Puede que usted, como yo, no haya comprendido nada, o casi nada, de lo que ha ocurrido en este país y en el mundo desde enero. Puede que se sienta desbordado por la marea de información, o algo parecido a información que cae a chorro cada día, hasta el punto de huir y recluirse en el documental de cebras de La 2. No se preocupe. En los próximos días empezarán a circular resúmenes sobre 2024, y podrá ponerse al día con menos sufrimiento. Resumen económico, resumen agrícola, resumen cultural, resumen deportivo. Las bodas y divorcios del año. Los que se fueron, los nuevos cantantes. El restaurante de moda, el país al que tiene que viajar. Es el momento de enterarse en un mínimo espacio de lo que ha ocupado tantas páginas, tantas voces y broncas, durante doce meses.
Spotify
siempre se adelanta. A los que todavía pagamos unos céntimos por escuchar
canciones nos envía estos días el resumen de nuestro año. Si no sabes qué has
estado haciendo con tu vida, Spotify te lo aclara. En enero “estabas en fase de
mujer madura, soul, Motown”. En abril, fase “cantautor, brillar”. En verano,
“ola de calor, pop español”. Del otoño no dice nada, puede que haya sido
irrelevante, y tendrá toda la razón. Con cuatro mil y pico minutos de música,
salgo apenas a veinte minutos diarios, aunque hubo días sin banda sonora y
otros pocos con cuatro horas. No demasiado, en realidad. El tiempo que no
escuché nada fue irrelevante para Spotify, para mí puede que no, pero es
difícil acordarme. Tendría que consultar la galería de fotos del móvil para
cerciorarme. La nube utiliza su peculiar inteligencia para imponerse a nuestra
incapacidad de gestionar nuestro propio archivo. Mi vida queda resumida así:
“cielos despejados, bonitas vistas”, “perro fantástico”, “mejores momentos del
año”, o “qué mono”. No son fotos para pasar a la historia, son las tuyas, pero
podrían ser las de cualquiera: cuando sales a comer, cuando visitas un sitio
nuevo, un paseo bajo la iluminación navideña. No sale la mesa donde trabajas
cada día, la puerta de tu portal, la tienda a la que vas casi a diario, la
barra del café donde te despejas. No están las conversaciones sinceras, ni los
abrazos. De lo más importante el móvil no tiene registro. Esas cosas siguen en
el departamento de siempre, en el espacio sideral, a la espera de que una
palabra, un sabor, un aroma, una canción, eche el anzuelo a un recuerdo no
archivado.
La
inteligencia artificial es muy perra, eso hay que tenerlo en cuenta. Como
Groucho, te puede ofrecer unos recuerdos de ti mismo y si no te gustan, construirte
otros. No tardando mucho, si es que ya no es capaz, podrá eliminar de nuestro
archivo las caras de personas que nos molestan y días odiosos. ¿A quién no le
gustaría pulir el pasado, que doliera menos una mala racha, un despido, una
separación, una amistad perdida, unas palabras hirientes? Sí, es posible que
muy pronto la IA nos escriba un relato imaginario pero verosímil sobre nosotros
mismos, y hasta nos fabrique un escudo heráldico y todo. O, por el contrario,
que dé corporeidad digital a nuestras neuras, que agarre fotos, canciones y
palabras de aquí y allá para magnificar nuestros errores y fracasos. Y esto
sería casi sería peor que lo primero, porque entonces seríamos esclavos en toda
su dimensión, víctimas permanentes sin capacidad de salir adelante. Y canciones
tristes hay muchas, muchísimas…
Ahora que
empiezan los resúmenes del año, y que hasta el repaso a lo ocurrido en el
planeta Tierra se resuelve en treinta minutos, es irónico que nuestro propio
registro sea inabarcable. Que estas pequeñas criaturas humanas de la meseta,
con sus vidas anodinas, no seamos capaces de poner orden en las fotos de la
galería del móvil. Como referencia, bastaría con echar un vistazo a un álbum de
fotos de antes: bautizos, carné de familia numerosa, boda, comunión, bodas de
oro, primer trabajo, viaje a Mallorca. Apenas un par de fotos por año. Algunos
años, ninguna.
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