lunes, 11 de abril de 2022

Los de la EGB no fuimos mejores

 

Un par de chicos, casi niños, atraviesan la Plaza Mayor, camino de la calle Santiago. Uno le dice al otro: “¿Sabes por qué me cogieron en el colegio, aunque rechazaban a todo el mundo? Pues porque querían a gente enchufada, gente que tuviera in-flu-en-cias”. A pocos metros de este prometedor dirigente, una manada de adolescentes se apiña a las puertas de la hamburguesería, compartiendo unas patatas de un euro mientras deslizan sus dedos por la pantalla del móvil. Me pregunto qué pensarán ellos de la reforma educativa, de esta o de cualquiera de las anteriores, si saben que, dentro de unos meses, ocupará algún espacio en los libros que acarrean en sus mochilas.


Provenga de un partido o de otro, todas las reformas que he conocido -y van nueve, si sumamos que me estrené con la EGB-, han sido criticadas por conducir al embrutecimiento y aborregamiento de una población cada vez más vaga. Llevo escuchando eso desde que participaba, en tiempos del “Cojo Manteca”, en las huelgas del instituto; también decían lo mismo los chavales a los que entrevistaba cuando empecé a trabajar y cubría protestas estudiantiles, y así hasta la de Wert, ese ministro desacreditado por elitista, lo mismo por cierto que ocurrió después con Celaá. Todas las reformas nacían para destrozar lo que había antes, que sin duda era mejor.

Lo raro es que, una vez recompuestos libros, temarios y profesores tras cada una de estas horripilantes reformas, asoma otra nueva, que de nuevo hace buena a las anteriores. “Se acaba con la regla de tres”, “No sabrán nada de Felipe II”, “Es el fin del pensamiento”, braman. Siempre habrá quien recorra los folios para extractar lo más extravagante y absurdo, y seguro que lo encuentra, porque si algo no gusta a los más irrelevantes es pasar desapercibidos.

Parece sospechoso que justo el sistema en el que estudió uno haya sido el mejor. Así salvas tu propia formación, y salvas tu incomprensión de lo que está ocurriendo hoy, en un mundo que cada vez te pertenece menos. No creo que los de la EGB nos esforzáramos más; si acaso algunos lo harían, pero en general había menos presión. Muchos dejaban pronto de estudiar, y no era difícil encontrar algún trabajo de aprendiz. No vivíamos pensando en la nota de entrada a la universidad. En fin, dulce, comparado con lo de ahora. Eso no lo dice esta tropa de gente que no lee ni un envase de cereales y llama ceporros con móvil a los estudiantes de ahora. Esa tropa que se le ha olvidado que sus padres no se atrevían a decir a quién votaban y que ahora se escandalizan porque no cuentan con pelos y señales la vida de Isabel la Católica, que solo conocen por la serie que dieron en la tele. Gente que tuvo la suerte de que la vida le fuera de cara y encontró un buen trabajo en el que aprendió todo, pero piensa que todo se debió a su extraordinario mérito.

Aunque nos iría mejor con un pacto de Estado, en este y en unos cuantos temas más, parece inevitable que cambie la educación. El mundo cambia a cada rato y ni siquiera los adultos (o sobre todo nosotros) tenemos mucha idea de cómo prepararnos para vivir con cierto sosiego en él. Más allá de anécdotas y temarios, está en juego una cosa más importante. Emilio Lledó, que en sus inicios dio clase en Valladolid, en el Núñez de Arce, recoge esta cita de Kant, un filósofo muy aburrido: “Lo que hay que esperar de un profesor es que, en primer lugar, forme en sus oyentes al hombre de entendimiento, después al de razón, y, por último, al sabio. Tal proceder tiene la ventaja de que, si el alumno no llegase al último peldaño, como suele ocurrir normalmente, algo habrá ganado de esta enseñanza. En una palabra: No debe enseñar pensamientos, sino enseñar a pensar”. Claro, dirán algunos, pero ¿cómo?

Pese a todo lo que se escucha, soy optimista. Hay una lógica interna que mantiene a flote el sistema frente a estas hecatombes provocadas por políticos que no sólo no se “ajuntan”, si no que a veces parece que se detestan, quebrando las más elementales reglas de la educación. Mientras sigue la gresca, en los centros ya dan vueltas a lo que vendrá, porque en septiembre deben estar otra vez los temarios pulidos y los libros encargados. Los profesores logran, pese a todo, dotar de cierta coherencia a sus enseñanzas, cabalgando por encima, por debajo o de medio lado sobre los contenidos que en algún momento le serán requeridos a sus pupilos, en pruebas Pisa, EBAU y demás fórmulas dolorosas, pero seguramente inevitables para unificar lo que saben los que siempre salen a flote gracias a “sus influencias”, que seguro que nunca tuvieron problema para pasar con alguna asignatura con un cuatro raspado, y los otros.

Creo que sobra gente escandalizada por todo y falta un poco más de seguridad en lo que se va consiguiendo, que es mucho. El sistema, con sus fallos, es robusto. Educativa y socialmente. Avanza. Da igual que el otro día un par de payasos pintaran en la pared de un colegio una esvástica y el miembro viril en el que alojan toda su inteligencia. Ya solo les queda la provocación del que se sabe perdedor. Porque dentro de las paredes de los colegios los estudiantes, todos ellos, ocupan cada mañana sus pupitres y, entre examen y examen, les hablan sobre un mundo grande y complicado, pero también de que merece la pena conocerlo.

 

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