En la maravillosa “Hechizo de Luna”, Rose Castorini sabe que su marido tiene una amante y busca respuesta a la pregunta que la acongoja: ¿Por qué un hombre necesita más de una mujer? Conoce la respuesta de antemano, pero necesita que alguien más la pronuncie. “Porque tiene miedo a la muerte, eso es”. En la película, Rose lleva en casa una bata de guata y por la calle se protege del frío húmedo de Brooklyn con un pañuelo atado a la barbilla. Hoy nos parecería que viste como una mujer mayor, pero en realidad cuando rodó el film Olympia Dukakis tenía mi edad, 56 años, que no son pocos, pero tampoco muchos comparados con los cumplidos por centenarios que el otro día visitaron el Ayuntamiento de Valladolid.
La italiana
Rose es una señora de una pieza, que está cómoda cenando sola y también
invitando a un desconocido a compartir la mesa por charlar con alguien, porque
el coqueteo no procede. Es madre de Loretta, la protagonista, encarnada por Cher,
aunque en la vida real apenas se llevaban quince años. Pero mientras Olympia
era una digna señora en 1987, cuando se rodó la película, Cher todavía hoy, a
los 78 -los mismitos que Trump-, sigue siendo una estrella, recauchutada pero
aún rutilante.
Es extraña la
disociación del aspecto y el envejecimiento celular. Brad Pitt, el amado
imaginario de tantas mujeres, ya cumplió sesenta, y si viviera por aquí sería
candidato a prejubilación en alguna empresa. Aunque vaya con vaqueros y chupa
de cuero, a efectos del ECYL es más viejo que joven. Si próximamente se quedara
solo y sin pareja, cosa probable con sus manías y costumbres, ¿lo suyo sería
soledad no deseada? No lo creeríamos. Además de rico, es guapo y admirado, y todo
parece indicar que podrá seguir eligiendo parejas durante bastante tiempo. Ahora
que se habla tanto de soledad no deseada habría que acotar qué es, porque
desear compañía y no tenerla es bastante propio del género humano, y hasta más
cruel en la niñez y la adolescencia. Con los años, a la soledad, que incluso
pudo haber sido elegida durante mucho tiempo, se suma la necesidad de apoyo
para seguir siendo autónomo, para poder seguir siendo tú mismo. Eso es lo que
da miedo.
La edad es,
por tanto, un concepto confuso. Pitt hace años que llegó a la presbicia, pero
sigue con las pilas cargadas, y es una incómoda referencia para todos nosotros.
Pero admitir que necesitas gafas de cerca no te acerca al cementerio. Lo peor
del cumpleaños no es el dígito, es el chorreo de lugares comunes sobre el paso
del tiempo en las conversaciones. El reloj sigue su ritmo implacable, y le da
igual si parece que tienes tres años menos. Muchos dicen que firmarían por irse
al otro barrio cuando no entren en el chándal. Pero las ganas de agarrarte a la
vida se encienden rabiosas en los momentos más complicados.
Rastreo las
costumbres de los centenarios que cuentan su experiencia en el libro editado
por el Ayuntamiento, a ver si logro alcanzar su récord. Trece son mujeres y cuatro
hombres. Hay quien cargó cántaros, quien fue agricultor, mecanógrafa o
costurera; quien crio a nueve hijos o a ninguno, quien emigró o quien apenas se
movió de su barrio. Lo malo de llegar a los cien es que muchos ya se fueron, y
lo bueno que nadie espera que parezcas que tienes las arrugas de una de 95. “Yo
sé quién soy”, dice Rose Castorini en otro momento de “Hechizo de Luna”.
Nacieron en 1924 y el tiempo pasó, ese es el secreto.
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