lunes, 28 de octubre de 2024

Museos pequeños

El otro día una chica inteligente, con estudios, buena profesional, me dijo que la última biblioteca que visitó había sido la de su colegio. Y no es extraño: las bibliotecas parecen llenas de jóvenes, pero la mayoría solo estudian sus propios apuntes. No han necesitado adquirir el hábito de buscar en las estanterías un libro porque, al menos en apariencia, todo está en el móvil, y los temas de clase o de oposición ni siquiera están en papel. Superada esa etapa, ya no necesitan ir a la biblioteca, puesto que para ellos es un lugar de estudio. Entre los treinta y los sesenta -dejo a parte los niños, que van si los llevas, ya que solos no pueden- hay un agujero negro en los usuarios. Por encima de esa edad, de nuevo se regresa a la sala de lectura de prensa y revistas, y también se activa el préstamo. Mi duda es si obedece solo a que con la jubilación tienes más tiempo libre, o si influye que haya sido una costumbre adquirida en la juventud. El tiempo lo dirá.

En defensa de la biblioteca, que celebraba su día mundial hace poco, diré que es gratis y divertida. Cualquier otro consejo sesudo y pedante fracasará, y peor aún si se califica a los que no leen de ignorantes: leer es una oportunidad maravillosa, pero no todo el conocimiento está en los libros, y en todo caso la puerta siempre está abierta. No me gustaría que en el futuro no hubiera bibliotecas -y no solo por los bibliotecarios, a los que aprecio-, sino porque perderíamos un lugar estupendo, lleno de sugerencias, de orden, de belleza. A los que no quieren ir poco puedo hacer para convencerles, aunque sí a gente que no entra porque cree que parecerá torpe en un lugar con libros. El marketing de la cultura es malísimo, y somos capaces dar de alta una línea de internet y no de apuntarnos a la biblioteca. Para consultar los periódicos no hace falta ni carné; con cuatro datos te dan tu tarjeta y hasta puedes ver películas y libros en digital; te prestan revistas o una novela, las paseas por ahí y las ojeas en casa y si no te convencen pues las devuelves y ya está. ¿Que el último libro que terminaste fue El Camino, en el colegio? Tranquilo, muchos no se han terminado ni ese, y hasta escriben algún libro.

No hay reglas sobre lo que es un buen lector, ¡qué horror pensar que es el que lee muchos libros! La buena lectura es la que te sirve, la que te llega. Eso ocurre con los poemas, que tantas personas dicen no comprender, porque algún necio les dijo que había unas claves secretas y complicadas que desenmarañar, y les alejó para siempre de palabras que son canciones. Pautas igual de nefastas son las que insinúan que solo hay una forma correcta de mirar un cuadro. Puede ser de cerca, de lado, diez segundos o diez minutos, el tiempo que te apetezca, no está cronometrado. Si te interesa, paras, y si no, sigues adelante en busca de la obra que te llame. Si para algunos las bibliotecas son herméticas, los museos son directamente un misterio. No sé bien cómo, pero hay que lograr que los nuevos visitantes se sientan bienvenidos, aunque no pululen por las salas de forma concienzuda y sistemática, e incluso si alborotan un poco, que ya apreciarán el silencio cuando lo conozcan (hoy es casi imposible que lo hayan experimentado en ningún sitio). A nadie le gusta sentirse vigilado, ni mucho menos censurado, y, si por fortuna entra allí, será porque ha dado una oportunidad a un espacio que es de todos y que no ha podido conocer antes por sí mismo, libremente, fuera de una excursión del colegio.

Es imposible y además de fatal digestión engullir de golpe una biblioteca de miles de volúmenes, o un museo de cientos de obras. Es mejor ir de poco en poco, sin prisa. Un buen sitio para empezar es la Casa del Sol, una sala única, abarcable de un vistazo, con esculturas perfectas. Piezas que son copias, pero que contienen la esencia del arte, la belleza en estado puro. El poder, el deseo, la pureza, la tragedia, todo está allí. Si vas un rato el domingo -que es gratis-, y al siguiente domingo otro rato, y así muchos ratos pequeños, te puedes hacer casi un experto en arte clásico. Y luego, por comparar, tal vez entres en el Museo de Escultura, o en el Herreriano, en plan aventura. Es bastante fácil, la verdad. No hay hilo musical pero incluso eso puede convertirse en un reclamo: ¿Tiene problemas de concentración? Visite bibliotecas y museos.

lunes, 21 de octubre de 2024

Nuevas tradiciones

En el apeadero de Segovia-Guiomar un lunes como hoy aguardamos en el andén cerca de treinta pasajeros camino de Valladolid. Hay silencio, porque acaba de salir el tren a Madrid, que quintuplica el número de viajeros. La mayoría no ha cumplido los cuarenta, llevan lo justo para pasar el día, una mochila, un bolso cruzado, un maletín con el almuerzo. Son trabajadores y estudiantes. En poco más de media hora los trenes escupirán a los pasajeros. Unos aparecemos en la estación Campo Grande, y apretamos el paso hasta Gamazo, o corremos a la parada para pillar la línea 1. Los que van a Madrid emergen en Chamartín, y en pocos segundos forman parte de la catarata de gentes que engulle el metro, y dormitarán repasando con desgana el móvil, si tienen suerte y pillan asiento. A primera hora en el autobús o en el metro, salvo algún bocachancla, nadie habla. En ese espacio acotado, eres vallisoletano en Valladolid y madrileño en Madrid, da igual, todos compartimos las mismas reglas. A lo mejor los segovianos vamos pensando que el viernes es San Frutos, y que seguiremos ocupando la misma plaza en el tren. Pero no es cuestión de sacar la pancarta y pedir que respeten nuestro día, tampoco tenemos tanto en común: ni siquiera nos damos los buenos días. La tradición nos recuerda a algo, aunque no sabemos muy bien a qué.

Hace un par de domingos recorrió el centro de Segovia una procesión inédita, organizada por la Hermandad del Rocío, creada hace pocos años en la ciudad. Llevaban los elementos típicos: cetros, cordones con medallas, peinetas y mantillas las mujeres. Los símbolos de la tradición, con la única diferencia de que aquí hasta hace poco no existía esa tradición. Las advocaciones marianas son casi infinitas, aunque la Virgen sea solo una, y entiendo la querencia a una concreta, que normalmente suele ser la de tu tierra. Pero todo eso está cambiando, y a nadie le extraña que en muchos pueblos de esa Castilla que se supone recia y adusta hoy se celebre con entusiasmo la feria de abril. Todo suena típico y, sin embargo, rompe de raíz lo que hasta ahora se consideraba tradicional, lo heredado de tus antepasados. En ese sentido, son innovación; para algunos también mercado, o moda, y observan el fenómeno con desdén. El hecho es que crecen, al margen de la propia Iglesia, que acepta con reservas el progresivo laicismo de las cofradías, y también al margen de cualquier otra entidad, pese a que los ayuntamientos siempre estén ávidos de institucionalizar cualquier festejo. Si no hay cura, al menos que un concejal lo bendiga, que todos los votos son de Dios.

Todo esto me hace pensar en la inutilidad absoluta de las campañas para insuflar sentimiento autonómico, que han cumplido ya cuarenta años sin avances aparentes. Sencillamente, a la gente, a mucha gente, no le da la gana, le aburre el tema o lo que sea: si no, ya se habrían encargado un jubón y un manteo, en vez de un traje de faralaes o de dama de corte para el mercado medieval. No es culpa de los que honradamente -o hasta interesadamente, por qué no decirlo-, han tratado de imaginar un sentimiento nuevo que uniera nuestros territorios, los de Castilla y de León. Da igual que prometan el mayor presupuesto para León o la mayor inversión per cápita para Soria o Palencia, ya que siempre quedarán obras y agravios pendientes. Son números, y la identidad pertenece a otro departamento.

Eso lo entienden bien en tantos pueblos que echan la casa por la ventana en las fiestas, y luego el resto del año “ajo y agua”. Lo llaman pan y circo, pero hasta una persona como yo -que ni baila, ni canta, ni es cofrade, ni peñista- comprende que el festejo es el mayor pegamento colectivo que tenemos, sea desfile, procesión o feria de la cerveza. Es algo que está dentro y que brota hacia fuera, un sentimiento que la música y los estandartes elevan, y que si se comparte es tan simple como poderoso, por lo que conviene estar atento a quién maneja los hilos. Porque a la vuelta de la catarsis todos regresamos a la procesión real, a nuestro tren, a nuestro trabajo, y ahí tanto da que seas segoviano, talaverano u hondureño.

lunes, 14 de octubre de 2024

La puñetera EBAU

La EBAU es ya un género periodístico que nos ocupa todo el año. Después de varias temporadas de banquillo, en otoño llega la generación de chicos y chicas que protagonizarán las noticias EBAU. Este curso no va de aprender, sino de superar la puñetera prueba, esa es su única brújula. Los políticos, en vez de ayudar, enredan todo lo que pueden. Se supone que quieren hacer bien las cosas, pero para ello están dispuestos a tomar el camino de en medio, aunque pueda agravarse lo que ellos mismos critican, la desigualdad de exigencia entre comunidades. Suena fenomenal que tengan en cuenta las faltas de ortografía o que les pregunten por la mayor parte del temario. Pero esos argumentos solo nos dejarán satisfechos a los que contemplamos cómodamente el espectáculo. Porque, o tienen un as en la manga, o no es aceptable creer que vayan a arrojar a sus propios jóvenes a la prueba en inferioridad de condiciones -más aún- respecto a otras regiones, solo por presumir de ser los más listos del patio.

Pensemos que es así, que es una jugada de tahúr. Pero ¿qué pensarán los chicos de segundo de Bachillerato cuando escuchan a sus representantes políticos sacar pecho con esa mayor dificultad de la prueba, por muy ejemplar que sea? Puede que no sigan demasiado los medios de comunicación, aunque las noticias malas se cuelan de forma endiablada hasta en el Tiktok. La EBAU es incansable, peor que una serie de sobremesa: que si en otras comunidades con saber el nombre de las carabelas de Colón te ponen un diez, que si nos quitan las plazas en Medicina, que si en Pisa van fatal y luego les ponen matrícula, en fin. Después de Navidad, las entregas se van intensificando, y no digamos tras Semana Santa: el horror. ¿Que no hay noticias? Pues te vas a una biblioteca a preguntar a los chicos si están agobiados. Consejos de psicólogos, de nutricionistas, de los veteranos con los mejores expedientes del año anterior, que logran “estudiar, tocar el piano, salir con los amigos y hacer deporte”. No es solo comprender la materia, ojalá. Lo duro es convertirse en ese Mazinger Zeta que se les exige, al ritmo de “Te juegas tu futuro”.

Pues no, amigo, el futuro no se juega a una carta, ni siquiera a una partida. El futuro dependerá de muchas cosas, de muchísimas, sobre todo de que salgas lo menos tocado de un proceso que se parece bastante a una clasificadora de calibres de patatas: tú para el carril 10, tú para el 7, tú para el 5, tú al destrío. Lo que significan esas marcas a lo largo de la vida profesional no es mucho, pero atormentan a los chavales. Pelearán por unas décimas que solo son necesarias para muy, muy pocas carreras, que igual ni les gustan; aunque da igual, porque van como caballos con orejeras, en competencia feroz. Demasiado aguantan, y poco me parece que se manifiesten para conseguir información sobre la próxima EBAU: lo normal es que nos corrieran a gorrazos.

Esta peculiar caza del zorro anual choca más hoy, cuando vivimos casi en un supermercado de educación superior. Nunca antes hubo tantas universidades públicas y privadas, tantos centros de formación profesional públicos y privados, cuyo principal límite de acceso, más que la nota, es el dinero, sea para costear la matrícula o, sobre todo, la residencia. La formación es hoy el gran negocio, las privadas proliferan sin problemas y rápidamente, porque nadie les pide, por ejemplo, que creen una sección en Cuéllar, si están tan cómodas en el centro de Segovia. Y respecto a las públicas, donde los políticos pueden hincar el diente, es más fácil prometer una facultad que promover, por ejemplo, industrias tecnológicas con alto valor añadido. El tema del prestigio, de la investigación seria y profunda, de garantizar prácticas en empresa con nivel… en fin, de pintar algo en el mapa, eso ya para luego. Para luego de las siguientes elecciones.

No parece que la falta de formación sea el problema de esta tierra. En Portugal, primos hermanos nuestros en exportación de jóvenes bien formados, ya hablan de rebajarles impuestos para lograr que se queden, y con ellos la inversión que supone formarles. Porque esa es la segunda parte de la película, que deja muy pequeña al calvario anual de la EBAU.

lunes, 7 de octubre de 2024

Señoras como Rose

En la maravillosa “Hechizo de Luna”, Rose Castorini sabe que su marido tiene una amante y busca respuesta a la pregunta que la acongoja: ¿Por qué un hombre necesita más de una mujer? Conoce la respuesta de antemano, pero necesita que alguien más la pronuncie. “Porque tiene miedo a la muerte, eso es”. En la película, Rose lleva en casa una bata de guata y por la calle se protege del frío húmedo de Brooklyn con un pañuelo atado a la barbilla. Hoy nos parecería que viste como una mujer mayor, pero en realidad cuando rodó el film Olympia Dukakis tenía mi edad, 56 años, que no son pocos, pero tampoco muchos comparados con los cumplidos por centenarios que el otro día visitaron el Ayuntamiento de Valladolid.

La italiana Rose es una señora de una pieza, que está cómoda cenando sola y también invitando a un desconocido a compartir la mesa por charlar con alguien, porque el coqueteo no procede. Es madre de Loretta, la protagonista, encarnada por Cher, aunque en la vida real apenas se llevaban quince años. Pero mientras Olympia era una digna señora en 1987, cuando se rodó la película, Cher todavía hoy, a los 78 -los mismitos que Trump-, sigue siendo una estrella, recauchutada pero aún rutilante.

Es extraña la disociación del aspecto y el envejecimiento celular. Brad Pitt, el amado imaginario de tantas mujeres, ya cumplió sesenta, y si viviera por aquí sería candidato a prejubilación en alguna empresa. Aunque vaya con vaqueros y chupa de cuero, a efectos del ECYL es más viejo que joven. Si próximamente se quedara solo y sin pareja, cosa probable con sus manías y costumbres, ¿lo suyo sería soledad no deseada? No lo creeríamos. Además de rico, es guapo y admirado, y todo parece indicar que podrá seguir eligiendo parejas durante bastante tiempo. Ahora que se habla tanto de soledad no deseada habría que acotar qué es, porque desear compañía y no tenerla es bastante propio del género humano, y hasta más cruel en la niñez y la adolescencia. Con los años, a la soledad, que incluso pudo haber sido elegida durante mucho tiempo, se suma la necesidad de apoyo para seguir siendo autónomo, para poder seguir siendo tú mismo. Eso es lo que da miedo.

La edad es, por tanto, un concepto confuso. Pitt hace años que llegó a la presbicia, pero sigue con las pilas cargadas, y es una incómoda referencia para todos nosotros. Pero admitir que necesitas gafas de cerca no te acerca al cementerio. Lo peor del cumpleaños no es el dígito, es el chorreo de lugares comunes sobre el paso del tiempo en las conversaciones. El reloj sigue su ritmo implacable, y le da igual si parece que tienes tres años menos. Muchos dicen que firmarían por irse al otro barrio cuando no entren en el chándal. Pero las ganas de agarrarte a la vida se encienden rabiosas en los momentos más complicados.

Rastreo las costumbres de los centenarios que cuentan su experiencia en el libro editado por el Ayuntamiento, a ver si logro alcanzar su récord. Trece son mujeres y cuatro hombres. Hay quien cargó cántaros, quien fue agricultor, mecanógrafa o costurera; quien crio a nueve hijos o a ninguno, quien emigró o quien apenas se movió de su barrio. Lo malo de llegar a los cien es que muchos ya se fueron, y lo bueno que nadie espera que parezcas que tienes las arrugas de una de 95. “Yo sé quién soy”, dice Rose Castorini en otro momento de “Hechizo de Luna”. Nacieron en 1924 y el tiempo pasó, ese es el secreto.

 

Estrenar cada día

En casa de mis abuelos siempre hubo un periódico. Lo leían de cabo a rabo, al calor de la cocina económica. El ejemplar del día anterior se guardaba bajo el cojín del arcón, para tenerlo siempre a mano. Valía para prender la lumbre, para tensar la horma de los zapatos, para limpiar ventanas, para cubrir el suelo húmedo. Cenaban siempre lo mismo, sopas de ajo, pero el gasto en prensa no se cuestionaba. Mi abuelo presumía de su temprano número de suscriptor, conseguido al poco de llegar a la capital y dejar atrás el pueblo. El periódico no era solo un medio para estar informado, era su cartilla diaria de aprendizaje para conocer el mundo del que querían formar parte, y en el que deseaban que sus hijos hicieran mejor fortuna. Con el periódico se igualaban a otros que habían tenido más fácil comprender las reglas sociales para poder progresar. Porque entonces había estrecheces, sí, pero también una gran confianza en el progreso, en que las cosas irían a mejor.

Mi padre, como sus hermanos, heredó la costumbre de bendecir con papel el día, y sus hijos fuimos detrás. Aprendimos que, con la barra de pan y el periódico, cada amanecer estrenábamos un día nuevo y nuestro compromiso para afrontarlo, por muy enrevesada que hubiera sido la jornada anterior. Que yo buscara en las páginas el chiste o alguna foto de Felipín, el príncipe heredero, y mi abuela las esquelas, probaba que el periódico era capaz de recoger lo ancha y diversa que es la vida: fijo que, en alguna de sus páginas, el diario hablaba de ti. “Lo más propio mío es sumar noticias que muestran lo vario que es el mundo”, escribía Cunqueiro, que contaba que su trabajo como periodista consistía en ver el otro lado de las cosas y dar noticias de él. Eso, aunque parezca sencillo, es muy complicado, porque los vientos soplan en contra, y hay que hacer un gran esfuerzo para sortear el teatrillo diario de declaraciones huecas o, peor aún, falsas.

Cuando estudiábamos en el colegio a Miguel Delibes y mencionaban El Norte de Castilla, yo me imaginaba que estaba en Santander, porque en el mapa que estudiábamos Castilla era todo, y al norte solo quedaba el Cantábrico. El primer periódico que vi lo llevó alguno de mis hermanos, que pasaron antes que yo por Pucela, también en busca de trabajo. El Norte, que por entonces no tenía delegaciones ni tanta penetración en otras provincias, era el periódico de Valladolid, y Valladolid un sitio donde había Universidad, Galerías Preciados y una fábrica de coches. Esa primera visión sigue siendo para mí la más poderosa de Valladolid: un lugar activo, en el que se intuía una burguesía inquieta y productiva, no meramente rentista, y unos obreros conscientes de su labor y poder, que incluso habían creado barrios. Esas competiciones en las que algunos defienden la belleza de nuestras ciudades o pueblos, ese ensimismamiento en nuestras supuestas virtudes e identidades pretéritas, no son en mi opinión logros comparables a los que derivan de la energía, colaboración e ingenio de la propia gente.

Son muchos los que, como yo, tienen que consultar el callejero para ubicar la calle a la que se refieren las noticias, porque no nacieron aquí, sino en otras provincias y regiones, o en otros países. Pero hay que cerrar mucho el ángulo para encontrar más diferencias que semejanzas en las personas. El periódico tiene una milagrosa meta diaria: ayudar a conocernos y a comprender mejor la tierra donde vivimos. La que es. Con sus aristas y esperanzas.