El otro día una chica inteligente, con estudios, buena profesional, me dijo que la última biblioteca que visitó había sido la de su colegio. Y no es extraño: las bibliotecas parecen llenas de jóvenes, pero la mayoría solo estudian sus propios apuntes. No han necesitado adquirir el hábito de buscar en las estanterías un libro porque, al menos en apariencia, todo está en el móvil, y los temas de clase o de oposición ni siquiera están en papel. Superada esa etapa, ya no necesitan ir a la biblioteca, puesto que para ellos es un lugar de estudio. Entre los treinta y los sesenta -dejo a parte los niños, que van si los llevas, ya que solos no pueden- hay un agujero negro en los usuarios. Por encima de esa edad, de nuevo se regresa a la sala de lectura de prensa y revistas, y también se activa el préstamo. Mi duda es si obedece solo a que con la jubilación tienes más tiempo libre, o si influye que haya sido una costumbre adquirida en la juventud. El tiempo lo dirá.
En defensa
de la biblioteca, que celebraba su día mundial hace poco, diré que es gratis y
divertida. Cualquier otro consejo sesudo y pedante fracasará, y peor aún si se
califica a los que no leen de ignorantes: leer es una oportunidad maravillosa,
pero no todo el conocimiento está en los libros, y en todo caso la puerta
siempre está abierta. No me gustaría que en el futuro no hubiera bibliotecas -y
no solo por los bibliotecarios, a los que aprecio-, sino porque perderíamos un
lugar estupendo, lleno de sugerencias, de orden, de belleza. A los que no
quieren ir poco puedo hacer para convencerles, aunque sí a gente que no entra
porque cree que parecerá torpe en un lugar con libros. El marketing de la
cultura es malísimo, y somos capaces dar de alta una línea de internet y no de
apuntarnos a la biblioteca. Para consultar los periódicos no hace falta ni
carné; con cuatro datos te dan tu tarjeta y hasta puedes ver películas y libros
en digital; te prestan revistas o una novela, las paseas por ahí y las ojeas en
casa y si no te convencen pues las devuelves y ya está. ¿Que el último libro
que terminaste fue El Camino, en el
colegio? Tranquilo, muchos no se han terminado ni ese, y hasta escriben algún
libro.
No hay
reglas sobre lo que es un buen lector, ¡qué horror pensar que es el que lee
muchos libros! La buena lectura es la que te sirve, la que te llega. Eso ocurre
con los poemas, que tantas personas dicen no comprender, porque algún necio les
dijo que había unas claves secretas y complicadas que desenmarañar, y les alejó
para siempre de palabras que son canciones. Pautas igual de nefastas son las
que insinúan que solo hay una forma correcta de mirar un cuadro. Puede ser de
cerca, de lado, diez segundos o diez minutos, el tiempo que te apetezca, no está
cronometrado. Si te interesa, paras, y si no, sigues adelante en busca de la
obra que te llame. Si para algunos las bibliotecas son herméticas, los museos
son directamente un misterio. No sé bien cómo, pero hay que lograr que los
nuevos visitantes se sientan bienvenidos, aunque no pululen por las salas de
forma concienzuda y sistemática, e incluso si alborotan un poco, que ya
apreciarán el silencio cuando lo conozcan (hoy es casi imposible que lo hayan
experimentado en ningún sitio). A nadie le gusta sentirse vigilado, ni mucho
menos censurado, y, si por fortuna entra allí, será porque ha dado una oportunidad
a un espacio que es de todos y que no ha podido conocer antes por sí mismo,
libremente, fuera de una excursión del colegio.
Es imposible
y además de fatal digestión engullir de golpe una biblioteca de miles de
volúmenes, o un museo de cientos de obras. Es mejor ir de poco en poco, sin
prisa. Un buen sitio para empezar es la Casa del Sol, una sala única, abarcable
de un vistazo, con esculturas perfectas. Piezas que son copias, pero que
contienen la esencia del arte, la belleza en estado puro. El poder, el deseo,
la pureza, la tragedia, todo está allí. Si vas un rato el domingo -que es
gratis-, y al siguiente domingo otro rato, y así muchos ratos pequeños, te
puedes hacer casi un experto en arte clásico. Y luego, por comparar, tal vez
entres en el Museo de Escultura, o en el Herreriano, en plan aventura. Es
bastante fácil, la verdad. No hay hilo musical pero incluso eso puede
convertirse en un reclamo: ¿Tiene problemas de concentración? Visite
bibliotecas y museos.