miércoles, 9 de noviembre de 2011

Muchos saben que van a pasar frío

El día está oscuro y me levanto pensando que tiene que haber mucha más gente en Valladolid que en Segovia que sabe de antemano que este invierno va a pasar frío. No sólo porque sea más grande la ciudad, sino porque cuando he tenido que buscar piso para alquilar en muchos de los que se ofrecían no había calefacción colectiva. Tenían placas que acumulaban calor por la noche, tenían caldera individual de gasoil, tenían incluso un par de radiadores eléctricos y “dos ventanas por las que da el sol todo el día, no se pasa nada de frío, de verdad”. Como a veces una deduce cosas que luego no son consulto estadísticas, y ahí está: en Segovia ciudad el 44 por ciento de los hogares tiene calefacción colectiva, y en Valladolid, sólo el 27 por ciento.

Pienso un poco más, busco más datos. Por ejemplo, las 33.000 viviendas construidas en esta ciudad en los años sesenta, cuando Valladolid crecía a golpe de migración interna y del desarrollo de la industria del motor. Por entonces se hicieron miles de pisitos de cuatro y cinco plantas en barrios obreros como La Rondilla y Delicias, sin sótanos ni garajes, sin ascensores, sin jardines entre medias –eran los tiempos en los que la “riqueza” era la densidad de población– y sin calefacción, o a lo sumo, con la cocina económica para dar un calentón a la casa y cocinar a la vez.

Seguro que, cuarenta años atrás, estas viviendas les satisficieron a las jóvenes familias de obreros que tenían toda la vida por delante. Pero la arquitectura es un testamento a largo plazo, y en aquellas casas hoy viven esos obreros, pero ya abuelos, o han sido compradas o alquiladas por nuevas familias que no podían pagar pisos nuevos. Las estufas de butano o la cocina bilbaína, como la llaman por aquí, a partir de los noventa fueron siendo sustituidas en muchas por el gas natural. Pero lo de la individualidad ya no hay quien lo modifique y eso, en crisis, significa frío. Frío individual para estas barriadas obreras, para las heladoras y húmedas casas del centro, y también para los cientos de adosados que se construyeron en los tiempos de la “prosperidad” en los alrededores de Valladolid, y que para calentar en condiciones tendrías que gastarte por lo menos el salario mínimo interprofesional cada dos meses.

Además de en parados, ganamos a Europa en el porcentaje de calefacción individual, a pesar de que es menos eficaz y más costosa. Otra vez curioso ¿no? A lo mejor usted escuchó como yo a algún rey de la selva aquello de que “así la pongo y la quito cuando quiero. ¿Por qué va a estar encendida cuando yo estoy trabajando fuera todo el día, para que se calienten los vecinos?”. No era cuestión advertir por entonces a Tarzán que tal vez, sólo tal vez, podría llegar el día en el que él mismo no trabajara, no fuera fuerte, no fuera independiente para entrar y salir cuando le apeteciera.

Yo, así de pronto, lanzo mi demanda electoral: no quiero pantalla LED, ni cafetera de cápsulas, ni un sillón con reposapiés. Quiero que lo que se construya hoy tenga sentido dentro de cuarenta años. Por casi seguro que por entonces nos tocará alguna que otra crisis, y me gustaría que no hubiera que tomar cada día la dolorosa decisión de encender o no encender la caldera.




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