lunes, 3 de octubre de 2022

Cosas inútiles e interesantes

El otoño llega una mañana que hay cola en el centro cívico. Mujeres con cazadora vaquera de entretiempo, también hombres, aguardan su turno. Las plazas más codiciadas son las de yoga, que se adjudican por sorteo. Pero hay decenas de talleres, de memoria, idiomas, pintura, bolillos, de cocina, baile, coro, mandalas, ajedrez, meditación, paseos saludables, corte y confección… Leo: “Tardes geográficas Everest, con charlas sobre la Vuelta al Mundo, el Camino del Cid o las misiones espaciales”, para viajar como Verne, con la imaginación y las palabras. Otro: “Taller con C-Alma: practicaremos la atención plena y la escucha interior, para ganar en serenidad, concentración y alegría”. Más: “Taller de creación literaria. Para pasar un rato a solas, para no estar solo. Porque no sé quién soy, porque estoy harto de ser yo”.


Decía Bertrand Russell que, dado que hasta en las vidas más afortunadas hay momentos en que las cosas se tuercen, conviene tener todos los intereses posibles. No intereses bursátiles, sino el sano hábito de interesarse por cosas “inútiles”, en el buen sentido de la palabra. Russell, un señor inteligente y estudiado como pocos, lamentaba ya en 1930 que la educación se hubiera convertido en el entrenamiento de habilidades específicas; eso que ahora llaman “competencias” como medio para lograr un trabajo que no sabemos si será o si llegará, por muy competentes que seamos. Por el contrario, señalaba, la educación “cada vez se preocupa menos de ensanchar la mente y el corazón mediante el examen imparcial del mundo”.

Advertía sobre esas trampas al solitario que nos prepara la mente, siempre dando vueltas a cuatro cosas que nos traen por la calle de la amargura, y sobre lo importante que es conservar tu caja de juguetes, tu patio de recreo particular donde refugiarte cuando afuera, en el mundo de los mayores, aúllan los lobos, y se nos erizan los pelos del lomo porque no sabemos si somos nosotros las ovejas.

Bertrand recomendaba perseverar en el entusiasmo y en tener todos los intereses posibles. Cuantas más cosas te gustan más oportunidades de disfrute, aunque, como la vida es corta, no hay otra que elegir un puñado. Y en ese sentido, mejor adiestrarse con las que tengas más oportunidades de disfrutar, porque astronauta es una posibilidad, sí, pero muy remota y bastante cara. En ese sentido, él decía que la lectura era un placer superior al fútbol, porque leer se puede casi en toda circunstancia, y ver un partido solo a veces. Russell no era tan repipi como para sermonear sobre qué gustos son más refinados o convenientes: “Para el que le gustan, las fresas son buenas, para el que no le gustan, no lo son. Pero al que le gustan tiene un placer que otro no tiene, está mejor adaptado al mundo en que ambos deben vivir”.

Para los que tenemos la suerte de disfrutar entre papeles, un carné de la biblioteca te encumbra “capitán general”, como decía mi padre. Puedes toquetear los libros, las revistas, y en la ventanilla te atienden y te sirven con respeto, y sin mediar un euro. Y eso que en los casi cincuenta años de usuaria he acumulado una larga lista de penalizaciones por retraso. Pero da igual, te vuelven a acoger, una y otra vez. Y no solo a mí, que pago los impuestos que me corresponden, y muy feliz de que se gasten en que el centro cívico y su biblioteca enciendan la luz cada mañana. Un día, todavía en lo más amargo de la pandemia, todos embozados y asustados ante la posibilidad de compartir el aire de una habitación, reabrieron las puertas del centro cívico. Sin actividades, los pasillos estaban vacíos, y los corchos de las paredes limpios. En una esquina estaba sentado un chico de fuera, con los ojos cerrados, la cazadora puesta y la mochila en los pies, esperando a entrar en la sala de lectura, tal vez para hacer una consulta en internet, porque más gente de la que pensamos no tiene conexión. Levantarse, hacer la cama, y un plan pequeño para cada mañana, vivir, sin más.

Ahora en la biblioteca sigue conservándose el silencio, qué lujo leer sin distracciones, pero por los pasillos estos días comenzarán a escucharse sevillanas, y en los lavabos se limpiarán pinceles de acuarela y manos con arcilla. Se cruzarán señores con corbata que leen el Muy Interesante y también gentes en chándal, mucho chándal. Personas que se interesan por cosas, porque a nosotros mismos ya nos tenemos muy vistos.

viernes, 26 de agosto de 2022

Sujetar la pancarta

En los noventa entrevisté a un niño que me contó que de mayor quería ser sindicalista, como su padre, para defender a los trabajadores. No sé qué habrá sido del chaval, que era simpático y espabilado. Me pregunto si hoy habrá algún niño que se atreva a responder eso mismo. Para algunos, un sindicalista es un jeta, o en el mejor de los casos, un señor que come gambas. Aunque la bolsa de congeladas no sea demasiado cara, desde luego menos que una sandía, se ve que los sindicalistas tienen fijación con las gambas: los patronos deben ser frugales y vegetarianos.


Algo que me sorprendió cuando llegué a Valladolid fue la fuerte identidad obrera. Barrios enteros se construyeron para alojar a las familias que vinieron, muchas de los pueblos, a trabajar en la industria del automóvil. Gente que no tenía nada y que trabajó duro para ganarse un jornal y, poco a poco, sus derechos, contenidos en esa palabra mágica: “convenio”.  Conquistas comunes que, en las ciudades pequeñas, sin industria y con empresas familiares y atomizadas, casi no se conocían. Los afiliados de entonces hoy ya no están, y, en este mundo de yo-me-mí-conmigo poco queda de ese orgullo de pertenencia a un gremio. Pocos se sienten identificados como “trabajadores”, si acaso con su segmento profesional, con sus específicas reivindicaciones, que a veces chocan entre sí. Las de los pensionistas, con la mayor esperanza de vida conocida, con las de los mileuristas, con dificultades para sumar años de cotización; las de los interinos, con las de los que opositan. Las de los empleados públicos y sus trienios, con los de las empresas privadas, en las que sumar antigüedad es pecado… No sé si la lucha de clases está obsoleta, pero desde luego la lucha de unos contra otros está de plena actualidad. El discurso de los sindicatos vadea entre todo ello, tratando de agradar o al menos no molestar a sus clientes fijos, que suelen ser precisamente los que tienen más estabilidad, y eso les impide proyectar palabras que ilusione al resto, que es la mayoría.

Tampoco les ayuda, y de eso no tienen la culpa, que unos cuantos políticos jueguen cada día a hundir el sistema y a prometer la tierra de la leche y la miel. En medio de sus rebuznos, las reivindicaciones de los sindicatos son un prodigio de moderación y sentido común -también suenan aburridas y demasiado previsibles-, porque ellos sí saben que con las cosas de comer no se juega y que, si tiramos todo por la borda, los únicos con salvavidas no son precisamente los del jornal.

Este descrédito de los representantes de los trabajadores nos llega en el peor momento, tras la crisis del 2008, la pandemia y el remate de Ucrania. Algunos ya han tenido que pedir préstamos para hacer frente a la compra del supermercado, y a la vuelta está septiembre. Mientras sudábamos en este verano tórrido nos avisaban de que en invierno pagaremos el doble por mantener el radiador medio templado. Con esas contradicciones viene el futuro inmediato, para los trabajadores y también para los que aspiran a serlo. No se trata de unos pocos sectores afectados, sino de muchos, aunque los más tocados ni siquiera estén lo bastante organizados como para pedir turno y convocar una concentración en la Plaza de Colón, el manifestódromo de Valladolid.

La luz decía Antonio Gamoneda que era de todos los hombres, y que la tierra también lo sería algún día, pero últimamente caminamos en sentido contrario y la luz es más que nunca de Iberdrola. Las cuentas no salen y la gente pedirá soluciones, y si no hay camino dimisiones, que en realidad es un blanco más fácil. Habrá manifestaciones, tal vez no muy numerosas, porque lo de sujetar la pancarta cuesta, y más ahora que perdimos la costumbre de la presencialidad y algunos prefieren protestar en el coche, para ir cómodos, abultar más y hacer ruido. Pero las quejas que hay que contabilizar son las de los ciudadanos de a pie, una por persona, como los votos, no sea que la furia de unos pocos silencie el sufrimiento del resto. Ahí, en dar voz a la mayoría, deberían estar los sindicatos. Desperezarse de sus rollos habituales, no desgañitarse entrando en provocaciones estériles, dejar de otorgarse patentes de corso y ganarse su jornal, que consiste en dar la cara por los trabajadores, que tienen demasiado miedo para defenderse a sí mismos.

 

 

martes, 23 de agosto de 2022

La maldición de la belleza


Llevaba años sin pasar más de una noche seguida en Segovia. Compruebo que sigue importándome mucho, aunque no entienda bien lo que está pasando y hacia dónde va esta ciudad tan pequeña, que vive ensimismada en su belleza. Hace tiempo que odio cuando, al comentar que soy de aquí, el interlocutor responde “Me encanta Segovia, es preciosa”, o algo parecido. La belleza encierra siempre una condena, y desde luego la ciudad la está pagando. Este verano me he encontrado con mi gente de siempre, gente que me importa de verdad y se quedó aquí. El sol no reluce hoy en ninguna parte, pero la queja es coincidente. Nada se mueve. Ese es el resumen. Por eso lo de la maldición de la belleza: si se trata de conservar, que nada cambie puede parecer una virtud. Pero entremedias de lo romano y lo románico, hay ciudadanos, que tienen una vida, que posiblemente no pasará a la posteridad, pero vida, al fin y al cabo.

Es simbólico el cambio de los jardines del Alcázar. Busco la arena junto a los bancos en los que me sentaba con mis padres de niña, en la que me entretenía dibujando con un palito. Ahora todo está cubierto de piedra, y sí, la entrada es lisa y despejada, más cómoda y accesible para los miles de visitantes que recibe. Trona un altavoz, y les habla a ellos, no a mí, que ya voy sobrando en este orden orwelliano. Esa sensación de orfandad, cuando el sitio en el que naciste está, pero no es, se amplía a la Plaza, a esos bancos en los que se sentaba la gente mayor que vivía en pisos hoy cerrados o remozados para acoger turistas o estudiantes, con alquileres desorbitados. La Plaza ya es territorio comanche, y la Calle Real en su conjunto, donde ya huele más a gofre que a asado.

Los segovianos han retrocedido y creado nuevos asentamientos más allá de intramuros. Fernández Ladreda, ahora Avenida del Acueducto, es el nuevo centro. Los barrios del ensanche, donde se asentaron los funcionarios y pequeños empresarios en los setenta, hoy también tienen pocos niños. Las parejas jóvenes marcharon aún más allá. Segovia ya no es la Plaza, eso es Old Segovia. Segovia ahora toma cañas en las terrazas de San Millán, de José Zorrilla, de Nueva Segovia o en el extrarradio. Si quiero encontrarme con antiguos compañeros de instituto, imposible verlos a menos de dos kilómetros de la Catedral. El epicentro social es el Mercadona de La Lastrilla o de Nueva Segovia, ahí sí que hay segovianos normales, corrientes y dolientes.

En los pisos con precio más asequible (aunque nunca lo es), se van asentado nuestros nuevos vecinos, más segovianos ya que yo misma, que vienen de aquí y de allá. Son muchos, y me sorprende no conocer todavía a ningún concejal ni portavoz que los represente. Escucho la radio y parece que nada ha cambiado, pero ya no hay nada igual, nada.

Echo en falta dejar de hablar de lo que fue y ponerse a hablar de lo que es. La estampida de segovianos, y posible retorno. Los nuevos segovianos. Y en medio, Segovia. ¿De quién es Segovia? Porque no me creo eso de que sea Patrimonio de la Humanidad. ¿De los pobres de Malawi, de las mujeres afganas, de Biden y Putin? En un pequeño porcentaje, y solo moralmente, no en euros, ¿es de los segovianos? Sí, supongo que lo es, o debería de serlo. El centro parece sacrificado a su destino. Pero llorando por lo perdido se ha dejado que acampen los que tienen claro cómo beneficiarse de él. A mí me gustaría asistir a un debate con los dueños de Segovia. El Alcázar tiene dueños; la Catedral, también; los locales en los que se asienta nuestra hostelería y los inestables comercios de la Calle Real son de gente e instituciones, y no de mucha gente e instituciones, apenas un puñado; los usos de los espacios más bonitos de la ciudad están determinados en buena parte por la hostelería, quiero decir por los dueños, no por los camareros; la universidad, especialmente la privada, está creando una tensión insólita en la vivienda, que es inaccesible para habitantes permanentes y que acabará en manos de inversionistas. A lo mejor estaría bien saber si todos ellos, o al menos alguno, tienen algún plan para la ciudad, o si solo se trata de arramplar con lo que puedan y luego ya veremos.

A lo mejor era también interesante y democrático escuchar a los que viven en los huecos menos deslumbrantes y se dedican a ganarse un sueldo sosteniendo la tramoya de este gran parque temático en el que la ciudad se ha ido convirtiendo. Porque Segovia será de unos pocos, pero a Segovia la mueven, como ya se vio en la pandemia, camareros, limpiadores, dependientas, cuidadoras de ancianos, albañiles, mecánicos, maestros, enfermeras… y hasta los denostados funcionarios. También la sostienen con sus impuestos, y son los que votan, por cierto.

Ese muro entre la Segovia de escaparate y la de andar por casa debe ser mínimo, casi imperceptible. Si los segovianos se sienten incómodos y ajenos en su propia Plaza Mayor tenemos un problema, por muy mona que quede en las fotos de los turistas. A veces pienso que los visionarios de aquel Panorámico, hoy presa de la maleza, no andaban tan desencaminados. Solo que lo proyectaron al revés: al casco antiguo se lo ha merendado el turismo, y a este paso van a ser los segovianos los que tendrán que utilizar el Panorámico para reunirse en algo parecido a su ciudad.

viernes, 29 de julio de 2022

Del loden al niki

Si con dieciséis años me hubieran preguntado a quién habría que borrar del planeta y rociar con polvos pica-pica, David Summers hubiera tenido muchas posibilidades. Hombres G representaba todo lo que por entonces despreciaba: lo pijo. Eso significaba posicionarse en contra de un segmento nutrido de la población, porque en los ochenta los 'pijos' eran bastantes más que los seguidores de la 'movida', digan lo que digan ahora. Los pijos eran herederos de los 'niños pera' de los setenta, pero liberados del sombrío loden y de esa mirada torcida de los paranoicos que quieren que el mundo se doblegue según sus estrechos parámetros. Para ser pijo, bajo mis prejuicios un tanto superficiales de entonces, bastaba con llevar un niki y gustarte los Hombres G. O sea, que el acceso al club era bastante sencillo, puesto que el niki se abarató considerablemente por esa época, cuando el Lacoste fue sustituido por Don Algodón, mucho más asequible, y después por las imitaciones de mercadillo. Luego llegaría al paroxismo la exhibición del logo, que todavía alguno arrastra sin saber que se delata inmediatamente como torpe advenedizo ante los verdaderos pijos, porque un pijo verdadero luce un estudiado abandono en su atuendo. Cuando Tracy Lord, la rica heredera de Historias de Filadelfia, encarnada por Katherine Hepburn, ve a su prometido con un reluciente traje de montar a caballo, le dice: «Estás horrible, pareces el maniquí de un escaparate», y le embadurna ipso facto con barro.


Los chicos pijos de mi juventud eran simpáticos y ruidosos, aunque tenían fama de ir a lo que iban. A su alrededor llevaban unas chicas pijas también, muy maquilladas, con los labios pintados con brillos nacarados que perfilaban juntas en manada, en el cuarto de baño de la discoteca. Olían a Nenuco y fumaban rubio, y de sus bolsos colgaban llaveros de Snoopy, que no sé si fue el origen de aquello de «te lo juro por Snoopy». Los 'no pijos' los mirábamos con una mezcla de curiosidad y desprecio, como cuando no te invitan a una fiesta en la que tienes muchas posibilidades de acabar siendo la camarera.
Aunque David Summers no llevara niki, sino camiseta blanca, y se declarara él mismo víctima de un pijo con jersey amarillo y un Ford fiesta blanco, se convirtió en la imagen de ese mundo pijo que reclamaba su espacio en la España de los ochenta. Un espacio más ligero y con más risas, aunque la historia era básicamente la de siempre, chico-conoce-chica, con la naturalidad y jeta suficientes como para pedir a la chica que se soltara el sujetador, y que se escuchara en Los 40 principales.
De adolescente asociaba a lo pijo el dinero, esos niños de papá con todo resuelto de antemano que saben que, pase lo que pase, alguien se ocupará de recoger sus estropicios y colocarlos en algún sitio, porque ellos lo valen. Lo cierto es que muchos de los que entonces iban de pijos han vivido su vida como yo la mía, con resultados en general poco pijos. No hay ningún niki que cubra las espaldas como un gran patrimonio, pero incluso eso con el tiempo se desgasta, por muy Froilancito que seas.
Otra cosa que pensaba yo, y no era la única, es que en Valladolid había más pijos de lo normal. Con el tiempo y la convivencia ya no lo tengo tan claro, aunque es verdad que en esta ciudad se gasta mucho niki y náutico. Puede que obedezca en parte a los amores que se profesan desde Tierra de Campos al Cantábrico, y también a que el niki sea un modo de estar «arreglao pero informal» -y además planchando poco-, por lo que es un atuendo útil tanto para el alcalde como para el frutero de la esquina. Y digo niki por no decir polo, que no deja de ser un niki, pero con ínfulas. 
Veo que se estrena una película con canciones de los Hombres G rodada aquí, y como cuarto y mitad ya soy de Valladolid, me complace que el resto de los españoles vean a jóvenes bailando en la Plaza del Salvador, San Benito o el Viejo Coso. Ya no pienso tan mal de David Summers, que al fin y al cabo nada me hizo, y seguro que de un padre tan fantástico como Manuel Summers algo bueno se le pegó. Valladolid, encorsetada en ese cliché de ciudad facha y de gente antipática, tiene que sacudirse todo lo que pueda la naftalina, y pasar en el imaginario nacional, como lo ha hecho en la vida real, del loden al niki, o incluso a la camiseta directamente. Con el tiempo, creo que lo más envidiable de los pijos no era que tuvieran pasta, solo que se reían más. Y la alegría, aunque sea breve, siempre es un puntaz

viernes, 1 de julio de 2022

La bolsa de colores

Francisco Umbral recordaba con amargura Valladolid. Hijo de madre soltera en un tiempo en el que no tener una familia 'normal' era motivo de vergüenza, niño de una posguerra de frío y hambre, apenas fue al colegio, y a los catorce años entró como botones en un banco. Los libros y más tarde la escritura fueron el cauce para dar sentido a la llama que abrasaba dentro un adolescente larguirucho, a los que los muchachos del barrio le llamaban maricón. Hoy sería acoso, pero entonces la víctima del escarnio tenía que agachar la cabeza y apretar el paso para tratar de escapar de las voces y las risas.
Umbral no era homosexual, pero ni entonces ni ahora importaba mucho ese dato. No era por eso por lo que le ridiculizaban. Bastaba con ser como era, diferente. Miguel Delibes, amigo hasta la muerte de Umbral, le aconsejó pronto que se marchara a Madrid, y así lo hizo. Allí, construyó Paco su imagen de dandi, su pluma cortante, su pensamiento rápido y su fama de borde. Pero detrás de las gafotas de pasta asomaban los ojos de un niño desvalido.

Umbral, en la portada de Diario de un noctámbulo (Austral)
Hay un estudio estupendo de Bénédicte de Buron-Bru, profesora y traductora francesa, sobre cómo refleja la homosexualidad Umbral en su obra, desde sus primeras novelas hasta sus últimos artículos en prensa. Lo publicó la Universidad de Valladolid en su revista Siglo XXI y puede leerse en internet. Umbral creció en el mundo de los hombres 'viriles', sin aristas ni debilidades, en el que cualquier gesto o palabra podían ser utilizados en tu contra, como él mismo había experimentado y sufrido. En varias de sus novelas aparece ese mundo marginal y sórdido en el que tenían que vadear los pocos que se atrevían a salir del armario o directamente eran expulsados de él. Los tiempos en los que un homosexual era lo peor, y como tal era fichado en el registro de vagos y maleantes, bajo amenaza continua de ser detenido. Maestro del lenguaje, con un oído privilegiado para escuchar la calle, en sus novelas están todas esas palabras susurradas que escuchábamos de niños, sin saber bien qué significaban: sarasa, mariquita, invertido... Con su escritura sin filtros, se ganó por entonces la fama de despreciar a los homosexuales.
Señala la filóloga francesa que, a partir de los noventa, Umbral hizo una «pirueta literaria magistral, apoyando a las víctimas y viéndosela con los verdugos». Arremete el escritor en sus columnas contra Juan Pablo II por sus críticas a la «depravación» de la Marcha del Orgullo («el homosexual no es un huésped incomodo de la especie, sino la especie misma en una de sus variantes», escribió Umbral) y destripa las contradicciones de una sociedad que a la vez trata de atraer los ingresos gayfriendly mientras que sigue despreciando al vecino o vecina que no sigue los parámetros convencionales. «Usted podría ser gay por libre en España si traer money, pero le abrirán la cabeza como un melón de Villaconejos los neonazis de los bates si usted es gay nacional», gran frase.

Umbral falleció en 2007. Dos años antes se había aprobado el matrimonio homosexual. Siendo el ser menos complaciente del mundo, armado siempre de un látigo contra cualquier sensiblería, le aburrían las alharacas. Sabía que todos los mundos que podamos imaginar, sean del color que sean, tienen sus limitaciones. El amor, el deseo, el dolor y la crueldad se reparten por igual entre los humanos, hetero, homo o lo que les plazca elegir.

Me pregunto qué hubiera escrito Francisco de lo que nos ocupa. Esta guerra de símbolos, desde el baile por las desinencias gramaticales de Irene 'Montero-a-e', hasta la pelea por la bandera multicolor en los balcones. Qué hubiera dicho de esos que quieren ajusticiar a los que no siguen sus exclusivas normas. «Al atardecer de la vida, te examinarán en el amor», decía San Juan de la Cruz. Ese es el mandamiento fundamental.  

Yo le hubiera llevado a Umbral el martes pasado al centro de Valladolid, a ver lo que interesa, que es la calle. Parejas de la mano con alas en los pies hacia la marcha, con pancartas pintadas con rotulador. Adolescentes con bolsas de colores que todavía no saben quiénes son, ni a quién amarán. Y también la mirada de la gente que los veía pasar, que no era de escándalo, ni siquiera de sorpresa, sino de «a mí qué». 

Decía Umbral que uno cambia de ideas porque cambia el mundo, y porque la vida te enseña, si estás dispuesto a aprender y no eres un auténtico botarate. Se trata de que cada cual recorra su camino, solo de eso.