En casa de mis abuelos siempre hubo un periódico. Lo leían de cabo a rabo, al calor de la cocina económica. El ejemplar del día anterior se guardaba bajo el cojín del arcón, para tenerlo siempre a mano. Valía para prender la lumbre, para tensar la horma de los zapatos, para limpiar ventanas, para cubrir el suelo húmedo. Cenaban siempre lo mismo, sopas de ajo, pero el gasto en prensa no se cuestionaba. Mi abuelo presumía de su temprano número de suscriptor, conseguido al poco de llegar a la capital y dejar atrás el pueblo. El periódico no era solo un medio para estar informado, era su cartilla diaria de aprendizaje para conocer el mundo del que querían formar parte, y en el que deseaban que sus hijos hicieran mejor fortuna. Con el periódico se igualaban a otros que habían tenido más fácil comprender las reglas sociales para poder progresar. Porque entonces había estrecheces, sí, pero también una gran confianza en el progreso, en que las cosas irían a mejor.
Mi padre, como sus hermanos, heredó la costumbre de bendecir
con papel el día, y sus hijos fuimos detrás. Aprendimos que, con la barra de
pan y el periódico, cada amanecer estrenábamos un día nuevo y nuestro
compromiso para afrontarlo, por muy enrevesada que hubiera sido la jornada
anterior. Que yo buscara en las páginas el chiste o alguna foto de Felipín, el
príncipe heredero, y mi abuela las esquelas, probaba que el periódico era capaz
de recoger lo ancha y diversa que es la vida: fijo que, en alguna de sus
páginas, el diario hablaba de ti. “Lo más propio mío es sumar noticias que
muestran lo vario que es el mundo”, escribía Cunqueiro, que contaba que su
trabajo como periodista consistía en ver el otro lado de las cosas y dar
noticias de él. Eso, aunque parezca sencillo, es muy complicado, porque los
vientos soplan en contra, y hay que hacer un gran esfuerzo para sortear el
teatrillo diario de declaraciones huecas o, peor aún, falsas.
Cuando estudiábamos en el colegio a Miguel Delibes y
mencionaban El Norte de Castilla, yo me imaginaba que estaba en Santander,
porque en el mapa que estudiábamos Castilla era todo, y al norte solo quedaba
el Cantábrico. El primer periódico que vi lo llevó alguno de mis hermanos, que
pasaron antes que yo por Pucela, también en busca de trabajo. El Norte, que por
entonces no tenía delegaciones ni tanta penetración en otras provincias, era el
periódico de Valladolid, y Valladolid un sitio donde había Universidad,
Galerías Preciados y una fábrica de coches. Esa primera visión sigue siendo
para mí la más poderosa de Valladolid: un lugar activo, en el que se intuía una
burguesía inquieta y productiva, no meramente rentista, y unos obreros
conscientes de su labor y poder, que incluso habían creado barrios. Esas
competiciones en las que algunos defienden la belleza de nuestras ciudades o
pueblos, ese ensimismamiento en nuestras supuestas virtudes e identidades
pretéritas, no son en mi opinión logros comparables a los que derivan de la
energía, colaboración e ingenio de la propia gente.
Son muchos los que, como yo, tienen que consultar el
callejero para ubicar la calle a la que se refieren las noticias, porque no
nacieron aquí, sino en otras provincias y regiones, o en otros países. Pero hay
que cerrar mucho el ángulo para encontrar más diferencias que semejanzas en las
personas. El periódico tiene una milagrosa meta diaria: ayudar a conocernos y a
comprender mejor la tierra donde vivimos. La que es. Con sus aristas y
esperanzas.
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