Muchos cuentos infantiles contienen la historia de un niño que trata de volver sano y salvo a su casa. Caperucita es desobediente y casi no lo consigue, por hablar con un lobo desconocido y entretenerse por el camino. Pulgarcito se da maña para dejar rastro y volver con sus padres, aunque sean los mismos que lanzan a su prole a buscarse la vida en el bosque. A Hansel y Gretel una madrastra mandona les empuja por los senderos hasta la casita de chocolate, y gracias a un hueso de pollo se libran de una bruja caníbal. Solo en casos muy extremos los protagonistas de los cuentos dejan voluntariamente su hogar, como es el caso de Blancanieves, que huye de (otra) madrastra psicópata y encuentra protección en la casita de los enanitos.
Los cuentos
muestran las consecuencias de desobedecer y advierten sobre la maldad de
algunos desconocidos, pero también indican que, a veces, la casa no es un
refugio. Madre no hay más que una y un padre es un padre, sí, pero hay aristas:
pobreza, enfermedad, carácter, circunstancias, y también, ocasionalmente, maldad.
En las familias no todo es ternura y ejemplaridad.
En verano
los niños de ahora disfrutan o padecen su casa al cien por cien. Nosotros no
parábamos dentro, bajábamos a la calle sin más, en busca de alguien para jugar.
En las horas de la chicharrera, nos quedábamos en algún portal, a la fresca del
suelo de terrazo. Al anochecer revivíamos y no queríamos volver a casa. Salvo
que te quedara alguna asignatura, a ningún padre se le ocurría que hicieras
algo de provecho en julio y agosto.
Hoy es raro
ver niños sueltos, sin adultos de por medio. No tanto porque los peligros
-salvo el tráfico- sean mayores, como porque socialmente no se entiende. El
mensaje aceptado es que en casa están más seguros, pero no siempre es así. No
me refiero solo a que se caigan de una silla o se quemen con una cerilla, ni
siquiera a toda la bazofia que pueden engullir con el móvil en la mano. A
veces, solo la familia ya es demasiado. Estos días, con las ventanas abiertas
de par en par y la calle incendiada hasta el atardecer, la ciudad es como el
patio de vecinos de La ventana indiscreta.
Una madre agotada chupa un cigarrillo apoyada en el alféizar, mientras pega una
voz, la enésima, a un par de niños que trajinan dentro. Un grito loco en medio
de la noche, algo que se rompe. El llanto desaforado que se va calmando y acaba
siendo hipo. En unas casas solo pasa una vez, en un día roto, de cansancio
extremo. En otras, menos, pero no tan pocas, casi a diario.
Ya a casi
nadie se le escapa por la calle “un bofetón a tiempo”, ese que recomiendan los que
quieren ser temidos antes que respetados.
Es cierto que hay niños insoportables, ‘rabietistas’ profesionales, que
resultan la mar de molestos. Pero también hay otros muchos que solo por ser lo
que son, niños, poco amantes de los formalismos y menos aún de permanecer quietos
en ninguna parte, sea terraza, supermercado o tienda, son amonestados sin
proporción alguna. Te topas sin querer con esa desarmante reacción de un niño
que se cubre la cara con el brazo, al adivinar que sobrevuela un directo de la
mano de la madre o del padre. Algo ha cambiado respecto al pasado porque hoy,
al sentirse observados, frenan. Pero ahí queda la amenaza: “ya verás cuando
lleguemos a casa”. A mí me gustaría
hacer una fotografía en ese momento, de ese padre o madre que son todo para su
hijo y que, como el ogro del cuento, lanzan toda su rabia contra un cuerpo
pequeñito y tembloroso.
Por eso,
cuando se asegura que los padres sabemos perfectamente cómo educar a nuestros
hijos, convendría matizar que algo sabemos, pero no todo, ni en cualquier
circunstancia. Ahora que no suenan los despertadores ni hay deberes, pienso que
la luz encendida de los colegios e institutos es también la luz de la igualdad
y la esperanza en el futuro. Más allá de lo académico, que viene por añadidura,
el fin de la escuela es que el niño trasto, el niño pobre y el niño callado,
todos, ocupen un pupitre y sean llamados por su nombre, sin gritos y con
respeto.
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