lunes, 30 de diciembre de 2024

El perrito sabio

Una niña agota su madre en la cola de una tienda. “Entonces, ¿puedo pedir un perrito? ¿Por qué no puedo? Por favor, lo pago con mi dinero”. La madre le habla bajito, que si esto y lo otro, razones que le ha explicado mil veces. Una y otra vez. Si la pequeña creyera en los Reyes Magos, como se presupone, la solución sería fácil: pediría un cachorro. Pero en las cartas a Sus Majestades pocas veces los niños dicen la verdad. Muy pronto aprenden a agradar a los padres y buscan su aprobación. “He sido bueno y si os parece bien me traéis esto y lo otro”, siempre cosas homologadas y a la venta. Peticiones un tanto burocráticas porque, si eres bueno y obediente, como los Reyes marcan, no procede exigir un elefante, una avioneta o pisar la cara oculta de la Luna. Los tres Magos tienen un extraño contacto directo con sus delegados en la Tierra, que al fin y al cabo son los padres. Descubrir hasta qué punto es íntima esa relación defrauda más que desilusiona: algo sospechaban ya.

En estas condiciones, es frecuente que el niño se sienta entusiasmado por unos segundos ante los paquetes envueltos en papeles de colores, para inmediatamente sentirse vacío al encontrar dentro exactamente lo que pidió. Magia sería que los Reyes le hubieran dejado el regalo maravilloso que no se atrevió a pedir, que ni siquiera sabía que existía, porque no venía en catálogo alguno. Recuerdo mi emoción al encontrar en casa de mi abuela, bien entrado enero, una muñeca recortable de cartón, con un mechón de peluche azul. La debió comprar en el ultramarinos, como todo lo que necesitaba, porque vivía en las afueras y no había más tiendas. Ahí apareció de pronto en un día frío, sin motivo alguno, como un milagro.

Ya no escribo la carta a los Reyes Magos, pero he vuelto a reponer el taco del Sagrado Corazón para que no me olvide de lo que vale un día. Cada jornada tiene sus santos, su misa, su luna menguante y su pequeña lectura a la vuelta, un Reader’s Digest a la hispana, una píldora de conocimiento bienintencionado. Es el mismo calendario que conocí en la casa de mis padres, aunque por entonces lo llevaba al día, y ahora hay semanas en las que se acumulan las páginas y el sábado pasas siete de golpe. Un ritmo atropellado que refleja cómo se percibe con los años el paso del tiempo: los días se suceden en ramillete, como un soplo. Ahora entiendo a mi madre, que decía que con una sola agenda tenía para varios años. En sus páginas se solapaban registros de cambio de sábanas, citas del médico, jueves de pescadería. Solo permanecían inamovibles los cumpleaños y las fechas en la que fallecieron los abuelos. Los años y las estaciones se fundían en aquel mundo doméstico. De pronto, entre todas las obligaciones, en un margen añadía “hacer croquetas para Teresa”, y hoy comprendo que eso era un regalo de verdad emocionante, como la muñeca recortable del mechón azul.

Los regalos inesperados salpican el calendario, aunque no vienen envueltos, y con frecuencia no somos conscientes de haberlos recibido. Tenemos el radar de la bondad tan atrofiado como los osos de Laciana el instinto: por culpa de la comida fácil de los contenedores de basura, se olvidan de olfatear bayas, hormigas y brotes. Por eso pasamos por alto las veces en que, cuando todo parece perdido y absurdo, cuando sentimos el aliento frío del miedo en la nuca, se nos cruza un “perrito sabio”, que escribía Gustavo Martín Garzo, una persona que nos echa un cable, no el que pedimos, sino el que necesitamos. “Todos los hombres y mujeres tienen o han tenido alguna vez el auxilio de una fuerza benéfica. A esa fuerza la llamo perrito sabio. Aún más, tengo el convencimiento de que ninguna vida sería posible sin esas intervenciones decisivas. Aunque la mayoría de las veces nos pasen desapercibidas”.

 

lunes, 23 de diciembre de 2024

El orgullo del dependiente

Hace unos días, en este periódico se publicaba la esquela de un vecino de Valladolid, en la que se mencionaba que había sido dependiente de una tienda de ropa muy conocida, una casa de confección, como se las conocía antes. Pocas veces aparecen en las esquelas datos más allá de la familia. La profesión solo se indica en un puñado de casos: un cargo político, un médico, el dueño de un negocio conocido. Para el común de los trabajadores, parece que de los servicios prestados hasta los 65 no queda rastro, y hasta alguno reniega de aquella etapa, que viene a ser la mitad, o más, de la existencia. Como si hubiera estado viviendo la vida de otro.

Yo no conocí aquella tienda, pero sé bien lo que es un buen dependiente. Un dependiente es cordial, atento, pero no entrometido, y siempre servicial, tanto si pides un sacapuntas como un ordenador, si te vas sin nada o si te llevas la tienda entera. Disculpa las torpezas verbales del cliente y recompone una y otra vez el desorden del género que deja el comprador indeciso. Nunca, nunca, te hace sentir idiota, aunque lo seas. Se pone en tu lugar, en resumen.

Cuando leí aquella esquela de ese hombre orgulloso del que había sido su trabajo pensé en la tienda del señor Matuschek, “justo en la esquina de las calles Andrassy con Balta, en Budapest, Hungría”, el escenario de la película El bazar de las sorpresas. Su director, Ernest Lubitsch, sabía mucho de tiendas, porque había crecido en el almacén de ropa que su padre, un emigrado ruso, creó en Berlín. Dicen que Lubitsch interpretaba todos los papeles de sus películas, y que su pericia actoral la entrenó tras aquel mostrador de la tienda familiar. Un dependiente no deja de manejar herramientas del actor: talento, persuasión, simulación, escucha. Lubitsch decía que nunca hizo una película en la que la atmósfera y los personajes fueran más reales que en esta.

En El bazar de las sorpresas hay una historia de amor, pero la protagonista es la tienda en sí, el pedazo de vida que transcurre cada día, desde que suben hasta que bajan la persiana. Un comercio de artículos de cuero, de maletas, bolsos y carteras de “piel de cerdo de importación”, todo un lujo para la época que refleja, el periodo de entreguerras, con millones de personas sin trabajo. El miedo a perder el empleo es definitivo para entender a los personajes. El dueño, Matuschek, es a ratos paternalista y a ratos despótico. Las horas extra son la norma, y despide por las bravas. Los empleados oscilan entre la mansedumbre y la adulación al dueño. Con todo, avanza la vida. Con su salario, Pirovitch mantiene a su pequeña familia. Ilona se compra una estola de zorro, que apenas puede permitirse. Pepi invita a cenar a una chica. Kralik y Klara se enamoran. En la víspera de Navidad, envuelven en papel de seda y atan con cordón decenas de paquetes. Y se alegran sinceramente de la buena caja con que cierran la jornada. Hasta el jefe tiene su epifanía y reconoce, en una escena magnífica, que la tienda y los empleados es lo más parecido a un hogar que ha tenido a lo largo de su vida.

El comercio en el que trabajó aquel hombre de la esquela estaba en Valladolid, y no en Budapest, pero seguro que allí también cuidaban lo que vendían, ordenaban una y otra vez las baldas, decoraban el escaparate por Navidad. Sería pueril añorar las condiciones de trabajo del pasado: avanzamos, pese a quien pese. Pero considerar nuestro empleo poco más que una condena provisional hasta la jubilación, más que liberarnos nos convierte en una pieza triste del sistema. Apreciar tu trabajo es apreciarte a ti mismo. Sí, algunos trabajos pueden ser completamente inútiles, incluso un infierno. Pero otros, la mayoría, no serán el cielo, pero sí una oportunidad de ser útil, de aprender, de conocer a otros. También de recibir la nómina y alegrarte cuando llegan un par de días libres. Hoy, entre las lágrimas de cocodrilo de los que se lamentan por tener que fichar esta mañana porque la lotería pasó de largo, los buenos deseos navideños los dirijo a aquellos que han perdido su empleo, para que encuentren otro pronto. Como expresaba a la perfección uno de los trabajadores de Bimbo: “Me da igual hacer donuts que hamburguesas, lo importante es seguir”.

 

 

lunes, 16 de diciembre de 2024

Los artesanos de la democracia

A principios de noviembre de 1975, justo hace cincuenta años, Manuel Cantarero del Castillo visitaba Valladolid para contar en un local de la caja de ahorros los planes de Reforma Social Española, la primera asociación política aprobada en España, y que, ya como partido, concurriría a las elecciones generales de 1977. Poco antes del fallecimiento del dictador, se abrió paso a la constitución de este tipo de asociaciones, que necesitaban recabar un mínimo de 25.000 firmas en España, 870 de ellas en Valladolid. Cantarero debió remover el mapa nacional para sumar esos apoyos. Pocos se atrevían a hablar de política: en la Guerra Civil, por ser miembro o solo simpatizante de un partido, muchos habían acabado en la cárcel, en el destierro, o muertos. Él conocía sus limitaciones, pero era resistente. “Yo no soy El Cordobés de la política, he pasado de la fase emotiva para entrar en la racional”, decía.

Si algo significa ser un político de raza, él lo era. Un político sin partido, justo al contrario que ahora, que solo hay partidos. Cuando murió, en 2009, una necrológica de El País despedía a “político honesto e incomprendido, que luchó activamente por la democracia y el socialismo”. De familia republicana, se comprometió desde niño con el Régimen: juventudes de Falange, sindicato estudiantil, consejero del Movimiento. A principios de los setenta publica un libro de título extraño “Falange y socialismo”, que viene a definir su escarpada transición política personal. En sus últimos años en activo, recaló en Alianza Popular. Nadie acabó de entender bien a Cantarero. Era sospechoso para sus compañeros de juventud, y no acababa de integrarse en los nuevos partidos nacidos a la lumbre de la democracia por la que tanto luchó. “Ni abjuro de mi pasado ni me subordino a ningún buda político”, contaba en una entrevista en el diario Pueblo, posando junto a uno de los leones de las Cortes. Con gabán, traje y corbata, con las manos en los bolsillos, con gesto concentrado, como el protagonista de una película neorrealista italiana.

A los pocos días de su visita a Valladolid, moría Franco. En mi colegio, el director entró con paso grave y nos confirmó la noticia que, de pasada, habíamos oído en casa. Muchos nos pusimos a llorar, como lloran los niños de seis años cuando se asustan, aunque no entiendan bien lo que se les dice y al rato lo olviden por completo. Felizmente, las cosas fueron cambiando en este país sin que yo tuviera que hacer nada al respecto, pero Cantarero y otros muchos sí que estuvieron ahí, trabajando y completando los pies de página de la historia, que a alguno le gustaría borrar para dibujar nuestro pasado a su gusto.

Cantarero era especialista en hablar con desapego de sí mismo. Admitía que estaba lleno de dudas, confusiones y vacilaciones que le hacían sufrir. Como un astronauta sin escafandra, se hubiera asfixiado en la política de hoy. Solo con ¿de qué lado está usted? hubiera caído fulminado. Sabía demasiado y admitía que la transición solo era posible en la tibieza, en lo gris: una parte aceptaría el veredicto democrático, a cambio de un cierre en falso, cuya reparación aún vivimos.

En un partido pobre y pequeño, apenas tuvo oportunidades de llegar masivamente a la población a través de la única televisión que existía entonces. Por fin, un día sale en la UHF y, entonces se cabrea de verdad: “utilizan del pensamiento ajeno solo lo que les conviene para ratificar sus hipótesis”. No aguantaba la manipulación. Alguien escribió que Cantanero -político, abogado, periodista y hasta marino mercante- transmitía simpatía y honestidad, pero… con él siempre había un “pero”. Yo creo que sería bueno que se recordara a personas como él en esos actos que organizarán en 2025 para celebrar nuestra democracia, el único régimen que impide la imposición de unos sobre otros. Porque la democracia viene a ser eso, la suma de ciudadanos con sus respectivos “peros”.

lunes, 9 de diciembre de 2024

Quién está resumiendo mi año

Puede que usted, como yo, no haya comprendido nada, o casi nada, de lo que ha ocurrido en este país y en el mundo desde enero. Puede que se sienta desbordado por la marea de información, o algo parecido a información que cae a chorro cada día, hasta el punto de huir y recluirse en el documental de cebras de La 2. No se preocupe. En los próximos días empezarán a circular resúmenes sobre 2024, y podrá ponerse al día con menos sufrimiento. Resumen económico, resumen agrícola, resumen cultural, resumen deportivo. Las bodas y divorcios del año. Los que se fueron, los nuevos cantantes. El restaurante de moda, el país al que tiene que viajar. Es el momento de enterarse en un mínimo espacio de lo que ha ocupado tantas páginas, tantas voces y broncas, durante doce meses.

Spotify siempre se adelanta. A los que todavía pagamos unos céntimos por escuchar canciones nos envía estos días el resumen de nuestro año. Si no sabes qué has estado haciendo con tu vida, Spotify te lo aclara. En enero “estabas en fase de mujer madura, soul, Motown”. En abril, fase “cantautor, brillar”. En verano, “ola de calor, pop español”. Del otoño no dice nada, puede que haya sido irrelevante, y tendrá toda la razón. Con cuatro mil y pico minutos de música, salgo apenas a veinte minutos diarios, aunque hubo días sin banda sonora y otros pocos con cuatro horas. No demasiado, en realidad. El tiempo que no escuché nada fue irrelevante para Spotify, para mí puede que no, pero es difícil acordarme. Tendría que consultar la galería de fotos del móvil para cerciorarme. La nube utiliza su peculiar inteligencia para imponerse a nuestra incapacidad de gestionar nuestro propio archivo. Mi vida queda resumida así: “cielos despejados, bonitas vistas”, “perro fantástico”, “mejores momentos del año”, o “qué mono”. No son fotos para pasar a la historia, son las tuyas, pero podrían ser las de cualquiera: cuando sales a comer, cuando visitas un sitio nuevo, un paseo bajo la iluminación navideña. No sale la mesa donde trabajas cada día, la puerta de tu portal, la tienda a la que vas casi a diario, la barra del café donde te despejas. No están las conversaciones sinceras, ni los abrazos. De lo más importante el móvil no tiene registro. Esas cosas siguen en el departamento de siempre, en el espacio sideral, a la espera de que una palabra, un sabor, un aroma, una canción, eche el anzuelo a un recuerdo no archivado.

La inteligencia artificial es muy perra, eso hay que tenerlo en cuenta. Como Groucho, te puede ofrecer unos recuerdos de ti mismo y si no te gustan, construirte otros. No tardando mucho, si es que ya no es capaz, podrá eliminar de nuestro archivo las caras de personas que nos molestan y días odiosos. ¿A quién no le gustaría pulir el pasado, que doliera menos una mala racha, un despido, una separación, una amistad perdida, unas palabras hirientes? Sí, es posible que muy pronto la IA nos escriba un relato imaginario pero verosímil sobre nosotros mismos, y hasta nos fabrique un escudo heráldico y todo. O, por el contrario, que dé corporeidad digital a nuestras neuras, que agarre fotos, canciones y palabras de aquí y allá para magnificar nuestros errores y fracasos. Y esto sería casi sería peor que lo primero, porque entonces seríamos esclavos en toda su dimensión, víctimas permanentes sin capacidad de salir adelante. Y canciones tristes hay muchas, muchísimas…

Ahora que empiezan los resúmenes del año, y que hasta el repaso a lo ocurrido en el planeta Tierra se resuelve en treinta minutos, es irónico que nuestro propio registro sea inabarcable. Que estas pequeñas criaturas humanas de la meseta, con sus vidas anodinas, no seamos capaces de poner orden en las fotos de la galería del móvil. Como referencia, bastaría con echar un vistazo a un álbum de fotos de antes: bautizos, carné de familia numerosa, boda, comunión, bodas de oro, primer trabajo, viaje a Mallorca. Apenas un par de fotos por año. Algunos años, ninguna.

 

lunes, 2 de diciembre de 2024

Beneficios de hacer la cama

Leí que a Natalia Ginzburg su madre la llamaba “mi Señora” porque era una total incompetente doméstica. Hija pequeña de una peculiar familia numerosa, apenas escolarizada, hasta su juventud no supo atarse los cordones ni se hizo su propia cama. Luego, por múltiples razones -la guerra, la pobreza, quedarse viuda con varios hijos a su cargo-, es seguro que hizo miles. Por encima de la tarea en sí, las manos de las madres hacen camas como quien impone la bendición para alejar las pesadillas de los hijos.

Más allá del amor, no conviene dejar que otro te haga la cama, tanto en sentido metafórico como doméstico. La cama recoge tus pedazos tras el desgaste del día, y también te arroja al mundo cada mañana, con la valentía que te falta. Abrir la ventana para calibrar la temperatura del aire, separar la ropa que te ha cubierto, alisar cada pieza, ahuecar las almohadas y volver a cubrir capa a capa el lugar que ocupa tu cuerpo cuando se olvida de sí mismo son los pasos que te devuelven con suavidad al mundo. Ahí te esperará hasta que llegue la noche, por muy larga y cansada que sea la jornada.

Hoy son pocas las ventanas que muestran mantas y sábanas como si fueran banderas, en ese ritual de ventilación intensa que era común para las amas de casa de antes. Les hubiera horrorizado que nos conformáramos con arrebujarnos solo bajo un edredón, como un bandolero con la manta. La madre te enseñaba a diferenciar la sábana bajera de la encimera y, muy importante, a poner el lado bonito, el del festón, hacia dentro. Ahí radicaba y radica el misterio: en la cama el único punto de vista que importa es el del ser cansado que se queda solo y callado, con sus pensamientos, hasta que llega el sueño. A nadie le importa que luzca la sábana bonita por fuera, porque el mundo de la cama está dentro.

Independizarse, aunque sea para compartir piso, es comprar tu primer juego de sábanas, que suele ser cualquiera, y no debería, porque las sábanas duran muchísimo, y aguantan parejas, divorcios, traslados. Las más viejas y gastadas son las mejores. En la Sección Femenina aprendían a bordar “el equipo”, los juegos de sábanas y ropa de casa que llevarían al matrimonio, y a veces hasta un juego de cuna. Y en esas telas quedaban trabadas muchas esperanzas que luego cambiaban, o directamente se esfumaban, aunque hubiera que seguir planchando sin ganas los embozos bordados.

Cuando se hace la cama es un buen momento para cantar, o para rezar, si es que construir el lecho no es una plegaria en sí misma. No es raro que se diga hacer la cama, aunque ya no haya que apilar paja para dormir en blando, ni varar la lana del colchón: construir un lugar donde dormir es una obra seria. Cada mañana hacemos una nueva cama, como nos recomponemos a nosotros mismos, supervisando que durante la noche no hemos perdido ningún hueso.

La cama es el abrazo de madre que te espera después de la lucha diaria, así que no es buena idea dejar el catre manga por hombro, porque así te recibirá cuando regreses con las pilas bajo mínimos. No hay casa fea ni habitación miserable si tiene una cama bien hecha, así lo pintó Van Gogh y así es en Castilla. Aunque no hay una única forma de hacer bien la cama, eso lo aprendes cuando compartes piso y cada compañera coloca el embozo de una manera. Será importante la cama que incluso cuando no puedes hacerla, encamado en el hospital, hay una mano eficiente que la coloca y estira, para que el día empiece con cierto orden, incluso en los momentos más complicados.

Cuando la mirada no nota que la cama permanece deshecha algo no va bien. Algunas mañanas pasa. El mundo es un desastre, pero lo de la cama tiene mejor arreglo. Una sábana, la otra, la manta en el punto justo donde cubre los pies y alcanza la barbilla. 

lunes, 25 de noviembre de 2024

Deseo y rechazo

Siempre ha habido puertas cerradas. Las más cerradas son las construcciones herméticas que a pie de carretera anuncian con neones paraísos que esconden infiernos. Al lado de los prostíbulos, la puerta de un cine es algo naif, por mucho que dentro se proyectaran películas X. En Segovia solo llegamos a la S y, aun así, las adolescentes de entonces cruzábamos de acera, como si hubiera podido absorbernos el vicio. Sí, por entonces se hablaba mucho del vicio, viciosos ellos, ninfómanas ellas, como si fueran una categoría diferente del resto. En el instituto los chicos hacían bromas sobre si habían visto a aquel profesor o al más salido de COU entrando en el cine Victoria. Con todo, acudir al cine, más tarde cruzar la cortina del reservado del videoclub, o comprar una revista porno en el quiosco exigía un mínimo de socialización. Estabas expuesto al juicio ajeno, pero también a la aceptación de otros, desde el que te atendía hasta otros posibles clientes. En los ochenta, los Mantería y el resto de salas X del mundo estaban sentenciadas, primero por el vídeo y después por el golpe de gracia, internet. La demanda es mayor hoy que entonces y se produce más cine porno que nunca. Pero es todo privado y doméstico. Ni siquiera necesita portar la etiqueta de “para adultos”: cualquiera puede acceder a él, cuando todavía no sabe amar y casi ni desear a nadie.

Sin años sesenta para quemar sujetadores, las españolas tuvimos que hacer un curso acelerado de liberación sexual, dentro de lo liberada que puede estar una en una materia tan compleja. Recuerdo leer el informe Hite, un compendio de entrevistas realizadas por la escritora Shere Hite, y buscar entre sus páginas qué era lo normal en sexualidad, cómo debíamos desear las mujeres liberadas. Era un libro gordo e incluso tuvo una secuela que también leí porque el primero no me había quedado claro. La idea era que todo podía ser normal, y a la vez no interesarte en absoluto, incluso repelerte. En la práctica y con el paso de los años, las cosas no cambiaban tan deprisa. En el siglo XXI parece que sigue siendo difícil saber qué es lo que deseas realmente. Hace unos días en este periódico algún especialista del asunto explicaba cómo se pueden conseguir orgasmos, incluso varios. Por supuesto solo se refería a las mujeres, porque al parecer los hombres se apañan. Parece que el avance del deseo es relativo, o al menos no es comparable el de unas y otros.

Esta distancia quedaba clara en esas declaraciones de la mujer denunciante en el caso Errejón, que lamentaba que el comportamiento del político había truncado lo que podía haber sido “una bonita historia”. Después de tantos años, ahí sigue la “bonita historia”, la esperanza o ensoñación de que unos sentimientos mutuos se entrelacen hasta con el sexo más precario: sigue presente eso que decían nuestras antecesoras menos liberadas, que las mujeres dan sexo para recibir amor y los hombres al revés. Aquellas pobres a las que en el instituto apuntábamos como las “fáciles”, a la luz de hoy sé que eran las más desvalidas de todas nosotras. Eran las que, como en los boleros, pedían que les mintieran y les dijeran que las amaban, aunque fuera solo un par de tardes.

Pese al escuálido peso que tiene hoy el pecado por la debilidad de la carne, pese a que quien más, quien menos, ha averiguado por sí misma o viendo First Dates que el mundo es diverso y que ni poniéndote en los zapatos de otro caminas igual, parece que hay una resistencia mayor de las mujeres a separar cuerpo y alma, incluso para aquellas que no creen en el alma. Su deseo necesita construir un relato con significado, aunque sea para una sola noche. Por eso no solían visitar las salas X, ni mucho menos las barras americanas. Donde unos ven cuerpos otras -y otros-, ven personas tristes sin ropa.

Me pregunto si el escepticismo e incluso cabreo de algunos hombres cuando salta un caso complejo como el de Errejón se debe solo a que en el cruel linchamiento público se desprecie la presunción de inocencia, a la que todos tenemos derecho. Me pregunto si también hay resistencia a aceptar que muchas mujeres, la mayoría de sus conocidas y también de sus desconocidas, no quieren ser protagonistas de historias que algunos imaginan como excitantes.

 

lunes, 18 de noviembre de 2024

La silueta del Puente Colgante

Cuando leí que construirían un edificio de diez plantas, otro, junto al Puente Colgante, monumento principal de Valladolid, pensé en encender la mecha de la revolución; pero no sé si son los años o los vientos complejos que soplan los que recomiendan elegir los frentes. Si comparamos la belleza y el equilibro del paisaje de una ciudad con el hambre en el mundo, la preocupación estética sería un cruel esnobismo. Tampoco se ha encontrado por ahora un sistema más estimulante que el capitalismo, y el solar no es mío. Pero es humano resistirse a lo inevitable.

Porque, ¿qué valor tiene el placer de la mirada? ¿vale algo que podamos contemplar más o menos despejado el Puente Colgante? Para muchos, no es un paisaje esporádico, sino cotidiano. Es un pedazo del camino al trabajo, acompañados por el zumbido metálico de los neumáticos de los coches que lo atraviesan. Sus arcos son la bóveda de la ruta junto a la ribera. El puente de hierro es el punto de partida y llegada a la chopera, un paseo urbano que es lo más próximo a la naturaleza para personas que no pueden desplazarse más lejos. Para todos, el Puente Colgante forma parte del perfil del río y de la capital. Eso pone en mil sitios de internet, mil fotos que suelen esconder, y no es casualidad, las construcciones que están alrededor, porque enturbian la esencia: un elegante puente de hierro sobre el río, solo acompañado de árboles y vegetación de ribera. Con todo el respeto para los arquitectos, es imposible que cualquier elemento cercano le aporte gran cosa.

Cuando dicen que una ciudad no es bonita no es porque no tenga edificios o espacios de valor, sino porque no hay diálogo entre ellos. Un monumento encapsulado no respira, ocurre en todas partes y en Valladolid especialmente. Es muy difícil hacer una sola fotografía de un edificio histórico exento, libre, no cosido y rodeado por torres construidas de cualquier manera, al resuello del famoso lema: “Para los enemigos, la ley, para los amigos, el favor”. A veces el torpedeo ha sido tan intenso que el ojo desecha por instinto las construcciones más bellas, porque parecen descompensadas al lado de mamotretos elevados sin compasión durante décadas. No todo lo viejo merece la pena -la Goya, que era un mesón muy bonito, no es obviamente un bien histórico-, pero es cuestionable que la referencia de altura deba ser la máxima que exista en los edificios de alrededor. Sería una simetría perversa que nos llevaría, por ejemplo, a duplicar otro Duque de Lerma, o a cuadruplicarlo, añadiendo otras torres en la orilla de enfrente.  No debería valer todo, ni siquiera en Valladolid, o precisamente en Valladolid, porque necesita en mayor medida que otras ciudades respetarse a sí misma en materia de urbanismo.

Lo ahora conocido es consecutivo a la declaración como bien de interés cultural del Puente Colgante, justo el pasado mes de agosto. Ya apunta el dicho, “líbrate de la hora de las alabanzas”. Leo en aquel texto, aprobado por la Junta y publicado en el BOE, que “es el primer puente construido en España y el cuarto de Europa” en su género, un puente que es “uno de los elementos urbanos históricos más característicos de Valladolid”. Luego describe los exactos límites de su entorno de protección, que sin duda cumplirá el nuevo proyecto al centímetro.  Y la declaración añade una frase redonda: se delimita su entorno de protección para preservar “la valiosa relación existente entre el monumento y el medio físico en que se enclava”. Sí, esa relación es muy valiosa, casi tanto como el puente en sí.

Dicen que, a cambio de un edificio que proyectará una sombra de diez alturas, a los ciudadanos de a pie nos devolverán unos metros de acera, ojalá que despejada de obstáculos y por supuesto de terrazas, acera limpia, accesible y acogedora. Nuestros pareceres no cotizan ni hacen tambalear gestiones inmobiliarias. El único territorio sobre el que no se puede construir es la memoria. Allí el Puente Colgante permanece libre, suspendido en el espacio, como en los días de niebla.

 

lunes, 11 de noviembre de 2024

Gente solitaria

Reviso en el archivo de Televisión Española la presentación que hizo José Luis Garci para Marty en Qué grande es el cine. El actor Ernest Borgnine, hijo de inmigrantes italianos, daba bien de forajido, de centurión, de sargento cruel o vikingo, pero en Marty su corpulencia y rudeza acentúan aún más la fragilidad del protagonista. Es un hombre como tantos, que no tiene “lo que sea que a las chicas les gusta”. Todos le recuerdan, como si no lo supiera, que está solo, que es soltero más allá de la edad recomendable. Él mismo se fustiga más aún: soy feo, gordo, menos que un perro. Cuando ya ha aceptado su situación, este carnicero sensible y gris conoce a una mujer, que tampoco responde a los cánones exigidos. No es guapa, no es simpática, es torpe socialmente, ha cumplido años. Como él. Pero ni a los padres de la chica ni a los amigos del protagonista les gusta la relación, todos parecen cómodos con el papel triste que les ha tocado a Marty y Clara, salvo ellos dos. Acaba la película y sabemos que van a quedar de nuevo, pese a la oposición de su entorno. Aunque tampoco nos garantizan si el final será feliz, solo que están decididos a salir de su cueva.

Marty tuvo un éxito arrollador pese a que no había galanes ni preciosas chicas en su reparto. Nunca habría llegado a rodarse si no fuera porque años atrás se emitió la historia en un telefilm en directo y recibió un aluvión de llamadas y cartas de gente conmovida: “es la historia de mi vida”, decían. Los espectadores no estaban acostumbrados a verse reflejados en la pantalla. Allí salían héroes, asesinos, damiselas y mujeres fatales. Contaba Garci que, de algún modo, Marty abrió el camino a esas historias más pegadas a la vida cotidiana, de gente que se sentía insignificante y que, sobre todo, se sentía sola. Personas que se sentían reconfortadas al reconocerse en la pantalla. Pues vaya, no soy un caso raro, hay más como yo: hay esperanza. O al menos parecía que la había en 1955, en aquel Bronx que muestra la película.

Muchas noches, cuando enciendo la televisión y repaso el móvil, me siento como aquellos espectadores cansados de que les cuenten historias que no tienen nada que ver con su vida. Pero no por bellas, sino por destructivas. Te preguntas si no eres tú la que está fuera de lugar, si cambió tanto el mundo que ya no te pertenece. Flota una nube de malestar compartido, aunque cada uno lo interpretemos de una manera. Tengo vecinos, tan gentiles como Marty, que acortan el paseo para no perderse el programa “en el que cuentan verdades, que nos tienen engañados”. Ellos también, como yo, están confusos. La complejidad supera y agota, y dan tentaciones de buscar el sentido de la vida por la vía rápida. Cuando llegan a casa, escuchan a un experto en algo, que les habla de tú a tú en la pantalla del teléfono. Sienten que son depositarios de importantes confidencias, secretos que les permiten identificar con claridad al culpable. Ellos, tumbados en la oscuridad de su habitación, son uno más de un ejército de solitarios. Sus gurús los quieren así, en su cueva, aislados, sin ventilación alguna, para que crezcan el miedo y la ira.

A la luz del día, las profecías y conspiraciones pierden fuelle. Hay dolor, pero también esperanza. Todo está fatal, dicen los españoles en las encuestas, y, cuando les preguntan que a ellos cómo les va, contestan que bastante bien. Somos supervivientes: se acaba el mundo, pero todavía no. Hoy subes al autobús, vas al médico, coges el pan o tomas un café. Y vas a tener que firmar un armisticio, porque justo te va a atender el enemigo.

 

lunes, 4 de noviembre de 2024

Del rojo al negro

Cuando este artículo esté impreso confío en que se haya completado el recuento de fallecidos, personas que hace menos de una semana estaban aquí, como nosotros. Ojalá con los días se abra una brecha de luz en la sombra, por encima de la ira y la desolación. En la facultad nos enseñaban a buscar la “percha” de un artículo, que el tema que trate conecte con lo que en ese momento preocupa a la opinión pública. Pocos habrían leído la noticia de las zonas inundables de la ciudad en el mes de julio, pero hoy, tras la catástrofe, es una información útil. Nuestras cabezas son pequeñas, con un almacenamiento de memoria limitado: si entra un bit, tiene que salir forzosamente otro. Hasta hace solo una semana, no habíamos pensado que el garaje, un sólido búnker, pudiera ser una tumba. En nuestra cabeza unas ideas van desplazando a otras, pero solo por un tiempo. Casi seguro que en unas semanas serán sustituidas, y a lo mejor no hay otra forma de sobrevivir, olvidando.

Vivimos en una guardería, mecidos por un hilo musical que dice que la normalidad está garantizada, aunque a poco que rasques lo único normal es que amanece y anochece. Cuando algo va bien quieren convencernos de que es gracias a la pericia de los políticos, así que no deberían extrañarse de que cuando van mal les echemos la culpa a ellos. Nos prometen felicidad e irresponsabilidad, bajadas de impuestos y ayudas sin fin, y, si no se cumple, la única salida que nos queda es culpar al gran villano, al que sea, según el flanco en el que nos situemos.

Solo hay que temer que el cielo se desplome sobre nuestras cabezas, como decían en la aldea gala, aunque en el siglo XXI no estamos capacitados para aceptarlo. La alerta era roja, pero como apuntaba un experto, quizás hemos abusado tanto del rojo que debería crearse una nueva categoría: la alerta negra. Aunque una vez instaurada podría volverse de nuevo ineficaz. La alerta funciona si un elevado porcentaje de los peligros no se produce. Y nuestra cabeza práctica y limitada deduce: “como no se produce, ¿para qué la alerta?”. La prevención es molesta, todos lo experimentamos en la pandemia. La libertad se convirtió en un posicionamiento político, incluso en arma de guerra autonómica. En realidad, ¿cuánta libertad estaríamos dispuestos a ceder a cambio de poder evitar un peligro muy probable, pero que nunca se sabe al cien por cien si llegará? Algunos lo aceptarían; muchos, no. No es un problema nuevo, ya estaba en el catecismo. El libre albedrío lo llamaban, que también lo ejercen nuestros políticos, con frecuencia para pecar por omisión.

Mientras sobre gobernantes pesa la responsabilidad de no haber dado las órdenes precisas y a tiempo, se reclama la presencia militar. El Ejército no es un poder milagroso, ni necesariamente heroico: es un poder ordenado. Muchos bocazas que utilizan la jerga militar en las redes sociales y que se creen que todo se resuelve a golpes desconocen que la primera regla militar es la obediencia, incluso cuando dudan, incluso cuando los recursos con que cuentan son insuficientes. Su eficacia radica más en la planificación y orden que en los tanques. Y en situaciones catastróficas la logística es necesaria, incluso por encima de la buena voluntad de tantos miles que quieren desplazarse para echar una mano. Las necesidades no se van a acabar en unas pocas semanas. Necesitarán nuestro apoyo durante mucho tiempo, y buena parte llegará con financiación pública, esa tan mal valorada y que necesita de nuestra contribución. Una catástrofe nos enfrenta brutalmente a los límites del sistema: hasta qué punto estamos dispuestos a ceder una parte de nuestra libertad y bienestar individual en aras del bien común, que también es el propio.

En momentos como estos suenan más rancios y ruines que nunca los exabruptos de políticos que aprovechan la ocasión para golpear a sus adversarios, en lugar de cumplir con su obligación de responsables públicos. Solo anunciarles que pasará su tiempo, no ganarán ninguna elección de la forma que sueñan hacerlo, y posiblemente se retirarán sin ser aplaudidos por sus propios compañeros de partido. Así que no pierden tanto si, el tiempo que les quede, trabajan con honestidad.


lunes, 28 de octubre de 2024

Museos pequeños

El otro día una chica inteligente, con estudios, buena profesional, me dijo que la última biblioteca que visitó había sido la de su colegio. Y no es extraño: las bibliotecas parecen llenas de jóvenes, pero la mayoría solo estudian sus propios apuntes. No han necesitado adquirir el hábito de buscar en las estanterías un libro porque, al menos en apariencia, todo está en el móvil, y los temas de clase o de oposición ni siquiera están en papel. Superada esa etapa, ya no necesitan ir a la biblioteca, puesto que para ellos es un lugar de estudio. Entre los treinta y los sesenta -dejo a parte los niños, que van si los llevas, ya que solos no pueden- hay un agujero negro en los usuarios. Por encima de esa edad, de nuevo se regresa a la sala de lectura de prensa y revistas, y también se activa el préstamo. Mi duda es si obedece solo a que con la jubilación tienes más tiempo libre, o si influye que haya sido una costumbre adquirida en la juventud. El tiempo lo dirá.

En defensa de la biblioteca, que celebraba su día mundial hace poco, diré que es gratis y divertida. Cualquier otro consejo sesudo y pedante fracasará, y peor aún si se califica a los que no leen de ignorantes: leer es una oportunidad maravillosa, pero no todo el conocimiento está en los libros, y en todo caso la puerta siempre está abierta. No me gustaría que en el futuro no hubiera bibliotecas -y no solo por los bibliotecarios, a los que aprecio-, sino porque perderíamos un lugar estupendo, lleno de sugerencias, de orden, de belleza. A los que no quieren ir poco puedo hacer para convencerles, aunque sí a gente que no entra porque cree que parecerá torpe en un lugar con libros. El marketing de la cultura es malísimo, y somos capaces dar de alta una línea de internet y no de apuntarnos a la biblioteca. Para consultar los periódicos no hace falta ni carné; con cuatro datos te dan tu tarjeta y hasta puedes ver películas y libros en digital; te prestan revistas o una novela, las paseas por ahí y las ojeas en casa y si no te convencen pues las devuelves y ya está. ¿Que el último libro que terminaste fue El Camino, en el colegio? Tranquilo, muchos no se han terminado ni ese, y hasta escriben algún libro.

No hay reglas sobre lo que es un buen lector, ¡qué horror pensar que es el que lee muchos libros! La buena lectura es la que te sirve, la que te llega. Eso ocurre con los poemas, que tantas personas dicen no comprender, porque algún necio les dijo que había unas claves secretas y complicadas que desenmarañar, y les alejó para siempre de palabras que son canciones. Pautas igual de nefastas son las que insinúan que solo hay una forma correcta de mirar un cuadro. Puede ser de cerca, de lado, diez segundos o diez minutos, el tiempo que te apetezca, no está cronometrado. Si te interesa, paras, y si no, sigues adelante en busca de la obra que te llame. Si para algunos las bibliotecas son herméticas, los museos son directamente un misterio. No sé bien cómo, pero hay que lograr que los nuevos visitantes se sientan bienvenidos, aunque no pululen por las salas de forma concienzuda y sistemática, e incluso si alborotan un poco, que ya apreciarán el silencio cuando lo conozcan (hoy es casi imposible que lo hayan experimentado en ningún sitio). A nadie le gusta sentirse vigilado, ni mucho menos censurado, y, si por fortuna entra allí, será porque ha dado una oportunidad a un espacio que es de todos y que no ha podido conocer antes por sí mismo, libremente, fuera de una excursión del colegio.

Es imposible y además de fatal digestión engullir de golpe una biblioteca de miles de volúmenes, o un museo de cientos de obras. Es mejor ir de poco en poco, sin prisa. Un buen sitio para empezar es la Casa del Sol, una sala única, abarcable de un vistazo, con esculturas perfectas. Piezas que son copias, pero que contienen la esencia del arte, la belleza en estado puro. El poder, el deseo, la pureza, la tragedia, todo está allí. Si vas un rato el domingo -que es gratis-, y al siguiente domingo otro rato, y así muchos ratos pequeños, te puedes hacer casi un experto en arte clásico. Y luego, por comparar, tal vez entres en el Museo de Escultura, o en el Herreriano, en plan aventura. Es bastante fácil, la verdad. No hay hilo musical pero incluso eso puede convertirse en un reclamo: ¿Tiene problemas de concentración? Visite bibliotecas y museos.

lunes, 21 de octubre de 2024

Nuevas tradiciones

En el apeadero de Segovia-Guiomar un lunes como hoy aguardamos en el andén cerca de treinta pasajeros camino de Valladolid. Hay silencio, porque acaba de salir el tren a Madrid, que quintuplica el número de viajeros. La mayoría no ha cumplido los cuarenta, llevan lo justo para pasar el día, una mochila, un bolso cruzado, un maletín con el almuerzo. Son trabajadores y estudiantes. En poco más de media hora los trenes escupirán a los pasajeros. Unos aparecemos en la estación Campo Grande, y apretamos el paso hasta Gamazo, o corremos a la parada para pillar la línea 1. Los que van a Madrid emergen en Chamartín, y en pocos segundos forman parte de la catarata de gentes que engulle el metro, y dormitarán repasando con desgana el móvil, si tienen suerte y pillan asiento. A primera hora en el autobús o en el metro, salvo algún bocachancla, nadie habla. En ese espacio acotado, eres vallisoletano en Valladolid y madrileño en Madrid, da igual, todos compartimos las mismas reglas. A lo mejor los segovianos vamos pensando que el viernes es San Frutos, y que seguiremos ocupando la misma plaza en el tren. Pero no es cuestión de sacar la pancarta y pedir que respeten nuestro día, tampoco tenemos tanto en común: ni siquiera nos damos los buenos días. La tradición nos recuerda a algo, aunque no sabemos muy bien a qué.

Hace un par de domingos recorrió el centro de Segovia una procesión inédita, organizada por la Hermandad del Rocío, creada hace pocos años en la ciudad. Llevaban los elementos típicos: cetros, cordones con medallas, peinetas y mantillas las mujeres. Los símbolos de la tradición, con la única diferencia de que aquí hasta hace poco no existía esa tradición. Las advocaciones marianas son casi infinitas, aunque la Virgen sea solo una, y entiendo la querencia a una concreta, que normalmente suele ser la de tu tierra. Pero todo eso está cambiando, y a nadie le extraña que en muchos pueblos de esa Castilla que se supone recia y adusta hoy se celebre con entusiasmo la feria de abril. Todo suena típico y, sin embargo, rompe de raíz lo que hasta ahora se consideraba tradicional, lo heredado de tus antepasados. En ese sentido, son innovación; para algunos también mercado, o moda, y observan el fenómeno con desdén. El hecho es que crecen, al margen de la propia Iglesia, que acepta con reservas el progresivo laicismo de las cofradías, y también al margen de cualquier otra entidad, pese a que los ayuntamientos siempre estén ávidos de institucionalizar cualquier festejo. Si no hay cura, al menos que un concejal lo bendiga, que todos los votos son de Dios.

Todo esto me hace pensar en la inutilidad absoluta de las campañas para insuflar sentimiento autonómico, que han cumplido ya cuarenta años sin avances aparentes. Sencillamente, a la gente, a mucha gente, no le da la gana, le aburre el tema o lo que sea: si no, ya se habrían encargado un jubón y un manteo, en vez de un traje de faralaes o de dama de corte para el mercado medieval. No es culpa de los que honradamente -o hasta interesadamente, por qué no decirlo-, han tratado de imaginar un sentimiento nuevo que uniera nuestros territorios, los de Castilla y de León. Da igual que prometan el mayor presupuesto para León o la mayor inversión per cápita para Soria o Palencia, ya que siempre quedarán obras y agravios pendientes. Son números, y la identidad pertenece a otro departamento.

Eso lo entienden bien en tantos pueblos que echan la casa por la ventana en las fiestas, y luego el resto del año “ajo y agua”. Lo llaman pan y circo, pero hasta una persona como yo -que ni baila, ni canta, ni es cofrade, ni peñista- comprende que el festejo es el mayor pegamento colectivo que tenemos, sea desfile, procesión o feria de la cerveza. Es algo que está dentro y que brota hacia fuera, un sentimiento que la música y los estandartes elevan, y que si se comparte es tan simple como poderoso, por lo que conviene estar atento a quién maneja los hilos. Porque a la vuelta de la catarsis todos regresamos a la procesión real, a nuestro tren, a nuestro trabajo, y ahí tanto da que seas segoviano, talaverano u hondureño.

lunes, 14 de octubre de 2024

La puñetera EBAU

La EBAU es ya un género periodístico que nos ocupa todo el año. Después de varias temporadas de banquillo, en otoño llega la generación de chicos y chicas que protagonizarán las noticias EBAU. Este curso no va de aprender, sino de superar la puñetera prueba, esa es su única brújula. Los políticos, en vez de ayudar, enredan todo lo que pueden. Se supone que quieren hacer bien las cosas, pero para ello están dispuestos a tomar el camino de en medio, aunque pueda agravarse lo que ellos mismos critican, la desigualdad de exigencia entre comunidades. Suena fenomenal que tengan en cuenta las faltas de ortografía o que les pregunten por la mayor parte del temario. Pero esos argumentos solo nos dejarán satisfechos a los que contemplamos cómodamente el espectáculo. Porque, o tienen un as en la manga, o no es aceptable creer que vayan a arrojar a sus propios jóvenes a la prueba en inferioridad de condiciones -más aún- respecto a otras regiones, solo por presumir de ser los más listos del patio.

Pensemos que es así, que es una jugada de tahúr. Pero ¿qué pensarán los chicos de segundo de Bachillerato cuando escuchan a sus representantes políticos sacar pecho con esa mayor dificultad de la prueba, por muy ejemplar que sea? Puede que no sigan demasiado los medios de comunicación, aunque las noticias malas se cuelan de forma endiablada hasta en el Tiktok. La EBAU es incansable, peor que una serie de sobremesa: que si en otras comunidades con saber el nombre de las carabelas de Colón te ponen un diez, que si nos quitan las plazas en Medicina, que si en Pisa van fatal y luego les ponen matrícula, en fin. Después de Navidad, las entregas se van intensificando, y no digamos tras Semana Santa: el horror. ¿Que no hay noticias? Pues te vas a una biblioteca a preguntar a los chicos si están agobiados. Consejos de psicólogos, de nutricionistas, de los veteranos con los mejores expedientes del año anterior, que logran “estudiar, tocar el piano, salir con los amigos y hacer deporte”. No es solo comprender la materia, ojalá. Lo duro es convertirse en ese Mazinger Zeta que se les exige, al ritmo de “Te juegas tu futuro”.

Pues no, amigo, el futuro no se juega a una carta, ni siquiera a una partida. El futuro dependerá de muchas cosas, de muchísimas, sobre todo de que salgas lo menos tocado de un proceso que se parece bastante a una clasificadora de calibres de patatas: tú para el carril 10, tú para el 7, tú para el 5, tú al destrío. Lo que significan esas marcas a lo largo de la vida profesional no es mucho, pero atormentan a los chavales. Pelearán por unas décimas que solo son necesarias para muy, muy pocas carreras, que igual ni les gustan; aunque da igual, porque van como caballos con orejeras, en competencia feroz. Demasiado aguantan, y poco me parece que se manifiesten para conseguir información sobre la próxima EBAU: lo normal es que nos corrieran a gorrazos.

Esta peculiar caza del zorro anual choca más hoy, cuando vivimos casi en un supermercado de educación superior. Nunca antes hubo tantas universidades públicas y privadas, tantos centros de formación profesional públicos y privados, cuyo principal límite de acceso, más que la nota, es el dinero, sea para costear la matrícula o, sobre todo, la residencia. La formación es hoy el gran negocio, las privadas proliferan sin problemas y rápidamente, porque nadie les pide, por ejemplo, que creen una sección en Cuéllar, si están tan cómodas en el centro de Segovia. Y respecto a las públicas, donde los políticos pueden hincar el diente, es más fácil prometer una facultad que promover, por ejemplo, industrias tecnológicas con alto valor añadido. El tema del prestigio, de la investigación seria y profunda, de garantizar prácticas en empresa con nivel… en fin, de pintar algo en el mapa, eso ya para luego. Para luego de las siguientes elecciones.

No parece que la falta de formación sea el problema de esta tierra. En Portugal, primos hermanos nuestros en exportación de jóvenes bien formados, ya hablan de rebajarles impuestos para lograr que se queden, y con ellos la inversión que supone formarles. Porque esa es la segunda parte de la película, que deja muy pequeña al calvario anual de la EBAU.

lunes, 7 de octubre de 2024

Señoras como Rose

En la maravillosa “Hechizo de Luna”, Rose Castorini sabe que su marido tiene una amante y busca respuesta a la pregunta que la acongoja: ¿Por qué un hombre necesita más de una mujer? Conoce la respuesta de antemano, pero necesita que alguien más la pronuncie. “Porque tiene miedo a la muerte, eso es”. En la película, Rose lleva en casa una bata de guata y por la calle se protege del frío húmedo de Brooklyn con un pañuelo atado a la barbilla. Hoy nos parecería que viste como una mujer mayor, pero en realidad cuando rodó el film Olympia Dukakis tenía mi edad, 56 años, que no son pocos, pero tampoco muchos comparados con los cumplidos por centenarios que el otro día visitaron el Ayuntamiento de Valladolid.

La italiana Rose es una señora de una pieza, que está cómoda cenando sola y también invitando a un desconocido a compartir la mesa por charlar con alguien, porque el coqueteo no procede. Es madre de Loretta, la protagonista, encarnada por Cher, aunque en la vida real apenas se llevaban quince años. Pero mientras Olympia era una digna señora en 1987, cuando se rodó la película, Cher todavía hoy, a los 78 -los mismitos que Trump-, sigue siendo una estrella, recauchutada pero aún rutilante.

Es extraña la disociación del aspecto y el envejecimiento celular. Brad Pitt, el amado imaginario de tantas mujeres, ya cumplió sesenta, y si viviera por aquí sería candidato a prejubilación en alguna empresa. Aunque vaya con vaqueros y chupa de cuero, a efectos del ECYL es más viejo que joven. Si próximamente se quedara solo y sin pareja, cosa probable con sus manías y costumbres, ¿lo suyo sería soledad no deseada? No lo creeríamos. Además de rico, es guapo y admirado, y todo parece indicar que podrá seguir eligiendo parejas durante bastante tiempo. Ahora que se habla tanto de soledad no deseada habría que acotar qué es, porque desear compañía y no tenerla es bastante propio del género humano, y hasta más cruel en la niñez y la adolescencia. Con los años, a la soledad, que incluso pudo haber sido elegida durante mucho tiempo, se suma la necesidad de apoyo para seguir siendo autónomo, para poder seguir siendo tú mismo. Eso es lo que da miedo.

La edad es, por tanto, un concepto confuso. Pitt hace años que llegó a la presbicia, pero sigue con las pilas cargadas, y es una incómoda referencia para todos nosotros. Pero admitir que necesitas gafas de cerca no te acerca al cementerio. Lo peor del cumpleaños no es el dígito, es el chorreo de lugares comunes sobre el paso del tiempo en las conversaciones. El reloj sigue su ritmo implacable, y le da igual si parece que tienes tres años menos. Muchos dicen que firmarían por irse al otro barrio cuando no entren en el chándal. Pero las ganas de agarrarte a la vida se encienden rabiosas en los momentos más complicados.

Rastreo las costumbres de los centenarios que cuentan su experiencia en el libro editado por el Ayuntamiento, a ver si logro alcanzar su récord. Trece son mujeres y cuatro hombres. Hay quien cargó cántaros, quien fue agricultor, mecanógrafa o costurera; quien crio a nueve hijos o a ninguno, quien emigró o quien apenas se movió de su barrio. Lo malo de llegar a los cien es que muchos ya se fueron, y lo bueno que nadie espera que parezcas que tienes las arrugas de una de 95. “Yo sé quién soy”, dice Rose Castorini en otro momento de “Hechizo de Luna”. Nacieron en 1924 y el tiempo pasó, ese es el secreto.

 

Estrenar cada día

En casa de mis abuelos siempre hubo un periódico. Lo leían de cabo a rabo, al calor de la cocina económica. El ejemplar del día anterior se guardaba bajo el cojín del arcón, para tenerlo siempre a mano. Valía para prender la lumbre, para tensar la horma de los zapatos, para limpiar ventanas, para cubrir el suelo húmedo. Cenaban siempre lo mismo, sopas de ajo, pero el gasto en prensa no se cuestionaba. Mi abuelo presumía de su temprano número de suscriptor, conseguido al poco de llegar a la capital y dejar atrás el pueblo. El periódico no era solo un medio para estar informado, era su cartilla diaria de aprendizaje para conocer el mundo del que querían formar parte, y en el que deseaban que sus hijos hicieran mejor fortuna. Con el periódico se igualaban a otros que habían tenido más fácil comprender las reglas sociales para poder progresar. Porque entonces había estrecheces, sí, pero también una gran confianza en el progreso, en que las cosas irían a mejor.

Mi padre, como sus hermanos, heredó la costumbre de bendecir con papel el día, y sus hijos fuimos detrás. Aprendimos que, con la barra de pan y el periódico, cada amanecer estrenábamos un día nuevo y nuestro compromiso para afrontarlo, por muy enrevesada que hubiera sido la jornada anterior. Que yo buscara en las páginas el chiste o alguna foto de Felipín, el príncipe heredero, y mi abuela las esquelas, probaba que el periódico era capaz de recoger lo ancha y diversa que es la vida: fijo que, en alguna de sus páginas, el diario hablaba de ti. “Lo más propio mío es sumar noticias que muestran lo vario que es el mundo”, escribía Cunqueiro, que contaba que su trabajo como periodista consistía en ver el otro lado de las cosas y dar noticias de él. Eso, aunque parezca sencillo, es muy complicado, porque los vientos soplan en contra, y hay que hacer un gran esfuerzo para sortear el teatrillo diario de declaraciones huecas o, peor aún, falsas.

Cuando estudiábamos en el colegio a Miguel Delibes y mencionaban El Norte de Castilla, yo me imaginaba que estaba en Santander, porque en el mapa que estudiábamos Castilla era todo, y al norte solo quedaba el Cantábrico. El primer periódico que vi lo llevó alguno de mis hermanos, que pasaron antes que yo por Pucela, también en busca de trabajo. El Norte, que por entonces no tenía delegaciones ni tanta penetración en otras provincias, era el periódico de Valladolid, y Valladolid un sitio donde había Universidad, Galerías Preciados y una fábrica de coches. Esa primera visión sigue siendo para mí la más poderosa de Valladolid: un lugar activo, en el que se intuía una burguesía inquieta y productiva, no meramente rentista, y unos obreros conscientes de su labor y poder, que incluso habían creado barrios. Esas competiciones en las que algunos defienden la belleza de nuestras ciudades o pueblos, ese ensimismamiento en nuestras supuestas virtudes e identidades pretéritas, no son en mi opinión logros comparables a los que derivan de la energía, colaboración e ingenio de la propia gente.

Son muchos los que, como yo, tienen que consultar el callejero para ubicar la calle a la que se refieren las noticias, porque no nacieron aquí, sino en otras provincias y regiones, o en otros países. Pero hay que cerrar mucho el ángulo para encontrar más diferencias que semejanzas en las personas. El periódico tiene una milagrosa meta diaria: ayudar a conocernos y a comprender mejor la tierra donde vivimos. La que es. Con sus aristas y esperanzas.

lunes, 30 de septiembre de 2024

María y el miedo

María Velasco es de Burgos y desde hace pocos días también Premio Nacional de Literatura Dramática. Leer teatro no es común, aunque es lo más parecido a una conversación en wasap, breve y lleno de diálogos. Primera sangre, la obra premiada, noquea desde sus primeras páginas. Dirán que trata del asesinato de una niña a principios de los noventa, y del impacto de aquel atroz suceso en otras niñas que, como la autora, estaban aprendiendo a vivir. Lo que escribe María Velasco es también la historia de las mujeres, o casi de todas, porque no puedo firmar que alguna no experimente el miedo. El miedo del que muy pronto somos depositarias, no sabemos, como ella misma se pregunta, si para evitar el peligro o para evitar la misma vida.

Primera sangre es pues la historia de una niña que muere antes de empezar a vivir. Pero también habla de ese pasadizo que conecta niñez y una madurez precoz, que llega de sopetón. Y que no tiene tanto que ver con la menarquia sino con el momento en el que comprendes lo que advierte la madre a una de las protagonistas, que “no hay que tenerle miedo a los muertos, sino a los vivos”. Porque los bosques y los lobos de los cuentos están muy lejos, y el peligro suele estar cerca. Ese parece que fue el caso de la pequeña asesinada, aunque el crimen no pudo ser aclarado.

Más allá de los casos más aberrantes, que son pocos, aunque quedan grabados porque encarnan nuestras pesadillas, las infancias están llenas de esas imágenes y sensaciones que plasma en su obra, señales que te alertan de que tu cuerpo está en peligro. Nos dicen que cuidado con los desconocidos “pero los desconocidos pasan a ser conocidos con facilidad, y lo mismo sucede a la inversa”, y te conviertes en guardiana y responsable de ti misma antes de saber hacerte la trenza. Recuerdo una tarde jugando en un soportal, con menos de diez años. Dos chicos mayores se acercaron, y no sé cómo ni con qué palabras el bravucón nos abordó en una esquina y nos dijo que nos levantáramos las faldas. Lo hicimos, hoy no entiendo por qué, si por miedo, por obediencia, por sorpresa, mientras ellos se reían. Alguna persona que pasó por allí les amonestó, y nosotras salimos corriendo. Frente al espanto de otras, esta es una historia nimia, pero que hizo que durante muchos años se me revolvieran las tripas cuando me cruzaba con él. Cuántas veces deseé ser invisible a su mirada. Hace poco supe que había fallecido, quién sabe si amado y respetado por su familia, quién sabe si se avergonzaba de aquello o si ni siquiera lo recordaba, aunque yo siguiera evitando la sombra de la casa donde sabía que vivía.

No tiene mayor valor mi experiencia, más que ayudar a sostener la lista de muchas otras y también otros que cargaron con un dolor que no les pertenecía. Hasta hace muy poco, estos asuntos no eran siquiera tema de conversación. Con el paso del tiempo, parecía que te lo habías imaginado, que en realidad no había ocurrido. Se pasaba página, aunque tú no lo olvidaras y ya no te sintieras una niña “limpia y recién planchada”. Las flores deberían ser carnívoras, y las niñas tener espinas, escribe María Velasco. Pero no las tienen. La inocencia robada las expulsa de lugares que cuesta recuperar. Hasta las expulsa de sí mismas, porque sienten que no supieron protegerse ni identificar al ogro, hasta que fue demasiado tarde. Algunos y algunas todavía dicen que cómo no les hicieron frente. Pues porque no pudieron. A veces el mundo es el salvaje Oeste, pero sin John Wayne.

Hay una frase de Primera sangre que dice “Donde está el peligro está también lo que salva”. Porque la sangre también es vida, y la vida se estrena cada día, por las calles. El miedo va de serie, pero no puede doblarnos antes de tiempo.

 

 

lunes, 23 de septiembre de 2024

Mujeres ideales

Mujeres muy normales recorremos la exposición de Cristóbal Balenciaga en la sala de las Francesas. En nuestros armarios no figura ningún vestido de cóctel, ni pamela de terciopelo, ni bolero de guipur, ni traje de otomán, ni abrigo para la ópera, y no los echamos en falta, porque en realidad no tenemos ocasión de lucirlos. Da igual, la visita es muy satisfactoria. Hay amigas, hay madres e hijas, pero sobre todo mujeres solas. Una niña arrastra a su abuela hasta un maniquí con un vestido azul, que ya sabe que es su preferido, porque ha venido varias veces. Se acercan y contemplan los detalles: un botón forrado, un cosido al bies, una pinza que esculpe mágicamente la seda.

El estilo de Balenciaga es contenido, depurado, pudoroso. El cuerpo se intuye unos milímetros detrás de la ropa, pero no se marca: la antítesis de lo que hay en la calle en verano. En una vitrina se muestran las herramientas de costura: tijeras enormes, el metro, piedras de marcar, un imán con alfileres. Dicen que el modisto era capaz de construir vestidos a sus clientas sin hacer una sola prueba, porque retenía cada silueta en su mente.

En la exposición puede verse un abrigo de Isabel Garcés, la afónica y simpática protectora de Marisol en sus películas de niña prodigio. Su talla no era canónica, era bajita y redondeada; sin embargo, lucía radiante, con su moño estupendo y su traje de cheviot. Varios de los modelos de la muestra están recogidos por la espalda, porque se crearon para cuerpos reales y los maniquíes son rectilíneos. Cada traje está lleno de pequeños ajustes para adaptarse a las medidas de su propietaria, y por ello solo sobre su cuerpo encajaba a la perfección.

Balenciaga nunca hizo ropa en serie, nunca clonó un vestido en cuatro tallas. Su retirada coincidió con ese cambio de ciclo que no pudo o no quiso afrontar. La caída de la alta costura vivió su peculiar toma de la Bastilla. En las divertidas y, aunque puedan parecerlo, nada frívolas novelas de Nancy Mitford, modelo ocasional de Dior y coetánea del modisto español -murió justo un año después que él, en 1973-, se refleja el desprecio con el que las clases altas vivieron la irrupción de la “horrenda” ropa en serie, que consideraban “algo totalmente amorfo”.

Pero cualquier resistencia era inútil. En los sesenta y setenta las casas de costura fueron cediendo el paso a las de moda, y hasta en las ciudades más pequeñas las modistas y los sastres fueron desapareciendo. La misma costura doméstica quedó poco a poco aparcada, a medida que en el carné las ocupaciones de las mujeres pasaron a ser otras distintas a “sus labores”. Decía mi madre que antes las diferencias entre pudientes y pobres se apreciaban a simple vista, por el corte de la ropa. Hoy no es tan fácil, aunque exista algún detalle sutil en la indumentaria, porque la silueta es compartida. La vulgarización de la ropa fue también su democratización.

A pesar de ello, y a pesar de la realidad de nuestras propias vestimentas, unos pantalones cualesquiera y un par de zapatos cómodos, admiramos esos trajes únicos que nunca vestiremos. Nacen de una búsqueda militante de la belleza, desde el primer boceto hasta la última puntada. En el catálogo de la exposición, amigos del modisto escriben que Balenciaga merendaba cada tarde únicamente leche, pero en una copa tallada: “Necesitaba rodearse de objetos hermosos, de una gran sencillez, pero perfectos”.

lunes, 16 de septiembre de 2024

Rito de iniciación

Camino del trabajo me encuentro cada semana con una mujer de pelo cano, que emerge entre los cubos de basura. Con movimientos precisos, alarga el brazo hasta el fondo en el contenedor verde. Revisa botella a botella, y con los culines va rellenando otra que guarda en una bolsa de plástico. Hace mucho que superó el umbral del escrúpulo. Su reciclado sistemático es implacable, necesario, obligatorio, vital para ella. Da igual que sea verano o que amanezca con cencella. Esta mujer mayor, anciana si esa palabra aún describe una edad meritoria, tiene cada día una única misión, alimentar su alcoholismo. No está sola en su misión, desde luego, hay más ansiedad mañanera calmada a trompicones. Aunque hay que reconocer que su estómago es excepcional, ya que le ha permitido llegar a la vejez, con un hábito salvaje y extremadamente solitario. Porque el camino de la adicción, antes o después, lo tienes que caminar solo, muy solo.

Es raro, porque al principio no lo parece. Yo también fui joven, y por entonces me hubiera gustado beber como Bogart en el Café de Rick y como Keith Carradine en Choose me. Solo whisky, nada de combinados horteras. Reteniendo el trago entre los dientes y engulléndolo como el aire. Y luego, permanecer en silencio con mirada inteligente. Pero mi hígado me avisó pronto y con un par de “piedras” de whisky (no sé si es un término segoviano, un chupito con hielos) acabé en urgencias. Se tarda en aceptar lo que una es y la timidez busca algo que hacer con las manos, y se encuentra un cigarrillo, un vaso y demás desinhibidores, en presentaciones de lo más diversas. Quizás no tan elegantes como la clásica barra de bar con espejo, que enciende el brillo de las botellas y sus promesas de colores. Pero sea calimocho o el licor más exquisito, lo que entiende el estómago es de medidas de alcohol.

Dicen que empezamos a beber hace diez millones de años, así que todo está escrito, aunque cada cual tenga que rellenar su libro. El rito de iniciación ya no es ir a cazar antílopes, ni búfalos. Ahora está chupado, creces a golpe de botellón. Ser un borracho es despectivo, pero coger una cogorza o estar ‘pedo’ da risa. No es raro que se presuma de ello: es “uno de los nuestros”. No sabemos si bebemos de más por agradar al de al lado o porque no nos gustamos a nosotros mismos. Aturdidos no hablamos mejor, pero ya no nos damos cuenta. Hay algo de prueba de confianza, como cuando te dejas caer hacia atrás esperando que te recoja otro, aunque no sepas si estará en condiciones de sujetarte. Pasan por el aro los chavales, pero también los adultos. La resistencia al alcohol es una ventaja no pequeña en ámbitos de poder. Algunos no se fían del que no bebe, “que algo guarda”. Una buena tolerancia te permite mentir a fondo, desde luego, sobre todo si el interlocutor te ha seguido el ritmo de rondas. Más allá están los que rebasaron el motivo, y ya solo beben porque sí, solo beber, como a mi compañera matutina. Beber hasta perder el control, como aquella canción de Urquijo, que, como Antonio Vega, era un genio pese a sus adicciones, no por ellas. Estúpida poética de la destrucción.

Hoy otra vez es lunes, vivir no es fácil y cada uno hace lo que puede. No hablo de tomar un vino o una cerveza, que quede claro. Pero hay algo extraño en el valor social de beber. Las explicaciones a las que te obliga no hacerlo. La sutil exclusión que supone no beber, nada sutil cuando eres muy joven. Las risas ante la temeridad. Sorprende que algunos sientan que se tambalea su libertad si se rebaja el límite en la prueba de alcoholemia. Ellos controlan, por lo visto, siempre. Pero otros no, basta leer la sección de sucesos, una pequeñísima muestra de las personas que cada día circulan con sus facultades y reflejos mermados por su decisión libre de ingerir lo que sea. Gente que no controla su vehículo, ni sus actos. Nadie firma esa ruleta rusa para sí mismo y menos aún puede hacerlo si arrastra a los demás.

 

lunes, 9 de septiembre de 2024

Gente sola en los bancos

Cantaba Kiko Veneno hace unos días en la Plaza Mayor que no es verdad que se muera una vez, que se muere muchas veces, como tampoco hay un septiembre, ni un verano, ni una razón, ni un solo tipo de familia, ni un nada. Decimos palabras como la vela que alumbra en la oscuridad, para hacernos una pequeña idea. Por ejemplo, en mi barrio, no empieza el día una vez, sino muchas. Si sales a pasear al perro a las siete, el Paseo de Zorrilla retumba de manera muy diferente a las siete y media, y no digamos si ya marcan las ocho menos diez. A las siete, en el parque mudo, hoy también está un hombre sentado en un banco cercano a los columpios vacíos, arropado por la sombra del seto. No es joven y no es de fuera, no es un ejecutivo ni un harapiento; es un señor cualquiera, de los que van andando a la oficina o al taller a trabajar. Tiene una bolsa de plástico con algo que podría ser el almuerzo, un bocadillo de jamón y una botella de agua. Parece esperar a que llegue un compañero, pero no. Ahí se queda, casi una hora, mirando al suelo por debajo de las lentes. Si vas a partir de las ocho, la hora de los niños madrugadores, el señor ya no está. El banco no informa nada al respecto, su tarea es permanecer siempre abierto, tanto da que lo visite un camello o un concejal.

En los bancos de mi barrio se sienta sobre todo gente mayor, porque está cansada, y gente joven, porque todavía no tiene prisa. En un banco cualquiera una adolescente perfecta y luminosa espera, y seguirá esperando media hora después, mirando sin parar el móvil, en busca de un mensaje que no llega. Un poco más allá, una mujer mayor se seca las lágrimas “por cosas que no puedes evitar que vengan a la cabeza, pero no pasa nada, nada…”.

Los vecinos hemos tenido suerte, y en unos metros de acera que la ciudad ha ganado a un constructor el ayuntamiento ha puesto siete bancos bastante cómodos, de láminas de madera y con respaldo. No es mal sitio, porque pasa mucho personal camino del supermercado. Hay una zona más acogedora y sombreada casi al lado, pero los bancos allí están engullidos por los alcorques de cemento que rodean los árboles, y por una terraza sempiterna y desordenada. La lucha entre bancos y terrazas es silenciosa, pero intensa, y casi siempre ganan las segundas, porque todo es espacio público, pero para unos menos que para otras. Qué más decir cuando hace apenas cuatro días permitimos, resignados, que se amonestara a los que se sentaban en los bancos y escaleras, mientras se otorgaba patente de corso a los que pagaban una caña para sentarse y respirar sin mascarilla.

Sentarse en un banco parece cosa de pobres y débiles. Gentes sin sueldo, o gentes con achaques. Los activos vamos de un lado para otro, sin hacer pie, pensando en importantes asuntos, tan importantes, que si no los apuntamos en la lista se nos olvidan a los diez minutos. Un tipo que come apresurado un pincho de tortilla es un hombre ocupado, y, si está en un banco con lata de cerveza y un trozo de empanada, un colgado. Pero los bancos -los de sentarse- son hospitalarios y no hacen distingos. El solitario que los ocupa puede ser un príncipe o un mendigo, un chalado o un asceta que recorre el mundo en busca de la sabiduría. Cabe la posibilidad de que sea todo ello a la vez: eso explicaría que el último desarrapado que pasó por el banco de abajo arrullara nuestra siesta tarareando el Bolero de Ravel.

Las gentes de bien, la afanosa y estresada población activa, solo paramos en un banco si se nos desatan los cordones. Las cosas que son gratis nos dan urticaria, no vaya a parecer que también a nosotros nos falta el aire o, todavía peor, que no tenemos un euro en el bolsillo. Sentada, sin hacer nada, sin esperar a nadie, abandonas ese papel tan respetable que interpretas cada día y te muestras tan desprotegida y desarmada como cualquiera. Muchos hasta que no tuvimos un hijo no encontramos una excusa para sentarnos al fresco, a cero euros la hora. Y qué bien se está.

 

lunes, 2 de septiembre de 2024

El tomate del país

Conocí a un agricultor que trabajaba a fondo los meses que el cereal lo pedía y reservaba las tardes largas del invierno para leer. Había perdido su rastro hasta hace unas semanas, cuando encontré su nombre entre los contribuidores del banco de germoplasma regional. La lista se puede consultar en internet: 1804 referencias de esta tierra, de cebollas, de tomates o judías, entre otras la judía blanca redondilla que él donó. Hay trigos, almendras, guisantes, melocotones y milenrama, hay lechugas de oreja de mulo de Tordesillas, de Hontalbilla y de Fresno de la Vega, porque la simiente se salta por las bravas los límites provinciales y prospera donde le da la gana. Y al contrario: la justicia hortícola puede hacer fracasar a la mejor semilla si está fuera de sitio.

Parece que importa poco que se pierda la judía blanca redondilla cuando en el supermercado hay una pila de ellas, grandes y pequeñas, blancas y pintas. Son suficientes combinaciones para calmar nuestro estómago. Dicen que con ciento y pico especies, que como los mandamientos se resumen en poco más de diez, nos saciamos. En los ‘todo a cien’ puedes hacer acopio de sobres de semillas. Valladolid se ha hecho ahí un lugar con una “Lechuga/alface/Lettuce romana”, la “Valladolid-Pucela”, simiente que, según se indica en el sobre, no se produce aquí. Promete crecimiento rápido y sabor suave en francés, argelino, griego y rumano, entre otros idiomas. Los mismos sobres se reparten a miles por Amazon, junto a otros de semilla para tomates blancos, rosas, azules, negros y amarillos -¡incluso rojos!-, como si fueras a montar un ramillete de flores en vez de una ensalada. El buen color es el consuelo del mal tomate, porque el sabroso sabe que cada uno es guapo a su manera. Dice un hortelano de Piñel de Abajo que tiene catalogados más de mil tomates diferentes, y seguro que se queda corto. Los nombres que se repiten en los pueblos -gordo, largo, cabeza de gato, mandarina, cartujo, invierno, reina de la belleza, tres acantos, santian, navalosa, cebra, canestrino…- circularon de unas partes a otras del país y procrearon sus propias e infinitas variedades. Quizás la denominación más precisa sea la más acogedora, “tomate del país” o del terreno, que vale tanto en El Bierzo como al lado de tu casa. O sea, tomate de aquí, del que madura a su tiempo.

En las huertas crecen cebollas, ajos, calabacines y acelgas, pero la alquimia perfecta de tierra y agua la destilan las tomateras. El tomate es el rey, aunque su reinado sea muy corto, porque tan pronto madura es destronado por las primeras escarchas del otoño. A medida que pintean los frutos en la mata sabes que el verano está diciendo adiós. Los tomates del país saben a tomate y tienen una piel tan fina que un día están verdes y al otro a punto de deshacerse, y hay que comérselos todos, porque en la nevera se marchitan como una flor. Son en verdad fruta del tiempo, y fuera de temporada los departamentos de I+D+i hacen lo que pueden, pero apenas llegan al simulacro. Se demuestra así su gran resistencia a los intereses del capitalismo, porque el tomate es el anarquista de la huerta. Por eso unos veranos se prodiga poco, y otro supera los pronósticos y hay que repartir a familia y amigos. Un regalo que hay que recibir con respeto y reverencia, porque es irrepetible: es imposible comer dos veces el mismo tomate, ya que ni él, ni tú, seréis los mismos el verano que viene.

Un día de septiembre tocará escudriñar las matas y aprovechar hasta el último tomatillo para conserva. Si tirar pan es pecado, desperdiciar un tomate es un sacrilegio. El último fulgor del verano se encierra en frascos, como quisiéramos resguardar en la despensa porciones de calor para calentarnos en los días fríos. Los buenos hortelanos guardarán la simiente de los ejemplares más castizos, como decían en los manuales de época, y esperarán un nuevo ciclo. Entrará el frío, y mi agricultor volverá a las tardes de lectura. Y un lunes cualquiera, si como él tienes la suerte de disponer de unos palmos de tierra y un punto de agua, habrá que ponerse manos a la obra para que prospere una nueva remesa de tomates del país, de esos que no tienen precio porque no nacieron para ser vendidos en ninguna parte.

 

 

 

lunes, 29 de julio de 2024

De la brújula al móvil

En el bochorno de la tarde, una mujer busca los cines Broadway y pregunta si debe subir o bajar el paseo Zorrilla. Hace casi treinta años, en un mes de agosto empecé a trabajar aquí, y al principio yo tampoco no sabía si iba o venía, ni diferenciaba la acera izquierda de la derecha. Valladolid me pareció confuso y horizontal, me costaba diferenciar unas zonas de otras. Hoy lo siento como propio y lo aprecio en todos sus detalles, pero no olvido esa extrañeza inicial.

Casi todos vivimos en un pequeño espacio, apenas un par de kilómetros. Decía Miss Marple, la entrometida viejecita de las novelas de Agatha Christie, que todo el mundo cabía en Saint Mary Mead, su pueblo. En una comunidad pequeña, en un pueblo o en un barrio, hay una calle principal, un punto de encuentro, una erial dejado de la mano de Dios. Hay gentes hospitalarias, chismosas, reservadas, un santo y también un par de delincuentes. Ella creía que en todas partes se repetía la misma fórmula, a diferentes escalas. El conocimiento profundo de lo pequeño, su pueblo, le había proporcionado un mapa sólido para orientarse por el resto del mundo.

Cuando éramos pequeños, dejar atrás el barrio era salir al campo, a un campo sin vallados ni carteles. A la naturaleza te acercabas por los bordes, con respeto, siempre pendiente de cuánto tiempo faltaba para la puesta de sol. Envidiábamos a un niño que tenía una brújula y la colección completa de manuales de los jóvenes castores, que era lo más parecido a los scouts por estas tierras. En el campamento nos explicaban que, si nos perdíamos en los pinares, el musgo de la corteza de los árboles nos señalaría el norte, y que la estrella polar nos guiaría por la noche. Asentíamos ante esas revelaciones, pero teníamos nuestras dudas sobre cuál era la estrella más brillante. De adolescentes, íbamos a Madrid en un cercanías eterno, con un plano desgastado que guardábamos como oro en paño como única guía. Perderse un poco era normal, y no había otra que alejarse de las calles chungas y preguntar muchas veces, casi siempre para recibir respuestas equivocadas, porque en Madrid nadie sabe muy bien dónde está ningún sitio.

Antes del móvil, éramos un poco como los exploradores del siglo XIX, dispuestos a todo a cambio de recorrer el Kalahari o las islas Aleutianas. Pero ya no hay tribus salvajes paseando en taparrabos por el paraíso, salvo en los programas de la tele. La playa de los limones del Caribe y hasta la huerta del vecino están rastreadas y registradas por satélite. Si no falla la cobertura, extraviarse hoy es difícil, y no porque nuestro sentido de la orientación haya mejorado: sencillamente seguimos la flecha. Los coches obedecen al navegador y los turistas cumplen los mandatos de la pantalla de su móvil, sin preguntar a nadie.

Hoy, para sentir que te pierdes, tienes que programarlo. Incluso hay un deporte que se llama así, orientación. Te sitúan en medio de la nada con un mapa y una brújula, y no tienes otra que ponerte a prueba, por si un día estalla internet y acabamos como en el Planeta de los Simios. Dicen que la disciplina la inventó un señor de Suecia, tierra de bosques y de Ikea, donde también se ponen a prueba estas facultades. Hoy, donde partes sin mirar atrás para coronar la meta, donde tienes que superar controles estratégicamente situados a lo largo del recorrido, y donde tus sentidos están en alerta permanente es en el metro, en un aeropuerto o en Río Shopping. Hemos desarrollado habilidades para atravesar nuevas selvas y llegar a la salida, pero seguimos bastante desorientados en todo lo demás. A veces, donde más se pierde uno, es en el propio sofá de su casa.


lunes, 22 de julio de 2024

Llévate un libro de Julia

El sábado me llevé a casa un libro de Julia. Era una edición de los años cincuenta de Oliver Twist. Setenta años no hacen a un libro valioso, y menos si es de Dickens, porque ya en vida fue un escritor muy amado por sus coetáneos, y se imprimieron tiradas con miles de ejemplares de su obra. La gente compraba Dickens por placer, no para que luciera en su estantería. En fin, que el volumen que cogí gratis tenía las cubiertas enteladas en ese carmesí que en origen tenía el pendón de Castilla, y no el morado al que ahora nos hemos acostumbrado. El libro tiene un prólogo muy bonito de Stefan Zweig, un escritor doliente y reflexivo, en cierto modo la antítesis de un vitalista como Dickens, al que sin embargo amaba y leía con profusión.

Porque Dickens, que había vivido una infancia de pobreza y abandono, supo conservar siempre las flores de su alegría infantil, como describe Zweig. Su escritura refleja un entusiasmo sincero por la vida ordinaria, “esa feria de cachivaches y pequeñeces que cualquier otro hubiera despreciado”, pero que él sabía bruñir. Dickens estaba contento con el mundo, aunque pocos supieron señalar con tanto tino el mal, “apuntar con el dedo a la herida abierta”. Se cuenta que Oliver Twist logró fomentar las limonas a los niños pobres, que se mejoraran los asilos y se vigilaran las escuelas particulares de entonces, en las que se impartía más crueldad que gramática. Esa escritura transparente e impregnada de su tiempo, en la que su país se vio fielmente reflejado, es el rasgo que admira Zweig, un escritor maravilloso también, pero atravesado por una complejidad y oscuridad muy diferentes. Y eso me llevé yo el otro día, sin pagar nada a nadie.

Mi libro estaba entre otros volúmenes y revistas, y un poco más allá unos vasitos de vidrio, unas tacitas, un platillo de flores, una bandeja verde, una jarra de loza, una caja de madera con una mariposa pintada y un cuenco con monedas oxidadas, seguramente las que los visitantes arrojaban al agua de la alberca. Todos los objetos estaban en la calle, en un par de bancos, cuidadosamente alineados, con un cartel indicativo “Llévate un libro de Julia Casaravilla. Si te gusta ¡llévatelo!”. Y yo me llevé el libro y una moneda, porque me gustaban.

Julia Casaravilla, la dueña del libro, había fallecido unos días antes, un jueves de este mes de julio. Solo coincidí una vez con ella, en una visita al jardín donde vivió cincuenta años, un rincón imaginado y creado por la mano de su marido, el arquitecto y paisajista uruguayo Leandro Silva. Los últimos veinte años, desde que él murió, fue Julia la que conservaba el espacio y acompañaba a los visitantes por el jardín, alumbrado al refugio de la roca caliza y a cuatro pasos del Eresma, en la lengua de tierra que define el barrio de San Marcos, el punto más bajo de observación del Alcázar, que recorta la vista del cielo.

Es difícil hacerse un hueco en este mundo mostrando tu jardín, y solo unos pocos lo consiguen. Hace falta ciencia, pero también poesía, y la generosidad de abrir las puertas a tu mundo privado de peonías, lavandas, romeros, álamos y tilos. Lo privado es confortable y sin embargo sus límites son tan estrechos, tan breves, que apenas hace una muesca en la historia: las grandes obras sobrevuelan por encima de las generaciones. Con frecuencia el jardinero no tiene tiempo de ver la sombra profunda de los árboles que plantó, ni el juego de color que las estaciones deslizan sobre las especies que esparció en la tierra. “Hijo, todo esto que ves un día será tuyo”, es más un deseo que una sentencia, porque poco o nada de lo nuestro trasciende. Hasta el mejor de los libros de nuestra biblioteca tiene pasaporte seguro al contenedor azul. Solo un nuevo lector es su legítimo heredero y puede rescatarlo. Si te gusta, si lo aprecias, si ves el brillo bajo el polvo, llévatelo, esa era la invitación.

 

lunes, 15 de julio de 2024

Viajar no es caro

Viajar no es caro, lo caro es dormir. Phileas Fogg necesitó toda su fortuna y 79 días para encontrar los medios de transporte más insólitos para dar la vuelta al mundo. Hoy, si no eres exigente con las fechas, por no mucho dinero puedes enlazar tres o cuatro vuelos y bordear el meridiano. Pero si además pretendes pegar una cabezada y darte una ducha, el plan se encarece mucho. Este verano, los jóvenes pueden ir en autobús a Santander por un euro y en tren a Barcelona por treinta. Algunos van y vienen en el mismo día, y otros confían encontrar donde sestear un rato, aunque sea a la intemperie. Viajar es un chollo, sí, a condición de que permanezcas despierto y en vertical, como el estilita en la columna. Lo cierto es que cuando vemos fotos de los viajes de otros no nos preguntamos si duermen en colchón viscoelástico, o si había un váter cerca ­-otro dato que pasa desapercibido, el decreciente número de inodoros por cabeza de turista-, aunque esa información sea relevante, muy relevante, para el bienestar el viajero.

Todavía ahora, avanzado julio, en hojas fotocopiadas fijadas con celofán en los numerosos locales vacíos de la ciudad hay ofertas de última hora de viajes. Si dispones de un pequeño presupuesto puedes elegir un bus playero para pasar el día en el Cantábrico, desde Gijón a Hondarribia. Si sumas unos euros más, dos días y una noche en Teruel y Albarracín. Con tres días y dos noches puedes disfrutar de una playa gallega. En septiembre, con algo más de 300 euros, optas a circuito de cinco días y cuatro noches, sea en Oporto o en Extremadura, porque al final la distancia no encarece tanto como la solución habitacional. Los hoteles ya no quieren ser de dos estrellas, sino de cuatro, así que las soluciones habitacionales han crecido como champiñones. Una solución no es exactamente una vivienda, es decir, el “lugar cerrado y cubierto por un techo construido para ser habitado” que recoge el diccionario. Por ejemplo, puede ser una caravana, que antes tenía matrícula alemana y transportaba a parejas de jubilados molones. Los aparcamientos de roulottes en las ciudades están repletos, y, al paso que va el ladrillo, no tardando mucho nos encontraremos con poblados de caravanas permanentes, como los de las películas americanas. Allí coincidirán los turistas con los que vendrán a trabajar en la hostelería para atender justo a sus vecinos de caravana, eso es totalmente posible.

Otra solución habitacional de emergencia es residir en un “no lugar”, un sitio de paso, como el señor que se quedó a vivir en un aeropuerto. Villanubla está demasiado vigilado como para pasar desapercibido, pero los bancos de la estación de autobuses a veces cumplen esa función. El otro día una mujer joven dormitaba con la cabeza reposada sobre sus brazos, que protegían una maleta precintada con plástico. En las estaciones es difícil saber quién es turista y quién está perdido. Al final, la tarjeta visa es el verdadero pasaporte universal.

Mientras la cochambre de viajeros nos esparcimos por aquí y por allá, los ultrarricos buscan nuevos espacios para su singular esparcimiento. Ahora que los circuitos se extienden a la sabana africana, a los fiordos noruegos y a las islas remotas, la superficie terrestre se les ha quedado pequeña, y planean inmersiones submarinas y viajes a la Luna. El caso es plantar una nueva y exclusiva pica en territorios (casi) inexplorados. Consuela pensar que los ultrarricos no tienen tampoco resuelto lo de dormir en sus viajes, porque una cápsula espacial cómoda, lo que se dice cómoda, no es. Y es que el ser humano es así de contradictorio: disponer de hectáreas de jardines y dehesas y tener que recluirse en cualquier antro minúsculo solo por decir que “yo estuve allí”.

Todo esto prueba que dormir a pierna suelta es muy insolidario con el crecimiento económico. Lo que crea riqueza es estar de un lado para otro sin parar, y en el tiempo muerto de los trayectos comprar cositas por internet. Ya tendrás tiempo de descansar en tu propia cama, cuando llegues a tu solución habitacional, vulgarmente llamada casa, deslomado.

lunes, 8 de julio de 2024

De puertas para dentro

Muchos cuentos infantiles contienen la historia de un niño que trata de volver sano y salvo a su casa. Caperucita es desobediente y casi no lo consigue, por hablar con un lobo desconocido y entretenerse por el camino. Pulgarcito se da maña para dejar rastro y volver con sus padres, aunque sean los mismos que lanzan a su prole a buscarse la vida en el bosque. A Hansel y Gretel una madrastra mandona les empuja por los senderos hasta la casita de chocolate, y gracias a un hueso de pollo se libran de una bruja caníbal. Solo en casos muy extremos los protagonistas de los cuentos dejan voluntariamente su hogar, como es el caso de Blancanieves, que huye de (otra) madrastra psicópata y encuentra protección en la casita de los enanitos.

Los cuentos muestran las consecuencias de desobedecer y advierten sobre la maldad de algunos desconocidos, pero también indican que, a veces, la casa no es un refugio. Madre no hay más que una y un padre es un padre, sí, pero hay aristas: pobreza, enfermedad, carácter, circunstancias, y también, ocasionalmente, maldad. En las familias no todo es ternura y ejemplaridad.

En verano los niños de ahora disfrutan o padecen su casa al cien por cien. Nosotros no parábamos dentro, bajábamos a la calle sin más, en busca de alguien para jugar. En las horas de la chicharrera, nos quedábamos en algún portal, a la fresca del suelo de terrazo. Al anochecer revivíamos y no queríamos volver a casa. Salvo que te quedara alguna asignatura, a ningún padre se le ocurría que hicieras algo de provecho en julio y agosto.

Hoy es raro ver niños sueltos, sin adultos de por medio. No tanto porque los peligros -salvo el tráfico- sean mayores, como porque socialmente no se entiende. El mensaje aceptado es que en casa están más seguros, pero no siempre es así. No me refiero solo a que se caigan de una silla o se quemen con una cerilla, ni siquiera a toda la bazofia que pueden engullir con el móvil en la mano. A veces, solo la familia ya es demasiado. Estos días, con las ventanas abiertas de par en par y la calle incendiada hasta el atardecer, la ciudad es como el patio de vecinos de La ventana indiscreta. Una madre agotada chupa un cigarrillo apoyada en el alféizar, mientras pega una voz, la enésima, a un par de niños que trajinan dentro. Un grito loco en medio de la noche, algo que se rompe. El llanto desaforado que se va calmando y acaba siendo hipo. En unas casas solo pasa una vez, en un día roto, de cansancio extremo. En otras, menos, pero no tan pocas, casi a diario.

Ya a casi nadie se le escapa por la calle “un bofetón a tiempo”, ese que recomiendan los que quieren ser temidos antes que respetados.  Es cierto que hay niños insoportables, ‘rabietistas’ profesionales, que resultan la mar de molestos. Pero también hay otros muchos que solo por ser lo que son, niños, poco amantes de los formalismos y menos aún de permanecer quietos en ninguna parte, sea terraza, supermercado o tienda, son amonestados sin proporción alguna. Te topas sin querer con esa desarmante reacción de un niño que se cubre la cara con el brazo, al adivinar que sobrevuela un directo de la mano de la madre o del padre. Algo ha cambiado respecto al pasado porque hoy, al sentirse observados, frenan. Pero ahí queda la amenaza: “ya verás cuando lleguemos a casa”.  A mí me gustaría hacer una fotografía en ese momento, de ese padre o madre que son todo para su hijo y que, como el ogro del cuento, lanzan toda su rabia contra un cuerpo pequeñito y tembloroso.

Por eso, cuando se asegura que los padres sabemos perfectamente cómo educar a nuestros hijos, convendría matizar que algo sabemos, pero no todo, ni en cualquier circunstancia. Ahora que no suenan los despertadores ni hay deberes, pienso que la luz encendida de los colegios e institutos es también la luz de la igualdad y la esperanza en el futuro. Más allá de lo académico, que viene por añadidura, el fin de la escuela es que el niño trasto, el niño pobre y el niño callado, todos, ocupen un pupitre y sean llamados por su nombre, sin gritos y con respeto.