lunes, 21 de agosto de 2023

La maleta de Leonor

 

Entre sables, ametralladoras y tratados de estrategia militar, en una de las salas de la Academia de Caballería de Valladolid cuelga un lienzo de gran tamaño de Alfonso XIII. Es, como otros imponentes cuadros del museo, un retrato ecuestre, pero la antítesis de lo castrense. El monarca viste de blanco y su mano enguantada sujeta un taco, el equipo clásico del jugador de polo. Dicen las crónicas que fue gran aficionado a este deporte, y que se quedó con las ganas de competir con el equipo español en alguna olimpiada. Eduardo García Benito, que firma la obra, le retrató con pulcritud, con una media sonrisa que suaviza al envarado jinete real. Es un cuadro peculiar en la trayectoria de García Benito, un artesano superviviente de mil encargos y a la vez un artista del dibujo, más conocido por sus delicadas ilustraciones para revistas americanas que por retratos regios. Sin quererlo, es un cuadro revelador, que muestra a un rey en una de las facetas privadas en las que consumió más horas y entusiasmo. Nada heroico, por otra parte, pero muy frecuente en las clases altas, la actividad deportiva como adiestramiento y a la vez diversión, para cuyo desarrollo se presuponen ciertas habilidades físicas y sobre todo de sociabilidad entre sus iguales, o sus casi iguales. Los reyes y sus cohortes fueron quizá los inventores del concepto vacaciones, cuando para el resto el asueto era con suerte dejar de trabajar el día de la Patrona. Los borbones levantaron un pabellón en Riofrío para sus prácticas de caza, y en La Granja campo de polo y todo un palacio para su esparcimiento. Hasta Franco fue alguna vez al pequeño lago, a pescar unas truchas. Solo apuntar a su favor que, al menos, nos indicaron a los plebeyos el camino a seguir: de vez en cuando es justo y necesario descansar.

También hay en la colección de Caballería unas fotos de los Reyes eméritos en una visita a Valladolid, en 1964. Eran muy jóvenes. Sofía, por entonces madre reciente de su primera hija, tenía los ojos chispeantes de quien no sabe controlar sus emociones, y a la vez la determinación, aprendida a fuego, de cumplir con el deber. También tiene ese brillo Leonor, y da igual que la lleven a un colegio británico pijo o al pabellón de una academia militar. Nos enseñan una habitación con media docena de colchones y la ropa de cama a la espera del petate, los bancos corridos para comer, y hasta la zona de duchas. Tres años ahí, por muchos compromisos y salidas que tenga, no está mal como prueba de convivencia. Me pregunto si a Leonor le ha ayudado el servicio a hacer la maleta, o si se la ha revisado su madre. Mejor que no, porque las madres vaticinamos inundaciones, apagones, indigestiones y resfriados antes de tiempo, y los cuidados para prevenir cualquier perturbación no cabrían en esa maleta discreta que le permiten llevar.

Leonor me cae bien desde que le cayó la del pulpo cuando dijo que una de sus películas favoritas es Dersu Uzala. Dersu es un cazador mongol acostumbrado a sobrevivir en la tierra de la que todos huyen, la taiga de Siberia. Un espacio hostil para los humanos, pero no para él, que sabe doblegarse a los bandazos de una naturaleza cruel, pero también muy bella. Leonor dijo que era una buena película, pero le criticaron por ser pedante, en lugar de limitarse a montar a caballo y jugar al polo, que era la tradición. Hay que ser muy cruel para disfrutar con ese linchamiento público y desprecio de la gente, y más aún de adolescentes, tanto da que sean hijas de reyes, presidentes de gobierno o de los vecinos de enfrente.

No hace falta que expliquemos a Leonor, que es chica leída, la irregularidad que supone heredar de tu padre un reino, que él lo heredara de tu abuelo y así hasta el primero de la dinastía. Ya lo sabe. La herencia, en general, no es un concepto nacido de la justicia social: hace ricos a los hijos de ricos, pobres a los de los pobres y, con frecuencia, hasta médicos y notarios a los descendientes de los médicos y notarios. Aunque la mayoría de los diputados hayan estudiado Derecho, la democracia, pese a sus achaques, nos permite elegir como presidente a cualquiera -a usted, por ejemplo- una maravillosa anomalía en la historia de la humanidad.

Quiero un país de iguales, por lo que debo ser republicana. Leonor igual también lo es, tanto da. Mientras la Constitución no diga lo contrario, hace lo que tiene que hacer. Irse de maniobras y dar discursos en las lenguas cooficiales habidas y por haber no es lo más difícil. Lo de ser símbolo de la unidad y permanencia del Estado se las trae.

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