente con las fechas, por no mucho dinero puedes enlazar tres o cuatro vuelos y bordear el meridiano. Pero si además pretendes pegar una cabezada y darte una ducha, el plan se encarece mucho. Este verano, los jóvenes pueden ir en autobús a Santander por un euro y en tren a Barcelona por treinta. Algunos van y vienen en el mismo día, y otros confían encontrar donde sestear un rato, aunque sea a la intemperie. Viajar es un chollo, sí, a condición de que permanezcas despierto y en vertical, como el estilita en la columna. Lo cierto es que cuando vemos fotos de los viajes de otros no nos preguntamos si duermen en colchón viscoelástico, o si había un váter cerca -otro dato que pasa desapercibido, el decreciente número de inodoros por cabeza de turista-, aunque esa información sea relevante, muy relevante, para el bienestar el viajero.
Todavía
ahora, avanzado julio, en hojas fotocopiadas fijadas con celofán en los
numerosos locales vacíos de la ciudad hay ofertas de última hora de viajes. Si
dispones de un pequeño presupuesto puedes elegir un bus playero para pasar el
día en el Cantábrico, desde Gijón a Hondarribia. Si sumas unos euros más, dos
días y una noche en Teruel y Albarracín. Con tres días y dos noches puedes
disfrutar de una playa gallega. En septiembre, con algo más de 300 euros, optas
a circuito de cinco días y cuatro noches, sea en Oporto o en Extremadura,
porque al final la distancia no encarece tanto como la solución habitacional.
Los hoteles ya no quieren ser de dos estrellas, sino de cuatro, así que las
soluciones habitacionales han crecido como champiñones. Una solución no es
exactamente una vivienda, es decir, el “lugar cerrado y cubierto por un techo
construido para ser habitado” que recoge el diccionario. Por ejemplo, puede ser
una caravana, que antes tenía matrícula alemana y transportaba a parejas de
jubilados molones. Los aparcamientos de roulottes en las ciudades están repletos,
y, al paso que va el ladrillo, no tardando mucho nos encontraremos con poblados
de caravanas permanentes, como los de las películas americanas. Allí
coincidirán los turistas con los que vendrán a trabajar en la hostelería para
atender justo a sus vecinos de caravana, eso es totalmente posible.
Otra
solución habitacional de emergencia es residir en un “no lugar”, un sitio de
paso, como el señor que se quedó a vivir en un aeropuerto. Villanubla está
demasiado vigilado como para pasar desapercibido, pero los bancos de la
estación de autobuses a veces cumplen esa función. El otro día una mujer joven
dormitaba con la cabeza reposada sobre sus brazos, que protegían una maleta precintada
con plástico. En las estaciones es difícil saber
quién es turista y quién está perdido. Al final, la tarjeta visa es el verdadero
pasaporte universal.
Mientras la
cochambre de viajeros nos esparcimos por aquí y por allá, los ultrarricos buscan
nuevos espacios para su singular esparcimiento. Ahora que los circuitos se
extienden a la sabana africana, a los fiordos noruegos y a las islas remotas,
la superficie terrestre se les ha quedado pequeña, y planean inmersiones submarinas
y viajes a la Luna. El caso es plantar una nueva y exclusiva pica en territorios
(casi) inexplorados. Consuela pensar que los ultrarricos no tienen tampoco
resuelto lo de dormir en sus viajes, porque una cápsula espacial cómoda, lo que
se dice cómoda, no es. Y es que el ser humano es así de contradictorio:
disponer de hectáreas de jardines y dehesas y tener que recluirse en cualquier
antro minúsculo solo por decir que “yo estuve allí”.
Todo esto
prueba que dormir a pierna suelta es muy insolidario con el crecimiento
económico. Lo que crea riqueza es estar de un lado para otro sin parar, y en el
tiempo muerto de los trayectos comprar cositas por internet. Ya tendrás tiempo
de descansar en tu propia cama, cuando llegues a tu solución habitacional, vulgarmente
llamada casa, deslomado.
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