Una niña agota su madre en la cola de una tienda. “Entonces, ¿puedo pedir un perrito? ¿Por qué no puedo? Por favor, lo pago con mi dinero”. La madre le habla bajito, que si esto y lo otro, razones que le ha explicado mil veces. Una y otra vez. Si la pequeña creyera en los Reyes Magos, como se presupone, la solución sería fácil: pediría un cachorro. Pero en las cartas a Sus Majestades pocas veces los niños dicen la verdad. Muy pronto aprenden a agradar a los padres y buscan su aprobación. “He sido bueno y si os parece bien me traéis esto y lo otro”, siempre cosas homologadas y a la venta. Peticiones un tanto burocráticas porque, si eres bueno y obediente, como los Reyes marcan, no procede exigir un elefante, una avioneta o pisar la cara oculta de la Luna. Los tres Magos tienen un extraño contacto directo con sus delegados en la Tierra, que al fin y al cabo son los padres. Descubrir hasta qué punto es íntima esa relación defrauda más que desilusiona: algo sospechaban ya.
En estas
condiciones, es frecuente que el niño se sienta entusiasmado por unos segundos
ante los paquetes envueltos en papeles de colores, para inmediatamente sentirse
vacío al encontrar dentro exactamente lo que pidió. Magia sería que los Reyes
le hubieran dejado el regalo maravilloso que no se atrevió a pedir, que ni
siquiera sabía que existía, porque no venía en catálogo alguno. Recuerdo mi
emoción al encontrar en casa de mi abuela, bien entrado enero, una muñeca
recortable de cartón, con un mechón de peluche azul. La debió comprar en el
ultramarinos, como todo lo que necesitaba, porque vivía en las afueras y no
había más tiendas. Ahí apareció de pronto en un día frío, sin motivo alguno,
como un milagro.
Ya no
escribo la carta a los Reyes Magos, pero he vuelto a reponer el taco del Sagrado
Corazón para que no me olvide de lo que vale un día. Cada jornada tiene sus
santos, su misa, su luna menguante y su pequeña lectura a la vuelta, un Reader’s Digest a la hispana, una
píldora de conocimiento bienintencionado. Es el mismo calendario que conocí en
la casa de mis padres, aunque por entonces lo llevaba al día, y ahora hay
semanas en las que se acumulan las páginas y el sábado pasas siete de golpe. Un
ritmo atropellado que refleja cómo se percibe con los años el paso del tiempo:
los días se suceden en ramillete, como un soplo. Ahora entiendo a mi madre, que
decía que con una sola agenda tenía para varios años. En sus páginas se
solapaban registros de cambio de sábanas, citas del médico, jueves de
pescadería. Solo permanecían inamovibles los cumpleaños y las fechas en la que
fallecieron los abuelos. Los años y las estaciones se fundían en aquel mundo
doméstico. De pronto, entre todas las obligaciones, en un margen añadía “hacer
croquetas para Teresa”, y hoy comprendo que eso era un regalo de verdad
emocionante, como la muñeca recortable del mechón azul.
Los regalos
inesperados salpican el calendario, aunque no vienen envueltos, y con
frecuencia no somos conscientes de haberlos recibido. Tenemos el radar de la
bondad tan atrofiado como los osos de Laciana el instinto: por culpa de la
comida fácil de los contenedores de basura, se olvidan de olfatear bayas,
hormigas y brotes. Por eso pasamos por alto las veces en que, cuando todo
parece perdido y absurdo, cuando sentimos el aliento frío del miedo en la nuca,
se nos cruza un “perrito sabio”, que escribía Gustavo Martín Garzo, una persona
que nos echa un cable, no el que pedimos, sino el que necesitamos. “Todos los
hombres y mujeres tienen o han tenido alguna vez el auxilio de una fuerza
benéfica. A esa fuerza la llamo perrito sabio. Aún más, tengo el convencimiento
de que ninguna vida sería posible sin esas intervenciones decisivas. Aunque la
mayoría de las veces nos pasen desapercibidas”.
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