A principios de noviembre de 1975, justo hace cincuenta años, Manuel Cantarero del Castillo visitaba Valladolid para contar en un local de la caja de ahorros los planes de Reforma Social Española, la primera asociación política aprobada en España, y que, ya como partido, concurriría a las elecciones generales de 1977. Poco antes del fallecimiento del dictador, se abrió paso a la constitución de este tipo de asociaciones, que necesitaban recabar un mínimo de 25.000 firmas en España, 870 de ellas en Valladolid. Cantarero debió remover el mapa nacional para sumar esos apoyos. Pocos se atrevían a hablar de política: en la Guerra Civil, por ser miembro o solo simpatizante de un partido, muchos habían acabado en la cárcel, en el destierro, o muertos. Él conocía sus limitaciones, pero era resistente. “Yo no soy El Cordobés de la política, he pasado de la fase emotiva para entrar en la racional”, decía.
Si algo
significa ser un político de raza, él lo era. Un político sin partido, justo al
contrario que ahora, que solo hay partidos. Cuando murió, en 2009, una
necrológica de El País despedía a “político honesto e incomprendido, que luchó
activamente por la democracia y el socialismo”. De familia republicana, se comprometió
desde niño con el Régimen: juventudes de Falange, sindicato estudiantil,
consejero del Movimiento. A principios de los setenta publica un libro de
título extraño “Falange y socialismo”, que viene a definir su escarpada transición
política personal. En sus últimos años en activo, recaló en Alianza Popular. Nadie
acabó de entender bien a Cantarero. Era sospechoso para sus compañeros de
juventud, y no acababa de integrarse en los nuevos partidos nacidos a la lumbre
de la democracia por la que tanto luchó. “Ni abjuro de mi pasado ni me
subordino a ningún buda político”, contaba en una entrevista en el diario Pueblo,
posando junto a uno de los leones de las Cortes. Con gabán, traje y corbata,
con las manos en los bolsillos, con gesto concentrado, como el protagonista de
una película neorrealista italiana.
A los pocos
días de su visita a Valladolid, moría Franco. En mi colegio, el director entró con
paso grave y nos confirmó la noticia que, de pasada, habíamos oído en casa.
Muchos nos pusimos a llorar, como lloran los niños de seis años cuando se
asustan, aunque no entiendan bien lo que se les dice y al rato lo olviden por
completo. Felizmente, las cosas fueron cambiando en este país sin que yo
tuviera que hacer nada al respecto, pero Cantarero y otros muchos sí que estuvieron
ahí, trabajando y completando los pies de página de la historia, que a alguno
le gustaría borrar para dibujar nuestro pasado a su gusto.
Cantarero
era especialista en hablar con desapego de sí mismo. Admitía que estaba lleno
de dudas, confusiones y vacilaciones que le hacían sufrir. Como un astronauta
sin escafandra, se hubiera asfixiado en la política de hoy. Solo con ¿de qué
lado está usted? hubiera caído fulminado. Sabía demasiado y admitía que la transición
solo era posible en la tibieza, en lo gris: una parte aceptaría el veredicto
democrático, a cambio de un cierre en falso, cuya reparación aún vivimos.
En un
partido pobre y pequeño, apenas tuvo oportunidades de llegar masivamente a la
población a través de la única televisión que existía entonces. Por fin, un día
sale en la UHF y, entonces se cabrea de verdad: “utilizan del pensamiento ajeno
solo lo que les conviene para ratificar sus hipótesis”. No aguantaba la manipulación.
Alguien escribió que Cantanero -político, abogado, periodista y hasta marino
mercante- transmitía simpatía y honestidad, pero… con él siempre había un
“pero”. Yo creo que sería bueno que se recordara a personas como él en esos
actos que organizarán en 2025 para celebrar nuestra democracia, el único
régimen que impide la imposición de unos sobre otros. Porque la democracia viene
a ser eso, la suma de ciudadanos con sus respectivos “peros”.
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