lunes, 30 de diciembre de 2024

El perrito sabio

Una niña agota su madre en la cola de una tienda. “Entonces, ¿puedo pedir un perrito? ¿Por qué no puedo? Por favor, lo pago con mi dinero”. La madre le habla bajito, que si esto y lo otro, razones que le ha explicado mil veces. Una y otra vez. Si la pequeña creyera en los Reyes Magos, como se presupone, la solución sería fácil: pediría un cachorro. Pero en las cartas a Sus Majestades pocas veces los niños dicen la verdad. Muy pronto aprenden a agradar a los padres y buscan su aprobación. “He sido bueno y si os parece bien me traéis esto y lo otro”, siempre cosas homologadas y a la venta. Peticiones un tanto burocráticas porque, si eres bueno y obediente, como los Reyes marcan, no procede exigir un elefante, una avioneta o pisar la cara oculta de la Luna. Los tres Magos tienen un extraño contacto directo con sus delegados en la Tierra, que al fin y al cabo son los padres. Descubrir hasta qué punto es íntima esa relación defrauda más que desilusiona: algo sospechaban ya.

En estas condiciones, es frecuente que el niño se sienta entusiasmado por unos segundos ante los paquetes envueltos en papeles de colores, para inmediatamente sentirse vacío al encontrar dentro exactamente lo que pidió. Magia sería que los Reyes le hubieran dejado el regalo maravilloso que no se atrevió a pedir, que ni siquiera sabía que existía, porque no venía en catálogo alguno. Recuerdo mi emoción al encontrar en casa de mi abuela, bien entrado enero, una muñeca recortable de cartón, con un mechón de peluche azul. La debió comprar en el ultramarinos, como todo lo que necesitaba, porque vivía en las afueras y no había más tiendas. Ahí apareció de pronto en un día frío, sin motivo alguno, como un milagro.

Ya no escribo la carta a los Reyes Magos, pero he vuelto a reponer el taco del Sagrado Corazón para que no me olvide de lo que vale un día. Cada jornada tiene sus santos, su misa, su luna menguante y su pequeña lectura a la vuelta, un Reader’s Digest a la hispana, una píldora de conocimiento bienintencionado. Es el mismo calendario que conocí en la casa de mis padres, aunque por entonces lo llevaba al día, y ahora hay semanas en las que se acumulan las páginas y el sábado pasas siete de golpe. Un ritmo atropellado que refleja cómo se percibe con los años el paso del tiempo: los días se suceden en ramillete, como un soplo. Ahora entiendo a mi madre, que decía que con una sola agenda tenía para varios años. En sus páginas se solapaban registros de cambio de sábanas, citas del médico, jueves de pescadería. Solo permanecían inamovibles los cumpleaños y las fechas en la que fallecieron los abuelos. Los años y las estaciones se fundían en aquel mundo doméstico. De pronto, entre todas las obligaciones, en un margen añadía “hacer croquetas para Teresa”, y hoy comprendo que eso era un regalo de verdad emocionante, como la muñeca recortable del mechón azul.

Los regalos inesperados salpican el calendario, aunque no vienen envueltos, y con frecuencia no somos conscientes de haberlos recibido. Tenemos el radar de la bondad tan atrofiado como los osos de Laciana el instinto: por culpa de la comida fácil de los contenedores de basura, se olvidan de olfatear bayas, hormigas y brotes. Por eso pasamos por alto las veces en que, cuando todo parece perdido y absurdo, cuando sentimos el aliento frío del miedo en la nuca, se nos cruza un “perrito sabio”, que escribía Gustavo Martín Garzo, una persona que nos echa un cable, no el que pedimos, sino el que necesitamos. “Todos los hombres y mujeres tienen o han tenido alguna vez el auxilio de una fuerza benéfica. A esa fuerza la llamo perrito sabio. Aún más, tengo el convencimiento de que ninguna vida sería posible sin esas intervenciones decisivas. Aunque la mayoría de las veces nos pasen desapercibidas”.

 

lunes, 23 de diciembre de 2024

El orgullo del dependiente

Hace unos días, en este periódico se publicaba la esquela de un vecino de Valladolid, en la que se mencionaba que había sido dependiente de una tienda de ropa muy conocida, una casa de confección, como se las conocía antes. Pocas veces aparecen en las esquelas datos más allá de la familia. La profesión solo se indica en un puñado de casos: un cargo político, un médico, el dueño de un negocio conocido. Para el común de los trabajadores, parece que de los servicios prestados hasta los 65 no queda rastro, y hasta alguno reniega de aquella etapa, que viene a ser la mitad, o más, de la existencia. Como si hubiera estado viviendo la vida de otro.

Yo no conocí aquella tienda, pero sé bien lo que es un buen dependiente. Un dependiente es cordial, atento, pero no entrometido, y siempre servicial, tanto si pides un sacapuntas como un ordenador, si te vas sin nada o si te llevas la tienda entera. Disculpa las torpezas verbales del cliente y recompone una y otra vez el desorden del género que deja el comprador indeciso. Nunca, nunca, te hace sentir idiota, aunque lo seas. Se pone en tu lugar, en resumen.

Cuando leí aquella esquela de ese hombre orgulloso del que había sido su trabajo pensé en la tienda del señor Matuschek, “justo en la esquina de las calles Andrassy con Balta, en Budapest, Hungría”, el escenario de la película El bazar de las sorpresas. Su director, Ernest Lubitsch, sabía mucho de tiendas, porque había crecido en el almacén de ropa que su padre, un emigrado ruso, creó en Berlín. Dicen que Lubitsch interpretaba todos los papeles de sus películas, y que su pericia actoral la entrenó tras aquel mostrador de la tienda familiar. Un dependiente no deja de manejar herramientas del actor: talento, persuasión, simulación, escucha. Lubitsch decía que nunca hizo una película en la que la atmósfera y los personajes fueran más reales que en esta.

En El bazar de las sorpresas hay una historia de amor, pero la protagonista es la tienda en sí, el pedazo de vida que transcurre cada día, desde que suben hasta que bajan la persiana. Un comercio de artículos de cuero, de maletas, bolsos y carteras de “piel de cerdo de importación”, todo un lujo para la época que refleja, el periodo de entreguerras, con millones de personas sin trabajo. El miedo a perder el empleo es definitivo para entender a los personajes. El dueño, Matuschek, es a ratos paternalista y a ratos despótico. Las horas extra son la norma, y despide por las bravas. Los empleados oscilan entre la mansedumbre y la adulación al dueño. Con todo, avanza la vida. Con su salario, Pirovitch mantiene a su pequeña familia. Ilona se compra una estola de zorro, que apenas puede permitirse. Pepi invita a cenar a una chica. Kralik y Klara se enamoran. En la víspera de Navidad, envuelven en papel de seda y atan con cordón decenas de paquetes. Y se alegran sinceramente de la buena caja con que cierran la jornada. Hasta el jefe tiene su epifanía y reconoce, en una escena magnífica, que la tienda y los empleados es lo más parecido a un hogar que ha tenido a lo largo de su vida.

El comercio en el que trabajó aquel hombre de la esquela estaba en Valladolid, y no en Budapest, pero seguro que allí también cuidaban lo que vendían, ordenaban una y otra vez las baldas, decoraban el escaparate por Navidad. Sería pueril añorar las condiciones de trabajo del pasado: avanzamos, pese a quien pese. Pero considerar nuestro empleo poco más que una condena provisional hasta la jubilación, más que liberarnos nos convierte en una pieza triste del sistema. Apreciar tu trabajo es apreciarte a ti mismo. Sí, algunos trabajos pueden ser completamente inútiles, incluso un infierno. Pero otros, la mayoría, no serán el cielo, pero sí una oportunidad de ser útil, de aprender, de conocer a otros. También de recibir la nómina y alegrarte cuando llegan un par de días libres. Hoy, entre las lágrimas de cocodrilo de los que se lamentan por tener que fichar esta mañana porque la lotería pasó de largo, los buenos deseos navideños los dirijo a aquellos que han perdido su empleo, para que encuentren otro pronto. Como expresaba a la perfección uno de los trabajadores de Bimbo: “Me da igual hacer donuts que hamburguesas, lo importante es seguir”.

 

 

lunes, 16 de diciembre de 2024

Los artesanos de la democracia

A principios de noviembre de 1975, justo hace cincuenta años, Manuel Cantarero del Castillo visitaba Valladolid para contar en un local de la caja de ahorros los planes de Reforma Social Española, la primera asociación política aprobada en España, y que, ya como partido, concurriría a las elecciones generales de 1977. Poco antes del fallecimiento del dictador, se abrió paso a la constitución de este tipo de asociaciones, que necesitaban recabar un mínimo de 25.000 firmas en España, 870 de ellas en Valladolid. Cantarero debió remover el mapa nacional para sumar esos apoyos. Pocos se atrevían a hablar de política: en la Guerra Civil, por ser miembro o solo simpatizante de un partido, muchos habían acabado en la cárcel, en el destierro, o muertos. Él conocía sus limitaciones, pero era resistente. “Yo no soy El Cordobés de la política, he pasado de la fase emotiva para entrar en la racional”, decía.

Si algo significa ser un político de raza, él lo era. Un político sin partido, justo al contrario que ahora, que solo hay partidos. Cuando murió, en 2009, una necrológica de El País despedía a “político honesto e incomprendido, que luchó activamente por la democracia y el socialismo”. De familia republicana, se comprometió desde niño con el Régimen: juventudes de Falange, sindicato estudiantil, consejero del Movimiento. A principios de los setenta publica un libro de título extraño “Falange y socialismo”, que viene a definir su escarpada transición política personal. En sus últimos años en activo, recaló en Alianza Popular. Nadie acabó de entender bien a Cantarero. Era sospechoso para sus compañeros de juventud, y no acababa de integrarse en los nuevos partidos nacidos a la lumbre de la democracia por la que tanto luchó. “Ni abjuro de mi pasado ni me subordino a ningún buda político”, contaba en una entrevista en el diario Pueblo, posando junto a uno de los leones de las Cortes. Con gabán, traje y corbata, con las manos en los bolsillos, con gesto concentrado, como el protagonista de una película neorrealista italiana.

A los pocos días de su visita a Valladolid, moría Franco. En mi colegio, el director entró con paso grave y nos confirmó la noticia que, de pasada, habíamos oído en casa. Muchos nos pusimos a llorar, como lloran los niños de seis años cuando se asustan, aunque no entiendan bien lo que se les dice y al rato lo olviden por completo. Felizmente, las cosas fueron cambiando en este país sin que yo tuviera que hacer nada al respecto, pero Cantarero y otros muchos sí que estuvieron ahí, trabajando y completando los pies de página de la historia, que a alguno le gustaría borrar para dibujar nuestro pasado a su gusto.

Cantarero era especialista en hablar con desapego de sí mismo. Admitía que estaba lleno de dudas, confusiones y vacilaciones que le hacían sufrir. Como un astronauta sin escafandra, se hubiera asfixiado en la política de hoy. Solo con ¿de qué lado está usted? hubiera caído fulminado. Sabía demasiado y admitía que la transición solo era posible en la tibieza, en lo gris: una parte aceptaría el veredicto democrático, a cambio de un cierre en falso, cuya reparación aún vivimos.

En un partido pobre y pequeño, apenas tuvo oportunidades de llegar masivamente a la población a través de la única televisión que existía entonces. Por fin, un día sale en la UHF y, entonces se cabrea de verdad: “utilizan del pensamiento ajeno solo lo que les conviene para ratificar sus hipótesis”. No aguantaba la manipulación. Alguien escribió que Cantanero -político, abogado, periodista y hasta marino mercante- transmitía simpatía y honestidad, pero… con él siempre había un “pero”. Yo creo que sería bueno que se recordara a personas como él en esos actos que organizarán en 2025 para celebrar nuestra democracia, el único régimen que impide la imposición de unos sobre otros. Porque la democracia viene a ser eso, la suma de ciudadanos con sus respectivos “peros”.

lunes, 9 de diciembre de 2024

Quién está resumiendo mi año

Puede que usted, como yo, no haya comprendido nada, o casi nada, de lo que ha ocurrido en este país y en el mundo desde enero. Puede que se sienta desbordado por la marea de información, o algo parecido a información que cae a chorro cada día, hasta el punto de huir y recluirse en el documental de cebras de La 2. No se preocupe. En los próximos días empezarán a circular resúmenes sobre 2024, y podrá ponerse al día con menos sufrimiento. Resumen económico, resumen agrícola, resumen cultural, resumen deportivo. Las bodas y divorcios del año. Los que se fueron, los nuevos cantantes. El restaurante de moda, el país al que tiene que viajar. Es el momento de enterarse en un mínimo espacio de lo que ha ocupado tantas páginas, tantas voces y broncas, durante doce meses.

Spotify siempre se adelanta. A los que todavía pagamos unos céntimos por escuchar canciones nos envía estos días el resumen de nuestro año. Si no sabes qué has estado haciendo con tu vida, Spotify te lo aclara. En enero “estabas en fase de mujer madura, soul, Motown”. En abril, fase “cantautor, brillar”. En verano, “ola de calor, pop español”. Del otoño no dice nada, puede que haya sido irrelevante, y tendrá toda la razón. Con cuatro mil y pico minutos de música, salgo apenas a veinte minutos diarios, aunque hubo días sin banda sonora y otros pocos con cuatro horas. No demasiado, en realidad. El tiempo que no escuché nada fue irrelevante para Spotify, para mí puede que no, pero es difícil acordarme. Tendría que consultar la galería de fotos del móvil para cerciorarme. La nube utiliza su peculiar inteligencia para imponerse a nuestra incapacidad de gestionar nuestro propio archivo. Mi vida queda resumida así: “cielos despejados, bonitas vistas”, “perro fantástico”, “mejores momentos del año”, o “qué mono”. No son fotos para pasar a la historia, son las tuyas, pero podrían ser las de cualquiera: cuando sales a comer, cuando visitas un sitio nuevo, un paseo bajo la iluminación navideña. No sale la mesa donde trabajas cada día, la puerta de tu portal, la tienda a la que vas casi a diario, la barra del café donde te despejas. No están las conversaciones sinceras, ni los abrazos. De lo más importante el móvil no tiene registro. Esas cosas siguen en el departamento de siempre, en el espacio sideral, a la espera de que una palabra, un sabor, un aroma, una canción, eche el anzuelo a un recuerdo no archivado.

La inteligencia artificial es muy perra, eso hay que tenerlo en cuenta. Como Groucho, te puede ofrecer unos recuerdos de ti mismo y si no te gustan, construirte otros. No tardando mucho, si es que ya no es capaz, podrá eliminar de nuestro archivo las caras de personas que nos molestan y días odiosos. ¿A quién no le gustaría pulir el pasado, que doliera menos una mala racha, un despido, una separación, una amistad perdida, unas palabras hirientes? Sí, es posible que muy pronto la IA nos escriba un relato imaginario pero verosímil sobre nosotros mismos, y hasta nos fabrique un escudo heráldico y todo. O, por el contrario, que dé corporeidad digital a nuestras neuras, que agarre fotos, canciones y palabras de aquí y allá para magnificar nuestros errores y fracasos. Y esto sería casi sería peor que lo primero, porque entonces seríamos esclavos en toda su dimensión, víctimas permanentes sin capacidad de salir adelante. Y canciones tristes hay muchas, muchísimas…

Ahora que empiezan los resúmenes del año, y que hasta el repaso a lo ocurrido en el planeta Tierra se resuelve en treinta minutos, es irónico que nuestro propio registro sea inabarcable. Que estas pequeñas criaturas humanas de la meseta, con sus vidas anodinas, no seamos capaces de poner orden en las fotos de la galería del móvil. Como referencia, bastaría con echar un vistazo a un álbum de fotos de antes: bautizos, carné de familia numerosa, boda, comunión, bodas de oro, primer trabajo, viaje a Mallorca. Apenas un par de fotos por año. Algunos años, ninguna.

 

lunes, 2 de diciembre de 2024

Beneficios de hacer la cama

Leí que a Natalia Ginzburg su madre la llamaba “mi Señora” porque era una total incompetente doméstica. Hija pequeña de una peculiar familia numerosa, apenas escolarizada, hasta su juventud no supo atarse los cordones ni se hizo su propia cama. Luego, por múltiples razones -la guerra, la pobreza, quedarse viuda con varios hijos a su cargo-, es seguro que hizo miles. Por encima de la tarea en sí, las manos de las madres hacen camas como quien impone la bendición para alejar las pesadillas de los hijos.

Más allá del amor, no conviene dejar que otro te haga la cama, tanto en sentido metafórico como doméstico. La cama recoge tus pedazos tras el desgaste del día, y también te arroja al mundo cada mañana, con la valentía que te falta. Abrir la ventana para calibrar la temperatura del aire, separar la ropa que te ha cubierto, alisar cada pieza, ahuecar las almohadas y volver a cubrir capa a capa el lugar que ocupa tu cuerpo cuando se olvida de sí mismo son los pasos que te devuelven con suavidad al mundo. Ahí te esperará hasta que llegue la noche, por muy larga y cansada que sea la jornada.

Hoy son pocas las ventanas que muestran mantas y sábanas como si fueran banderas, en ese ritual de ventilación intensa que era común para las amas de casa de antes. Les hubiera horrorizado que nos conformáramos con arrebujarnos solo bajo un edredón, como un bandolero con la manta. La madre te enseñaba a diferenciar la sábana bajera de la encimera y, muy importante, a poner el lado bonito, el del festón, hacia dentro. Ahí radicaba y radica el misterio: en la cama el único punto de vista que importa es el del ser cansado que se queda solo y callado, con sus pensamientos, hasta que llega el sueño. A nadie le importa que luzca la sábana bonita por fuera, porque el mundo de la cama está dentro.

Independizarse, aunque sea para compartir piso, es comprar tu primer juego de sábanas, que suele ser cualquiera, y no debería, porque las sábanas duran muchísimo, y aguantan parejas, divorcios, traslados. Las más viejas y gastadas son las mejores. En la Sección Femenina aprendían a bordar “el equipo”, los juegos de sábanas y ropa de casa que llevarían al matrimonio, y a veces hasta un juego de cuna. Y en esas telas quedaban trabadas muchas esperanzas que luego cambiaban, o directamente se esfumaban, aunque hubiera que seguir planchando sin ganas los embozos bordados.

Cuando se hace la cama es un buen momento para cantar, o para rezar, si es que construir el lecho no es una plegaria en sí misma. No es raro que se diga hacer la cama, aunque ya no haya que apilar paja para dormir en blando, ni varar la lana del colchón: construir un lugar donde dormir es una obra seria. Cada mañana hacemos una nueva cama, como nos recomponemos a nosotros mismos, supervisando que durante la noche no hemos perdido ningún hueso.

La cama es el abrazo de madre que te espera después de la lucha diaria, así que no es buena idea dejar el catre manga por hombro, porque así te recibirá cuando regreses con las pilas bajo mínimos. No hay casa fea ni habitación miserable si tiene una cama bien hecha, así lo pintó Van Gogh y así es en Castilla. Aunque no hay una única forma de hacer bien la cama, eso lo aprendes cuando compartes piso y cada compañera coloca el embozo de una manera. Será importante la cama que incluso cuando no puedes hacerla, encamado en el hospital, hay una mano eficiente que la coloca y estira, para que el día empiece con cierto orden, incluso en los momentos más complicados.

Cuando la mirada no nota que la cama permanece deshecha algo no va bien. Algunas mañanas pasa. El mundo es un desastre, pero lo de la cama tiene mejor arreglo. Una sábana, la otra, la manta en el punto justo donde cubre los pies y alcanza la barbilla.